jueves, 6 de septiembre de 2018

SANTA ROSALÍA de PALERMO, virgen. (+ 1166). —4 de septiembre.



   Santa Rosalía, virgen, protectora de Nápoles y Sicilia, fue natural de Palermo e hija de un noble caballero, llamado Sinibaldo, descendiente de la real familia de Carlomagno. 

   Había sido criada desde niña en la verdadera fe y en santas costumbres, y tocada de Dios dio libelo de repudio a todas las vanidades del siglo para comenzar desde su infancia una vida enteramente consagrada a su esposo Jesucristo.

   Y como sus parientes, ya con ruegos y promesas, ya con crueles amenazas procurasen disuadirla de su santo propósito, la santa niña, temiendo la violencia que podrían hacerle, huyó secretamente de la casa de sus deudos y fue a esconderse en una cueva que halló en el monte llamado del Peregrino, donde sólo era conocida de una pastorcilla que le traía para su sustento un poco de pan y de leche.

   Dios era quien la había llamado a aquella soledad y así la regalaba con sus consuelos y visitaciones celestiales.


   Temiendo ser hallada, subía a veces a la cumbre de aquel monte y desde allí miraba la ciudad de Palermo; oía el sonido de las campanas y el rumor confuso de las gentes; y al pensar que tantos pecadores andaban por el camino de su perdición, le dolía mucho de su tan grande ceguedad y desventura, y con muchas lágrimas y sollozos hacía oración por su patria y por sus conciudadanos.

   Tenía escritas en la pared de las rocas de su cueva estas palabras: «Yo, Rosalía, por amor de mi esposo Jesús y por no faltar a la fidelidad que le he prometido, he escogido esta gruta para mi perpetua morada.» 


   En ella perseveró la santa muchos años llevando una vida muy austera y como de ángel en carne humana, hasta que su Esposo divino la llamó para sí a su retiro celestial.

   La noche que murió se vio resplandecer con grande claridad todo aquel monte, de manera que toda la ciudad de Palermo quedó asombrada de aquella extraordinaria luz, y como nadie supiese la causa, aquella pastora que servía a Rosalía, la descubrió, diciendo que no podía ser sino un milagro que en aquel lugar hacía Dios por la santa.


   Acudió entonces a él el clero y el pueblo en devota procesión, y hallando el sagrado cadáver de Rosalía lo trasladaron a la catedral, donde lo sepultaron honoríficamente; y desde aquel día comenzó el Señor a glorificar a la santa virgen con muchos prodigios, entre los cuales es digno de singular mención el que aconteció en el año 1625 en que estando la ciudad de Palermo y toda Sicilia muy afligidas de peste, sacaron en procesión de penitencia el sagrado cuerpo de santa Rosalía, y luego se vieron libres de aquel terrible azote.



    Reflexión: No podemos dudar, por los efectos, de haber sido Dios el autor de la soledad y aspereza de vida que escogió para sí esta santa virgen para huir de los lazos y peligros del mundo; y esto no se debe imitar sino cuando el mismo Señor con particular revelación lo mandare.

   Mas lo que debemos sacar de este ejemplo es el cuidado y diligencia grande con que debemos evitar todas las ofensas de Dios, entendiendo que a pesar de los malos ejemplos que vemos en la gente del mundo arrastrada por la fuerza de las malas pasiones y rendida a los enemigos mortales del alma, no nos falta la gracia suficiente para vencer todas las tentaciones y perseverar hasta el fin en el divino servicio, porque como dice el apóstol: «Fiel es Dios y no permitirá que seamos tentados sobre nuestras fuerzas.»


   Oración: Oh Dios, autor de nuestra salud, dígnate oír nuestras súplicas; para que así como nos alegramos en la fiesta de tu bienaventurada virgen Rosalía, así crezcamos en verdadera piedad y devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

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