jueves, 6 de mayo de 2021

SAN PIO V, PAPA Y CONFESOR. (+1572). 5 de mayo.


 

   El santo Papa Pio V de este nombre, fué de la noble familia de los Gisleris o Gisler, originaria de Bolonia; y nació el año de 1504 en Bosco, población corta a dos leguas de Alejandría de la Palla, en el obispado de Tortona. Le llamaron Miguel en el bautismo, y el primer cuidado de sus virtuosos padres fué darle una educación cristiana, en la que les dejó poco que hacer el buen natural del niño, propenso por sí mismo a la virtud. Era apacible, modesto, dócil y amigo de complacer a todos. Casi desde la cuna profesó una tierna y ferviente devoción a la santísima Virgen, que fué parte de su distintivo o de su carácter; pocos siervos de esta Señora le excedieron en el fervor y en el celo por todo lo que tocaba a su servicio.

 

 

   Crecía Miguel en edad, en juicio y en prudencia, cuando sus padres, poco favorecidos de los bienes de fortuna, pensaron en que aprendiese algún oficio con que poder mantenerse; pero eran muy distintos los designios de la divina Providencia acerca de aquella grande alma. Apenas conocía Miguel al mundo, y ya pensaba en dejarlo; a los doce años de su edad resolvió hacerse religioso, y la divina Providencia le facilitó los medios.

 

 

   Habiendo pasado por el lugar de Bosco dos religiosos de santo Domingo, tuvieron precisión de detenerse algunos días. Les habló nuestro Miguel; y prendados ellos del anticipado juicio, prudencia y capacidad del niño, e informados de sus piadosos deseos, se ofrecieron a llevarle consigo al convento de Voghere, y a cuidar de su instrucción si se inclinaba a abrazar el instituto. No podían hacerle oferta que fuese más conforme a su inclinación; se arrojó a sus pies, y les pidió con lágrimas que le cumpliesen la palabra y le hiciesen aquella caridad. Con el consentimiento de sus padres partió en compañía de aquellos religiosos, los cuales conocieron desde luego que Dios destinaba para alguna cosa grande a su pequeñito ahijado. Hizo tan asombrosos progresos en las letras humanas y en la virtud, que cuanto antes se dieron priesa a vestirle el santo hábito. Lo recibió a los quince años de su edad, y le enviaron al convento de Vigevano para hacer el noviciado. En vista del fervor y de la perfección con que se portó en él, todos esperaron que la religión había de tener con el tiempo en fray Miguel un insigne santo, y que sería sin duda uno de los más brillantes ornamentos de la orden.

 

 

   Los rápidos progresos que hizo en la virtud y en las ciencias, comenzaron a comprobar esta especie de predicción. Apenas acabó los estudios, cuando le dedicaron al magisterio, que desempeñó con el mayor lucimiento; y habiéndole hecho prior de los conventos de Vigevano, Sancino y Alba, no mereció menos reputación su insigne talento para el gobierno. En todas partes restauró la disciplina religiosa, y en todas resucitó el primitivo espíritu de su santo patriarca. En la felicidad con que promovió la observancia, tenían más parte sus ejemplos, que sus palabras. Era el primero en el coro y en todos los actos de comunidad, sin persuadirse que sus estudios, su magisterio y el celo con que atendía a la salvación de los prójimos, fuesen títulos suficientes para eximirse dé la disciplina regular. Humilde, pobre y en extremo mortificado, representaba en su persona una viva copia de los Pacomios, de los Hilariones y de los otros maestros de la perfección monástica.

 

 

   La fama de tantas y tan eminentes virtudes le sacó presto de su amado retiro. Le nombraron inquisidor en Como para el Milanés y toda la Lombardía, y en este importante empleo se señaló mucho su celo, su prudencia y su virtud. Pero donde se hizo mas visible el fruto de sus sermones, y donde principalmente sobresalió su vigilancia, fué en la Valtelina y en el condado de Chavanes, por ser allí donde estaba más extendido el veneno de la herejía. Fueron tantos los herejes que se convirtieron, que en poco tiempo mudó de semblante todo aquel país. La fama de estos sucesos movió a que le nombrasen comisario general de la Inquisición el año 1551; y cuatro años después fue nombrado vicario del inquisidor general. No es fácil explicar, ni lo mucho que hizo, ni lo mucho que padeció en este empleo. Declarado el azote de los herejes, fué también el blanco de su odio; pero nunca le acobardaron ni los lazos que le armaban, ni los peligros a que estaba expuesta su vida: el celo y la caridad mantenían su intrepidez, y el fruto que hacia le alentaba.

 

 

   Bien informado de su mérito el papa Paulo IV, le hizo obispo de Nepi y de Sutri en Toscana, dos iglesias que gobernaba un solo obispo. A pesar de su humildad y de su resistencia, fué necesario obedecer. Aun brilló más su virtud en la dignidad de obispo, que, en el retiro del claustro, y luego que el papa le trató un poco más de cerca, le creó cardenal. Viéndose en esta elevada dignidad, se consideró en obligación de ser más religioso, más mortificado y más humilde. Se llamó el cardenal Alejandrino, por ser Alejandría de la Palla la ciudad más inmediata al oscuro y desconocido lugar de su nacimiento; y se puede decir que el esplendor de la púrpura solo contribuyó a que se hiciese más visible su modestia, y brillasen más todas las otras virtudes.

 

 

   Muerto Paulo IV, su sucesor Pio IV no hizo menos aprecio de nuestro santo cardenal. Le confirmó en la suprema dignidad de inquisidor general que le había conferido su predecesor; se sirvió de él en los negocios más importantes de la Iglesia; le dio todos los testimonios posibles de la confianza que le merecía, y le transfirió del obispado de Nepi y de Sutri al de Mondovi en el Piamonte, que tenía gran necesidad de un obispo como este.

 

 

   Se enterneció en vista del lastimoso estado en que encontró su diócesis; era un espeso erial; más en poco tiempo restauró la disciplina, y con la reformación de costumbres introdujo la devoción. Sus ejemplos y su dulzura hacían tantas conversiones como sus palabras; no había resistencia a la modestia, a la vida ejemplar y penitente de un obispo tan grande, de un inquisidor general y de un cardenal tan santo.

 

 

   Habiendo muerto en 1565 el papa Pio IV, fué colocado nuestro santo en la silla de san Pedro a solicitud de san Carlos Borromeo. Apenas se habrá visto en la Iglesia de Dios papa más universalmente aplaudido. El clero, el pueblo romano y todos los príncipes de la cristiandad se prometieron desde luego las mayores bendiciones del cielo en su pontificado. Dio principio a su gobierno arreglando su familia, para que sirviese de ejemplo a toda la corte romana; y habiendo persuadido a los cardenales que ejecutasen lo mismo, se introdujo la reforma tan visiblemente en toda la ciudad, que en pocos días pareció otra. Obligó a los obispos a que residiesen, o a que renunciasen sus obispados. Restituyó el culto divino a toda su majestad; hizo reflorecer en todas las comunidades religiosas la observancia y el fervor; desterró los desórdenes que se cometían en las tabernas, y prohibió casi todos los espectáculos públicos; dotó las doncellas pobres para librarlas de los peligros, y sacó a muchas de ellas de su mala vida; restableció la exactitud y la integridad en la policía y en la administración de la justicia; y publicó otros muchos reglamentos muy saludables para todo el clero secular y regular.

 




   No se limitaba su solicitud pastoral a los estados pontificios; toda la cristiandad experimentó los efectos del celo y de la vigilancia de su santo pastor. Animada y orgullosa la herejía con la rapidez de sus progresos, y sostenida por la licencia de los grandes y por la ignorancia de los pueblos, hacia lastimosos estragos en Alemania, en Francia y en los Países Bajos. No perdonó el santo papa a desvelos, cuidados, fatigas, arbitrios y diligencias para contenerlos. Envió legados a todas las cortes; despachó celosos misioneros a todas las iglesias afligidas; y expendió todo el patrimonio de san Pedro en ayudar a los príncipes a reprimir los enemigos de la religión y del estado. A la vigilancia y a la solicitud de este santo pontífice deben la ciudad de Aviñón y el condado Venesino el haber sido preservados de la herejía; la Francia y los Países Bajos no experimentaron menores efectos de su vigilancia pastoral.

 

 

   Reconociendo Carlos IX que debia no menos a las oraciones del santo papa, que a las tropas y dinero con que le había socorrido, las dos famosas victorias que consiguió de los hugonotes en la batalla de Jarnac y en la de Moncontour, le envió muchos estandartes. El duque de Alba confesó que se le debia la conservación de Flandes; y en Alemania apenas se mantuvo la religión sino a costa del celo y de la inagotable caridad de este gran santo. Ni esta se limitó a la Europa sola; se extendió hasta la América, hasta las Indias, hasta los últimos confines del Japón, donde los misioneros y los neófitos se mantuvieron algún tiempo a expensas del heroico pontífice.

 



 

   No es fácil imaginar celo más ardiente, más puro, ni más universal; no había hombre apostólico a quien no animase con sus ejemplos, a quien no sostuviese con sus oraciones, a quien no alentase con sus socorros. Perfectamente instruido de la santidad y de la utilidad de la nueva Compañía de Jesús, no solo se declaró su protector, sino su padre. Admiraba su instituto, ensalzaba continuamente los gloriosos trabajos de sus hijos, la colmó de favores, de gracias y de privilegios con cuatro bulas que contienen el más bello elogio que se puede hacer de la Compañía.

 

 

   Mas al mismo tiempo que trabajaba tan infatigablemente en conservar la fe dentro de Europa, y en extenderla por el nuevo mundo, no perdonaba á diligencia alguna para atajar los progresos que iba haciendo el enemigo común del nombre cristiano. Luego que ascendió al sumo pontificado, envió cuantiosos socorros a la isla de Malta, para que se reparase de lo que había padecido en el sitio que defendió tan gloriosamente contra Solimán II, emperador dé los turcos. Habiendo su hijo, el sultán Selim II, roto el tratado que se había hecho con los venecianos, y apoderándose de la isla de Chipre, amenazaba a Malta, Venecia, Sicilia y a toda la cristiandad. Se llenó toda de terror, sin esperar consuelo ni esperanza sino de lo mucho que podían con Dios las oraciones del santo papa. No fué vana esta confianza de los fieles. Juntó el santo pontífice sus fuerzas con las de los príncipes cristianos, y agotó, por decirlo así, los tesoros de la Iglesia para tan gloriosa empresa. La armada otomana, compuesta de doscientas galeras, y de casi setenta fragatas y bergantines, había echado áncoras en el golfo de Lepanto, persuadida que la escuadra cristiana no tendría valor para salir de los puertos; pero se engañó, porque al amanecer del dia 7 de octubre comenzó a entrar en el golfo. El señor don Juan de Austria que la mandaba, y Marco Antonio Colona, general de las tropas de la Iglesia, viendo que la armada turca venía a toda vela hacia ellos, dieron la señal de acometer, enarbolando el estandarte que habían recibido de mano de su Santidad.

 

 

   Apenas se desplegó la imagen de un crucifijo, que se dejaba ver bordada en medio del estandarte, cuando postrada toda la escuadra cristiana, la adoró profundamente, saludándola con grandes gritos de alegría; y hecha una breve, pero fervorosa oración, se vino a las manos. El viento que favorecía a la armada otomana, se mudó de repente, y desde el principio del combate se declaró en favor de los cristianos; y mientras el santo papa, como otro Moisés, levantaba las manos al cielo, las armas cristianas consiguieron la más completa y más gloriosa victoria que jamás se hubiese visto. Fué este glorioso dia el 7 de octubre de 1571. Perdieron los turcos más de treinta mil hombres, con su general o almirante Ali-bajá, y más de trescientas embarcaciones entre galeras y otros barcos. Se hicieron cinco mil prisioneros, y recobraron la libertad cerca de veinte mil cautivos cristianos; fué inmenso el botín, y el fiero enemigo del nombre cristiano quedó consternado y abatido. Después de Dios se atribuyó toda la gloria de este memorable dia al santo pontífice Pio, que desde que salió de Roma el almirante Colona para hacerse a la vela, no había cesado de afligir con nuevas penitencias su cuerpo ya extenuado por las enfermedades, orando continuamente, y disponiendo que todos orasen en públicas rogativas por el buen suceso de las armas cristianas; y mientras el santo papa de dia y de noche derramaba torrentes de lágrimas en la presencia del Señor, en el mismo instante en que los cristianos triunfaban de los turcos, le reveló el cielo en una especie de éxtasis aquella grande victoria.

 



 

   Estaba hablando su Santidad con algunos prelados en el palacio del Vaticano, y a lo mejor de la conversación los dejó de repente; abrió una ventana, fijó los ojos en el cielo, y estuvo inmóvil un gran rato; volvió en sí de aquella suspensión, y dirigiéndose a los prelados, les dijo: No es tiempo de hablar de negocios, id luego a dar gracias a Dios por la célebre victoria que nuestra armada naval acaba de conseguir de los turcos; y postrándose el santo papa a los pies de un crucifijo, pasó en oración lo restante de aquel dia. Hasta catorce días después no pudo llegar la posta, y sus pliegos acreditaron la verdad de la revelación, y la puntualidad con que el cielo le había anticipado la noticia.




 

   Entre las oraciones públicas que mandó hacer en acción de gracias, la tierna devoción que profesaba a la Santísima Virgen le movió a instituir una fiesta particular el dia 7 de octubre, con el título de Nuestra Señora de la Victoria, en reconocimiento de la que esta soberana Reina había alcanzado de su Hijo en favor de los cristianos. Gregorio XIII, su sucesor, fijó esta fiesta al primer domingo del mismo mes, con el título de Nuestra Señora de la Victoria, y del santo Rosario, cuya fiesta se celebraba ya antes con mucha devoción y solemnidad el dia 25 de marzo.

 

 

   No sobrevivió mucho tiempo el santísimo pontífice a esta célebre victoria, que tanto abatió el poder y el orgullo del imperio otomano, y llenó de tanto gozo a toda la Iglesia católica. Oprimido con la fatiga de sus apostólicos trabajos, extenuado al rigor de sus ayunos y excesivas penitencias, y consumido con los ardores de su celo, tuvo algún presentimiento de su cercana muerte. Por el mes de marzo se le avivaron extraordinariamente los dolores de piedra, que le atormentaban muchos años había; y reconociendo que se iba acercando su fin, dobló también su fervor. Quiso visitar por la última vez las siete iglesias de Roma, y lo hizo con singularísima ternura y devoción. Aunque se sentía tan malo, y padecía vivísimos y continuos dolores, nunca quiso dispensarse en la abstinencia ni en el ayuno de la cuaresma. Durante su enfermedad se reconcilió todos los días, y celebró el santo sacrificio de la misa hasta que no pudo hacerlo. Mandó que le administrasen la santa unción, y se le oía repetir muchas veces: Estoy lleno de alegría, sabiendo que presto he de ir a la casa del Señor. En fin, después de una breve agonía, que pudo parecer una especie de oración, este gran papa murió con la muerte de los justos, el dia primero de mayo de 1572, en el sexto de su pontificado y a los setenta y ocho de su edad.

 

 

   Fué universal la aflicción y sentimiento, no solo en Roma, sino en toda la cristiandad. No hubo pontífice más tierno ni más generalmente llorado. Cuanto más se afligieron los cristianos con su muerte, tanto más la celebraron los turcos, porque le miraban como el más terrible enemigo de la potencia otomana. Estuvo expuesto su santo cuerpo en la iglesia de san Pedro por espacio de cuatro días, en los cuales fué inmenso el pueblo que acudió a venerarle, y fué acompañada su devoción de muchos milagros.

 



 

   Diez y seis años después de su muerte, el papa Sixto V hizo levantar un magnifico mausoleo en la Iglesia de Santa María la Mayor, adonde fueron trasladadas con grande solemnidad sus preciosas reliquias. Los muchos y grandes milagros que ha obrado el Señor por intercesión de este gran siervo suyo, después de su muerte, y aun durante su vida, movieron al papa Clemente X a beatificarle solemnemente el dia primero de mayo del año de 1672; y finalmente, la Santidad de Clemente XI le puso en el catálogo de los santos por bula de su canonizaron que expidió en 4 de agosto de 1711; acreditando bien la magnificencia con que en todas partes se celebra su fiesta, la singular devoción y veneración que todos los fieles profesan a este gran santo.

 


POR EL P. CROISSET, DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.



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