martes, 9 de diciembre de 2025

SAN JUAN DIEGO - 9 de diciembre.

 




   San Juan Diego nació en 1474 en el “calpulli” de Tlayacac en Cuauhtitlán, México, establecido en 1168 por la tribu nahua y conquistado por el jefe Azteca Axayacatl en 1467. Cuando nació recibió el nombre de Cuauhtlatoatzain, que quiere decir “el que habla como águila” o “águila que habla”. Juan Diego perteneció a la más numerosa y baja clase del Imperio Azteca, sin llegar a ser esclavo. Se dedicó a trabajar la tierra y fabricar matas las que luego vendía. Poseía un terreno en el que construyó una pequeña vivienda. Contrajo matrimonio con una nativa pero no tuvo hijos. 




   Entre 1524 y 1525 se convierte al cristianismo y fue bautizado junto a su esposa, él recibió el nombre de Juan Diego y ella el de María Lucía. Fueron bautizados por el misionero franciscano Fray Toribio de Benavente, llamado por los indios "Motolinia" o " el pobre".

   Antes de su conversión Juan Diego ya era un hombre piadoso y religioso. Era muy reservado y de carácter místico, le gustaba el silencio y solía caminar desde su poblado hasta Tenochtitlán, a 20 kilómetros de distancia, para recibir instrucción religiosa. Su esposa María Lucía falleció en 1529. En ese momento Juan Diego se fue a vivir con su tío Juan Bernardino en Tolpetlac, a sólo 14 kilómetros de la iglesia de Tlatilolco, Tenochtitlán. Durante una de sus caminatas camino a Tenochtitlán, que solían durar tres horas a través de montañas y poblados, ocurre la primera aparición de Nuestra Señora, en el lugar ahora conocido como "Capilla del Cerrito", donde la Virgen María le habló en su idioma, el náhuatl.



   Juan Diego tenía 57 años en el momento de las apariciones, ciertamente una edad avanzada en un lugar y época donde la expectativa de vida masculina apenas sobrepasaba los 40 años. Luego del milagro de Guadalupe Juan Diego fue a vivir a un pequeño cuarto pegado a la capilla que alojaba la santa imagen, tras dejar todas sus pertenencias a su tío Juan Bernardino. Pasó el resto de su vida dedicado a la difusión del relato de las apariciones entre la gente de su pueblo.

   Murió el 30 de mayo de 1548, a la edad de 74 años. Juan Diego fue beatificado en abril de 1990 por el Papa Juan Pablo II y proclamado santo el 31 de Julio de 2002.


SAN PEDRO FOURIER Fundador y Educador. —9 de diciembre.

 


El que mucho cultiva, mucho cosechará.

(San Pablo).

 

   San Pedro Fourier Nació en Lorena (Francia) en 1565.



   Habiendo terminado brillantemente sus estudios en la Universidad, ingresó en la comunidad de canónigos regulares de San Agustín y allá fue ordenado sacerdote. Como se sentía indigno de celebrar la Santa Misa, pasó tres meses sin hacer la celebración de su primera misa, preparándose para ello.

 

   Le dieron a elegir entre tres parroquias, para que dijera de cuál quería ser párroco. Él escogió la más abandonada, la que más problemas tenía, y la que más estaba necesitando de un trabajo fuerte y constante. Era un pueblecito de los Vosgos que estaba lleno de protestantes calvinistas y donde la moralidad estaba por el suelo. Allí trabajó durante treinta años. Aún hoy, cuando allí hablan de San Pedro Fourier. lo llaman “el buen padre Pedro”.

 


   Lo primero que hizo para lograr convertir aquellas gentes fue dedicarse a orar, y a sacrificarse por ellas. Recordaba lo que decía Jesús: “ciertos malos espíritus no se alejan sino con la oración y los sacrificios”. Aún en el más crudo invierno no encendía fuego para calentarse, y la estufa que iba a calentar el ambiente no se encendía sino cuando llegaban visitantes muy friolentos.

 

   Las otras dos armas con las cuales se propuso ganar las almas de aquellos pecadores fueron la limosna y el buen ejemplo. Quería cumplir aquel mandato del Señor que dice: “De tal manera luzca ante los demás la luz de vuestro buen ejemplo, que, al ver vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre Celestial”. Y en cuanto a las limosnas los necesitados encontraban siempre dispuesto al Padre Pedro a darles alguna ayuda, siempre acompañada de buenos consejos que les sirvieran también para la salvación de su alma.

 


   En su parroquia existían numerosas personas que habían tenido bienes de fortuna, pero por un mal negocio o un incendio o una enfermedad o un robo, etc., habían quedado en gran pobreza. Para ellos fundó nuestro santo una caja de Mutua Ayuda, en la cual depositaba las contribuciones que las gentes le hacían, y de allí iba sacando para prestar a quienes habían quedado en la ruina. Lo único que les exigía era que, si un día lograban volver a tener otra vez los bienes suficientes, devolvieran lo que se les había prestado. Así muchas familias que no se atrevían mendigar, fueron socorridas a tiempo sin ser humilladas. La Caja progresó notablemente.

 

   En el convencimiento de que para poder hacer apostolado sin desanimarse ni desorientarse es necesario asociarse con algún grupo apostólico donde encontrar estímulo, guía, corrección y compañía. Por eso fundó en su parroquia tres asociaciones apostólicas: la de San Sebastián, para hombres, la del Rosario para señoras y la de la Inmaculada para señoritas. Hacía una reunión semanal para cada grupo por separado y allí organizaba los trabajos de apostolado y se animaban unos a otros para seguir adelante.

 


   Vio en la educación cristiana el remedio para muchos de los desórdenes existentes entre los pobres y la clase trabajadora. Trató de fundar en su parroquia una escuela gratuita, pero se encontró con que los sacerdotes no aceptaban dar clases en primaria y a los padres de familia si eran pobres, no les interesaba que sus hijos estudiaran, y los maestros que encontraba no tenían vocación para ello. Total: fracasó totalmente en su intento. El mismo lo reconoció humildemente. El terreno todavía no estaba abonado para tan grande cosecha. Solamente cuando La Salle un siglo después se dedique a preparar maestros totalmente entusiasmados por la educación, logrará llenar la nación de casas de educación.

 

   Habiendo fracasado en cuanto a escuelas para los niños, el santo se propuso hacer una fundación para las niñas. Pero amaestrado por la amarga experiencia anterior, se propuso preparar antes muy bien a las profesoras. Reunió cuatro muchachas (dirigidas por la beata Alicia, que fue la cofundadora de su comunidad) y empezó a darles a cada día una hora de clase de pedagogía y de técnicas para enseñar a la juventud. Luego las fue enviando a dar clases a grupos de jovencitas, y pronto ya pudo fundar con ellas la Comunidad de Hermanas de San Agustín, que fue aprobada en 1616 por el Sumo Pontífice. Los expertos en Roma decían que el Padre Pedro había obtenido en seis meses una aprobación que otras comunidades sólo habían conseguido en treinta años. Pero es que se hizo apoyar por unos padres jesuitas muy importantes y por varios padres franceses muy estimados en el Vaticano, y además su congregación había dado muestras del gran bien que se consigue educando a la juventud.

 


   Puso en práctica varios métodos educativos que después otros famosos educadores católicos popularizarán por todas partes. Lo primero: hacer que la educación fuera práctica. Que no se redujera sólo a aprender cuestiones teóricas, sino que enseñara a la juventud muchas cosas que en la vida práctica de cada día iban a ser necesarias. Y así le dio gran importancia a la contabilidad, tanto que sus colegios eran verdaderamente unos secretariados comerciales, donde las jóvenes se familiarizaban con todo lo que les iba a servir para ser después unas eficientes secretarias y unas hábiles contadoras. También se les enseñaban artes prácticas como bordado, pastelería, dibujo artístico, etc.

 

   Otro de sus métodos nuevos, fue el de enseñar por medio de la declamación. Como lo hará más tarde San Juan Bosco, preparaba dramas, sainetes, comedias, diálogos y recitales, donde mientras se hacía reír y se emocionaba a los oyentes, se iban enseñando verdades de la religión y de otras ciencias. Los domingos por la tarde daban sus alumnas representaciones muy amenas e instructivas para el pueblo, con notable asistencia. Era un modo de valerse del teatro para enseñar y hacer progresar. Y el mismo tener que declamar en público les daba a las jóvenes mayor facilidad para expresarse en reuniones de sociedad, y obtenían más habilidad para ser buenas maestras.

 

   Su parroquia estaba infestada de calvinistas y evangélicos, lo cual era un serio peligro para los católicos. Lo primero que se propuso el santo fue instruir a sus feligreses acerca de los errores y herejías que enseñan los protestantes, para que no se dejaran engañar por ellos. Luego fue insistiendo en que el católico por pertenecer a la verdadera religión, debe tener un comportamiento mejor que el de los demás. Y a los protestantes les recordaba cuán bueno y provechoso es pertenecer a la Santa Iglesia Católica. Los feligreses de su parroquia comentaban: “el Padre Pedro ha logrado más en cuanto a los protestantes en varios meses, que lo que habían logrado los otros sacerdotes en 30 años”.

 

   En 1622 fue nombrado superior de su comunidad de Canónigos de San Agustín, y al tomar posesión de su alto cargo dijo: “Así como Jesucristo se entrega a nosotros en la Sagrada Comunión, sin esperar pago alguno, y buscando solamente el bien de los que la reciben, así me dedicaré desde este día a todos los que pertenecen a nuestra comunidad, no para obtener algún honor, o ventaja alguna, sino pensando solamente en la salvación de las almas”. Programa verdaderamente digno de ser imitado, por todos los superiores en todas partes.

 

   En su nuevo cargo se dedicó con todas sus fuerzas a mejorar el comportamiento de los socios de su comunidad, la cual había caído en bastante descuido en cuanto al cumplimiento de los reglamentos. Al principio encontró resistencia, pero poco a poco fue logrando que los canónigos de San Agustín empezaran a ser verdaderamente fervorosos.

 


   En 1636 el gobierno de Francia quiso exigirle que hiciera un juramento que iba contra su conciencia. En vez de jurar prefirió salir desterrado. Los últimos cuatro años de su vida los pasó en el destierro, enseñando en una escuela gratuita que él mismo había fundado.

 

   Dios lo llamó a Sí el 9 de diciembre de 1640. El Sumo Pontífice lo declaró santo en 1897. El santuario donde están sus restos es visitado por numerosas peregrinaciones y su comunidad logró extenderse por varios países.  

 


MARTIROLOGIO ROMANO: 9 DE DICIEMBRE.

 



—En Toledo de España, la fiesta de santa Leocadia, Virgen y mártir, la que, habiendo sufrido una dura cárcel en la persecución del emperador Diocleciano, por orden de Daciano, prefecto de las Españas, y habiendo sabido los crueles tormentos de santa Eulalia y de los otros mártires, se puso de rodillas en oración, y murió sin mancilla.


—En Cartago, san Restituto, obispo y mártir, en cuya fiesta predicó san Agustín un sermón al pueblo en elogio del santo.



—En Limoges de Francia, santa Valeria, virgen y Mártir, se convirtió a Jesucristo por la predicación del obispo san Marcial. Floreció en Limoges a mediados del siglo III, y resplandeció en todas las Galias la luz de sus virtudes. Se cree que murió en su misma patria durante la persecución del emperador Decio, llevando al cielo la doble corona de la virginidad y del martirio.



—En Verona, san Próculo, obispo y confesor, fué el cuarto obispo de la ciudad de Verona. Cuando se encendió en Italia la persecución excitada por el emperador Diocleciano, Próculo, que deseaba dar a su rebaño un ilustre testimonio del espíritu que le animaba, se fué a la cárcel donde estaban detenidos los santos mártires Firmo y Rústico, y allí confesó con ellos el nombre de Jesucristo. A pesar de esto no pudo conseguir la satisfacción de sus deseos, y entonces emprendió un viaje a Jerusalén para visitar y adorar los lugares de nuestra redención. Se sujetó con esta ocasión a grandes penalidades y mortificaciones, y habiendo después vuelto a Verona, edificado a sus ovejas y obrado muchas maravillas, murió santamente por los primeros años del siglo IV. En su última vejez se conocían aún en sus carnes las señales de los tormentos que había padecido por la fe durante la sobredicha persecución.

Santos Firmo y Rústico. San Próculo sentado. 
 


—En Pavía, san Siro, primer obispo de aquella ciudad. El apóstol san Pedro, de quien recibió la luz de la fe, el bautismo y la consagración de obispo, le envió a Pavía, cuya iglesia engendró en Jesucristo. Convirtió aquel pueblo a la verdad, ilustró con su predicación muchas otras ciudades de Italia, y por todas partes confirmó con milagros las doctrinas que enseñó. Su vida fué la de un apóstol, y su muerte de un santo, volando al seno de Dios el año 112. Entre otros de los milagros que de él se refieren, dícese que un día, estando distribuyendo al pueblo el pan eucarístico, se llegó a él un judío y se burló del sagrado misterio, y el santo tuvo luego que curarle del castigo que le impuso el Señor por aquella profanación, de la cual, admirados los circunstantes, muchos abrazaron la religión.


 —En Nacianzo, santa Gorgonia, hermana de san Gregorio el Teólogo, el cual escribió por sí mismo las virtudes y milagros de su santa hermana. Nació en Arianza, pequeña villa de Capadocia, a principio del siglo IV. Sus padres, san Gregorio y santa Nona, la educaron en el conocimiento de las verdades evangélicas, y sus cuidados no cayeron en terreno estéril. Gorgonia fué un ilustre dechado de todas las virtudes, como lo demuestra su hermano san Gregorio Nacianceno en la oración fúnebre que hizo cuando ella murió, y que se halla en la colección de las obras de este gran padre de la Iglesia.



—En la Limaña de Auvernia, san Nectario, confesor.

—En Vannes, san Budock, obispo.

—Cerca de Sion en los Alpes, san Martiniano y sus Compañeros mártires, de quienes hay una iglesia parroquial en Tarín.

También en África, san Pedro, san Suceso, san Basiano, san Primitivo y otros veinte mártires.

 —En Apamea de Siria, san Julián, obispo, que floreció en santidad en tiempo del emperador Severo. Se distinguió principalmente este santo en combatir las doctrinas de unos herejes que aparecieron en el Oriente durante el siglo II de la Iglesia, y que se llamaban Catafrigas. Fué obispo de la ciudad de Apamea, en Siria, y murió el año 173, ilustre en milagros y virtudes apostólicas. 

En Perigueux de Francia, san Cipriano, abad, varón de admirable santidad. Se consagró desde su juventud al servicio de Dios, y tomó el hábito en un monasterio cuyo abad se llamaba Saval y que vivía en él desde el tiempo de Clotario I. Después de haberse perfeccionado Cipriano en todos los ejercicios de la vida cenobítica se retiró a un desierto junto a Dordoña. Allí construyó una ermita que dio origen a un pueblo, que en el día se llama aún el pueblo de San Cipriano. Murió a fines del siglo VI, y el Señor, según san Gregorio de Tours, obró muchos milagros por su intercesión.



—En Gray, diócesis de Besanzon, el venerable Pedro Furrier, canónigo reglar, cura de Mattaincourt, en la Lorena.



—San Juan Diego Cuauhtlatoatzain, de la estirpe indígena nativa, varón provisto de una fe purísima, de humildad y fervor, que logró que se construyera un santuario en honor de la Bienaventurada María Virgen de Guadalupe, en la colina de Tepeyac, en la ciudad de México, en donde se le había aparecido la Madre de Dios (1548).


  AÑO CRISTIANO 

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864). 

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

 


martes, 2 de diciembre de 2025

MARTIROLOGIO ROMANO DÍA 2 de diciembre.

 



1. Conmemoración de san Habacuc, profeta, el cual, ante la iniquidad y violencia de los hombres, anunció el juicio de Dios, pero también su misericordia, diciendo: El justo vivirá por su fe.



2. En Roma, santa Bibiana, mártir, a quien el papa san Simplicio dedicó una basílica en el Esquilino 





3. También en Roma, en el cementerio de Ponciano, en la vía Portuense, san Pimenio, presbítero y mártir





4. En Aquileya, de la región de Venecia, san Cromacio, obispo, auténtico artífice de la paz, que, arrasadas las fronteras de Italia por Alarico, remedió las penas de los pueblos y, explicando exquisitamente los misterios de la divina palabra, elevó las almas a la contemplación. 





5. En la isla de Palmaria, en Italia, tránsito de san Silverio, papa y mártir, el cual, no queriendo rehabilitar a Antimo, obispo herético de Constantinopla depuesto por su predecesor san Agapito, por orden de la emperatriz Teodora fue privado de su sede y enviado al destierro, donde murió desgastado por los sufrimientos.




6. En el monasterio de Groenendaal, en Brabante, cerca de Bruselas, beato Juan Ruysbroeck, presbítero y canónigo regular, que enseñó las grandezas de los varios grados de la vida espiritual. 




7. En Murcia, en España, beata María Ángela Astorch, abadesa de la Orden de las Clarisas, la cual, muy humilde y entregada a las penitencias, daba buenos consejos y ayuda, tanto a las monjas como a los laicos.




8. En Logiewniki, en Polonia, beato Rafael (Melchor) Chylinski, presbítero de la Orden de Hermanos Menores Conventuales, el cual, en tiempo de peste visitaba a los enfermos de Cracovia, para asistirlos piadosamente y procurarles una honesta y cristiana muerte.



9. En Stanislaviv, en Ucrania, beato Iván Slezyuk, obispo y mártir, a quien el Señor otorgó la palma eterna por su ministerio clandestino, llevado a cabo infatigablemente entre los fieles de Rito bizantino bajo un régimen contrario a Dios, y por su impávida constancia en Cristo ante los perseguidores .


lunes, 1 de diciembre de 2025

PROPIO DEL TIEMPO PRIMERA PARTE DEL AÑO LITÚRGICO.

 

 



El ciclo de Navidad

(El misterio de la Encarnación).


TIEMPO DE ADVIENTO: desde el primer domingo de Adviento hasta el 24 de diciembre.


   Los textos litúrgicos usados durante las cuatros semanas del Tiempo de Adviento nos recuerda a los fieles  la “ausencia de Cristo”. Además, las Colectas del Adviento no terminan con la formula “Por Nuestro Señor Jesucristo”, como lo hacen durante el resto del año. Con espíritu de penitencia y oración aguardamos al Mediador, al Dios hecho hombre, preparándonos para su venida en carne mortal, y también para su segundo advenimiento como nuestro juez. Las Misas del Tiempo de Adviento nos presentan un espíritu de preparación  y arrepentimiento que se mezclan con la alegría y la esperanza; por esto, aunque los ornamentos tengan el morado penitencial y se omita el Gloria, se mantiene el alegre Aleluya. Las lecturas tomadas del Antiguo Testamento que podemos leer en el Introito, el Gradual, el Ofertorio y en la Comunión de las Misas están tomadas en su mayor parte de las profecías de Isaías y de los Salmos, y son una expresión elocuente del deseo de todas las naciones por la llegada del Redentor.

   A todos nos impresiona el llamado urgente y repetido por la venida del Mesías: “Ven ya, no tardes”. Las epístolas de San Pablo nos urgen a disponernos como se debe para su llegada. Los Evangelios nos describen los terrores del Juicio Final, profetizando el segundo advenimiento, y para decirlo con palabras de San Juan Bautista, “para preparar el camino del Señor”.




   En el Adviento, la Iglesia griega celebra particularmente los antepasados de Nuestro Señor: todos los Patriarcas y Profetas del Antiguo Testamento, pero especialmente Abraham, Isaac y Jacob. La Iglesia latina también los menciona frecuentemente durante este periodo. En el Breviario podemos encontrar  muchos textos tomados del Profeta Isaías (como el Introito del Segundo Domingo, o la Comunión del Tercer Domingo).

   La idea del Adviento es que nos preparemos para la venida de Jesucristo. Por lo tanto, pongamos en nuestra boca las mismas peticiones que hacían los Patriarcas y los Profetas. Preparemos la venida de Jesucristo, nuestro Redentor, que viene para prepararnos a su vez a su segundo advenimiento como Juez.

   Cuando los oráculos de los Profetas se cumplieron, y los judíos se hallaban aguardando la venida del Mesías, Juan el Bautista abandonó el desierto y fue hasta la orilla del Jordán, brindando el bautismo de penitencia para preparar las almas  a la venida de Cristo. El mundo pensó que él era el Mesías aguardado, pero él replico con las palabras de Isaías Profeta: 
 
   “Soy la voz del que clama en el desierto; preparad el camino del Señor”.



   
   

   Durante el Adviento abrimos un camino directo para que Jesucristo entre en nuestras almas, y contemplamos a Nuestro Señor, que vendrá en Navidad. 





MISAL ROMANO

Católico Apostólico Romano-1962.