domingo, 25 de marzo de 2018

REFLEXIONES SOBRE LA PASIÓN DE JESUCRISTO— CAPÍTULO II. San Alfonso María de Ligorio.




DE LOS TRABAJOS PARTICULARES QUE PADECIÓ JESUCRISTO EN SU PASIÓN

I. Abatimientos del Redentor

   Consideremos los trabajos particulares que padeció Jesucristo en su pasión, y que muchos siglos antes fueron predichos por los profetas, especialmente por Isaías, en el capítulo 53. Este profeta, según dicen San Ireneo, San Justino, San Cipriano y otros, habló tan a claras de los trabajos de nuestro Redentor, que se diría ser otro evangelista, por lo que decía San Agustín que sus palabras, tocante a la pasión de Jesucristo, más que dé explicaciones de sagrados intérpretes, precisan meditarlas entre sollozos; y Hugo de Grocio escribe que hasta los antiguos judíos no pudieron negar que Isaías hablase del Mesías prometido, y precisamente en el capítulo 53. Hubo quien quiso aplicar los pasajes de Isaías a otros personajes nombrados en la Sagrada Escritura, y no a Jesucristo; pero dice Grocio: « ¿A qué rey o a qué profeta se le pueden aplicar estos pasajes? Cierto que a ninguno». Así escribe este autor, que también intentó más de una vez aplicar a otros las profecías que hablan del Mesías.

   Comienza Isaías preguntando: ¿Quién ha creído nuestra noticia?; y el brazo de Yahveh, ¿sobre quién se ha revelado? Esto se verificó cuando, como dice San Juan, los judíos, no obstante los múltiples milagros obrados por Jesucristo, que lo presentaban como el verdadero Mesías, mandado por Dios, se negaron a creer en El: Habiendo obrado tan grandes maravillas en presencia de ellos, no creían en El, para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, cuando dijo: «Señor, ¿quién dio fe a nuestro mensaje? Y ¿a quién ha sido revelado el brazo del Señor?» ¿Quién creerá, decía. Isaías, a cuanto tenemos oído? ¿Quién conoce el brazo, es decir, el poder del Señor? Palabras con que predecía Isaías la obstinación de los judíos en tomar a Jesucristo como Redentor. Fantaseaban ellos que el Mesías había de venir a la tierra con gran pompa, para hacer gala de poderío entre la nobleza; que triunfaría de sus enemigos y así colmaría de riquezas y honores al pueblo judío; pero no; el profeta continúa el pensamiento anterior con el siguiente: Creció como un pimpollo delante de Él, como raíz de tierra seca. Pensaban los judíos que el Salvador había de aparecer con la arrogancia del cedro del Líbano; pero Isaías predijo que había de aparecer cual humilde arbolillo o cual raíz que brota de tierra árida, despojada de toda belleza y esplendor: No tiene apariencia ni belleza para que nos fijemos en él.

   Prosigue Isaías describiendo la pasión del Señor: No tiene aspecto para que en él nos complazcamos. Lo contemplamos, quisimos reconocerlo, y no nos fue posible, ya que no vimos sino un hombre, el más despreciado y vil de la tierra, un varón de dolores.

   Adán, negándose soberbiamente a obedecer el divino mandato, acarreó la ruina a todos los hombres, por lo que el Redentor quiso con su humildad poner remedio a tamaño mal, contentándose con ser tratado como el último y más abyecto de los hombres, es decir, cayendo en el postrer grado de abatimiento. De aquí que San Bernardo exclame: « ¡Él Altísimo sumido en tan gran bajeza! ¡Él sublime caído en tal humillación! ¡La gloria de los ángeles hecha ludibrio de los hombres! ¡Nadie como Él tan sublime y nadie como Él tan humillado!» Por lo cual, continúa el Santo, si el que es el primero de todos los seres quiso aparecer como el más humillado de todos, hemos de ambicionar el lugar postrero, con temor de ser preferidos al más pequeño.

   Y yo, Jesús mío, que temo ser pospuesto a uno solo y quisiera adelantarlos a todos... Señor, dadme humildad. Vos, Jesús mío, abrazasteis con tanto amor los desprecios para enseñarme la humildad y amor a la vida obscura y despreciada, y yo quiero ser estimado de todos y figurar en todo... No permitas que viva más ingrato al amor que me profesasteis, y, pues sois omnipotente, tornadme humilde, santo y todo vuestro.

II. Humillaciones y sufrimientos de Jesucristo

   Isaías llama al Redentor varón de dolores, y bien se le aplica a Jesucristo el texto de Jeremías: Grande como el mar es tu quebranto. Como en el mar se citan todas las aguas de los ríos, así en el corazón de Cristo se reunieron, para atormentarlo, todos los dolores de los enfermos, todas la penitencias de los anacoretas y todos los despedazamientos y ultrajes que padecieron los mártires; fue colmado de dolores en el alma y en el cuerpo. Padre mío, decía nuestro Redentor por boca de David, estrellaste sobre mí todas las olas de tu indignación, por lo que al morir decía que agonizaba en un mar de dolores y de ignominias.

   Escribe el Apóstol que Dios, cuando envió al Hijo a que expiara con su sangre las penas merecidas por nuestros pecados, quiso con ello patentizar lo grande de su justicia: Al cual (a Cristo Jesús) exhibió Dios como monumento expiatorio, mediante la fe, en su sangre, para demostración de su justicia. Nótese la expresión para demostración de su justicia.
   Para darse una idea de lo que Jesús padeció en su vida y especialmente luego en su muerte hay que tener en cuenta lo que el mismo Apóstol trae en su Carta a los romanos: Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como víctima por el pecado, condenó al pecado en la carne. Al ser enviado Jesucristo a redimir al hombre, se revistió de nuestra carne, inficionada por el pecado de Adán, y, aun cuando no contrajo la mancha del pecado, con todo, cargó con las miserias contraídas por la naturaleza humana en pena del pecado y se ofreció al Padre Eterno a satisfacer con sus penalidades a la divina justicia por todas las deudas del género humano; y el Padre, como escribe Isaías, hizo que le alcanzara la culpa de todos nosotros. Mira, por ende, a Jesús cargado con todas las blasfemias, todos los sacrilegios, obscenidades, hurtos, crueldades y con todas las maldades cometidas y que aún pueden cometer los hombres. Míralo, en una palabra, hecho objeto de todas las divinas maldiciones que se habían acarreado los hombres por sus crímenes: Cristo nos rescató de la maldición de la ley, hecho por nosotros objeto de maldición.

Dolores exteriores de Cristo. — De lo anteriormente expuesto concluye Santo Tomás que tanto los dolores interiores como los exteriores de Jesucristo excedieron a cuantos se pueden padecer en esta vida. En cuanto a lo que al dolor exterior del cuerpo atañe, baste saber que el Padre dotó a Jesucristo de cuerpo hecho a propósito para padecer, por lo que éste dijo: Me diste un cuerpo a propósito. Nota Santo Tomás que nuestro Señor padeció dolores y tormentos en todos sus sentidos: padeció en el tacto, porque le fueron desgarradas las carnes; padeció en el gusto con la hiel y vinagre; padeció en el oído con las blasfemias y burlas; padeció en la vista con sólo mirar a la Madre, que asistía a su muerte. Padeció también en todos sus miembros: le atormentaron la cabeza con espinas, las manos y pies con clavos, el rostro con bofetadas y Salivas y todo el cuerpo con la flagelación, en que se verificó la profecía de Isaías de que el Redentor había de parecer en su pasión como un leproso que no tiene parte sana e inspira horror a quien lo mira, al verle tan plagado de llagas desde los pies a la cabeza. Basta decir que Pilatos, contemplando a Jesús después de la flagelación, creyó que los judíos lo librarían de la muerte cuando lo presentara al pueblo desde el balcón, diciendo: Ved aquí al hombre.

   Nota San Isidoro que el resto de los hombres, cuando el dolor es intenso y prolongado, por su misma intensidad, sienten embotado el sentido por el dolor. Pero en Jesucristo no aconteció así: los postreros dolores fueron tan ásperos como los primeros, y los primeros latigazos de la flagelación fueron tan dolorosos como los últimos; sí, porque la pasión de nuestro Redentor no fue obra de los hombres, sino de la justicia divina, que quería castigar al hijo con todo el rigor que merecían los pecados de los hombres.


   De manera, Jesús mío, que en vuestra pasión quisisteis cargar con todas las penas que yo merecía por mis pecados, por lo que, si yo os hubiese ofendido menos, menos hubierais vos padecido en vuestra muerte. Sabiendo esto, ¿viviré en adelante sin amaros y sin llorar continuamente las ofensas que os hice? Jesús mío, me arrepiento de haberos menospreciado y os amo sobre todas las cosas. Por favor, no me rechacéis, como tengo merecido; recibidme en vuestro amor, ya que ahora os amo y no quiero amar nada fuera de vos. Harto ingrato sería si, después de tantas misericordias como conmigo usasteis, amara aún algo fuera de vos.

III. Jesucristo sufrió voluntariamente por nosotros

   Todo lo profetizó Isaías con estas palabras: Nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Fue traspasado por causa de nuestros pecados, molido por causa de nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz cayó sobre él, y por sus verdugones se nos perdonó. Todos nosotros como ovejas errábamos, cada uno a su camino nos volvíamos, mientras Yahveh hizo que le alcanzara la culpa de todos nosotros. Y Jesús, lleno de caridad, se ofreció voluntariamente y sin réplica a los designios del Padre, que quería sacrificarlo a manos de los verdugos, para que le atormentaran a su placer: Fue maltratado, mas él se doblegó y no abre su boca; como cordero llevado al matadero y cual oveja entre sus esquiladores enmudecido, y no abre su boca. Como el corderillo que se deja trasquilar sin quejarse, nuestro amoroso Redentor en su pasión se dejó trasquilar, no ya la lana, sino la piel, sin proferir ni una queja.


   ¿Qué obligación tenía El de expiar nuestras culpas? Sin embargo, quiso cargar con ellas para librarnos de la condenación eterna; agradezcámoselo y digámosle: (Has librado) mi vida de la hoya de perdición; te has echado a la espalda todos mis pecados. Haciéndose de ese modo Jesús voluntario deudor, por su bondad, de nuestras deudas, quiso sacrificarse completamente por nosotros, hasta ofrecer la vida entre los dolores de la cruz, como lo declaró por San Juan: Yo doy mi vida... Nadie me la quita, sino que yo por mí mismo la doy.

IV. De los extremados sufrimientos de Jesucristo

   Hablando San Ambrosio de la pasión de Nuestro Señor, escribe que Jesucristo, en los dolores por nosotros padecidos, tuvo quien le imitara, pero no quien lo igualara. Procuraron los santos imitar a Jesucristo en sus padecimientos para asemejársele, pero ¿quién de ellos logró, ni de lejos, igualarlo en sus sufrimientos? Cristo padeció por nosotros, a buen seguro, más de cuanto padecieron todos los penitentes, todos los anacoretas y todos los mártires, porque Dios le encargó satisfacer cumplidamente a su divina justicia por todos los pecados de los hombres: Yahveh le plugo destrozarle con padecimiento.

   Leyendo el martirologio, diríase que algunos mártires sufrieron dolores más acerbos que los que sufrió Jesucristo; con todo, al decir de San Buenaventura, no hubo dolor de mártir alguno que pudiera igualar en vivacidad a los dolores de nuestro Salvador, que fueron los dolores más agudos. Santo Tomás opina que el dolor sensible de Cristo fue el mayor que se pueda padecer en la vida. Por eso escribe San Lorenzo Justiniano que Nuestro Señor en cada tormento que sufrió, por razón de lo intenso y acerbo del dolor, padeció todos los suplicios de los mártires. Todo esto estaba predicho en breves palabras, cuando el rey David, hablando de Cristo, escribía: Sobre mí tu furor está pesando... Sobre mí han pasado tus furores. De manera que toda la ira divina, excitada por nuestros pecados, descargó sobre la persona de Jesucristo. Entiéndase de igual manera lo que de Él dice el Apóstol: Cristo... hecho por nosotros objeto de maldición. Jesús se trocó en la maldición —como se lee en el texto griego—, esto es, en el objeto de todas las maldiciones merecidas por nuestros pecados.

V. Dolores interiores del Salvador

   Hasta ahora sólo hemos hablado de los dolores exteriores de Jesucristo, pero ¿quién será capaz de explicar, ni siquiera comprender, los dolores corporales? Tales fueron estas penalidades internas, que en el huerto de Getsemaní le hicieron sudar sangre de todos sus poros, forzándole a exclamar que bastaban ellas para causarle la muerte: “Triste en gran manera está mi alma hasta la muerte”. Mas ¿por qué no murió, cuando la tristeza bastaba a arrebatarle la vida? No murió, responde Santo Tomás, porque El mismo impidió la propia muerte, reservándose el entregar la vida poco después en el patíbulo de la cruz. La tristeza mortal del huerto la había ya padecido Jesucristo durante toda su vida, dado que siempre tuvo ante los ojos las causas de sus dolores internos, una de las cuales, la más aflictiva, fue la consideración de la ingratitud de los hombres al amor que les patentizaría en la pasión.

   Cierto que en el huerto bajó un ángel a confortar al Redentor, como dice San Lucas: Y se le apareció un ángel venido del cielo, que le confortaba”; pero cierto también, según el venerable San Beda, que este aliento, lejos de disminuir, aumentó el dolor de Cristo, porque el ángel reanimó sus fuerzas para que padeciese con más constancia por la salvación del hombre; de donde concluye Beda que si el ángel animó a Jesús a padecer, representándole la magnitud de los bienes que de su pasión se reportarían, ello no disminuía ni en un punto de la magnitud del dolor. Por eso, inmediatamente después de la aparición del ángel, el evangelista escribe que Jesucristo, venido en agonía, oraba más intensamente. Y se hizo su sudor como grumos de sangre, que caían hasta el suelo.


   
   Según San Buenaventura, el dolor de Jesucristo alcanzó entonces el sumo grado, de modo que el afligido Señor, al ver las penalidades que había de padecer al fin de su vida, se impresionó tanto, que llegó a suplicar al Eterno Padre le librase de ellas: “Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz”; aun cuando esto decía no para librarse de las penalidades a que se había ofrecido, sino para darnos a entender las angustias de alma que experimentaba al tener que pasar por una muerte tan amarga a la naturaleza. Con todo, dominando la razón a los sentidos, tanto para secundar la voluntad del Padre como para alcanzar nuestra salvación, por la que tanto suspiraba, añadió inmediatamente: “Mas no como yo quiero, sino como quieres tú”; y de esta suerte prosiguió orando durante tres horas: Y oraba diciendo..... “Oró por tercera vez...”

VI. Frutos de la muerte de Jesucristo

   Prosigamos con las predicciones de Isaías. Predijo las bofetada, puñetazos, esputos y demás infames tratamientos padecidos por Jesucristo en la víspera de su muerte de parte de los verdugos, que lo tuvieron encarcelado en el palacio de Caifás, para llevarlo a la mañana siguiente a que Pilatos lo condenase a muerte de cruz: “Mi espalda ofrecí a los que golpeaban, y mis mejillas, a quienes, mesaban la barba; mi rostro no hurté a la afrenta y al salivazo”. También estos malos tratos fueron descritos por San Marcos, quien llega a decir que los verdugos, tratando a Jesús como falso profeta, para escarnecerlo vendáronle los ojos y lo abofetearon y dieron empellones, importunándole a que adivinara quién le había sacudido: Y comenzaron algunos a escupirle, y a envolverle el rostro, y a darle puñadas, y a decirle: «Profetiza»; y los criados le recibieron a bofetadas.


   

   Continúa Isaías hablando de la muerte de Jesucristo, y dice: Como cordero llevado al matadero. Cuentan los Actos de los Apóstoles que el ministro de la reina Candace, eunuco, leyendo este pasaje de Isaías, preguntó a San Felipe (quien se le había unido en el viaje por inspiración divina) a quién se aplicaban estas palabras de Isaías, aprovechando el santo apóstol para explicarle todo el misterio de la redención obrada por Jesucristo. El eunuco, iluminado por luz celestial, pidió inmediatamente el bautismo.

   El profeta termina prediciendo el extraordinario fruto que el mundo reportaría de la muerte del Salvador, de la que nacerían espiritualmente muchos santos: Cuando él ponga su vida como medio expiatorio, verá descendencia, prolongará sus días...; por medio de su conocimiento, mi siervo, el justo, justificará a muchos.

VII. Profecías mesiánicas de David

   También David predijo otras circunstancias particulares de la pasión de Jesucristo, especialmente en el salmo 21, en que habló de las manos y pies taladrados y cómo se podrían contar al Redentor todos sus huesos: “Taladraron mis manos y mis pies; cuento todos mis huesos”. Anunció que antes de la crucifixión le quitarían los vestidos para sortearlos entre los verdugos, y que la túnica interior, inconsútil, había de ser sorteada: “Repártense entre sí mis vestiduras y echan sobre mí túnica las suertes”. De esta profecía se hacen eco San Mateo y San Juan.

   Además, San Mateo nos recuerda las blasfemias y burlas de los judíos contra Jesús, pendiente de la cruz: Y los que por allí pasaban le ultrajaban moviendo sus cabezas y diciendo: «Tú, el que destruye el santuario y en tres días le reedificas, sálvate a ti mismo, si es que eres Hijo de Dios, y baja de la cruz». De semejante manera también los sumos sacerdotes, a una con los escribas y ancianos, en son de burla, decían: «A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse; Rey es de Israel, baje ahora de la cruz, y nos comprometemos a creer en él. Ha puesto en Dios su confianza; líbrele ahora si de verdad le quiere; como que dijo De Dios soy Hijo». Casi todos estos detalles los predijo compendiosamente David al decir: Todos cuantos me ven, de mí se mofan, tuercen los labios, mueven la cabeza. Confió en el Señor, pues que él le libre; ya que en Él se complace, que le salve.


   
   Predijo también David la gran pena que había de sufrir Jesús al verse en la cruz abandonado de todos, y hasta de sus discípulos, fuera de San Juan y de la Santísima Virgen; pero la presencia de esta Madre querida no disminuía las penas del Hijo, sino que las aumentaba, por la compasión que excitaba en su corazón al verla tan afligida por su muerte. Por manera que el pobre Señor no tuvo quien lo consolase en sus angustias mortales, como lo profetizó David: Y esperé a un compasivo, y no lo hubo; y a los consoladores, y no hallé. Pero el tormento mayor que afligió a nuestro Redentor fue el verse abandonado hasta del Eterno Padre, lo que le hizo exclamar, según David: “Mi Dios, mi Dios, ¿por qué me abandonaste? Alejado estás de mis plegarias, de las palabras del rugido mío”. Como si dijera: Padre mío, los pecados de los hombres, que llamo míos, porque con ellos cargué, me impiden verme libre de estos tormentos, que me están quitando la vida, y vos, Dios mío, ¿por qué en tal desolación me abandonáis? Con estas palabras de David están acordes las de San Mateo cuando cuenta cómo Jesús exclamaba poco antes de morir: Eli, Eli, lamma sabachthani, esto es, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste?



VIII. Jesucristo, verdadero Mesías. Sobreabundancia de sus méritos

De todo lo cual se deduce cuán desacertados anduvieron los judíos en negarse a reconocer como su Mesías al Salvador por haber muerto con muerte tan ignominiosa. Pero y ¿por qué no reconocerán que si Jesucristo, en lugar de morir como reo en una cruz, hubiera muerto con muerte gloriosa y triunfante ante los hombres, no habría sido el Mesías prometido por Dios y predicho por los profetas, quienes desde tantos siglos antes habían prefijado que nuestro Redentor moriría saciado de oprobios? Ofrezca la mejilla al que le hiere, hártese de oprobios. Todas estas humillaciones y padecimientos de Jesucristo, ya predichos por los profetas, no fueron comprendidos ni por los discípulos hasta luego de la resurrección y ascensión a los cielos: Estas cosas no las conocieron sus discípulos desde un principio, sino que, cuando fue glorificado Jesús, entonces recordaron que tales cosas estaban escritas sobre él, y éstas fueron las que con él hicieron.

En fin, con la pasión de Jesucristo, sufrida con tantos dolores e ignominias, se verificaron las palabras de David: La justicia y la paz se besarán. Y se besaron la paz y la justicia, porque los hombres, por los méritos de Jesucristo, alcanzaron la paz con Dios, y, por otra parte, con la muerte del Redentor quedó sobreabundantemente satisfecha la divina justicia. Digo sobreabundantemente porque para redimiros no era necesario que Jesucristo padeciese tantos ultrajes y oprobios, sino que bastaba, como vulgarmente se dice, una sola gota de su sangre, una sencilla oración para salvar al mundo; pero El, para acrecentar nuestra esperanza y para inflamarnos más y más en su amor, quiso que nuestra redención fuese no sólo suficiente, sino también sobreabundante, como predijo David: Más que los centinelas por la aurora, espere Israel por el Señor. Porque hay en el Señor misericordia y hay en El abundante redención.

Y esto lo declaró claramente Job cuando, al hablar en la persona de Cristo, dijo: ¡Ojalá pudiera pesarse puntualmente mi disgusto, y mi infortunio se pusiera a un tiempo en balanza! ¡Porque él es más pesado que la arena de los mares!. Aquí Jesús llamó, por boca de Job, suyos nuestros pecados, puesto que se había ofrecido a satisfacer por nosotros para revestirnos de su justicia. «Jesucristo —dice San Agustín—hizo suyos nuestros delitos para poder revestimos de u justicia». La Glosa comenta el texto de Job, diciendo que en la balanza de la justicia divina más pesa la pasión de Cristo que todos los pecados de la naturaleza humana. La vida de todos los hombres no era suficiente para satisfacer por un solo pecado, pero las penas de Jesucristo ganaron por todas nuestras culpas: Y Él es propiciación por vuestros pecados.

Por eso anima San Lorenzo Justiniano a los pecadores sinceramente arrepentidos a esperar ciertamente el perdón por los méritos de Jesucristo, con estas palabras: «Mide tus delitos según las aflicciones de Cristo»; como si dijese: Pecador, no quieras medir tus culpas por la grandeza de tu arrepentimiento, porque todas tus acciones no te pueden alcanzar el perdón, sino mídelas con las penas de Jesús, y así es como debes esperar el perdón, porque tu Redentor pagó con creces por ti.



   ¡Oh Salvador del mundo!, en vuestras carnes, desgarradas por los azotes, las espinas y los clavos, reconozco el amor que me habéis tenido y la ingratitud con que os pagué, injuriándoos tanto después de tanto amor; pero vuestra sangre es mi esperanza, pues con su precio me librasteis del infierno siempre que lo merecí. ¡Oh Dios!, ¿qué hubiera sido de mí por toda la eternidad si no hubieseis pensado en salvarme con vuestra muerte? Bien sabía yo, desventurado de mí, que, perdiendo vuestra gracia, me condenaba por mí mismo a vivir siempre separado de vos en el infierno, con las desesperaciones del apartamiento, y, con todo, ¡me atreví osadamente a volveros las espaldas! Pero me complazco en repetirlo: vuestra sangre es mi esperanza. ¡Ojalá hubiese muerto antes que ofenderos! ¡Oh Bondad infinita!, merecía permanecer en mi ceguera, y vos me iluminasteis con nuevas luces; merecía vivir endurecido en mis pecados, y me ablandasteis y disteis arrepentimiento, por lo que ahora aborrezco más que a la misma muerte los desprecios que os causé y siento vehementes deseos de amaros. Estas gracias, recibidas de vos, me aseguran de vuestro perdón y de que me queréis salvar. ¡Ah Jesús mío!, ¿quién podrá dejar de amaros en lo futuro y no amar más que a vos solo? Os amo, Jesús mío, y en vos confió; acrecentad en mí esta confianza y este amor, para que de hoy más lo olvide todo y no piense más que en amaros y agradaros.

¡Oh María, Madre de Dios!, alcanzadme la fidelidad a vuestro Hijo y mi Redentor.


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