miércoles, 31 de marzo de 2021

MEDITACIONES PARA LA CUARESMA: QUINTA SEMANA DE CUARESMA: SÁBADO DE PASIÓN.


 

Tomado de “Meditaciones para todos los días del año - Para uso del clero y de los fieles”, P. André Hamon, cura de San Sulpicio.

 

 

RESUMEN PARA LA VÍSPERA EN LA NOCHE

 

 

   Mañana reanudaremos nuestras meditaciones sobre la cruz, considerada como el gran libro que nos instruye, y veremos que nos enseña: sentir un tierno interés por todo lo que se refiere al prójimo; Despojarnos enteramente del espíritu del egoísmo.

 

Nuestro propósito será:

   buscar en todas las cosas la gloria de Dios y el bien de nuestro prójimo;

    despegar nuestro corazón de todo lo demás.

   Nuestro ramillete espiritual serán las palabras de San Pablo: “No me juzgo a mí mismo por saber nada entre ustedes sino a Jesucristo y a Él crucificado” (I Cor. II, 2).

 

 

MEDITACIÓN DE LA MAÑANA

 

   Adoramos a Jesús crucificado como nuestro Doctor y Maestro. Él es quien nos enseña a fondo lo que debemos buscar para la estima y el amor; es decir, los intereses de Dios y del prójimo, lo que debemos volar, despreciar y odiar; es decir, todo lo que se oponga a estos dos intereses. Démosle gracias por esta lección, y pidamos de Él gracia para conformar nuestra conducta.

 

 

 

PRIMER PUNT: La cruz nos enseña a sentir un tierno interés en todo lo que se refiere a nuestro prójimo.

 

   La cruz, en efecto, nos muestra: en nuestro prójimo, quienquiera que sea, un hombre tan tiernamente amado por Jesucristo que, para salvarlo, bajó del cielo a la tierra, se hizo hombre y dio su sangre, su honor, su libertad y su vida, y se identificó tan completamente con cada hijo de Adán como para decir: Todo lo que se hace al más pequeño de Mis hermanos, lo considero hecho a Mí mismo, y todo lo que se les niega. mirar como rechazado a Mí mismo (Mateo XXV 40-45). Ahora bien, entendido esto, es evidente que bajo pena de fallar en nuestro deber para con Jesucristo debemos sentir un tierno interés en todo lo que tiene que ver con nuestro prójimo, con su salvación, con su reputación, o con su honor, con sus alegrías, sus penas, su prosperidad o sus reveses. Descuidar los intereses de una persona tan querida por Nuestro Señor, herirlo, afligirlo, herirlo o escandalizarlo, es herir al mismo Jesucristo en la misma manzana suya. Todos los intereses de este hombre deben sernos tan queridos como los de Jesucristo; debemos estimarnos felices y honrados por todo lo que podemos hacer por Su servicio y aprovechar con amor cada oportunidad de hacerlo.

La cruz nos enseña hasta qué punto debemos tener celo por los intereses de nuestro prójimo; porque si Jesucristo en la víspera de Su muerte nos ordenó amarnos unos a otros como Él mismo nos amó (Juan XIII, 34), la cruz se nos ofrece como comentario de este precepto; nos enseña que debemos estar dispuestos a hacer el máximo sacrificio por el bien del prójimo, a sufrir todo de los demás sin hacer sufrir a nadie, a soportar las privaciones y las incomodidades y, según las circunstancias, a inmolarnos totalmente por el bien del prójimo, felicidad de nuestros hermanos, porque así nos amó Jesús crucificado. ¿Cuántos servicios que podríamos haber prestado hemos rehusado a nuestro prójimo? ¿Cuántas veces lo hemos visto sufrir malestar y vergüenza, comprometiendo sus intereses por torpeza o ignorancia? Podríamos haberlo liberado de su dolorosa situación con una palabra de buen consejo, con un consejo caritativo, con un buen oficio que nos hubiera costado poco; y volviendo la cabeza, hemos pasado sin mostrar ningún interés por sus desgracias. ¡Oh, qué lejos estamos de amar a nuestros hermanos como Jesucristo nos amó a nosotros!

 

 

SEGUNDO PUNTO: La cruz nos enseña a despojarnos por completo del espíritu del egoísmo.

 

 

   Obtener para uno mismo los placeres, las riquezas y la gloria; mantenerse a distancia de la propia pobreza, el sufrimiento y la humillación, tal era todo el cuidado de la raza humana. Jesucristo apareció en la cruz, se mostró al mundo y desde lo alto de este nuevo asiento le dice al mundo: Aprende de Mí a olvidarte de ti mismo, a despojarte de ese egoísmo miserable que sólo piensa en sí mismo; o que le preocupa poco que otros sean infelices, siempre que pueda disfrutar; que cree que se engrandece rodeándose aquí abajo de bienes falsos, muchas veces incluso en perjuicio de los demás, y que se rebaja llevando una vida oculta, desconocida, privándose o sufriendo para complacer a los demás. Heme aquí, soy el Hijo bien amado de Dios y, sin embargo, soy pobre, sufriente, humillado. Si las riquezas y la abundancia, el placer y la gloria hubieran sido bienes verdaderos, ¿no me los habría dado Dios, mi Padre? Si la pobreza, la humillación y el sufrimiento hubieran sido males, ¿habría hecho de ellos mi porción? Aprenda de Mi ejemplo y sepa que todo lo que pasa es nada (Filip. III, 8); que todo es vanidad excepto amar a Dios y servirle (I. Imit. I, 3). Estas verdades sublimes, surgidas del Calvario hace dieciocho siglos, han cambiado la faz del mundo; inspiró a miles de almas con los sentimientos más nobles y los sacrificios más generosos por el bienestar de la religión y de la sociedad; y almas como éstas se han visto, desprendidas de todo menos de la cruz, para vender sus bienes para el consuelo de los pobres, abrazar una vida austera, para pertenecer con mayor certeza a Dios, someterse a la persecución como a un pedazo de bien fortuna, y regrese encantado de haber sido considerado digno de sufrir por Jesucristo. Mirad cómo la cruz ha retirado así del mundo el egoísmo y lo ha sustituido por la caridad con su heroica devoción. Quien no comprende estas cosas, sólo posee una falsa virtud, una mezcla de una apariencia de devoción unida al amor a sí mismo, con una investigación de lo que administrará a sus gustos y sus comodidades, la frivolidad, el amor al mundo y de sus vanidades: peor estado que el de los grandes vicios, porque los grandes vicios despiertan remordimiento, mientras que esta falsa devoción adormece el alma en una seguridad que la lleva a la muerte. ¿No somos del número de los que aún no han comprendido esta gran lección de la cruz: la muerte al egoísmo?



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