jueves, 3 de enero de 2019

SANTA GENOVEVA, Virgen, Patrona de París (422-512). 3 de enero.



   A la virgen Santa Genoveva le dió el Señor por descendencia un pueblo entero. Perteneció a la Galia romana, de cuyo desmoronamiento fué testigo, y a la Galia franca, en cuya conversión trabajó denodadamente. Sirvió de laxo santo entre romanos y bárbaros, y recibió de Dios la honrosa y santa misión de transmitir la fe católica de los romanos vencidos a los francos vencedores, pero aun paganos.



LA VIRGEN DE NANTERRE


   Hacia el año 422, que fué de los últimos del imperio de Honorio, nació Santa Genoveva en Nanterre, aldea situada cerca de París.

   La futura capital de Francia pertenecía aún al imperio romano, pero este  empezaba ya a derrumbarse, acosado y combatido sin tregua por los bárbaros.

   Los padres de Genoveva, Severo y Geroncia, pobres de bienes terrenos, eran ricos de virtudes y muy fervientes cristianos, en una época en que el paganismo reinaba todavía en gran parte de la Galia. Ambos procuraron con todo empeño infiltrar a su hija los sentimientos de fe y amor a Cristo que ellos tenían. La madrina de la Santa residía en París y, a lo que se cree, en situación desahogada. Puso a la niña en el bautismo el nombre de Genoveva, que, según algunos intérpretes, significa, en lengua céltica, niña celestial.

   Por aquella época, se había difundido en la Gran Bretaña la herejía del pelagianismo. En el año 429, por orden del Sumo Pontífice San Celestino I, y a ruegos de los obispos de las Gafias, se encaminaron hacia Boloña para Ir a Inglaterra y pelear contra el error, San Germán, obispo de Auxerre, y San Lupo, obispo de Troyes. Llegaron al atardecer al pueblecito de Nanterre y determinaron pasar allí la noche. Toda la población acudió a ver y saludar a los ilustres huéspedes, y el bienaventurado Germán predicó en tal circunstancia. Durante el sermón, reparó en una niña en cuya frente brillaban resplandores de santidad.

   ¿Qué muchacha es ésa? —Preguntó Germán al auditorio, señalando a Genoveva—, y ¿quiénes son sus padres?

   Es Genoveva — respondieron varias voces.

   Abriéndose paso entre la multitud, Severo y Geroncia se adelantaron y se presentaron ante el obispo.

   Bendito día aquél en que el Señor os concedió tal hija —les dijo él Santo—; los ángeles la saludaron sin duda en su nacimiento y Dios nuestro Señor la destina a ser instrumento de grandes maravillas.



   Y, dirigiéndose a la niña, le preguntó:

   Dime, hija mía, ¿no te agradaría consagrarte al servicio de Dios y ser esposa de Jesucristo?

   Bendito seáis mil veces, padre mío —le contestó la niña—, pues habéis leído los secretos pensamientos de mi alma; ése es en verdad el más vivo deseo de mi corazón, y con frecuencia le pido al Señor me conceda la gracia de servirle sólo a Él toda mi vida.

   Confía, hija —repuso Germán—; permanece firme en tu deseo y vocación, y el Señor te comunicará la fuerza y el valor necesarios para renunciar al mundo y vivir entregada a su divino servicio.

   Fueron luego todos a la iglesia donde cantaron Nona y Vísperas, durante las cuales tuvo Germán la mano extendida sobre la cabeza de Genoveva.

   Al día siguiente, después de los oficios; llamó el prelado a la niña y le dijo:

   ¿Te acuerdas, hija, de la promesa que ayer me hiciste?

   Padre mío, la hice a Dios y a vos, y nunca la olvidaré.

   Hallaron en el suelo una moneda de cobre que llevaba grabada una cruz.

   La recogió San Germán y, ofreciéndosela a la niña, le dijo:

   Cuelga a tu cuello este signo sagrado y consérvalo como recuerdo mío; llévalo con piedad y desprecia en adelante los adornos profanos que suelen ponerse las personas del siglo.

   Este es, en la historia, el primer ejemplo del uso de una medalla en señal de devoción.

   Después de encomendarse a las oraciones de Genoveva, San Germán la bendijo y prosiguió su camino hacia Inglaterra.

   La cotidiana ocupación de la santa niña era cuidar un rebaño que su padre le había encomendado. Aprovechábase del silencio y soledad del campo para recrear su corazón con el pensamiento de cosas celestiales. El tiempo que le dejaban libre sus quehaceres, lo pasaba retirada en la Iglesia, haciendo compañía a Jesús, prisionero en el sagrario.


   Se disponía Genoveva para ir a la iglesia un día festivo, pero se lo prohibió su madre terminantemente, diciéndole que se quedara a guardar la casa mientras ella estaba en misa. La niña deseaba, sin embargo, ir al templo y recordó a su madre la promesa que había hecho a San Germán de no faltar a ninguna función de iglesia. La madre, cansada al fin por la insistencia de su hija se puso malhumorada y hasta le dió una bofetada. Mas fué para su desgracia, pues Dios la castigó al instante permitiendo que se quedase ciega. Pasados veintiún meses de ceguera, Geroncia se acordó de las asombrosas predicciones que había hecho San Germán respecto de Genoveva y, arrepentida y llena de confianza, llamó a su hija y le dijo:

   Hija mía, corre a traerme agua del pozo vecino.

   Genoveva obedeció, y se fué a toda prisa a sacar agua del pozo, volviendo presto y ofreciéndosela muy cariñosamente a su madre.

   Haz ahora la señal de la cruz sobre el agua, hija mía.

   Lo hizo así Genoveva, mientras la ciega alzaba las manos al cielo y oraba con fervor. Lavó luego por tres veces sus ojos con aquella agua bendecida por la niña, y recobró al punto la vista. Desde aquel día, Geroncia dejó a su santa hija en completa libertad para entregarse de lleno a los ejercicios de devoción.




TOMA EL VELO Y VA A VIVIR A PARÍS.


   Al cumplir Genoveva los catorce años determinó tomar el velo de virgen para no ser solicitada en matrimonio. Lo recibió de manos del obispo de París, y aunque luego volvió a Nanterre para ayudar a sus padres, fué por corto tiempo, pues tuvo la pena grande de verlos morir a poco de su llegada. Entonces regresó a París y se hospedó en casa de su madrina, resuelta ya a llevar en adelante vida totalmente dedicada al servicio de Dios.

   No bien hubo llegado a su nueva residencia, plugo al Señor enviarle una dolorosa parálisis que la dejó como muerta por tres días. Pero, mientras tanto, ocupaba su espíritu en la contemplación de la inefable dicha de los bienaventurados en el cielo y de los atroces tormentos de los infelices réprobos en el infierno. Se le apareció Nuestro Señor Jesucristo clavado en la cruz, diciéndole que podía disponer del tesoro de sus gracias, y le concedió en particular el don de discernimiento de los espíritus.

   Suspiraba por el feliz momento en que, libre su alma de las ataduras del cuerpo, podría volar gozosa hacia Dios, y por eso, al mirar al cielo, sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero si era impotente para despojarse del peso del cuerpo, procuraba en cambio domarlo y castigarlo con vigilias, ayunos, disciplinas y oraciones.

   Desde los quince años hasta los cincuenta, no solía comer sino los domingos y jueves, y su alimento consistía en un poco de pan de cebada y algunas habas con aceite, que cocía de una vez para dos o tres semanas. Al llegar a los cincuenta años, añadió, por consejo de algunos obispos, a ese ordinario y frugal sustento, un poco de pescado y leche, pero ni aun en caso de enfermedad quiso probar la carne, ni el vino, ni otra bebida fermentada.




SU DEVOCIÓN A SAN DIONISIO. — MILAGROS.


   La virgen parisiense era devotísima de San Dionisio, ilustre apóstol de París. Fué con frecuencia al pueblecito de Catuliaco, situado a orillas del Sena, por venerarse allí el sepulcro del Santo, y trabajó para que se le edificase suntuoso templo. Los sacerdotes a quienes consultó sobre el proyecto, trataron de disuadirla ante la imposibilidad de hallar cal para su construcción. No por eso desistió Genoveva de su propósito, antes bien perseveró en oración, siendo oídas sus súplicas, pues unos pastores descubrieron dos hornos de cal no lejos del lugar en que hoy se levanta la basílica de San Dionisio.

   Faltó una vez el vino a los albañiles; pero, habiéndose puesto la Santa en oración, plugo al Señor renovar el milagro de las bodas de Caná, cambiando en vino el agua de un tonel, con cuyo contenido hubo bastante para el tiempo que duraron las obras. En esa iglesia curó más adelante la Santa a doce endemoniados.

   Las fervorosas oraciones de Genoveva eran continuo tormento para los demonios, que no perdonaban medio de molestar a la Santa y a las demás vírgenes y santas viudas de quienes era superiora por mandato del obispo de París. Una noche en que la piadosa comunidad se encaminaba a la iglesia para cantar Maitines cabe el sepulcro de San Dionisio, una lluvia torrencial apagó la antorcha que las alumbraba. Creyó Genoveva que había sido el diablo el autor del trastorno. Tomó en sus manos la antorcha, que se encendió por sí sola, y la llevó hasta la basílica, sin que el furioso huracán la apagase. Esa antorcha fué guardada como preciosa reliquia, y sirvió muchas veces para devolver la salud a los enfermos.

   Pasó Genoveva días y semanas enteras retirada en reducido y solitario aposento, entregándose únicamente a la oración y penitencia. Desde la Epifanía hasta Jueves Santo, solía permanecer encerrada en su habitación conversando sólo con Dios y los Ángeles, concediéndole entonces el Señor nuevas luces y gracias para ella y para sus prójimos.

   Le presentaron cierto día un niño que se había ahogado al caer en un pozo, donde permaneció hundido por espacio de tres horas. La Santa cubrió el cadáver con su manto, se puso en oración y el niño volvió a la vida. En otra ocasión, hallándose la Santa en su aposento, una mujer tuvo la curiosidad de mirar por una rendija de la puerta para ver lo que hacía Genoveva. La desgraciada perdió al punto la vista, pero la Santa, movida a compasión, se la devolvió con sólo trazar sobre los ojos de la ciega la señal de la santa cruz.

   Tenía en propiedad, cerca de la ciudad de Meaux, algunas tierras que le había dejado en herencia su madrina, y solía ir a visitarlas al tiempo de la cosecha. Un día en que la tempestad amenazaba destruirlas, Genoveva se cobijó en una como tienda que tenía en el campo y, postrándose en el suelo, suplicó al Señor con abundantes lágrimas que se compadeciese de ella y de los segadores. Todos los allí presentes quedaron atónitos al ver que el chaparrón caía sobre los campos vecinos, sin que una sola gota mojara las cosechas de la Santa. En Meaux conquistó para Jesucristo a dos doncellas, Celina y Anda, que llegaron a ser santas bajó la dirección de Genoveva.


   Llevada de su ardiente devoción a San Martín, fué a Tours, y obró por el camino muchos milagros, devolviendo la vista a los ciegos y la salud a los enfermos, y arrojando a los demonios del Cuerpo de los posesos.

   La fama de santidad de Genoveva era tal en todo el mundo, que San Simeón, el estilita de Asia, viendo al píe de su columna algunos mercaderes que venían de París, les encargó que al regresar saludaran en su nombre a la Santa y la rogaran que le tuviese presente en sus oraciones.

   Al ver el demonio el gran bien que obraba Genoveva, puso en juego todos los medios para impedirlo. Algunas personas, movidas por el maligno espíritu y más llenas de orgullo que de recto sentido, se atrevieron a difamar a la Santa, publicando que no era sino una hipócrita que su capa de austeridad ocultaba los crímenes más atroces y afrentosos. Estos falsos rumores, esparcidos con arte diabólico, hallaron eco en muchísimas personas que llegaron a perder la estima de la humilde religiosa.

   Tal era el estado de los ánimos cuando San Germán, llamado otra vez por los obispos de Inglaterra en 447, volvió a pasar por París. Al preguntar al obispo por la joven pastora de Nanterre, el pueblo le respondió con ofensivas insinuaciones en términos que hacían poco favor a la Santa. Hizo el prelado que le llevasen a casa de la joven religiosa y, después de saludarla con gran respeto, dijo al pueblo que le rodeaba:

   Ved, parisienses, esta humilde celda; su suelo está regado con las lágrimas de esta inocente virgen que es muy amada de Dios y que un día será instrumento de vuestra salvación.


SALVA DOS VECES A LA CIUDAD DE PARIS


   Al frente de un formidable ejército compuesto de seiscientos a setecientos mil bárbaros, acababa de cruzar el Rin el terrible Atila, que se apellidaba el Azote de Dios. Los pueblos de Occidente creyeron que se acercaba el fin del mundo. Pasaba, en efecto, el ejército de Atila como un devastador torrente por aquellas desgraciadas comarcas: los campos quedaban asolados, las ciudades saqueadas e incendiadas, las iglesias derruidas, el clero y los fieles asesinados.

   El pánico de la población llegó al colmo al cundir la noticia de que Reims había capitulado y que las hordas bárbaras estaban camino de París. Los ricos y hacendados amontonaron con prisas en sus carros lo más precioso que tenían; todos querían huir a otras ciudades en busca de refugio.

   Genoveva empero, animada del espíritu de Dios, procuró tranquilizar y contener a los despavoridos habitantes.


   Si hacéis penitencia de vuestros pecados —les dijo—, aplacaréis la ira divina y estaréis aquí más seguros que en las ciudades donde pretendéis hallar refugio; los enemigos se retirarán sin molestaros.

   Hubo algunos que, convencidos por las palabras de la Santa, siguieron sus consejos, pasaron días y noches en oración en la iglesia de San Juan; pero la mayoría de los habitantes la trataron de hechicera que exponía a sus conciudadanos, con sus visiones ridículas, a perder la vida, y quería entregar la ciudad al enemigo. Hablaba ya el populacho de asesinarla, cuando muy oportunamente llegó a París Sedulio, arcediano de San Germán de Auxerre, el cual traía a Genoveva el pan bendito que el santo obispo moribundo le enviaba como prenda de su bendición. Al oír el nombre de German, el pueblo se apaciguó recordando las proféticas palabras del Santo; Genoveva, tenida hasta entonces por loca, fué aclamada con alborozo, y los parisienses permanecieron en la ciudad.

   No tardaron en saber que Atila, rechazado en Orleáns gracias a la energía del obispo San Aniano, se había visto obligado a retroceder, prosiguiendo aún más su retirada después de la derrota en los Campos Cataláunicos.

   Más tarde venció Clodoveo en 486 al general romano Siagrio, apoderándose de la región de Soissons, y luego sitió a París que permanecía nominalmente fiel al emperador romano, negándose a reconocer por soberano al rey franco. El hambre puso muy pronto en gran aprieto a los sitiados. En tan apurado trance acudieron todos a la intercesión de Genoveva, la cual mandó equipar once barcazas que navegaron con rumbo a Champaña, recogiendo trigo por las ciudades costeras, pagándolo con milagros. 



   Al salir de París, penetraron en una parte del río que hacía tiempo estaba en poder de los demonios, quienes volcaban las embarcaciones que por allí pasaban, y las de Genoveva estuvieron también a punto de naufragar. Pero vanos fueron los esfuerzos de los espíritus infernales; la Santa les conjuró en nombre de Dios que dejasen aquellos parajes, y desaparecieron al instante y no volvieron a molestar ya más a los navegantes. De regreso a París, ella misma amasaba y cocía el pan para darlo a los necesitados; el Señor premió tanta caridad permitiendo que muchas veces se multiplicara en manos de la Santa.


   Cuando Clodoveo hubo recibido en Relms las aguas regeneradoras del santo Bautismo, el 25 de diciembre del año 496, se abrieron de par en par, ante el real convertido, las puertas de París. Este memorable y felicísimo acontecimiento fué sin duda alcanzado por las ardientes súplicas de la Santa.




INFLUENCIA CERCA DE LOS REYES FRANCOS. — SU MUERTE.


   Los reyes francos Meroveo y Childerico, aunque paganos, no podían dejar de admirar las virtudes de Genoveva; la llamaban semidiosa y nunca le negaron nada. Salió cierto día la Santa de París. Se enteró de ello Childerico quien temeroso de que Genoveva viniese a pedirle la libertad de algunos prisioneros, cosa que no podía negarle, mandó cerrar las puertas de la ciudad, más éstas se abrieron por sí solas al llegar la Santa, quien fué a echarse a los pies del monarca y obtuvo el perdón de todos sus patrocinados.

   Mayor afecto y veneración le manifestaba el gran Clodoveo. A petición de Genoveva daba libertad a los prisioneros, se mostraba magnánimo con los pobres y edificaba suntuosas iglesias. Le hizo donación de dos casas reales de campo situadas en el camino de París a Reims, facilitando con ello a la Santa sus entrevistas con el obispo San Remigio.

  La noble esposa de Clodoveo, Santa Clotilde, consideraba como grande honra ser visitada por Genoveva. En sus largas conversaciones, las dos Santas solían hablar familiarmente sobre los medios de agradar a Dios y asegurar la salvación eterna. Aquella humilde pastora contribuyó así de modo eficaz con su santidad a fundar la Francia cristiana, mereciendo ser, en los siglos sucesivos, una de sus principales protectoras celestiales.

   Llegaba la Santa a los ochenta y nueve años de edad y se iba acercando el término de su gloriosa carrera. El reino cristiano era ya una realidad y tal como lo había contemplado en sus visiones. El día 3 de enero del año 512, cinco semanas escasamente después de la muerte de Clodoveo, entregó ella ese día su hermosa alma en manos del Señor. Su cuerpo fué sepultado en la iglesia de San Pedro y San Pablo, que había edificado Clodoveo por consejo de la Santa. Dicha iglesia se llamó desde entonces de Santa Genoveva.

   Se hallaba a mano derecha de San Esteban del Monte, en la calle de Clodoveo, y fué destruida el año 1807. Su culto corría a cargo de los canónigos seculares de San Agustín, llamados allí de Santa Genoveva.



PATRONA DE PARÍS Y DE FRANCIA.


   Pronto  llegó a ser célebre su sepulcro, merced a los innumerables y portentosos milagros con que plugo el Señor glorificar a su sierva.

   El aceite de la lámpara que ardía ante sus reliquias curó a multitud de enfermos. Debido a una extraordinaria crecida del Sena, las casas de París se inundaron hasta el primer piso, llegando el agua a la habitación en donde había muerto la Santa; pero las aguas se detuvieron alrededor de la cama en que falleció, formando como una muralla. En aquel lugar se construyó una iglesia llamada Santa Genoveva la Menor.

   Cuando alguna calamidad pública amenazaba a París, o se hallaba en peligro la Monarquía, acudían los confiados parisienses a implorar la ayuda de su celestial patrona; las reliquias de la Santa eran llevadas con toda dase de honores en solemne procesión al terminar una novena, juntándose en tal circunstancia el clero, la corte, las autoridades y el pueblo todo.

   La antigua iglesia de Santa Genoveva, en la que se guardaban sus reliquias desde su traslación en 28 de octubre del año 1242, amenazaba ruina en el siglo XVIII. El rey Luis XV hizo edificar otra cerca de la antigua; pero la Revolución transformó la iglesia de la Patrona de París en Panteón de hombres ilustres.

   La iglesia de San Esteban del Monte, guardiana por largo tiempo del sepulcro donde descansó el cuerpo de la Santa, signe siendo lugar muy venerado, a donde acuden frecuentes peregrinaciones.

   El día 14 de enero de 1914, la Santidad de Pío X se dignó conceder a todas las diócesis de Francia la facultad para celebrar la festividad de Santa Genoveva.

EL SANTO DE CADA DIA
POR
EDELVIVES.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario