lunes, 12 de marzo de 2018

LA MEDALLA DE SAN BENITO




Capítulo II
La imagen de San Benito
representada en la medalla


   La honra de figurar en la misma medalla junto con la imagen de la Santa Cruz fue concedida a San Benito con la finalidad de indicar la eficacia que tuvo en sus manos esta señal sagrada. San Gregorio Magno, que escribió la vida del Santo Patriarca, nos lo representa disipando con la señal de la Cruz sus propias tentaciones, y quebrando con la misma señal hecha sobre una bebida envenenada, el cáliz que la contenía, quedando así patente el perverso designio de los que habían osado atentar contra su vida. Cuando el espíritu maligno, para aterrorizar a los monjes, les hace ver el Monasterio de Montecasino en llamas, San Benito desvanece ese prodigio diabólico haciendo la misma señal de la Pasión del Salvador sobre las llamas fantásticas. Cuando sus discípulos andan interiormente agitados por las sugestiones del tentador, les indica como remedio trazar sobre el corazón la imagen de la Cruz.

   En su Regla determina que el hermano que acaba de leer ante el altar la obligación solemne de su profesión religiosa, estampe en la cédula de los votos la señal de la Cruz, a manera de sello irrevocable.





   Los discípulos de San Benito, llenos de confianza en el poder de esa sagrada señal, realizaron por su intermedio innumerables prodigios. Basta recordar a San Mauro, que curó a un ciego; a San Plácido, quien curó a muchos enfermos; a San Richmir, libertador de cautivos; a San Wulstan, que salvó a un obrero que caía de lo alto de la torre de una iglesia; a San Odilón, que extrajo una astilla de madera que había perforado el ojo de un hombre; a San Anselmo de Canterbury, ahuyentando espectros horribles que acosaban a un anciano moribundo; a San Hugo de Cluny, aplacando una tempestad; a San Gregorio VII, cuando impidió el incendio de Roma, etc.: todos estos prodigios y muchísimos más, referidos en las Actas de los Santos de la Orden de San Benito, fueron realizados con la señal de la Cruz.

   La gloria y la eficacia de ese augusto instrumento de nuestra salvación fueron celebradas con entusiasmo por la gratitud de los hijos del santo Patriarca. Citemos el oficio parvo de la Santa Cruz que rezaba San Udalrico, Obispo de Augsburgo, y que se celebraba en el coro de las Abadías de San Gali, de Reichenau, de Bursfeld y otras; los poemas dedicados a la Santa Cruz por el Beato Rábano Mauro y San Pedro Damián; las admirables oraciones compuestas en su honor por San Anselmo de Canterbury. El venerable Beda, San Odilón de Cluny, Ruperto de Deutz, Exbert de Schonaugen, y muchos otros, nos dejaron sermones sobre la Santa Cruz; Eginardo escribió un libro para defender su culto, que los iconoclastas (Herejes del siglo VIII que combatían el culto de las imágenes. Fueron condenados por el II Concilio de Nicea, en el año 787) combatían, y Pedro el Venerable defendió, en un tratado especial, el uso de la señal de la Cruz, ridiculizado por los petrobrusianos (Seguidores de Pedro de Bruys, heresiarca discípulo de Abelardo que murió quemado en 1126, en Saint-Gilles, Languedoc).

   Un gran número de las más ilustres abadías de la Orden de San Benito fueron fundadas bajo el título de la Santa Cruz. Recordemos apenas el célebre monasterio construido en París por el obispo San Germain; en la diócesis de Meaux, el que fue erigido por San Faron; en Poitiers, la abadía de la Santa Cruz, fundada por Santa Radegunda; en Bordeaux, la que Clodoveo II construyó bajo la misma advocación; la de Metten en Baviera; la de Reichenau, en Suiza; la de Quimperlé, en nuestra Bretaña; y en Vosges, los cinco muy conocidos monasterios construidos de tal modo que forman entre sí la imagen de la Santa Cruz.

   El mismo Salvador del mundo parece haber querido confiar a los hijos de San Benito, como especial favor, una considerable parte de la Cruz con la cual rescató a los hombres. Pues a su custodia fueron confiados insignes fragmentos de aquel madero sagrado. Si se reunieran delante de un cristiano todos los pedazos conservados en las diversas abadías de la Orden, ese cristiano podría alegrarse de tener delante de los ojos el instrumento de su salvación. Entre los monasterios favorecidos con tal tesoro, nombremos, en Francia, Saint-Germain-des Prés, en Paris; Saint- Denys; Santa Cruz de Poitiers, Cormery, en Touraine; Gellone, etc. Recordemos también a San Miguel de Murano, en Venecia; Sahagún, en España; Reichenau, en Suiza; en Alemania, San Ulrico y Santa Afra, en Augsburgo; San Miguel, en Hildesheim; San Trudperto, en la Selva Negra; Moelk en Austria; la célebre abadía de Gandersheim, etc.

   Pero la misión más gloriosa confiada a los benedictinos para la glorificación de la Santa Cruz, fue la de llevar ese instrumento de salvación a numerosas regiones, a través de la predicación apostólica a los paganos. Fue su celo el que arrancó de las tinieblas de la infidelidad a la mayor parte de Occidente; bien se sabe cuánto debe Inglaterra a San Agustín de Canterbury, Alemania a San Bonifacio, Bélgica a San Amando, Holanda y Zelandia a San Willibrordo, Westfaliaa San Switbert, Sajonia a San Ludger, Baviera a San Corbiniano, Suecia y Dinamarca a San Anscario, Austria a San Wolfango, Polonia y Bohemia a San Adalberto de Praga, Prusia a San Otón de Bamberg, Rusia al segundo San Bonifacio.

   Muy resumidamente, son éstas las relaciones de la Santa Cruz con las grandes obras vinculadas a la persona y al nombre de San Benito. Por todo ello, es lícito concluir que era muy conveniente reunir en una sola medalla la imagen del santo Patriarca y la de la Cruz del Salvador.

   Esto quedará aún más claro cuando consideremos lo que se narra en las vidas de los dos grandes discípulos del siervo de Dios, San Plácido y San Mauro. Cuando realizaban sus frecuentes milagros tenían la costumbre de invocar junto con el auxilio de la Santa Cruz, el nombre de su santo Fundador, y así consagraron, desde el principio, la piadosa costumbre expresada más tarde por la medalla.

   San Plácido acababa de despedirse de San Benito, para ir a Sicilia; al llegar a Capua, le piden la curación del vicario de la iglesia local. Después de largas resistencias de su humildad, consiente en imponer las manos sobre la cabeza del sacerdote, afectado por una dolencia mortal, y lo cura instantáneamente, pronunciando estas palabras: “En nombre de Jesucristo, Señor nuestro, que por las oraciones y por la virtud de nuestro Maestro Benito, me sacó sano y salvo de las aguas, recompense Dios tu fe y te restituya la primitiva salud”.

   Poco después, se le presentó un ciego, pidiendo a su vez la curación. Plácido le hace sobre los ojos la señal de la Cruz, acompañada de esta oración: “Mediador entre Dios y los hombres, Señor Jesucristo, que descendisteis del cielo a la tierra para iluminar a los que están en las tinieblas y en las sombras de la muerte; que disteis al bienaventurado Benito, nuestro Maestro, la virtud de curar todas las dolencias y heridas, dignaos, por sus méritos, dar vista a este ciego, a fin de que él, contemplando la grandeza de vuestras obras, Os tema y Os adore como a soberano Señor”. Volviéndose enseguida al ciego, agregó: “Por los méritos de nuestro santísimo Padre Benito, y en nombre de Aquel que creó el sol y la luna para que sirvieran de ornato al cielo, y que dio al ciego de nacimiento la vista que la naturaleza le negara, yo te ordeno: levántate y sé curado; ve a anunciar a todos las maravillas de Dios”. Y el ciego inmediatamente recobró la vista.

   Podríamos relatar aún otros hechos milagrosos de la vida de San Plácido, como curaciones de enfermos y expulsiones de demonios, en los que la invocación o la memoria de San Benito, que todavía estaba vivo, se conjugaba con la utilización de la señal de la Cruz. En esos relatos, hasta los mismos enfermos reconocían y proclamaban esa misteriosa correlación.

   San Mauro dejó al gran Patriarca que le ordenaba ir a las Galias para establecer su Regla. Como dijimos, una vez allí, obró numerosos milagros, realizados también por medio de la Santa Cruz, a cuya divina virtud el santo Abad tenía la costumbre de unir la invocación de San Benito. El mismo lo afirmó, cuando después de arrancar de las garras de la muerte a uno de sus compañeros de viaje, declaró formalmente a los testigos del milagro: “Si la Divina Majestad se dignó obrar este prodigio por el madero de nuestra redención, no es a un hombre, sino al propio Redentor a quien debe atribuirse la gloria, aunque nadie pueda poner en duda que esta gracia nos fue alcanzada de Jesucristo por los méritos de nuestro santísimo Padre Benito”.

   Los hechos prueban, pues, con evidencia, que ese modo de recurrir a la bondad divina en la Orden benedictina estuvo en uso desde sus comienzos, con pleno resultado. Todavía estaba vivo San Benito, y ya sus discípulos se dirigían a Dios en su nombre; y si entonces el Cielo bendecía la confianza en sus merecimientos, ciertamente el poder de intercesión de tal siervo de Dios había de aumentar, una vez exaltado en la Gloria.

Dom Prosper Guéranger O.S.B.
Abad de Solesmes

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