miércoles, 1 de julio de 2020

JUNIO: MES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. —DÍA TRIGÉSIMO PRIMERO.




Acto de Contrición.


   Adorable Salvador mío, lleno de confusión y de vergüenza, vengo a postrarme a vuestras plantas, a pediros perdón y misericordia; bien conozco, Señor, que no lo merezco, antes soy indigno de ser escuchado pues innumerables veces he despreciado la gracia recibida, abusando de vuestra bondad y clemencia; el conocimiento de mi infidelidad é inconstancia me acobarda y desalienta, porque el ingrato no es digno de nuevos favores; pero vuestra voz dulcísima me alienta y anima cuando dice: “Venid a mí todos.” ¿Conque aún es tiempo, Jesús mío? ¿puedo aun esperar el perdón y la misericordia? ¡Oh Corazón compasivo de mi Jesús! ¡Bendito seáis! a Vos me acojo, sed Vos mi asilo, mi refugio, mi esperanza y mi consuelo. Padre Eterno, mucho os he ofendido y he sido muy ingrato correspondiendo los favores con ofensas; mas ya me arrepiento muy de veras; perdonadme, y recibid en desagravio el Corazón amorosísimo de Jesús vuestro Hijo: yo os ofrezco sus méritos, sus virtudes y sus penas; y por ellos espero el perdón y la gracia de vuestro amor. Amén.



Oración preparatoria para todos los días.



   Amabilísimo Jesús mío, que con tanto amor convidasteis a la bienaventurada Margarita a que entrase en vuestro Sagrado Corazón, como en un jardín delicioso lleno de flores de admirable variedad, de incomparable hermosura y suavísima fragancia, diciéndole que escogiese cuantas le agradasen. ¡Ah Señor! permitidme entrar, aunque tan indigno, en ese jardín florido, en ese paraíso de celestiales delicias, en vuestro divino Corazón, y si queréis que escoja las flores que me agraden, yo os pido el lirio de la pureza, la rosa del amor, y la violeta de la humildad, ya que con estas las tendré todas, pues son inseparables; y teniéndolas todo mi corazón, a semejanza del vuestro, se transformará en un jardín de delicias para Vos, y entonces podré deciros con la esposa: “Venga mi Amado a su huerto.” Concededme, Señor, esta gracia; quitad de mi corazón las espinas del pecado, destruid todo lo que en él os desagrada, y plantad todas las flores que os deleiten, para que no haya en mí cosa que os disguste, ¡oh mi Dios, y mi amor, y todo mi bien! Así sea.







DÍA TREINTA Y UNO (1º de julio).



El Corazón de Jesús, Celoso de las almas.


1. Del celo de las almas que tuvo Jesucristo, dicen las Santas Escrituras que le enflaqueció o lo devoró; (Salm. LXVIII, 10) y en persona del Señor decía también David: “mi celo me ha hecho debilitar y perder el color.” (Salm. CXVIII, 139). Porque, aunque se hable del celo de la casa del Señor, sabido es que las almas son también casas vivas, en donde habita; y por eso, cuando dice que el celo lo ha enflaquecido, añade la razón, “porque han olvidado tus palabras mis enemigos;” es decir, porque han olvidado los mandamientos de la santa ley del Señor. Y este celo le devoró, porque él le hizo sudar sangre en el huerto de los olivos, le hizo derramarla como una lluvia en la columna, y le hizo expirar entre durísimos tormentos en la cruz. De aquí es, que la primera palabra que en ella habló nuestro divino Salvador, fué arrancada de su pecho y de sus labios por el celo que le devoraba del bien de las almas, pues de ellas se ocupa antes que todo, y exhala hacia su eterno Padre aquel grito de amor y de misericordia: “Padre, perdónalos que no saben lo que hacen”.


2. Mas si el celo no es otra cosa que la flama de la caridad, y el hogar de la caridad es el Corazón de Jesucristo, como lo llama la Iglesia en sus letanías, claro viene a ser que el Sagrado Corazón, es el que arde en llamas de celo por nuestro bien: el celo de nuestras almas le hizo arrojar, en la noche de su pasión, con tal violencia su preciosa sangre, que corría a gotas hasta caer en la tierra, como para bañarla con un riego divino, y purificarla de las manchas conque el hombre la tenía contaminada; ese celo lo llenó de tristeza hasta la muerte: y ese mismo celo, lo hizo aun después de la muerte entregarse a la lanza del soldado para dar salida a la inmensidad de su amor, con las últimas gotas de su sangre. ¿Con qué celo no deberemos tratar de salvarnos, cuando el Señor perdió la vida para alcanzárnoslo? Pidamos al Sagrado Corazón de Jesús el celo de la salvación de las almas, para procurar, no sólo la nuestra, sino también la de nuestros hermanos.



Práctica: Una ferviente comunión en honor del Sagrado Corazón de Jesús.



Oración.


   Escrito está en las Santas Escrituras que Vos sois un Dios celoso. (Exod. XX, 5).  Vuestro amante Corazón nos hace el honor de estar celoso de este nuestro, tan pobre, tan ruin y miserable; no queréis que le entreguemos a las viles criaturas, y aun os quejáis justamente de que os hemos faltado con muchos amadores, prometiendo recibirnos, no obstante, en vuestros brazos, si arrepentidos acudimos a vuestro llamamiento. ¡Bendito sea mil veces tanto amor! ¡Bendita tanta bondad y misericordia! ¡Bendito tan ardiente y compasivo celo! Haced, Corazón sacratísimo, que os ame a Vos solo; que, a vuestra imitación, sea celoso del bien de mis hermanos: que mi celo me haga enflaquecer como al profeta; que mi celo me devore y me consuma, para que, dándoos muchas almas, merezca la mía ir a veros y gozaros eternamente. Amén.





Oración par a después de la meditación.


   Corazón de mi Jesús, ya he procurado entrar en el jardín que sois Vos, meditando alguno de vuestros títulos gloriosos, o de vuestros oficios misericordiosos, o de vuestras dignidades maravillosas; ya me he sentado por algunos instantes bajo de la sombra de aquel que había deseado, y he aspirado el aroma de sus purísimas flores, y he saboreado alguno de sus frutos, dulcísimos a mi garganta. Haced, Corazón divino, que yo me nutra con tan regalados manjares, que yo no quiera habitar ya entre la turba de las criaturas; sino que en Vos ponga el dulce nido donde fomente los santos deseos, y los fervientes afectos; y que en vuestro adorable Corazón haga perpetua morada; que allí habite, pues para eso lo he escogido, y allí me vea siempre libre de mis enemigos, siempre lleno de amor para con Vos, siempre agradecido a vuestras grandes finezas; y pasando mi vida allí escondido, como el santo Job pueda allí exclamar: “En mi nidito moriré; y como la palma multiplicaré los días”, (Job. XXIX , 18) siendo trasplantado a los jardines eternos del paraíso celestial. Amén.




—Un Credo al Sagrado Corazón.



JACULATORIA. 


—Corazón de Jesús, jardín de celestiales delicias.


—En ti viva, y en ti muera, y te goce eternamente.





  

“JARDÍN DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS”

POR
GABINO Chávez, Pbro (1901).






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