sábado, 12 de enero de 2019

SAN TEODOSIO, cenobiarca. (+ 529.). — 11 de enero.


   El bienaventurado padre san Teodosio, llamado cenobiarca, que quiere decir padre de muchos monjes, nació en una aldea de Capadocia.


   Se había dado a los estudios, y aun declaraba al pueblo las Letras divinas, cuando deseoso de la perfección, partió a los santos Lugares.

   Llegando a Antioquía, quiso ver al insigne anacoreta san Simeón Estilita, el cual, inspirado del Señor, le dijo: «Teodosio, varón de Dios, seáis bien venido».


   Se espantó Teodosio oyendo esta voz, porque le llamaba por su nombre, y porque le honraba con el título de varón de Dios.

   Subió a la columna por orden de san Simeón y se echó a sus pies; oyó sus consejos y todo lo que en adelante le había de suceder; y tomada su bendición, siguió su camino hacia Jerusalén, donde adoró y regó con sus lágrimas aquellos sagrados Lugares que Cristo nuestro Señor consagró con su vida y su muerte.

   Se retiró después a la soledad, y vino a tener tantos discípulos, que labró un gran monasterio, en el cual acogía a los pobres.

   Aconteció aparejarse en un mismo día cien mesas para darles de comer, y en tiempo de hambre, como los que tenían a cargo de darles de comer les cerrasen las puertas, san Teodosio mandó abrírselas y darles a todos lo necesario, y el Señor les proveía con tan larga maro, que después quedaban las arcas llenas de pan.


   Era también su monasterio, hospital de enfermos, a quienes servía y besaba las llagas con grande amor.

   Había entre sus discípulos hombres ricos y poderosos, militares y sabios, de los cuales salieron muchos obispos y superiores: de suerte que cuando murió el santo, habían ya fallecido seiscientos noventa y tres de sus discípulos.

   El emperador Anastasio, que favorecía a los herejes Acéfalos, le envió una buena cantidad de oro para sus pobres: la aceptó y la repartió el santo, pero escribió al emperador, que ni él ni los suyos consentirían con los herejes, aunque la vida les costase.

   Fuese luego, viejo como era, a predicar sin temor alguno por las ciudades de aquellos herejes que condenaban el concilio de Calcedonia; y subiendo una vez al pulpito, hizo señal al pueblo que callasen, y dijo: “El que no recibiere los cuatro concilios generales, como los cuatro Evangelios, sea maldito y excomulgado”.

   Entonces el emperador le desterró, pero duró bien poco el destierro, porque el monarca hereje cayó muerto, herido por un rayo, y Teodosio volvió de su destierro, glorioso y triunfante.

   Muchas fueron las obras admirables que hizo este varón de Dios en su larga vida; muchas veces multiplicó el pan, anunció el terremoto que asoló la ciudad de Antioquía, y lleno de méritos y virtudes, descansó en la paz del Señor a la edad de ciento cinco años.


   Honraron su cadáver el patriarca de Jerusalén con otros obispos y multitud de monjes, clérigos y seglares.


   Reflexión: Enseñaba el santo a sus discípulos por primer principio de la vida religiosa, que tuviesen siempre la memoria de la muerte presente, y para esto mandó hacer una sepultura para que su vista les acordase que habían de morir.

   Aprende tú esta utilísima lección, visitando algunas veces la morada de los difuntos.

   Allí verás en qué paran todas las cosas del mundo, y entenderás cuan necios son, los que pasan en vanidades y locuras el breve tiempo de la vida mortal; y cuan sabios, los que lo emplean en servir a Dios, y alcanzar la vida eterna.

   Bien miradas todas las cosas, todo el negocio del hombre se reduce a morir santamente.

   Más para ello, haz aquello que quisieras haber hecho cuando mueras.





   Oración: Te rogamos, Señor, que nos recomiende la intercesión del bienaventurado Teodosio, abad, para conseguir por su patrocinio lo que no podemos lograr por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amen.

FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

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