martes, 20 de marzo de 2018

LA MEDALLA DE SAN BENITO. Capítulo IV




Origen de la medalla
de San Benito

   Es imposible fijar con precisión la época en que se comenzó a usar la medalla que acabamos de describir; pero podemos determinar las circunstancias que favorecieron su propagación y anticiparon su expresa aprobación por la Santa Sede.

   En 1647, en Nattremberg, Baviera, unas hechiceras, acusadas de haber hecho maleficios contra los habitantes de la región, fueron encarceladas por orden de la autoridad pública. En la instrucción del proceso, declararon que sus supersticiosas maquinaciones siempre quedaban sin resultado en los lugares en que la imagen de la Santa Cruz estaba suspendida, o aun oculta en el suelo; agregaron que nunca habían podido ejercer poder alguno sobre la abadía de Metten, de donde concluían que tal impotencia se debía a alguna cruz que protegía aquel monasterio.

   Las autoridades consultaron a los benedictinos de Metten sobre tal particularidad. La búsqueda llevada a cabo en la abadía permitió constatar que en las paredes había muchas representaciones de la Santa Cruz, acompañadas con los caracteres arriba indicados. Aquellas señales eran de épocas remotas, y hacía ya mucho tiempo que nadie les prestaba más atención. Cumplía explicar tales caracteres, cuyo sentido se había perdido; sólo los monjes podrían revelar la intención con que habían sido trazadas allí dichas cruces.

   Finalmente, después de muchas investigaciones, se encontró en la biblioteca de la abadía un manuscrito. Era un Evangeliario, notable por su encuadernación enriquecida con reliquias y piedras preciosas, cuya primera página incluía trece versos que indicaban que el volumen había sido escrito y adornado por orden del Abad Pedro, en el año 1415. Ese mismo manuscrito transcribía, a continuación, el libro de Rábano Mauro sobre la Cruz, y varios dibujos a pluma, ejecutados por un monje anónimo de Metten. Uno de los diseños representaba a San Benito, revestido con la cogulla monástica, sosteniendo en la mano derecha un bastón terminado por una cruz. Sobre el bastón se leía este verso:

Crux sacra sit m lux n draco sit michi dux

   De la mano izquierda del santo Patriarca pendía una flámula con estos dos versos:

Vade retro sathana nuq suade m vana.
Sunt mala que libas ipse venena bibas.

(La descripción del manuscrito de Metten fue publicada en 1721 por el docto Dom Bernardo Pez, en el tomo primero de su Thesaunis Andedoctorum novíssimus, donde mandó grabar el diseño que comentamos).

   Así pues, ya en el siglo XV, San Benito era representado con una cruz; y ya existían los versos cuyas iniciales se leen hoy en la medalla. Esos versos deben haber sido, en aquella época, objeto de una devoción particular, porque se veía la imagen de la Santa Cruz en las paredes de la abadía de Metten, rodeada por las iniciales de cada una de las palabras que los componen. Se debe reconocer que la piadosa intención que había inspirado la erección de aquellas cruces había caído en el olvido, y poco caso se había hecho del precioso Evangeliario cuya descripción hacemos siguiendo a Dom Bernardo Pez, hasta que una circunstancia inesperada llevó a los religiosos a buscar la interpretación de los misteriosos caracteres. Tal incuria es más que explicable a causa de las vicisitudes atravesadas por los monasterios alemanes más de un siglo antes, como consecuencia de las agitaciones religiosas y políticas de que fuera teatro la región, y que provocaron la destrucción de muchos de ellos, dejando otros en estado próximo a la ruina.

   Si ahora quisiéramos investigar en qué época se comenzó a representar a San Benito con la Santa Cruz, podríamos descubrir algún origen de esa costumbre en los hechos tan característicos que citamos de las vidas de San Plácido y San Mauro, primeros fundadores de las tradiciones de la Orden. Vemos allí que ambos realizaron sus obras milagrosas asociando al poder de la Santa Cruz los méritos de su maestro San Benito.

   Por otro lado, un hecho narrado en la vida del Papa San Leon IX, quien gobernó a la Iglesia de 1049 a 1054, nos traerá alguna luz para el esclarecimiento de la cuestión. Ese santo Pontífice, nacido en 1002, tuvo al principio el nombre de Bruno, y fue confiado, de pequeño, al cuidado de Bertoldo, obispo de Toul. Sucedió que, habiendo ido a visitar a sus padres al castillo de Eginsheim, en la noche del sábado al domingo, mientras dormía en el cuarto que le habían preparado, un sapo horrible se instaló sobre su rostro. El inmundo animal apoyaba sus patas delanteras sobre la región de la oreja y debajo del mentón, y apretaba con fuerza el rostro del joven, chupándole la piel. La presión y el dolor despertaron a Bruno. Aterrado con el peligro, se levantó inmediatamente del lecho, y sacudió con un movimiento de la mano el horrendo bicho, que pudo distinguir perfectamente a la luz de la luna.

   Al verlo, soltó un grito de terror; acuden muchos criados, trayendo luces; pero a su llegada, desaparece el bicho venenoso. En vano buscan su rastro: todos los esfuerzos son inútiles. Quedó pues, la duda sobre si la aparición del monstruo había sido real o imaginaria; pero no por ello las consecuencias de su paso fueron menos crueles. Bruno sintió enseguida una inflamación dolorosa en el rostro, en la garganta y en el pecho; y su estado de salud no tardó en inspirar los más vivos temores.

   Durante dos meses, sus padres desolados rodearon su lecho, esperando cada día ver llegar su último momento; Dios, sin embargo, que lo reservaba para la salvación de la Iglesia, quiso poner término a su aflicción, restituyéndole la salud. Hacía ocho días que había perdido el habla, cuando, de repente, sintiéndose totalmente despierto, vio una escalera luminosa que partía de su cama, y atravesando la ventana del cuarto, parecía subir hasta el cielo. Por esa escalera bajó un venerable anciano, revestido con el hábito monástico y circundado de brillante esplendor. Traía en la mano derecha una cruz colocada en la punta de un largo bastón. Llegado junto al enfermo, apoyó la mano izquierda en la escalera y con la cruz que llevaba en la derecha tocó el rostro de Bruno y luego las otras partes inflamadas. Esos toques hicieron salir el veneno por una abertura que se formó inmediatamente en la región de la oreja. Y dejando al enfermo ya aliviado, el anciano se retiró, siguiendo el mismo camino por donde había venido.

   En el mismo instante, Bruno llama a Adalberón, su capellán, lo invita a sentarse en su cama y le cuenta la feliz visita que acababa de recibir. A la desolación que reinaba en la casa, sucedió la más viva alegría; pocos días después, la llaga había cicatrizado y Bruno gozaba de perfecta salud. Durante todo el resto de su vida, le gustaba narrar el milagroso acontecimiento; y el archidiácono Viberto, autor del relato que acabamos de reproducir, atestigua que el Pontífice había reconocido, en la persona del venerable anciano que lo había curado con el contacto de la Cruz, al glorioso Patriarca San Benito (Mabillon, Acta Sancionan Ordinis S. Benedicti, saeculum VI).

   Tal es la narración que leemos en las Actas de San León IX, reproducidas por Dom Mabillon en su Sexto Siglo Benedictino. Esta narración nos posibilita hacer dos conjeturas de igual verosimilitud. En primer lugar, parece correcto pensar que si San Bruno reconoció a San Benito cuando se le apareció con la Cruz en la mano, fue porque ya entonces se acostumbraba representar al santo legislador portando la señal de la salvación del mundo; en segundo lugar, al haberse dado el acontecimiento referido con un hombre destinado a una influencia tan grande, y que profesó tan alto reconocimiento al santo Patriarca que lo había curado por medio de la Cruz, esto forzosamente ha de haber contribuido sobre todo en Alemania, donde San León IX pasó la mayor parte de su vida para originar o al menos confirmar la costumbre de representar a San Benito con la Cruz, que en sus manos fuera instrumento de tantas maravillas.

   El manuscrito de la abadía de Metten es uno de los documentos de esa práctica, y los versos que acompañaban la efigie del santo Patriarca no eran simplemente obra ignorada del copista, sino una fórmula ya honrada por cierta celebridad, puesto que sólo las iniciales de cada una de las palabras que los componen se hallaban pintadas en diversos lugares de la abadía de Metten, alrededor de la imagen de la Cruz; y eso desde un tiempo tan remoto que, en 1647, ya se había perdido el significado de los caracteres.

   El suceso de Nattremberg despertó la devoción de los pueblos a San Benito representado con la Santa Cruz. Desde entonces la piedad comenzó a multiplicar y propagar los augustos símbolos que se encuentran reunidos en la medalla, a fin de que los fieles pudieran gozar de la protección prometida a los que veneraran la Santa Cruz en unión con el santo Patriarca de los Monjes de Occidente. Al instrumento de la salvación y a la efigie de San Benito se unieron los caracteres cuya explicación se encontraba en el manuscrito de Metten. De Alemania, donde se acuñó primeramente, la medalla, considerada por los fieles como una defensa segura contra los espíritus infernales, se difundió con rapidez por toda la Europa católica. San Vicente de Paul, fallecido en 1660, parece haberla conocido, pues todas las Hermanas de la Caridad desde tiempos inmemoriales la traen en su rosario, y durante muchos años, en Francia, la medalla se acuñó exclusivamente para el uso de estas religiosas.












Dom Prosper Guéranger O.S.B.
Abad de Solesmes

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