miércoles, 22 de noviembre de 2017

SANTA CECILIA VIRGEN Y MARTIR. (+ Aproximadamente Hacia el año 180) — DIA 22 DE NOVIEMBRE.




—Virgen y mártir purísima
—Patrona de músicos y cantores



   Según el Líber pontificalis y el Martirologio romano, el martirio de Santa Cecilia acaecería hacia el año 230, durante el gobierno del emperador Alejandro Severo y siendo papa Urbano I. Sin embargo, como consecuencia de los descubrimientos llevados a feliz término por Juan Bautista de Rossi, la arqueología moderna nos dice que Santa Cecilia alcanzó la palma del martirio reinando Marco Aurelio y durante el pontificado de San Eleuterio, es decir, entre los años 177 y 180. El pontífice Urbano, tan nombrado en la vida de la Santa, era por entonces obispo auxiliar del mismo Papa.

   Urbano habitaba en una cripta o gruta debajo de un templo de los ídolos, a las puertas de Roma, no lejos del sepulcro de Cecilia Metela, donde los fieles, que veían llegar una nueva persecución, acudían a oír las exhortaciones del Pontífice y acompañar a los neófitos. Mientras duraban estas reuniones y entretanto se celebraban las ceremonias religiosas, solían cubrir los caminos, de trecho en trecho, algunos cristianos disfrazados de mendigos. Su misión consistía en guiar a los creyentes forasteros y en avisar a los reunidos, o a los que llegaban, caso de existir alguna amenaza.



                                              LA JOVEN PATRICIA


   Entre los muchos que participaban de aquella arriesgada romería, llamaba la atención una tierna doncella, de nombre Cecilia, descendiente ilustre de los Metelos romanos. Sus virtudes eminentes hacían la aún más admirable por el riesgo que suponía entonces la persecución.

   El martirio era en aquella época el fin probable e inminente de los cristianos. Cecilia lo sabía y de todo corazón se alegraba de ello. Mientras esperaba el llamamiento de Cristo, vivía íntimamente unida a Él y oraba sin cesar. Para asegurarse más la codiciada dicha de derramar su sangre por Jesucristo, le consagró su virginidad.

   Correspondiendo a esta generosa entrega, el Señor le hizo gozar de la vista de su ángel custodio y le dio a entender que aceptaba su ofrenda y guardaría su virginidad. Sin embargo, la prometieron sus padres a Valeriano, joven noble y de bellísimas prendas, que la amaba apasionadamente, pero que no era cristiano. Cecilia profesaba a Valeriano cariño de hermana y deseaba ganarle para Dios. Decidida a ello, se preparó para el combate. Bajo su vestido, bordado de oro y seda, llevaba ya un cilicio; aumentó entonces sus ayunos y oraciones y, por fin, movida por la gracia interior, prometió su mano. Se celebraron las bodas según el rito pagano y aunque probablemente se prescindió de algunos ritos supersticiosos, es de suponer que se cumplirían las demás ceremonias. Así, le presentarían agua, símbolo de la pureza que debe adornar a la esposa; le entregarían una llave, emblema de la administración confiada a su cuidado; la harían sentar un momento sobre un vellón, alegoría de los trabajos domésticos, y durante el banquete oiría cantar el epitalamio. Cecilia cantaría también, pero desde lo íntimo de su corazón y a sólo Dios.





CONVERSIÓN DE VALERIANO



   Cuando por fin se hallaron solos los dos esposos, Cecilia, fortalecida con la virtud del cielo, habló así a su marido:

   —Mi queridísimo Valeriano, tengo un secreto que confiarte; júrame que lo sabrás respetar.

   Hízolo así Valeriano, y añadió Cecilia:

   —Escucha: un ángel de Dios vela por mí, porque pertenezco a Jesucristo. Si mi ángel ve que no me amas con amor santo, me defenderá y morirás; pero si respetas mi virginidad, te amará con el mismo amor que a mí y obtendrás también su gracia y protección.
   Valeriano, turbado, contestó:
   —Si quieres que crea en tus palabras, hazme ver ese ángel de Dios y entonces haré lo que me aconsejas; pero, ten en cuenta que si se trata de otro hombre a quien tú amas, os mataré a ti y a él.

   Replicó Cecilia:
   —Si consientes en ser purificado en la fuente que mana eternamente, si quieres creer en el Dios único y verdadero que reina en los cielos, podrás ver al ángel que vela por mí.

   — ¿Quién —repuso Valeriano— me purificará, para poder merecer tan extraordinario favor?

   —Hay un anciano —replicó Cecilia— que purifica a los hombres. Toma por la vía Apia hasta el tercer miliario; allí encontrarás algunos pobres que piden limosna a los transeúntes; yo siempre los he socorrido y ellos saben mi secreto. Los saludarás de mi parte y les dirás: Cecilia me envía al santo anciano Urbano para transmitirle un mensaje secreto. Cuando estés en presencia del anciano, le dirás nuestra conversación; él te purificará y te revestirá con nuevo traje. A tu regreso verás, en este mismo sitio donde estamos, al ángel santo, el cual se hará también tu amigo y te concederá muy gustosamente cuanto quieras pedirle.

   Llegó Valeriano hasta el Pontífice. Éste, después de haber escuchado su mensaje, exclamó con santo entusiasmo:
   —Señor Jesús, sembrador de castas resoluciones, recibid el fruto de la semilla que habéis depositado en el corazón de Cecilia. Jesús, buen pastor, ¡bien servido habéis sido por vuestra elocuente oveja! Este esposo que ella había recibido era parecido a indómito león y en un instante le ha convertido en manso cordero. ¡Aquí le tenéis! Abrid, Señor, la puerta de su corazón a vuestras santas palabras, y haced que conozca que sois su Criador y que renuncie al demonio!

   Mientras Urbano permanecía en oración, otro anciano de muy venerable aspecto, recubierto de vestiduras más blancas que la nieve, apareció allí con un libro de letras de oro. San Pablo —que tal era el noble anciano— presentó su libro al joven y le dijo:
    —Lee y cree, para que merezcas contemplar al ángel según te lo ha prometido la virgen Cecilia.

   Valeriano leyó estas palabras: Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios, Padre de todas las cosas, que está sobre todo lo creado y en cada uno de nosotros.

   El anciano añadió:
   — ¿Crees que es así?   

   Y Valeriano contestó con espontáneo acto de fe:
   —No hay nada más verdadero debajo del cielo.

   El santo Apóstol desapareció en seguida.


SAN VALERIANO




GOZOSA APARICIÓN


   Cecilia había quedado orando en el cuarto nupcial. Cuando vio entrar a Valeriano con la túnica blanca de los neófitos, conoció en seguida que la causa de Dios había triunfado. Valeriano, a su vez, hubo de reconocer la fidelidad de Cecilia, a cuyo lado vio a un ángel hermosísimo que tenía en las manos dos coronas de rosas y azucenas.

   El ángel puso una corona en la cabeza de Cecilia y la otra en la de Valeriano y les dijo:
   —Os traigo estas flores de los jardines del cielo. Conservadlas guardando vuestra pureza; son inmortales y nunca se marchitarán ni perderán su perfume; pero no las verán más que los que sean puros como vosotros. Y ahora, ¡oh Valeriano!, pues te has conformado con el voto de castidad de Cecilia, Jesucristo, Hijo de Dios vivo, me envía a ti para recibir cuantas peticiones tuvieres que hacerle.

   Después de un momento de natural estupor, se postró el santo mancebo y respondió al ángel:
   —La dicha y consuelo de mi vida es la amistad de Tiburcio, mi único hermano. Ahora que yo me encuentro a salvo, me parecería cruel dejarle a él expuesto al peligro. Así, pues, todos mis deseos se reducen a uno solo: conseguir de mi Señor Jesucristo que libre a mi hermano Tiburcio como me ha librado a mí, y que nos haga perfectos en la confesión de su nombre y en la fidelidad a su amor. 




   Amanecía cuando Tiburcio entró en el aposento. Se acercó a Cecilia como a su hermana, la saludó con ósculo fraternal, y exclamó:
   — ¿De dónde viene en esta estación ese perfume de rosas y azucenas que me embriaga y parece como que renueva todo mi ser?

   — ¡Oh Tiburcio! —Dijo Valeriano—, es porque Cecilia y yo llevamos dos coronas que tú no puedes ver todavía. Ellas son las que perfuman el ambiente. Si deseas creer, las verás.

   Con el fervor de un neófito, empezó Valeriano a instruir a su hermano, mientras le animaba a renunciar a los ídolos y a convertirse al verdadero Dios. Pero Tiburcio no comprendía bien lo que quería decirle, pues sólo por mera costumbre había seguido el culto público, sin darle más cuidado el conocer a sus dioses que el conocer a Jesús. En esto intervino Cecilia y le mostró la bajeza del culto de los ídolos. « ¡Sí —exclamó Tiburcio—, así es!» Cecilia, enajenada por aquella sinceridad, exclamó mientras le abrazaba: «Ahora sí que te conozco por hermano mío...» 



TIBURCIO, SANTA CECILIA Y VALERIANO



   Cuando dijeron a Tiburcio que era preciso ver al jefe de los cristianos, se acordó de haber oído hablar de él y preguntó:
   — ¿No ha sido condenado dos veces? Pues si le descubren, le entregarán a las llamas y todos correremos igual suerte. De este modo, por haber querido buscar una divinidad oculta, encontraremos un gravísimo peligro.

   —No temamos perder una vida pasajera por ganar la que durará eternamente —respondió Cecilia—. La vida de este mundo, no puede llamarse tal, pues se halla expuesta a todo género de penas y acaba con la muerte; concluye cuando apenas ha empezado. La otra, en cambio, es una vida de delicias sin fin para los justos y de penas eternas para los pecadores. El Criador del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles —prosiguió— ha engendrado a un Hijo de su propia substancia desde toda la eternidad y ha producido por su propia virtud al Espíritu Santo; al Hijo para crear por él todas las cosas, y al Espíritu Santo para vivificarlas.

   — ¡Cómo! —Exclamó Tiburcio—, hace poco decías que no se debía creer más que en un solo Dios, ¿y ahora me hablas de tres dioses?

   Cecilia le explicó el dogma de la Santísima Trinidad y seguidamente le expuso el misterio de la pasión de Jesucristo, su muerte en la cruz por salvar las almas, su sepultura y descendimiento a los infiernos y su gloriosa resurrección al tercer día, triunfante de la muerte, del sepulcro y del pecado.

   Tiburcio, profundamente conmovido, escuchó la invitación de Dios.

   —Hermano mío —dijo a Valeriano—, llévame ante el Pontífice.

   Y ambos se dirigieron al instante a ver a Urbano. Le bautizó éste luego de completar la instrucción, y siete días después le consagró por soldado de Cristo con la unción del Espíritu Santo. Desde entonces Tiburcio, rebosante de alegría y amor de Dios, se dio enteramente a la vida cristiana, estimulado a ello por los mismos ángeles del Señor a quienes veía y con quienes conversaba frecuentemente. Los dos hermanos fueron muy pronto denunciados como cristianos y, después de una heroica confesión de su fe que convirtió a muchos paganos, fueron decapitados. Se celebra su fiesta el 14 de abril.

 
SANT. CECILIA, VALERIANO, TIBURCIO Y EL PONTÍFICE URBANO.


EN PRESENCIA DEL JUEZ



   EL prefecto Almaquio trató de incautarse de los bienes de Valeriano y Tiburcio, pero ya Cecilia los había distribuido entre los pobres. Después del martirio de su santo esposo, manifestaba públicamente su fe, lo cual, por causa de su distinguida posición social, llamó la atención del prefecto. No pudo éste simular que lo ignoraba y decidió proceder contra ella. Se abstuvo, sin embargo, de citarla a su tribunal y se contentó con proponerle que ofreciera sacrificios a los dioses sin ostentación pública. Los agentes del prefecto se presentaron avergonzados de su misión y movidos de profundo respeto y de sentida pena. Cecilia les dijo:
   —Conciudadanos y hermanos míos: es evidente que en el fondo de vuestros corazones detestáis la impiedad de vuestro magistrado; id y decidle que deseo muy ardientemente padecer todo género de tormentos por confesar a Jesucristo y que lo tendré a muchísima honra.

   Se quedaron los emisarios íntimamente conmovidos viendo como señora tan noble y virtuosa deseaba morir, y le suplicaron no expusiera tan a la ligera su juventud, nobleza y felicidad. Cecilia les respondió:
   —Morir por Cristo no es sacrificar la juventud, sino renovarla; es dar un poco de barro por oro puro; es dejar una morada estrecha y mezquina por un espléndido palacio. Lo que se ofrece a Jesucristo, nuestro Dios, Él lo paga con creces y da por añadidura la vida eterna.

   Y, observando entonces la emoción de sus interlocutores, exclamó con fervoroso entusiasmo:
   — ¿Creéis lo que acabo de decir?

  —Sí, creemos —contestaron—; porque el Dios que tiene semejante sierva, ha de ser el Dios verdadero.

   —Id, pues —repuso Cecilia— y decid al prefecto que le pido difiera un poco mi martirio. Volved luego y encontraréis aquí al que os hará partícipes de la vida eterna.

   Cecilia mandó avisar a Urbano de que en breve iba a confesar a Jesucristo, y que muchas personas, movidas por la gracia divina, deseaban recibir el bautismo. El Pontífice quiso ir personalmente a bendecir por última vez a Cecilia y a recibir de sus manos virginales aquella multitud, que su sangre, próxima a ser derramada, conquistaba de antemano para el Señor. En aquella ocasión, recibieron el bautismo cuatrocientos neófitos.

   Así pasaron algunos días. Por fin, mandó Almaquio llamar a Cecilia. Se presentó ésta con la arrogancia de una patricia y la majestad de una esposa de Cristo. El prefecto le preguntó su nombre y condición. Respondió ella que se llamaba Cecilia delante de los hombres, pero que su nombre más ilustre era el de cristiana; y en cuanto a su condición, que era ciudadana de Roma, de noble e ilustre familia.

   Quedó Almaquio asombrado de aquella firmeza, y entró sin rodeos a hablarle de la ley decretada por los emperadores contra los cristianos, ley de muerte para los confesores de Cristo; de gracia o perdón para quienes renuncian a ella en favor del culto idolátrico.

   —Esa ley —respondió Cecilia— prueba que sois crueles e injustos. Si el nombre de cristiano fuera repudiable, a nosotros nos tocaría renegar de él; pero porque conocemos su grandeza nos honramos en confesarle públicamente como el que más nos honra.

   —Sacrifica a los dioses o niega que eres cristiana y te dejaré en libertad —dijo Almaquio con intencionada dulzura. 

   Y Cecilia sonriente, repuso:
   — ¡Quieres que yo reniegue del verdadero tituló  de mi inocencia! Si admites la acusación, ¿por qué quieres obligarme a negar? Si tu intención es perdonarme, ¿por qué no mandas que se haga la información?

   —Los acusadores —replicó el prefecto— declaran que tú eres cristiana; niégalo y la acusación no será tenida en cuenta; si persistes en ello habrás de ver a lo que te llevará tu locura.

   —El suplicio —dijo Cecilia— será mi victoria. Acúsate a ti mismo de loco, si has llegado a creer que puedes hacerme renegar de Cristo.

   —Pero, desdichada —exclamó Almaquio—, ¿ignoras acaso que por la autoridad de los príncipes se me ha conferido poder de vida y muerte?

   —Poder de vida, no —replicó tranquilamente Cecilia—. Tus príncipes no te han otorgado más que el poder de matar. Tú puedes quitar la vida a los que viven, pero no se la puedes devolver a los que la han perdido. Di, pues, que tus emperadores te han hecho ministro de muerte.

   Comprendió Almaquio que perdía el tiempo y, señalando las estatuas del pretorio, ordenó a Cecilia:
   —Sacrifica a los dioses. 




   — ¿Dónde tienes tú los ojos? —contestó ella apaciblemente—. Esos objetos que llamas dioses, no son más que piedras, bronce o plomo.

   —Atiende a lo que dices —exclamó el prefecto—; porque si he despreciado las injurias dirigidas a mí personalmente, no consentiré de ningún modo que insultes a los dioses.

   —Prefecto —replicó la Santa—; no has dicho una sola palabra cuya injusticia o sinrazón no haya yo demostrado, y ahora te expones tontamente a que el pueblo se ría de ti. Nadie ignora que Dios está en el cielo. Esos simulacros, que estarían mejor convertidos en cal, son incapaces de librarse por sí mismos de las llamas; así que mucho menos podría librarte a ti. Sólo el Dios a quien adoro, puede salvar de la muerte y librar del infierno.




MUERTE Y SEPULTURA



   No dijo más. Había conquistado la palma y sólo le faltaba recogerla. Almaquio decidió pronunciar sentencia de muerte; pero no se atrevió a mandar que ajusticiasen en público a dama de tan alta alcurnia y socialmente tan considerada. Mandó, pues, que la llevasen a su casa y que allí la hiciesen morir sin ostentación de lictores y sin efusión de sangre, asfixiada por las emanaciones del vapor en la sala de baño de su propio palacio. Un milagro vino a desbaratar aquella precaución. Un rocío celestial semejante al que había refrigerado el horno en que fueran arrojados los tres jóvenes de Babilonia, templó el ambiente de la habitación. Al cabo de muchas horas, cansados los verdugos de alimentar el fuego y sin esperanza de conseguir dar término a su misión, acudieron al prefecto para comunicarle aquel inexplicable y rotundo fracaso: no obstante haber pasado muchas horas en el empeño, la virgen cristiana se mantenía en su pleno vigor. 



   

Se despidió entonces Almaquio y envió en su lugar un lictor para que diese muerte a la Santa. Lo recibió ella con grandes muestras de alegría porque esperaba que al fin habría de concederle el Señor la ansiada corona. Se arrodilló, pues, a su lado, descubrió levemente el cuello como para quitar estorbos a la espada y, después de muy breve oración, inclinó la cabeza como para recibir el golpe decisivo. 





   El soldado asestó tres golpes; pero sólo consiguió hacer brotar un poco de sangre, y hubo de dejar la cosa allí por no quebrantar la ley que prohibía pasar de aquel número. 





   Entraron al punto los cristianos que afuera esperaban, y Cecilia, casi exánime, reconoció a sus queridos pobres y a los neófitos, y tuvo para ellos muy amables y cariñosas palabras. Todos se le acercaban para encomendarse en sus oraciones y empapar lienzos en la sangre de sus heridas. A cada instante parecía que su alma purísima iba a romper las últimas ligaduras y los que la rodeaban comprendieron que sólo vivía por milagro; Cecilia, en efecto, esperaba algo muy importante que había pedido a Dios. Así pasaron tres días, durante los cuales no dejaba de exhortar a los cristianos, admirados de aquella extraordinaria fortaleza. 





   Al tercer día, se presentó en la casa de la mártir el santo Pontífice, que por prudencia no había ido aún. Cecilia le estaba esperando. «Padre —le dijo— he pedido al Señor el plazo de tres días, para recomendar a vuestro cuidado los pobres que yo mantenía y para legaros esta casa, a fin de que sea convertida en iglesia.» 




  
    Al terminar estas palabras, la mártir, que estaba reclinada sobre el costado derecho con las rodillas juntas, dejó caer sus brazos uno sobre otro y se inclinó contra el suelo mientras su alma volaba a Dios. Llevada de noche al cementerio de Calixto, en la vía Apia, la sepultaron en aquella misma postura y colocaron a sus pies los lienzos ensangrentados.  

  





EL SANTO DE CADA DIA
POR
EDELVIVES —1946.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario