viernes, 17 de noviembre de 2017

S. GREGORIO TAUMATURGO OBISPO DE NEOCESAREA (210-270) DÍA 17 DE NOVIEMBRE.





   San Gregorio, llamado antes Teodoro, fue célebre por su ciencia y más aún, por los muchos y portentosos milagros que obró en vida. Sus mismos contemporáneos le dieron el nombre de Taumaturgo, que en griego quiere decir obrador de milagros.
   Conocemos dos biografías de este santo obispo, una escrita en siríaco por autor desconocido, la otra, en griego, por San Gregorio Niceno. Ambas traen innumerables hechos maravillosos, parte de los cuales refiere también San Basilio. Estos dos últimos autores, que eran hermanos, oyeron contar a su abuela Santa Macrina, con la que se criaron en su niñez, lo que ellos traen de San Gregorio. Santa Macrina conoció al insigne taumaturgo, siendo de él enseñada. No puede aceptarse en su totalidad este florilegio de milagros que comienza en vida del Santo y se prosigue después de su muerte; pero sería exageración y temeridad rechazarlos todos, mirándolos como pura leyenda. Sea lo que fuere, aunque esos prodigios no constituyan un documento histórico, nos dan a conocer a un varón eminente, cuya influencia fue por demás provechosa para la sociedad de entonces, y cuya fama llenó el ambiente de aquella época.





DISCÍPULO DE ORÍGENES. — ESTANCIA EN 

ALEJANDRÍA




   En Neocesarea —hoy día Niksar—, en el Ponto Polemoniaco, nació Gregorio el año 210. Sus padres eran nobles y ricos, pero gentiles. Siendo de catorce años de edad perdió a su padre. El mismo Santo dice que ya en aquella edad alumbró su alma un rayo de la divina gracia que le descubrió la falsedad de la religión pagana.

   La madre le dedicó al estudio, conforme a lo ordenado por su padre antes de morir. Le destinaban a la abogacía, y así estudió retórica con notable provecho, y también la lengua latina y el derecho romano. Era tan amante de la verdad, que por nada de este mundo ensalzaba y ni aun por mero ejercicio oratorio, aquello que no era realmente digno de alabanza. Pronto le trajo la Divina Providencia al conocimiento de la verdad.

   Tenía Gregorio un hermano menor, San Atenodoro, que fué obispo en el Ponto y padeció por Cristo por los años de 270, y una hermana, casada con un magistrado asesor del gobernador de Palestina. Quiso esta hermana partirse para Cesarea donde a la sazón residía su marido; como viajaba por cuenta del Estado y tenía derecho a llevar consigo algunas personas, la acompañaron sus dos hermanos, los cuales pretendían completar sus estudios jurídicos en la famosa escuela de Derecho romano de la ciudad de Berito, hoy día Beirut. Llegaron a Cesarea por los años de 231. Había en dicha ciudad una escuela recién abierta por Orígenes. A ella acudían muchísimos discípulos, atraídos por la fama del ilustre filósofo. Gregorio y Atenodoro fueron a oírle. Quedaron admirados de la doctrina y virtud del eminente maestro, y determinaron permanecer en Cesarea. Orígenes les hizo estudiar Filosofía, trabajó denodadamente para traerlos al deseo de conocer y poseer el soberano bien, les instruyó con especial esmero, y acabó convirtiéndolos de veras al cristianismo.

   Gregorio nos dejó en sus escritos el magnífico plan de estudios que siguió por voluntad de su ilustre maestro.

   La violentísima persecución de Maximino Tracio, que inundó de sangre el imperio romano por los años de 235 a 238, obligó a Orígenes a alejarse de Cesarea. Entonces Gregorio, sin duda por consejo de su maestro, fué a continuar los estudios a la ciudad de Alejandría. Aunque sólo era catecúmeno, llevaba vida muy compuesta y ejemplar. Los demás estudiantes la miraron como tácita reprensión de sus vicios, y determinaron infamarle. Para ello, se concertaron con una mujerzuela lasciva, la cual entró un día donde estaba el santo mozo tratando una cuestión filosófica con sus amigos y, con grande desenvoltura, le pidió el precio de la torpeza que con ella había cometido. Al oír semejantes embustes, los amigos del Santo quisieron echarla de allí como mujer infame; mas él con semblante sereno dijo a su criado: «Dale lo que pide para que no nos interrumpa la disputa que tenemos entre manos». Con esto empezaron algunos amigos a sospechar de su inocencia; pero al punto que la mujer tomó el dinero en la mano, entró en ella el demonio, con lo que se arrojó al suelo en medio de horribles convulsiones y con los ojos desencajados. Y así se estuvo hasta que Gregorio hizo oración por ella y la libró del maligno espíritu. Este fué su primer milagro.




PANEGÍRICO DE ORÍGENES. — OBISPO DE

 NEOCESAREA



   Con la muerte del emperador acaecida el año 238, se extinguió el fuego de la persecución, y Orígenes volvió a Cesarea. Gregorio acudió otra vez junto a su amado maestro y acabó de instruirse en los misterios de la religión cristiana. Habiendo recibido el bautismo, se dispuso a volver a su patria; mas antes quiso despedirse, en presencia de una magna asamblea, del amado maestro que le enseñara a adorar al Dios verdadero. El discurso que pronunció en esta ocasión, se considera, y con razón, como uno de los más elocuentes que nos ha dejado. Es además de muchísimo valor para la Historia, porque en él bosqueja el autor el relato de los años de su juventud y de su vida escolar hasta que llegó a Cesarea, y el de sus relaciones con Orígenes; en él da cuenta, además, del sistema de enseñanza del insigne doctor, y apunta con interés los principios y métodos que reinaban en aquella época en las Academias; finalmente, expresa muy conmovido su agradecimiento al Señor, a su ángel custodio que le condujo a Cesarea, y al incomparable maestro que abrió su alma a la luz de la verdadera fe. Termina suplicando le conserve su amistad y le ayude con sus oraciones.

   A poco de volver a Neocesarea, entre los años 238 y 243, Gregorio recibió de Orígenes una carta en la que aquel ilustre ingenio le llama santísimo señor suyo y verdadero hijo. Le exhorta sobre todo a cultivar la ciencia de la Sagrada Escritura, que debe ir a la cabeza de toda verdadera ciencia. «Emplea el talento que de Dios has recibido en defender la religión de Cristo —le dice— y para ello, ten cuenta con juntar siempre la oración al estudio».

    Gregorio siguió fielmente aquel consejo. Su arma principal fué siempre la oración. Con ella obró portentosos milagros y muchísimas conversiones.
   Deseosos sus conciudadanos de guardar consigo a un varón de tan grande ingenio y sabiduría, le ofrecieron los primeros cargos de la ciudad; pero el Santo, movido de la divina gracia, siguió el consejo del Evangelio, vendió cuanto poseía, repartió el precio a los pobres y se retiró a la soledad.

   Fedimo, metropolitano de la provincia del Ponto, obispo muy santo y favorecido con el don de profecía, determinó hacer obispo a Gregorio, por juzgar que aunque joven era ya muy eminente en virtud y letras. Mas en sabiéndolo el Santo, huyó de una soledad en otra, para eximirse de aquel peso que juzgaba ser mayor que sus fuerzas. Fedimo no desistió de su intento, antes mandó a Gregorio que aceptase el obispado de Neocesarea, ciudad rica y populosa cuyos habitantes eran tan perversos que parecía punto menos que imposible el convertirlos. Sólo había en ella diecisiete cristianos; los demás eran todos gentiles.

   Tanto apuró Fedimo a Gregorio que, al fin, temeroso éste de resistir a la voz de Dios, se rindió y aceptó el obispado. Rogó a Fedimo que le concediese una temporada para disponerse a recibir la unción santa, y fué consagrado al cabo de ella. Sucedía esto por los años de 240.




UNA APARICIÓN. — SÍMBOLO DE SAN GREGORIO



   Fue quizá en ese tiempo de retiro preparatorio al episcopado, y estando una noche en oración, cuando se le aparecieron la Virgen Santísima y el apóstol San Juan para desvanecer los excesivos temores de su alma. San Juan, por mandato de la Reina del cielo, le enseñó cuanto había de creer respecto a los misterios de la Santísima Trinidad y la Encarnación. 





   Gregorio escribió inmediatamente las revelaciones del santo Evangelista, y ellas fueron en adelante la regla de todas sus predicaciones. A este escrito suele llamársele el Símbolo de San Gregorio. Muy pronto autorizaron este Símbolo San Basilio, San Gregorio Niceno, San Gregorio Nacianceno, Rufino y otros ilustres escritores eclesiásticos, utilizándolo y difundiéndolo entre los cristianos. El amor grande que los fieles de Neocesarea profesaban al Credo de San Gregorio, los libró de caer en el error de los pelagianos.

   Fortalecido con la visión celestial y desvanecida ya sus temores partió Gregorio para Neocesarea. En tales correrías llegó a un templo de Apolo y, porque llovía y era ya de noche, paró en él. Era un templo célebre y muy frecuentado por las respuestas que en él daba el espíritu maligno.

   Purificó el templo Gregorio con la señal de la cruz y rezó el Oficio divino, con lo que los demonios huyeron de aquel lugar. A la mañana siguiente partió de allí el Santo y prosiguió su marcha. El sacerdote pagano, como de costumbre, fué al templo aquel día para hacer sus ofrendas y sacrificios; invocó a los demonios, pero ellos, desde fuera, le respondieron que no podían entrar, porque el hombre que allí había pasado la noche los había obligado a retirarse. El sacerdote se fué tras Gregorio y le alcanzó. Con grande furor le dijo que le iba a acusar al magistrado y aun al emperador. Gregorio le respondió que, por ser siervo de Dios, tenía poder para echar los demonios de donde quisiese. Muy admirado, le dijo entonces aquél: «Pues haz que tornen al templo donde estaban, para que yo entienda que tienes tan gran potestad». Convino en ello el Santo; en un trozo de pergamino escribió estas solas palabras; «Gregorio a Satanás: Entra». Lo llevó el sacerdote, lo puso sobre el altar, y luego le respondieron los demonios como solían.

   Asombrado por tal suceso, fuese al punto a Gregorio, y le rogó que le declarase quién era aquel Dios a quien los mismos demonios obedecían. El Santo le explicó las verdades de la religión cristiana. Como el pagano se negara a creer el misterio de la Encarnación, le dijo el santo obispo que los misterios de la fe no se confirman con palabras sino con milagros. Señaló al sacerdote una peña grandísima, y rogó al Santo la trasladase a otra parte. Gregorio mandó a la peña, la cual obedeció al instante. Con este milagro se convirtió el pagano, y, dejando el culto de los ídolos, patria y familia, se fué en pos del Santo para ayudarle en sus trabajos apostólicos.







CONVERSIONES Y PRODIGIOS. — NUEVOS SUCESOS



   Llego el Santo a Neocesarea, donde le había precedido la fama de tan estupendos prodigios, y allí fué recibido con grande alborozo de toda la ciudad. Su corazón ardía en llamas de celo y caridad, por lo que no perdonó medios para desempeñar dignamente el ministerio pastoral. Aseguró el fruto de su apostolado merced al extraordinario don de milagros con que le favoreció el Señor. Desde el primer día predicó ya al pueblo y convirtió bastantes gentiles como para formar un importante grupo de cristianos fervorosos. Al siguiente día curó a muchísimos enfermos. A poco de hallarse en la ciudad, había ya en ella tantos cristianos, que fué menester edificar una iglesia. Todos pusieron con afán manos a la obra, unos con sus limosnas, otros con su trabajo. Refieren los historiadores que el lugar destinado a esta iglesia era insuficiente por hallarse estrechado entre un río y un monte. El Santo pasó la noche en oración, y todos vieron al día siguiente cómo el monte había retrocedido para dar lugar al edificio.

   Fruto de las conversiones sin número logradas por Gregorio, fueron la observancia de las leyes, la paz y la tranquilidad.

   Dos mozos hermanos, ricos y recién heredados, pleiteaban sobre quién de ellos había de ser señor de una laguna, queriendo cada uno serlo sin admitir compañero. Gregorio echó mano de algunos medios de conciliarlos; pero, en vano. Creció tanto la discordia, que determinaron resolver aquel negocio por las armas. Para evitar que viniesen a las manos, hizo el Santo oración, y la laguna se secó de repente.

   El río Lico —llamado hoy día Casalmac— que nace en los montes de Armenia, pasaba al pie de los muros de Neocesarea. Venía a veces en invierno tan caudaloso y con tal furia que, saliendo de madre, arrebataba árboles, mieses, ganados y hasta las mismas casas, dejando en la miseria a sus moradores. Se movió a compasión el Santo, fué al rio, puso en la ribera el báculo que llevaba en la mano y mandó a las aguas, en nombre de Dios, que nunca pasasen aquel límite. Refiere San Gregorio Niceno que, desde ese día hasta su tiempo, no salió aquel río de madre. El báculo prendió en la tierra y se hizo un árbol grande. 




   Al levantarse la persecución de Decio contra la Iglesia de Neocesarea por los años de 250 o 251, juzgó Gregorio que lo que más convenía a los fieles era alejarse de la ciudad para salvar su fe y su vida, y así se lo aconsejó. Él mismo huyó y se fué a un monte cercano para burlar las pesquisas de los magistrados. Era a la sazón prudente obrar de aquella manera, porque si bien las conversiones habían sido numerosas en los años de paz, aquellos nuevos cristianos estaban todavía poco cimentados en la fe, y tenían mandado los gobernadores dar muerte a los confesores de Cristo sólo después de emplear todos los medios para hacerles apostatar. Sin embargo, algunos fieles que no pudieron huir, padecieron glorioso martirio por Cristo, siendo ello de grandísimo consuelo para el Santo.

   Por otras adversidades había de pasar en breve la ciudad. En el verano de 252, se declaró una espantosa peste que hizo estragos por espacio de doce años diezmando el imperio romano. Cundió el azote hasta la provincia del Ponto donde murieron muchísimos apestados. La caridad que mostraron los cristianos en esta circunstancia, hizo contrapeso a la cobardía de los gentiles. Finalmente, el santo prelado alcanzó con sus oraciones la cesación de la peste en Neocesarea, y muchísimos idólatras se convirtieron al ver que el siervo de Dios tenía gran valimiento en la divina presencia, hasta el punto de haber conseguido vencer aquella horrible enfermedad.




LA EPÍSTOLA CANÓNICA. — VIRTUDES DEL SANTO



   Por los años de 253 a 254, los godos invadieron y saquearon el Ponto y Asia Menor. Fué una época de confusión y desorden. Hubo cristianos que se atrevieron a tomar el bien ajeno o a comprar lo robado a otros, so pretexto de que los bárbaros les habían despojado de lo suyo. Cuando, movidos del remordimiento, acudieron al tribunal de la penitencia, no supieron muchos sacerdotes qué expiación imponer a quienes de aquel modo habían quebrantado la moral y disciplina cristianas. Un obispo anónimo del Ponto, preguntó a Gregorio cómo había de tratar a los cristianos que se confesasen de actos de aquel género. El obispo de Neocesarea le respondió con su Epístola canónica, documento notable escrito a fines del año 254. Es uno de los monumentos de casuística más antiguos; da a conocer la constitución interna de la institución de la penitencia; determina claramente qué norma se debe seguir para imponer las penitencias y satisfacer a la justicia, y muestra la cordura e indulgencia de Gregorio en el gobierno y dirección de las almas. San Agustín siguió más adelante aquellas mismas máximas de justicia y caridad.

   En expresión de San Basilio, fué el santo obispo Gregorio varón lleno del mismo espíritu que los apóstoles y los profetas. Toda su conducta llevaba el sello de la perfección evangélica. En sus ejercicios devotos era sumamente modesto y respetuoso. Siempre oraba con la cabeza descubierta; era muy recatado y sencillo en el hablar, y odiaba la mentira, la sutileza y demás artificios no conformes con la verdad llana y total. No arraigaron en su alma ni la envidia ni la soberbia. Todo cuanto parecía herir la caridad o menoscabar la fama del prójimo, le afligía sobremanera; dueño siempre de sí mismo, resistía varonilmente a los empujes de la cólera, sin soltar jamás palabra alguna de rencor o descontento.

   Gregorio intervino en la elección del obispo de Comana; mientras se hallaban los fieles de aquella Iglesia pensando y averiguando los méritos de algunos candidatos, supo él, por divina revelación, la rara sabiduría ciencia y eminente santidad de un solitario que, siendo gran filósofo, había tomado una como máscara de hombre vil y se hecho carbonero en la ciudad. Le mandó traer y le nombró obispo de Comana. Fué el glorioso mártir San Alejandro el Carbonero.

   Gregorio y su hermano Atenodoro asistieron por los años 264-265 al Concilio de Antioquía que examinó los errores y conducta de Pablo de Samosata, y fueron los primeros en aceptar las decisiones de la docta asamblea.




MUERTE DE GREGORIO



   No se sabe exactamente en qué año murió este bienaventurado obispo. La opinión más probable es que fué su muerte por los años de 270. La Iglesia ha puesto su fiesta a 17 de noviembre. Conociendo Gregorio que se llegaba su dichoso tránsito, mandó que le informasen del número de gentiles que había en Neocesarea: eran sólo diecisiete. Alzó entonces los ojos al cielo suspirando, y derramó muchas lágrimas pensando que había en su diócesis quien no practicaba la verdadera religión. Pero al mismo tiempo alabó y agradeció al Señor, porque habiendo hallado sólo diecisiete cristianos a su llegada a la ciudad, no dejaba al morir sino diecisiete gentiles, y le suplicó que convirtiese a los unos y diese perseverancia a los otros.

   Rogó después a sus amigos que no sepultasen su cuerpo en sepulcro propio ni hecho para él, sino en el cementerio común. «No he tenido en vida casa propia y he pasado por el mundo como extranjero; no quiero perder este título después de muerto. No pongáis en ningún lugar el nombre de Gregorio. La sola herencia que anhelo es aquella que no levante sospechas de haber estado yo apegado a cosa alguna de este mundo».





SUS ESCRITOS


   Solo escribió San Gregorio algunos tratados prácticos sobre asuntos del ministerio pastoral. Pero tuvo tal fama de sabio y santo que, algunos copistas poco instruidos, y sobre todo algunos herejes atrevidos, principalmente los apolinaristas, le atribuyeron no pocas obras, usurpando el nombre del Santo para autorizar y difundir sus errores. Sólo se conocen seis escritos auténticos de San Gregorio. Además del Panegírico de Orígenes, el Símbolo y la Epístola canónica ya citados, tiene una Paráfrasis del Eclesiástico, que San Jerónimo encomia como muy provechosa; el Escrito a Teopompo acerca de la impasibilidad y posibilidad de Dios, diálogo filosófico contra el error pagano que sostenía que la impasibilidad de Dios implica necesariamente la indiferencia divina respecto a la suerte de los hombres. El Diálogo con Eliano, tratado sobre la teodicea cristiana, apuntaba a convertir un pagano así llamado; pero esta obra se perdió, como también algunas cartas del Santo.

    De los escritos que pueden atribuírsele con alguna limitación, son: el Breve tratado del alma, una homilía que expresa manifiestamente el dogma de la perpetua virginidad de María, otra sobre la Madre de Dios, y, finalmente, otros muchísimos fragmentos. El conjunto de estas obras le mereció el dictado de Padre de la Iglesia.




EL SANTO DE CADA DÍA

POR

EDELVIVES


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