Ramo espiritual:
«No ruego por el mundo, sino por los que tú, Padre,
me has dado, porque tuyos son». Juan
17:9
San Jacinto, Apóstol del Norte y Taumaturgo
de su siglo, provenía de una familia ilustre. Fue el propio Santo Domingo quien
recibió sus votos y lo envió a evangelizar Polonia, país que movilizó con
ahínco y donde realizó innumerables conversiones. Su vida fue un ejercicio
constante de caridad hacia todos los que sufren y de santa crueldad consigo
mismo. Imitando a su padre, Santo Domingo, no tuvo más morada que la iglesia ni
más lecho que la tierra; cada noche se lastimaba los hombros con cadenas de hierro
y ayunaba frecuentemente solo con pan y agua.
Entre los milagros que realizó se
encontraban la resurrección de los muertos, la liberación de los poseídos por
demonios y la curación de muchos enfermos. Se le vio cruzando el caudaloso río
Vístula con varios de sus hermanos, sobre su manto extendido. Obligado a huir
de los tártaros, al menos llevó consigo el Santísimo Sacramento para evitar su
profanación. Cuando estaba a punto de salir de la iglesia, una voz salió de la
estatua de María, pidiéndole que también se lo llevara. Pesaba entre
ochocientas y novecientas libras; Jacinto, lleno de fe, lo tomó en su mano y lo
encontró tan ligero como una caña. Sin barca, cruzó el gran río Borístenes con
su carga como si fuera tierra firme, mientras su manto servía de barca para sus
hermanos, que lo seguían.
Consolado por varias visitas de la Santísima Virgen,
tuvo una revelación de su muerte, que ocurrió el 15 de agosto de 1257.
Abate
L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.



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