domingo, 19 de noviembre de 2017

SANTA ISABEL DE HUNGRIA DUQUESA DE TURINGIA Y VIUDA (1207-1231) DÍA 19 DE NOVIEMBRE.


   Todos, ricos y pobres, vírgenes del claustro y cristianos del mundo, hallan en la vida de Santa Isabel de Hungría edificantes ejemplos que imitar. Aunque vivió sólo 24 años, su corta vida es acabado modelo, tanto en lo próspero como en la adversidad, pues no obstante haber sido hija de reyes, pasó por las mayores humillaciones y por las privaciones más penosas, sin que su virtud cediera.
   Nació en Presburgo —hoy Bratislava— el 7 de julio de 1207. Fueron sus padres Andrés II, rey de Hungría, y Gertrudis de Merania, asesinada en 1213.
    Aun no tenía tres años y ya daba señales inequívocas de precoz santidad. Su corazón y su espíritu se abrieron a las verdades de la fe al mismo tiempo que a los sentimientos de caridad. Los pobres eran sus mejores amigos y fué cosa muy notable que, desde el nacimiento de esta niña, cesaron en Hungría las guerras exteriores y las disensiones interiores, y disminuyeron considerablemente las blasfemias y otros pecados que antes eran frecuentes.
   Dios nuestro Señor, cuidador celoso de la gloria de sus elegidos, rodeó el nacimiento de Isabel de una brillante aureola de popularidad y poesía. El landgrave Hermán, duque de Turingia, príncipe de Hese y de Sajonia, y conde palatino, favorecía ampliamente a sabios y poetas. Uno de ellos, el célebre Klingsor, dijo cierto día, no sin inspiración, a los señores de Hese y de Turingia: «Voy a anunciaros una cosa tan nueva como buena: ha surgido en Hungría una hermosa estrella que brilla desde allí hasta Marburgo, y pronto enviará sus brillantes fulgores sobre el mundo entero; esta noche le ha nacido al rey de Hungría, mi señor, una hija que será la esposa de nuestro príncipe; esta niña será santa, y sus virtudes confortarán y consolarán a toda la Iglesia.» Los presentes oyeron aquellas palabras con gran júbilo y fueron a referírselas al duque, quien quedó muy complacido de cuanto se decía.


DESPOSORIO TEMPRANO. — HUMILDAD DE ISABEL

   Con tales antecedentes, se decidió Hermán a pedir la mano de Isabel para su hijo Luis, el futuro Luis IV, conforme a las costumbres de aquellos tiempos entre las familias reales. Envió, pues, embajadores al rey de Hungría y éste acogió favorablemente su petición y les entregó la infantita, que a la sazón contaba sólo cuatro años. Ataviada con riquísimo manto de seda recamado de oro y pedrerías, se llevaron aquéllos, no sin gran sentimiento de los padres y del pueblo entero que la amaba con delirio.
   A la llegada de los embajadores se celebraron los desposorios y hubo grandes fiestas populares. Desde entonces, la tierna Isabel y el príncipe, que sólo tenía 11 años, se educaron juntos; candorosamente participaban de los mismos juegos y obraban como movidos por un solo corazón y una sola alma. Siempre que podía, la niña entraba en la capilla del castillo y, aunque no sabía leer, se hacía abrir un gran salterio y muy compuesta alzaba los ojos al cielo entregándose con el mayor recogimiento a la oración y a la meditación. A menudo llevaba a sus amigas al cementerio y les decía:
   —Acordaos de que un día nos veremos reducidas a polvo y a nada; estas personas que yacen aquí han tenido vida como nosotras y ahora están muertas como nosotras lo estaremos también; ea, arrodillaos y decid conmigo: «Por vuestra Pasión y Muerte y por los dolores de vuestra queridísima Madre María, librad, Señor, de las penas a esas pobres almas, y por vuestras Llagas Sacratísimas, salvadnos a nosotras.»
   No es para ponderar su inagotable caridad; no sólo daba a los indigentes cuanto ella tenía, sino que iba en persona a las cocinas del castillo para recoger alimentos que luego llevaba con afable solicitud a los pobres, sin parar mientes en el gesto de disgusto con que miraban aquel despilfarro los sirvientes de la casa ducal.
   Tenía Isabel nueve años cuando murió (1216) el landgrave Hermán, que era para ella un verdadero padre; Luis, su prometido, demasiado joven aún para poder gobernar por sí mismo, estaba bajo la tutela de su madre, la duquesa Sofía, quien veía con disgusto y censuraba ásperamente las pías inclinaciones de Isabel. El día de la Asunción llevó consigo la duquesa a su hija Inés y a Isabel, y les dijo:
   —Bajaremos a la ciudad, y entraremos en la iglesia de Nuestra Señora; poneos los mejores vestidos y las coronas de oro.
   Las princesitas obedecieron sin replicar. Al llegar a la iglesia, se arrodillaron delante de un gran crucifijo. A la vista del Salvador agonizante, Isabel se quitó su corona de oro, y se postró profundamente sobre el desnudo suelo.
   — ¿Qué tienes? —le dijo con acritud la duquesa—. ¿Qué vas a hacer? Una joven de tu alcurnia debe mantenerse erguida y no tirarse por tierra como las beatas. ¿Por qué has de estar en el suelo como una vil plebeya? ¿Acaso te pesa demasiado la corona?
   Se levantó Isabel y contestó con la mayor humildad:
   —Os ruego, señora mía, no toméis esto a mal. Veo aquí ante mis propios ojos a mi Dios y mi Rey, al misericordiosísimo Jesús, coronado de punzantes espinas; y yo, que soy una vil criatura, ¿podría permanecer en su presencia coronada de oro y pedrerías? No, mi corona sería una burla al lado de la suya.
   Y seguidamente se echó a llorar porque el amor de Cristo crucificado había herido su tierno corazón.
   Tanto privadamente como en público, se vio despreciada e injuriada hasta por oficiales de la corte, los cuales pretendieron desviar el acendrado amor que el príncipe Luis profesaba a Isabel. Le decían que aquella beata deslucía el brillo y la alegría de la corte, y que debía mandarla a su padre; pero Luis se mostró tan indiferente a sus discursos como lo había sido a los de su madre y de su hermana Inés. « ¿Veis —les dijo— esa montaña de enfrente? Pues aunque me dierais una cantidad de oro mayor que esa gigantesca mole, no consentiría jamás en apartarme del cariño de Isabel».



FELICIDAD CONYUGAL

   Vencidos, por fin, todos los obstáculos, se celebró el matrimonio en el castillo de Wartburgo el año 1220; Luis tenía a la sazón veinte años; Isabel, sólo trece. Ambos apreciaban la inocencia del corazón como su mayor tesoro; ambos vivían más íntimamente unidos por la fe que por las ternuras del amor, pues se amaban en Dios y sólo por Dios. Por otra parte, Luis poseía en alto grado las cualidades morales de un soberano cristiano. Amante de la justicia, empleaba toda la severidad para castigar a los violadores de las leyes. Alejó de su corte y privó de empleo y sueldo a cuantos subalternos oprimían al pueblo; obligaba a los blasfemos a llevar por un tiempo determinado una señal pública de ignominia, y, a la vez que era rigurosísimo para cuantos violaban la ley de Dios, se mostraba muy indulgente con los que no guardaban a su real persona todo el miramiento debido, y obraba siempre con gran prudencia y rectitud. Su vida podía resumirse en esta breve y hermosa norma que él mismo se trazó como programa de conducta: Piedad, Caridad, Justicia.
   Por su parte, Isabel supo en todo momento unir a sus propios atractivos externos aquellas preciadas virtudes que debían conservar y acrecentar el amor conyugal. A pesar de su extremada juventud y de la vivacidad casi infantil del amor que profesaba a su esposo, no perdió nunca el pensamiento de que él era su dueño y señor como Jesucristo lo es de la Iglesia, y le obedecía como a tal. Fuera de eso, el joven príncipe le concedía amplia libertad para sus obras de caridad y de piedad, y ella, confiando en la discreción y prudencia de su esposo, le daba a conocer todas sus mortificaciones. Se hacían mutuas exhortaciones para adelantar juntos en el camino de la perfección, y esta santa emulación les proporcionaba fuerzas para darse de lleno al servicio de Dios, sin que nada bastara a estorbárselo.
   Isabel comprendió que la gracia singular que el Señor le había hecho uniéndola a un marido tan bueno la obligaba a mayor fidelidad con el mismo Dios, y, atendiendo que aun en medio de la dicha, de la prosperidad y de las honras, estamos en la tierra para sufrir, expiar y ganar el cielo, llevaba debajo de sus ricos vestidos un áspero cilicio; además, todos los viernes del año y cada uno de los días de la cuaresma, se hacía dar la disciplina, lo cual no era óbice para que pudiera luego presentarse ante la corte sonriente y feliz como si de una fiesta llegase.


SU CARIDAD. — MILAGRO DE LAS ROSAS


   A solícita caridad de Isabel para con los pobres iba en aumento de día en día. Les daba de limosna cuanto tenía, y sucedió con frecuencia que, por no hallar a mano otro socorro, llegaba a dar los propios vestidos para aliviar a los desgraciados. Unos pobres aldeanos fueron a quejarse de que los sirvientes del duque les habían quitado todos los ganados; Isabel acudió en seguida a su esposo y obtuvo la inmediata restitución de cuanto se les robara.
   Cierto día, cuando ella pasaba por un sendero estrecho y muy desigual, como llevase en su manto pan, carne, huevos y otros manjares para los pobres, se halló impensadamente delante de su marido. Éste, sorprendido al verla con tan pesada carga, sola y como algo turbada, le dijo: «Veamos lo que llevas ahí.» 


   Abrió ella al punto el manto, en el que sólo vieron fresquísimas rosas blancas y encarnadas, lo cual sorprendió tanto más a Luis, cuanto que no era aquélla la estación de las flores. Isabel se turbó y mientras Luis la tranquilizaba, apareció de repente sobre la cabeza de Isabel una radiante imagen en forma de cruz.
   Todos los desgraciados eran objeto de la tierna caridad de Isabel, pero los leprosos lo eran de su muy especial predilección. Un día encontró a uno de esos desdichados que, además de la lepra, tenía en la cabeza una asquerosa apostema que le daba un aspecto horrible; le llamó a lugar retirado y ella misma le cortó los cabellos, le lavó y le curó, teniendo apoyada sobre sus propias rodillas la parte enferma. En otra ocasión, y siendo Jueves Santo, reunió gran número de leprosos; después de lavarles los pies, se postró humildemente ante ellos, besó con afecto sus repugnantes úlceras y los hizo obsequiar muy regaladamente como si de grandes señores se tratase.




NUEVOS MILAGROS

   Cierta vez, en ausencia del duque, habiendo redoblado sus esfuerzos en favor de los enfermos, escogió de entre ellos a un pobre niño leproso, de quien todos se apartaban. Después de bañarlo, lo ungió con ungüentos y lo acostó en su propio lecho. Aquel mismo día regresó el duque, y habiendo sido informado por su madre de lo sucedido, iba ya a descargar su enojo contra Isabel cuando, en lugar del niño leproso, vio al mismo Jesucristo crucificado extendido en la cama. Comprendió Luis su ligereza en juzgar la conducta de su esposa y le pidió perdón de ello.
   Muy grande fué la humildad y la perfecta exactitud con que nuestra Santa obedeció siempre a Conrado, su director espiritual; le daba a conocer el estado de su alma con la mayor confianza y sinceridad para poder recibir sus consejos, y Dios se complacía en recompensar a veces con grandes milagros el espíritu de sumisión, desprendimiento y caridad de su sierva.
   Un día en que se celebraba en la corte de Turingia gran reunión de la nobleza, el duque, muy afligido, se quejó a su esposa de que no tuviese ya ningún vestido con que presentarse dignamente. “Querido dueño mío —dijo ella—, no te inquietes por eso, pues he resuelto no poner mi gloria en la ostentación de los vestidos; verás cómo sabré disculparme con esos señores y procuraré agasajarlos con tanta afabilidad y alegría, que aun quedarán más complacidos que si me viesen con los más hermosos atavíos”. Inmediatamente se puso en oración para pedir a Dios que la ayudase. Cuando llegó la hora, se presentó adornada con un manto de terciopelo azul sembrado de perlas; sonriendo dulcemente dijo a su esposo: «Mira lo que sabe hacer el Señor cuando le place hacerlo.»



DEL TRONO A LA INDIGENCIA

   El momento de la prueba había llegado. El año 1227, acudiendo a la voz del Sumo Pontífice, se armaron los príncipes cristianos para combatir a los infieles. El piadoso Luis fué uno de los primeros en alistarse en la santa cruzada. A pesar de su natural aflicción, le dijo Isabel: «No permita Dios que te quedes a mi lado contra su adorable voluntad, antes bien que Él te conceda la gracia de hacer siempre y en todo su adorable beneplácito; yo le hago gustosísima el sacrificio de ti y de mí. Que su Bondad te acompañe y que sólo encuentres felicidades en tu camino».
   Luis se despidió procurando endulzar las lágrimas de su esposa, para quien la felicidad de este mundo estaba acabándose. Porque, en efecto, Luis no debía volver; moriría en el camino, después de dejar a los caballeros que le acompañaban el triste deber de transmitir a Isabel sus últimas palabras.
   De su breve y santa unión tuvieron cuatro hijos. Hermán, el mayor, debía suceder al padre bajo la tutela de sus tíos Enrique y Conrado; pero estos hombres desnaturalizados, en vez de proteger a la viuda y a los huérfanos, arrojaron sin piedad de palacio a la madre y a los hijos sin permitirles llevarse nada consigo. Y en aquel momento, Isabel, hija de reyes, bajó a pie el áspero sendero que conducía a la ciudad. Llevaba en brazos a su hijito más pequeño, que sólo tenía dos meses; cogidos de sus vestidos la seguían los otros tres, que apenas sabían andar; el frío era intensísimo. Isabel, en los días de su grandeza, había colmado de beneficios a los habitantes de Eisenach, sin embargo, en esta lastimosa circunstancia, nadie se atrevió a socorrerla por miedo al duque Enrique. La infeliz tuvo que refugiarse con sus hijos en una desvencijada pocilga.
   Aceptada heroicamente esta terrible humillación, renació tanta paz en su alma que se sintió inundada más que de sobrenatural alegría. Oyó tocar a maitines en la iglesia de los Franciscanos, entró en ella, y allí su corazón se desbordó en afectos del más vivo agradecimiento al Señor, pobre y humillado, que le hacia la honra de compartir con ella sus oprobios. Sin embargo, como la vista de sus hijos que desfallecían de frío y de hambre, reavivara su dolor, se acusaba a sí misma de ser la causa de tan gran castigo por sus pecados.
   Nunca se mostró más grande la ingratitud humana que entre los habitantes de Eisenach; pues ninguno tenía compasión de la pobre e infortunada duquesa. Una anciana mendiga, afligida de varias y graves dolencias, había recibido durante largo tiempo los cuidados personales de Isabel. Un día que ésta atravesaba un arroyuelo fangoso, en el cual habían echado algunas piedras para facilitar el paso, se cruzó con la miserable vieja la cual, empujando groseramente a la débil Isabel, la hizo resbalar. Al verla caída, aun se atrevió a increparla: «No has querido vivir como duquesa mientras lo eras; ahora que te veo pobre y caída en el barro, no seré yo quien te levante». Muy enlodada salió la Santa; pero como si hubiera encontrado una íntima satisfacción en aquel lance, sonrió graciosamente y exclamó mirando al cielo: «Bien me está, Señor, en compensación del oro y pedrerías que en otro tiempo llevaba».



TOMA EL HABITO DE SANTA CLARA

   Entretanto, los parientes de Isabel se conmovieron al saber sus desgracias. Primero la abadesa Matilde, su tía, y después su tío, el obispo de Bamberg, le dieron asilo a ella y a sus hijos. Más aún; trataron de decidirla a casarse con el emperador Federico II; pero Isabel tenía muy distintas aspiraciones: sólo pensaba ya en Dios desde que, vencido en su corazón de veinte años el último grito de la naturaleza, había exclamado ante los restos de su esposo: «Sabéis, ¡oh Dios mío!, cuánto he querido a este esposo que tanto os amaba; también sabéis que a todas las alegrías del mundo yo hubiera preferido mil veces su compañía, la cual me era tan grata que hubiera con gusto vivido a su lado aunque debiéramos mendigar de puerta en puerta toda la vida. Ahora yo os encomiendo su alma y me entrego a vuestra santa voluntad, de tal modo que, aunque pudiera, nada haría por rescatar su vida, a menos que tal fuera vuestro divino beneplácito.» Los caballeros que condujeran a Turingia los restos mortales del duque Luis, habían visto con suma indignación el vil proceder de Conrado y de Enrique con su cuñada; sus amonestaciones y más aún sus amenazas, decidieron a los príncipes a hacerle justicia, con lo cual reintegraron al joven landgrave Hermán los derechos hereditarios y a Isabel el castillo de Wartburgo, desde donde, a pesar de todo, sólo tuvo para sus opresores palabras de dulzura y de perdón.
   En lo sucesivo, el duque Enrique, a quien correspondía de derecho la regencia durante la menor edad de Hermán, la trató con todo género de atenciones, y le dejó completa independencia en todo lo referente a obras de caridad y devoción. La piadosísima Isabel, el 23 de marzo de 1228, que aquel año era Viernes Santo, hizo solemnemente profesión en la Tercera Orden de San Francisco. No satisfecha aún con esto, en 1229 se animó a fundar ella misma un Instituto Religioso parecido a la Orden de Santa Clara, pero de votos simples y sin clausura, lo cual permitía a las religiosas asistir a los pobres en el hospital. Se revistió, pues, para siempre el santo hábito religioso, y, con otras compañeras, pronunció los votos de religión. Como aun le pareciera poco, hizo el heroico sacrificio de separarse de sus hijas; dos de ellas, conforme a las costumbres de aquellos tiempos, fueron colocadas en un convento, donde más tarde profesaron; la otra se casó con el duque de Brabante.



SU MUERTE

   Un día en que estaba enferma y parecía dormir vuelta hacia la pared, una de sus compañeras oyó la dulce melodía que entonaba suavemente. « ¡Oh señora! —le dijo—; ¡qué bien habéis cantado! —¡Cómo! —respondió Isabel—, ¿lo has oído? Has de saber que un pajarillo lindísimo ha venido a posarse entre la pared y yo, y ha cantado con tal suavidad y dulzura y ha llenado de tal alegría mi corazón, que he tenido que cantar también. Por él he sabido que moriré dentro de tres días».
   Milagrosamente avisada de esta suerte, se preparó Isabel con diligencia para las bodas del Cordero. Al tercer día pronunciaba estas palabras: « ¡Oh felicidad, la Santísima Virgen María viene por mí!... Ya llega el ansiado momento en que Dios me invita a la celestial boda... El Esposo sale al encuentro de su esposa. ¡Silencio! ¡Silencio!» Y en seguida expiró. Ocurrió su muerte en la noche del 19 de noviembre de 1231. Los funerales constituyeron un verdadero triunfo. Los padres Franciscanos trasladaron su santo cuerpo a la capilla del hospital de San Francisco y allí estuvo expuesto durante cuatro días exhalando penetrante y suavísimo perfume. La sepultaron en dicha capilla y a ella acudían los fieles para orar sobre su tumba, pues obtenían numerosos favores por su mediación y los enfermos de cualquier dolencia quedaban completamente curados. Cuando Gregorio IX la canonizó el 27 de mayo de 1235, se substituyó la capilla por una iglesia magnífica, y las reliquias de Santa Isabel pasaron a una riquísima urna. Desgraciadamente, en tiempo de la Reforma dichas reliquias fueron profanadas, de tal modo que hoy no se sabe a punto fijo su paradero. Se cree que están en el convento de las Isabelinas, excepto el cráneo, que fué adquirido a fines del siglo XVI por la infanta de España Isabel Clara Eugenia, la cual lo trasladó a Bruselas. La fiesta de Santa Isabel fué elevada al rito doble por Clemente X en 1671.




EL SANTO DE CADA DÍA
POR

EDELVIVES

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