martes, 6 de marzo de 2018

LLAMADOS A LA PENITENCIA





«Tú eres, Señor, bueno, indulgente, rico en amor para todos aquellos que te invocan» (Sal 86, 5).




—Jesús «vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: Sígueme» (Lc. 5, 27). Jesús es verdaderamente el Señor: llama a quien quiere y su llamada es capaz de arrancar a un recaudador de sus negocios, quizás no siempre honestos, y convertirle en un discípulo, más aún, en un Apóstol, en uno de los doce: Mateo. Y aquel hombre  que se siente llamar, no tiene un momento de duda, sino que «dejándolo todo, se levantó y le siguió» (Lc. 28). 






   Los recaudadores, por su ansia de dinero, por los excesivos tributos que imponían al pueblo, eran considerados pecadores públicos y por eso rechazados de todos. Jesús adopta otra actitud: porque es el Salvador, va en busca de quien tiene necesidad de salvación y se la ofrece; más todavía, precisamente a un publicano le ofrece una vocación de privilegio. Y a quien se escandaliza de verlo a la mesa en casa de Mateo, en medio de otros muchos recaudadores, le dice el Señor: «No he venido a llamar a conversión a justos sino a pecadores» (Lc. 32). 






   Parecería que la condición básica para ser llamados por Jesús es la de ser pecadores; y en realidad, después del pecado de Adán, todos los hombres son eso, pero solamente los que tienen la humildad de reconocerlo, los que sienten necesidad de salvación, son aptos para responder como Mateo a la llamada del Señor. De hecho el Señor llama con una finalidad bien precisa: llama a penitencia, a conversión.


   Quien se crea justo, como se lo creían los fariseos, y no admita que está necesitado de conversión, él mismo cierra su espíritu a la gracia de la salvación. Es éste el más insidioso de los pecados, el pecado del orgullo espiritual, que puede anidarse a veces también en las «personas devotas». Pero el hombre que con humildad sincera reconoce pertenecer al grupo de los enfermos, de los pecadores, puede estar muy seguro de que Cristo no le rechazará, al contrario lo buscará para sanarlo, para convertirlo, para liberarlo del pecado. Vino precisamente para esto. Al médico no le interesan los sanos sino los enfermos; al Salvador no le interesan los justos —pero ¿quién es justo delante de Dios?— sino los pecadores.


— La llamada a la penitencia produjo en Mateo un fruto grande: una conversión radical que lo transformó de publicano en apóstol. Siempre pero de modo especial durante la Cuaresma, la Iglesia, imitando a Jesús, sigue llamando a los hombres a penitencia (SC 9, 109).



SAN MATEO. APÓSTOL.



   La respuesta de cada uno debería ser igual a la de Leví: no dudar frente a la necesidad de cambiar de mentalidad y comportamiento; no tener miedo a dejar cosas, costumbres, personas queridas, o intereses ventajosos cuando sean obstáculo a la conversión o impidan una respuesta total a la llamada de Dios. «Solamente haciendo morir lo que es viejo —dice el Concilio— podemos llegar a una vida nueva» (AG 8).
  




   La penitencia, en su significado esencial, exige siempre un cambio de vida: del pecado a la virtud, de la tibieza al fervor, del fervor a la santidad. Este cambio interior no se puede realizar sin la ayuda divina: pero el Señor no es avaro de ella y si llama al hombre a penitencia le ofrece al mismo tiempo la gracia necesaria para convertirse. Para un cristiano seguir la llamada a la penitencia, abrirse a la gracia de la conversión significa vivir el propio bautismo, un sacramento mediante el cual «los hombres se insertan en el misterio pascual de Cristo y con él mueren, son sepultados y resucitan» (SC 6).






   Precisamente por esto, en el tiempo de Cuaresma, la Liturgia se detiene frecuentemente en los temas bautismales. La muerte y la resurrección en Cristo operadas por el bautismo no son un hecho estático, sucedido una vez para siempre, sino un hecho dinámico, vital, que todos los días debe envolver al cristiano en la muerte y en la resurrección del Señor. «Estáis muertos», dice S. Pablo (CI 3, 3): es la muerte de la renuncia profunda al egoísmo, al orgullo, a la ambición, a la sensualidad; en una palabra, la muerte así mismo para vivir con plenitud la nueva vida de creatura completamente resucitada en Aquel que ha muerto y resucitado por la salvación de todos los hombres. Es éste el auténtico sentido de la penitencia, de la conversión y por lo tanto de la renuncia que aquellas exigen. El cristiano no se mortifica ni se renuncia a sí mismo por el gusto de renunciar y de morir, sino por la alegría de vivir en Cristo, de realizarse en plenitud participando de la resurrección de su Señor.


   Inclina tu oído, Señor; escúchame, que soy un pobre desamparado. Protege mi vida, que soy un fiel tuyo; salva a tu siervo, que confía en ti. Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor, que a ti te estoy llamando todo el día. Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende a la voz de mi súplica. (Salmo 86,1-6).

   ¡Oh Señor de mi alma y Bien mío! ¿Por qué no quisiste que en determinándose un alma a amaros, con hacer lo que puede en dejarlo todo para mejor emplearse en este amor de Dios, luego gozase de subir a tener este amor perfecto? Mal he dicho. Había de decir y quejarme, por qué no queremos nosotros; pues toda la falta nuestra es no gozar luego de tan gran dignidad; pues en llegando a tener con perfección este verdadero amor de Dios, trae consigo todos los bienes. Somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios que, como Su Majestad no quiere gocemos de cosa tan preciosa sin gran precio, no acabamos de disponernos... Así que, porque no se acaba de dar junto, no se nos da por junto este tesoro...Harto gran misericordia hace [el Señor] a quien da gracia y ánimo para determinarse a procurar con todas sus fuerzas este bien; porque si persevera, no se niega Dios a nadie; poco a poco va habilitando él ánimo para que salga con esta victoria... Si el que comienza se esfuerza, con el favor de Dios, a llegar a la cumbre de la perfección, creo jamás va solo al cielo, siempre lleva mucha gente tras sí; como a buen capitán, le da Dios quien vaya en su compañía... Que no es menester poco ánimo para no tornar atrás, sino hay mucho y mucho favor de Dios. (STA. TERESADE JESUS, Vida 11, 1-4)



TIEMPO DE CUARESMA

P. GABRIEL DE STA. M. MAGDALENA, O.C.D




No hay comentarios.:

Publicar un comentario