jueves, 5 de abril de 2018

L0S COMBATES Y LOS TRIUNFOS DE LOS MÁRTIRES



Si el leer vidas de los santos es, como decía san Felipe Neri y enseñan todos los maestros de espíritu, un medio poderoso para conservar la piedad, mucho más útil debe de ser la lectura de las victorias de los santos mártires, que en medio de los más atroces tormentos hicieron a su Dios el sacrificio de su vida. Así pues, antes de entrar en la narración de sus victorias particulares, consideraremos para nuestro provecho las principales virtudes en que descollaron durante sus combates.

VIRTUDES EJERCITADAS POR LOS SANTOS MARTIRES EN SUS
LUCHAS COSTRA SUS PERSEGUIDORES.

   Es indudable que los mártires alcanzaron sus coronas principalmente por la virtud de la gracia a ellos concedida por Jesucristo, la cual les infundió valor para despreciar todas las promesas y amenazas de los tiranos, y para soportar los tormentos hasta consumar entre ellos el sacrificio de sus vidas. Así que, todos sus méritos, como escribe san Agustín, fueron dones de la gracia que Dios les dispensó por su bondad. Pero también es cierto, y es de fe, que los santos mártires cooperaron también por su parte a la gracia en el logro de la victoria, contra lo que sacrílegamente propalan los impíos novadores, diciendo que todas las culpas de los malos, y todas las obras buenas de los santos son hechas por la necesidad. Mas esta impostura les es también desmentida por el mismo san Agustín, el cual dice que si esto fuese verdad no habría justicia ni en los premios ni en las penas: Sive autem iniquitas, sive justitia, si in potestate non esset, nullum  proemium, nulla poena  justa esset (S.Aug., lib. 12, contra Faust. cap. 78).

   Grandes pues fueron los méritos de los mártires, porque grandes fueron y heroicas las virtudes que desplegaron en su martirio, cuya descripción haremos aquí en pocas palabras para imitarles nosotros en las tribulaciones de nuestra vida.
   En primer lugar los santos mártires tenían firmemente arraigados en su corazón todos los dogmas que enseña la Religión cristiana. En los primeros siglos de la lglesia dos eran las falsas religiones que principalmente combatían contra nuestra Religión cristiana: la de los gentiles y la de los judíos.
   La de los gentiles, o politeísmo que adoraba muchas divinidades, dejaba traslucir por sí misma su falsedad; pues que bajo el dominio de diversos soberanos el mundo no hubiera podido conservarse con aquel orden tan regular y estable como le vemos aun que se conserva después de tantos siglos. Esta verdad la manifiesta claramente la misma razón natural: Omne regnum in seipsum divisum desolabiturTodo reino dividido contra sí mismo es asolado. (Luc. 11,17).
   A más de que las mismas imposturas que propalaban los sacerdotes idólatras demostraban a toda luz la falsedad de sus deidades, pintándolas como dechado de todas las virtudes y de todos los vicios en sus obras. Y esto era lo que echaban en cara a sus tiranos los santos mártires, cuando aquellos les exhortaban a que sacrificasen a sus ídolos: ¿Cómo podemos nosotros, decían, adorar a vuestros dioses, si en vez de darnos ejemplos de virtud, no nos han dado sino ejemplos de vicios, hasta de los más abominables?

   La religión de los Judíos, aunque en algún tiempo haya sido santa y revelada por Dios, no obstante en aquel entonces era claramente reprobada y falsa. Pues que en las mismas Escrituras que estos habían recibido de Dios, y que tan cuidadosamente habían guardado y trasmitido hasta nosotros, estaba escrito y predicho que en un tiempo determinado debía venir a la tierra el Hijo de Dios a hacerse hombre y morir por la salud del mundo, y que los mismos Judíos habían de hacerle morir en cruz, como realmente habían hecho; y en castigo después de esta impiedad, debían ser desterrados de su propio reino, y privados de rey, de templo y de patria, habían de vagar dispersos y perdidos por toda la tierra, odiados y aborrecidos de todas las naciones. Todo lo cual, después de la muerte del Salvador se vio verificado tan distintamente como estaba predicho.


   Y lo que daba más carácter de certitud a la verdad de la fe era la conversión del nuevo pueblo gentil, que se leía profetizada en las mismas divinas Escrituras, y que se veía ya cumplido desde el tiempo en que los Apóstoles diseminados por el mundo, promulgaron la nueva ley predicada por Jesucristo, en lo cual aparecía visible la protección de Dios sobre la Religión cristiana, pues de lo contrario, sin la intervención de la Divinidad, ¿cómo hubieran podido unos infelices pescadores o publícanos, como eran los Apóstoles, hombres sin letras, sin dinero, sin poderosos protectores, antes bien perseguidos de los príncipes y magistrados, inducir a tantos cristianos a renunciar sus dignidades y honores, y dar valerosamente la vida entre los más fieros tormentos que supo inventar el poder y la crueldad de los tiranos?



   — Pero el mayor portento consistió después en ver abrazada por tantos gentiles una religión tan difícil de ser creída, y más difícil aun de ser practicada.
   Difícil de ser creída por el entendimiento, porque enseña misterios superiores a nuestra razón, como la Trinidad de un solo Dios en tres distintas personas, las cuales tienen una sola naturaleza, un poder y una voluntad; el misterio de la Encamación del Hijo de Dios que vino a morir en la tierra por la salud de los hombres, a más de muchos otros artículos sobre el pecado original, la espiritualidad é inmortalidad del alma, los santos Sacramentos, y en especial el Sacramento de la Eucaristía.
   Difícil además de practicarse por parte de la voluntad, porque sus preceptos son del todo opuestos a las inclinaciones de la naturaleza corrompida por el pecado, y repugnante al desenfreno de costumbres practicado por los infieles, acostumbrados a segundar sus pasiones y satisfacer los placeres de los sentidos; y esto no obstante, vióse abrazada la Religión cristiana por tantos y tan distintos pueblos.
   De este consentimiento unánime de las naciones sacaba argumentos san Agustín para probar la verdad de nuestra lglesia, cuando decía, que si no hubiese Dios con su gracia omnipotente iluminado tantos pueblos, cultos y bárbaros, doctos e ignorantes, nobles y plebeyos que estaban ciegos y vivían sumergidos en las tenebrosas supersticiones de su país, educados y embebidos de máximas enteramente contrarias a la fe, ¿cómo hubieran podido abrazarla?
   — A más de la divina luz, muchos otros excitativos tenían las gentes para abrazar y tenerse firmes en la Religión cristiana. Mucho cooperaron a esto los milagros, porque durante el tiempo de la predicación de los Apóstoles el Señor hacia que abundasen los milagros en testimonio de la fe, como escribe san Marcos (cap. 16,20): Proedicaverunt ubique, Domino cooperante, et sermonen confirmante, sequentibus signis. Es indudable que mucho cooperaron a la conversión del mundo los estupendos milagros obrados por los Apóstoles y por sus discípulos.
   En vano clamoreaban los idólatras, diciendo que aquellos prodigios eran obrados por arte de magia; pues nadie dejaba de conocer que Dios no hubiera nunca podido permitirlos si hubiesen debido servir para confirmar obras diabólicas, o alguna falsa religión. Así que la prueba de los milagros era una prueba divina demasiado cierta, con la cual el Señor confirmaba la Religión cristiana y la fe de los creyentes.


   — Era además confirmada y robustecida la fe con la constancia de los mártires de todo sexo, edad y condición, hombres, mujeres, viejos, jóvenes, nobles, plebeyos, ricos, pobres, doctos, ignorantes, casados, y vírgenes: con el portento de ver a todos estos renunciar a su patria, a sus padres, a sus destinos, a toda su fortuna e intereses para abrazar con azotes, con ecúleos, con garfios ardientes, y con las más horribles muertes, y no solo con fortaleza, sino con resolución y hasta con júbilo a Dios que les hacía padecer y morir por su amor.
   Confesaba san Justino que esta constancia de los mártires le había servido de poderoso estímulo para abrazar la fe de Cristo.


   Lo que daba también grande intrepidez a los mártires para sufrir todo género de tormentos era el deseo de volar presto a unirse con su Dios y gozar de las promesas hechas por Jesucristo: Beati estis cum maledixerint vobis, et persecuti vos fuerint... gaudete, et exultóte, quoniam merces vestra copiosa est in coelis - Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan... Alegraos y exultaos, porque vuestra recompensa es en los cielos (Mat., 5, 11-12). Omnis ergo qui confitebitur me coram hominibus, confítebor et ego eum coram Patre meo, qui in coelis est - A cualquiera que me reconozca delante de los  hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en los cielos. (Mat. 5, 10, 32).


   —Pero sobre todo lo que infundía más valor y deseo de morir a los santos mártires era el amor ardiente que tenían a Jesucristo Rey de los mártires, como llama san Agustín, el cual quiso morir de dolor y sin amparo en una cruz por el amor que nos ha tenido, como nos lo asegura san Pablo: Dilexit nos, et tradidit semetipsum pro nobis - Nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros. (Ef., 5, 2). Y este amor les hacía caminar con alegría a padecer y morir por Jesucristo, de modo que no contentos de la pena que sufrían rogaban y desafiaban a los verdugos y tiranos á que aumentasen sus tormentos, para mostrarse así más vivamente agradecidos a un Dios muerto por su amor.



   De ahí vino, como escribe san Justino mártir, que por espacio de tres siglos se llenó la tierra de cristianos y de mártires, por lo cual escribe el santo en su diálogo con Trifon (núm. 42): « No hay nación alguna, griega, ó bárbara en la que no se ofrezcan votos y acciones de gracias al Criador del universo en nombre de Jesucristo. »
   Así mismo atestigua san Ireneo (lib. contr. Hoeres.) que en su tiempo la fe de Jesucristo estaba diseminada por todo el globo de la tierra. Plinio en su célebre carta al emperador Trajano escribe que la fe cristiana se había extendido de tal manera, que los templos de los dioses se hallaban desiertos, y ya no se veían ofrecer víctimas a los ídolos. A más, Tiberiano escribe al mismo Trajano que no era conveniente dar la muerte a todos los cristianos, pues que el número de los que deseaban morir era innumerable.


   Por lo cual decía después san Clemente Alejandrino que si Dios mismo no hubiese sostenido la fe de los cristianos ¿cómo hubiera esta podido subsistir contra la fuerza de tantos filósofos que procuraban oscurecerla con sus sofismas, y contra la violencia de tantos reyes y emperadores que emplearon todo su poder para aterrarla?
   Más la fe, en vez de menguar con la muerte de los mártires, iba creciendo como escribe Tertuliano en su Apologético (cap. 51): « Crece el número de nuestros hermanos, cuanto más nos diezmáis: la sangre de los cristianos es una especie de semilla. » Decía semilla, porque en realidad la sangre de los mártires era lo que hacía multiplicar los fieles. Esta verdad daba valor a Tertuliano para echar en cara a los tiranos, que mientras ellos agitaban todos sus esfuerzos para extinguir a los Discípulos de Cristo, estos lo llenaban todo; las plazas, el foro, el senado. A este propósito escribe también Orígenes (lib. 4, de Princip., tom. 1, cap. 1): «Es ciertamente cosa digna de notarse como en tan breve tiempo, con los martirios y con las muertes se haya aumentado tanto la república cristiana... de tal manera que los Griegos y los bárbaros, y los sabios y los ignorantes la abrazan espontáneamente, de lo cual debemos concluir sin réplica, que en esto interviene una fuerza superior a la de los hombres. »


— Ya cerca de dos siglos antes decía Tertuliano, que todas las gentes, universo, naciones, habían abrazado la fe de Jesucristo; y nombraba «los Partos, los Medos, los Elamitas, los habitantes de la Mesopotamia, de la Armenia, de la Frigia, de la Capadocia del Ponto, del Asia, de la Panfilia, del Egipto, de la Cirenaica, de la Palestina, los Getulos, los confines de la Mauritania, las dos Hesperias, las naciones de la Galia, la Bretaña, los Sármatas, los Dacios, los Scitas, y muchas naciones, provincias e islas remotas.» (Tert., Apol., 1 et 37, et ad Scap., 2.)
   Arnobio que murió cien años después de Tertuliano (lib. 2) nombró entre los pueblos convertidos a la fe « los Indios, los Serios, los Persas, los Medos, la Arabia, la Siria, la Galacia, la Acaya, la Macedonia, el Epiro, todas las islas y provincias, en donde nace el sol, y en donde se pone. » a más de las otras regiones designadas por Tertuliano.
   San Atanasio, medio siglo después, añadía, escribiendo al emperador Joviano (lib, de lncarn.): «Sabed que esta fe, predicada desde un principio, y reconocida por los Padres del concilio Niceno, es seguida por todas las Iglesias del mundo, en España, en Inglaterra, en las Galias, en toda la Italia, en la Dalmacia, en la Dacia, en la Mísia, en la Macedonia, en toda la Grecia, en toda el África, en Cerdeña, en Chipre, en Creta, en la Panfilia, en la Licia, en la Isauria, en el Egipto, en la Libia, en el Ponto, en la Capadocia. Y se han de añadir a este número todas las Iglesias vecinas, así como las de Oriente, a excepción de un corto número que pertenecen a la secta arriana.»


   Por manera que al fin de las diez persecuciones de los emperadores romanos, que reinaron por espacio de doscientos años, comenzando por la de Nerón, se bailó que la mayor parte de los hombres habiendo abandonado las fementidas deidades, habían abrazado la fe cristiana, hasta que por fin, después de tantos combates y tormentas, se dignó Dios conceder la paz a su Iglesia por medio del grande Constantino, el cual, habiendo vencido a Majencio y á Liciano con la visible protección del Cielo, pues según Eusebio refiere, en los campos en que aparecía el Lábaro (esto es la señal de la cruz) los enemigos o huían o se entregaban; establecida ya la paz, vedó a los gentiles que sacrificasen a los ídolos, y mandó levantar templos magníficos en honor de Jesucristo. ¡Oh! cuán bella, cuán radiante de gloria apareció entonces la Iglesia! Con cuánto honor y aumento fue engrandecida!
   Y cuánta fue la alegría de los fieles! Cesaron entonces todas las negras calumnias que les habían puesto los idólatras.
   Se vieron en aquella época ciudades y pueblos enteros convertirse a la fe, derribar con sus propias manos sus ídolos y sus antiguos templos, y levantar nuevos altares al verdadero Dios. Mas el celo del magnánimo emperador Constantino no se limitó a su solo imperio, procuró propagar la religión a la Persia y a otras naciones bárbaras, a las cuales, después de haberlas vencido no concedía la paz sino bajo la condición de hacerse cristianas.
   Todo esto puede leerse en Eusebio (Vita Const. et Socr., lib. 1. Cap., 18).


   Verdad es que los herejes posteriormente y en distintas épocas han causado notables descalabros a la Iglesia, pero la mano del Señor no se ha agotado. Escritores de primer orden refieren en estos últimos tiempos muchas conquistas hechas en favor de la Iglesia, así de herejes como de paganos.
   Escribe un erudito autor que no ha mucho tiempo en Transilvania se convirtieron diez mil arrianos. En los Estados del rey de Prusia se han levantado nuevas iglesias. En Dinamarca se ha dado a todos libertad para abrazar nuestra católica Religión. También se refiere el feliz éxito que han tenido las misiones en los reinos de Inglaterra; además de haberse sabido por conductos fidedignos que en Oriente, y aun en la sola ciudad de Alepo en la Siria más de cuarenta mil herejes armenios, melquitas y sirios se han unido a la comunión romana, y que cada día, tanto en la Siria como en la Palestina y en el Egipto se hacen de ellos nuevas y copiosas adquisiciones; que en la Caldea los católicos hanse aumentado de nuestros días en muchos millares; que algunos obispos Nestorianos en pocos años se han unido a nuestra comunión, y por último que en este siglo se ha convertido un buen número de gentiles en la India y en la China.


   Pero volvamos a nuestras consideraciones sobre los mártires. Ya muchos millones de ellos había subido al cielo en tiempo de Constantino. Calculan los autores que el número de los mártires que acabaron su vida en los tormentos por la fe, llega muy cerca de once millones de modo que hecha la distribución, vienen a tocar treinta mil por día.



   ¡Oh! cuán hermosa y abundante cosecha de santos mártires hizo entonces el Paraíso! Pero, ¡oh Dios! cuál será en el día del juicio la confusión de los tiranos y de todos los perseguidores de la fe a la vista de los mártires, por ellos un día tan escarnecidos y bárbaramente sacrificados, cuando comparecerán brillantes de gloría, cantando celestes himnos a la grandeza de Dios, y armados con espadas para vindicarse de tantas injurias y crueldades como de ellos recibieron! Así lo predijo David: Exaltationes Dei in gutture eorum et gladii concipites in manibus eorum. Ad faciendum vendictam in nationibus increpationes in populis. Ad alligandos reges eorum in compedibus et nobiles eorum in manicis ferreis. Sí, porque entonces por el poder de juzgar que habrá concedido Dios a los mártires, condenarán estos a los Nerones, a los Domicianos, a todos sus enemigos a ser arrojados al llanto eterno en las profundidades infernales, según aquel pasaje de Mateo (cap. 22, v. 13): “Ligatis manibus et pedibus, mittite in tenebras exteriores, ibi erit fletus et stridor dentium. Atenlos de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”.

— Y juntamente, cuál será, ¡ay de mí, en aquel día de justicia la desesperación de tantos cristianos muertos en pecado, al ver tantos mártires que por no perder a Dios prefirieron ser despojados de todo, y sufrir los más fieros tormentos y las muertes más inhumanas que supo inventar la crueldad de los tiranos, y que ellos, por no ceder de un vano punto de honra, o para ganar un interés vil, o por no abstenerse de un placer grosero despreciaron la divina gracia, y por esto se perdieron para siempre!  



“TRIUNFO DE LOS MARTIRES”
Por San Alfonso María de Ligorio.



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