sábado, 20 de abril de 2019

CAPITULO VII: REFLEXIONES SOBRE LOS PRODIGIOS ACONTECIDOS EN LA MUERTE DE JESUCRISTO.





Por San Alfonso María de Ligorio.




I. Duelo general de la naturaleza. Las tinieblas

   Cuentan, como refiere Cornelio Lapide, que, hallándose San Dionisio Areopagita en Heliópolis de Egipto, exclamó en el tiempo en que expiraba Jesucristo: «O padece Dios, autor del universo, o se descompone la máquina del mundo». Otros autores, como Miguel Syngelo y Suidas, lo refieren de otra manera, pues cuentan que dijo: «El Dios desconocido padece en su cuerpo, por lo que el universo se obscurece con estas tinieblas». Y Eusebio escribe, tomándolo de Plutarco, que en la isla de Praxas se oyó una voz potente que decía: «El Gran Todo ha muerto». Y luego oyeron gran estruendo y vocerío, como de gentes que se lamentaban. Eusebio interpretó la palabra Pan por Lucifer, que quedó muerto con la muerte de Cristo, al verse despojado del imperio que ejercía sobre los hombres, si bien Barradas la toma por el mismo Cristo, ya que la palabra Pan en griego significa Todo, y se aplica a Jesucristo, Hijo de Dios, que es el Todo, es decir, toda clase de bienes.

   Lo cierto es lo que nos dice el Evangelio, que en el día de la muerte del Salvador, desde la hora de sexta a la de nona, permaneció obscurecida la tierra, y que, en el momento de expirar el Señor, el velo del templo se desgarró por medio y sobrevino universal terremoto, que rasó los peñascos.

   Hablando de las tinieblas, observa San Jerónimo que fueron ya predichas por el profeta Amós con estas palabras: Y en aquel día acaecerá, dice el Señor, Yahveh, que haré ponerse el sol al mediodía. Comentando a continuación el texto San Jerónimo, dice que entonces el sol, al parecer, recogió su luz, para que no gozasen de ella los discípulos de Jesucristo. Y en el mismo lugar añade que el sol se escondió, como si no se atreviese a mirar al Señor, pendiente de la cruz. Y con más propiedad añade aún San León que a la sazón quisieron todas las criaturas demostrar a su modo el dolor que las embargaba en la muerte de su Creador. De igual parecer es Tertuliano, quien, hablando especialmente de las tinieblas, dice que el mundo con aquella obscuridad quiso como celebrar las exequias del Redentor.

   San Atanasio, San Crisóstomo y Santo Tomás nos advierten que esta obscuridad fue en extremo prodigiosa, ya que el eclipse total de sol no puede tener lugar más que en el novilunio y no en el plenilunio, en que acaeció la muerte del Salvador. Además, siendo el sol mucho mayor que la luna, no podía ésta ocultar toda la luz del sol, y, sin embargo, el evangelista asegura que las tinieblas cubrieron toda la tierra. Añádase a esto que, aunque el eclipse de sol hubiera sido total, la obscuridad hubiese durado contados minutos, en contra de lo que afirma el Evangelio, que duró por espacio de tres horas consecutivas, de la hora sexta a la nona. De este estupendo prodigio de las tinieblas habla Tertuliano en su Apologético, diciendo a los gentiles que en los documentos de sus archivos hallarán consignado el gran prodigio del obscurecimiento del sol en la muerte de Jesucristo. Eusebio confirma este hecho en su crónica, aduciendo el testimonio de Flegón, liberto de Augusto, escritor contemporáneo, quien dice: «En el cuarto año de la olimpíada 202. hubo un eclipse de sol mayor que todos los conocidos hasta entonces; al mediodía se hizo de noche, de suerte que las estrellas brillaban en el firmamento».



II. Se rasga el velo del templo

   Se cuenta, además, en el Evangelio de San Mateo que el velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. Describe también el Apóstol el tabernáculo y el templo, en que se hallaba el lugar santísimo, con el arca del testamento, que contenía el maná, la vara de Aarón y las tablas de la ley; el arca constituía el propiciatorio. El primer tabernáculo, que estaba ante el lugar santísimo, estaba cubierto con un primer velo, y en él entraban tan sólo los sacerdotes a ofrecer sus sacrificios, y el sacerdote sacrificante mojaba el dedo en la sangre de la víctima, haciendo siete aspersiones hacia el velo. En el segundo tabernáculo del lugar santísimo, que siempre se hallaba cerrado y cubierto por un segundo velo, entraba solamente el sumo sacerdote, únicamente una vez al año, llevando la sangre de la víctima, que por sí mismo ofrecía.

   Todo esto encerraba grandes misterios: el santuario siempre cerrado era emblema de la separación que mediaba entre los hombres y la divina gracia, la cual no podrían recibir sino mediante el gran sacrificio que un día Jesucristo ofrecería por sí mismo, figurado ya en todos los sacrificios antiguos, que por eso San Pablo lo llamaba Pontífice de los bienes venideros, quien por medio de un tabernáculo más perfecto, es decir, mediante su sacratísima humanidad había de entrar en el lugar santísimo, es decir, en la presencia de Dios, cual mediador entre Él y los hombres, ofreciendo la sangre, no ya de becerros y machos cabríos, sino su propia sangre, con la que había de consumar la obra de la redención humana, abriéndonos así las puertas del cielo.

   Pero oigamos las palabras del mismo Apóstol: Mas Cristo, habiéndose presentado como Pontífice de los bienes venideros, penetrando en el tabernáculo más amplio y más perfecto, no hecho de manos, esto es, no de esta creación, y no mediante sangre de machos cabríos y de becerros, sino mediante su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario, consiguiendo una redención eterna. Léase Pontífice de los bienes venideros para diferenciarlo del pontificado de Aarón que sólo impetraba del cielo bienes terrenos de la presente vida; en cambio, Jesucristo nos había de alcanzar los bienes venideros, que son celestiales y eternos. Añádase en el tabernáculo más amplio y más perfecto, cual fue la santa humanidad del Salvador, verdadero tabernáculo del Verbo divino, no hecho de manos, porque el cuerpo de Jesús no fue formado por obra de hombre, sino del Espíritu Santo. Sigue diciendo: no mediante sangre de machos cabríos y de becerros, sino mediante su propia sangre, porque la de estos animales sólo servía para purificar la carne, en tanto que la sangre de Jesucristo purifica el alma con la remisión de los pecados. Acaba diciendo: entró de una vez para siempre en el santuario, consiguiendo una redención eterna. Esta palabra, consiguiendo, denota que tal redención no podíamos pretenderla ni esperarla antes que el Señor nos la hubiese prometido, sino que tan sólo pudo encontrarla la divina bondad. Llamase eterna porque el sumo sacerdote de la antigua alianza sólo una vez al año podía entrar en el santuario, en tanto que Jesucristo, consumando una vez el sacrificio con su muerte, nos mereció una redención eterna, que bastará para expiar siempre todos nuestros pecados, como escribe el propio Apóstol: Porque con una sola oblación ha consumado para siempre a los que son santificados.

   Añade el Apóstol: Y por esto es mediador de un Nuevo Testamento. Moisés fue mediador del Antiguo Testamento, es decir, de la antigua alianza, que no tenía virtud de reconciliar a los hombres con Dios, porque, como explica San Pablo en otro lugar, nada llevó la ley a la perfección. En cambio, Jesucristo, en la nueva alianza, llegó a satisfacer cumplidamente la justicia divina por los pecados de los hombres, y por sus merecimientos les alcanzó el perdón y la divina gracia. Se escandalizaban los judíos al oír que el Mesías había redimido a la humanidad con la muerte tan ignominiosa, y se amparaban para ello en la ley, diciendo: Nosotros hemos oído de la ley que el Mesías permanece eternamente. Pero se equivocaban de plano, porque la muerte fue, el medio por el que Jesucristo se hizo mediador y salvador de los hombres, ya que, en atención a su muerte, se prometió a los predestinados la herencia del cielo: Y por esto es mediador de un Nuevo Testamento, a fin de que, habiendo intervenido muerte para rescate de las transgresiones ocurridas durante la primera alianza, reciban los que han sido llamados la promesa de la herencia eterna. Por eso San Pablo nos alienta a poner todas nuestras esperanzas en los merecimientos de la muerte de Jesucristo: Teniendo, pues, hermanos, segura confianza de entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesucristo, entrada que El inauguró para nosotros como camino, nuevo y viviente a través del velo, esto es, de su propia sangre. Tenemos, dice, gran fundamento para esperar la vida eterna en la sangre de Jesucristo, que nos ha abierto el nuevo camino del paraíso. Dice nueva porque antes nadie lo había pisado, y Cristo lo allanó, sacrificando en la cruz su carne sagrada, de la cual fue figura el velo del templo, porque, así como el velo se rasgó en la pasión del Señor, dice San Juan Crisóstomo, así, al ser desgarrada la carne de Cristo en su pasión, nos abrió las puertas del cielo, hasta entonces cerrado. Por eso nos exhorta el Apóstol a ir confiadamente al trono de la gracia en busca de la divina misericordia. Este trono de la gracia es puntualmente Jesucristo; si a El recurrimos en los peligros que nos acosan para perdernos, hallaremos la misericordia de que nos habíamos hecho indignos.

   Volvamos ya al citado texto de San Mateo: Mas Jesús, habiendo clamado con gran voz, exhaló el espíritu; y he aquí que el velo del santuario se rasgó en dos de arriba abajo. El desgarrarse el velo del templo de arriba abajo, presenciado por todos los sacerdotes y el pueblo, acontecido en el mismo momento de la muerte de Jesucristo, no pudo acontecer sin un prodigio sobrenatural, porque el temblor de tierra no hubiera podido rasgar de tal manera el velo. Aconteció para darnos Dios a entender que no quería el templo cerrado, como lo ordenaba la ley, sino que en adelante El mismo sería el santuario abierto a todos por medio de Jesucristo.

   Opina San León que el Señor, al permitir se desgarrara el velo, demostró patentemente que acababa el antiguo sacerdocio y comenzaba el sacerdocio eterno de Jesucristo y que quedaban abolidos los antiguos sacrificios, para dar paso a una nueva ley, como escribe el Apóstol: Porque, transferido el sacerdocio, fuerza es que se produzca también la transferencia de la ley. Por aquí llegamos a convencernos de que Jesucristo es el fundador tanto de la ley primera como de la segunda, y de que la antigua, con su tabernáculo, sacerdocio y sacrificios, era figura del sacrificio de la cruz, en la cual debía llevarse a cabo la obra de la redención humana, por manera que todo cuanto había de obscuro y misterioso en la antigua ley, sacrificios, fiestas y promesas, se tornó claro en la muerte del Salvador. Finalmente, dice Eustaquio que el velo rasgado denotaba que estaba roto el muro que separaba el cielo de la tierra, de manera que quedaba abierto a los hombres el camino para ir arriba sin impedimento alguno.



III. El temblor de la tierra

   Dícese, además, en el Evangelio que la tierra tembló y las peñas se hendieron. Es un hecho notorio que en la muerte de Jesucristo hubo un grande y universal terremoto, de modo que todo el orbe terráqueo recibió fuerte sacudida, como escribe Orosio. Y Dídimo añade que la tierra tembló hasta sus cimientos. Flegón, liberto del emperador Adriano, citado por Orígenes y por Eusebio en el año 33 de Cristo, afirmando que con este terremoto sobrevino gran ruina en los edificios de Nicea de Bitinia. Más aún, Plinio, que vivió en tiempo de Tiberio, en cuyo reinado fue Cristo crucificado, y Suetonio aseguran que por aquel tiempo un gran terremoto derribó doce ciudades del Asia; los sabios atestiguan que con este suceso se verificó la profecía de Ageo: Dentro de un poco yo haré estremecerse los cielos y la tierra. De ahí que escriba San Paulino de Nola que Jesucristo, aun cuando estaba enclavado en la cruz, para demostrar quién era, aterró desde ella al mundo.

   Agricomio observa que aún se guardan vestigios hasta el presente de aquel terremoto, percibiéndose aún sus señales en el Calvario, pues a la parte izquierda hay una gran hendidura, por la que cabe holgadamente un hombre y tan profunda, que no se ha podido investigar su fondo. Según Baronio, en muchas otras partes se vieron también rasgados los montes. En el promontorio de Gaeta se ve aún hoy cierta montaña de piedra viva, que, según es fama, se rasgó de arriba abajo en la muerte del Señor, manifestándose a las claras ser aquello obra prodigiosa, ya que por la hendida peña pasa un brazo de mar y las desigualdades de entrambas partes se completan proporcionalmente entre sí. Idénticas tradiciones existen en el monte Colombo, cercano a Rieti, y en Montserrat, de España, y en varias montañas tajadas cercanas a Cagliari, en la isla de Cerdeña. Más admirable es todavía lo que se contempla en el monte Alvernia, en la Toscana, donde San Francisco recibió el don de las sagradas llagas y donde se ven en revuelta confusión masas enormes de peñascos, y según el testimonio de Wadingo, el ángel reveló a San Francisco que aquél fue uno de los montes que se quebraron en la muerte de Jesucristo.

«¡Oh pechos de los judíos, exclama San Ambrosio, más duros que las peñas, pues éstas se quiebran y sus corazones se endurecen!»

IV. Resurrecciones y conversiones

   Prosigue San Mateo describiendo los prodigios acaecidos en la muerte de Cristo, y dice: Y los monumentos se abrieron, y muchos cuerpos de los santos que descansaban resucitaron, y saliendo de los monumentos después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. Este abrirse los monumentos, opina San Ambrosio, anunciaba la derrota de la muerte y la restitución de la vida a los hombres mediante la resurrección.

   San Jerónimo, San Beda el Venerable y Santo Tomás son de opinión que aun cuando a la muerte de Cristo se abrieron los sepulcros, con todo, los muertos no resucitaron antes de la resurrección del Señor, como categóricamente afirma San Jerónimo. Lo que concuerda con lo que dice el Apóstol al llamar a Jesucristo primogénito de los muertos, para que en todas las cosas obtenga Él la primacía, pues no convenía que, habiendo triunfado de, la muerte, resucitase otro antes que Cristo.

   Dice también San Mateo que resucitaron varios santos y que, saliendo de las tumbas, se aparecieron a muchos: no fueron otros sino quienes creyeron y esperaron en el Redentor, cuya fe y confianza en el Mesías quiso Dios premiar, según la predicción de Zacarías, en que, hablando con el futuro Mesías, le dice: También tú, en razón de la sangre de tu alianza (conmigo), yo soltaré a tus cautivos de la fosa sin agua; es decir: Y tú, ¡oh Cristo!, por los méritos de tu sangre bajaste a la prisión o lago subterráneo —al limbo, donde estaban detenidas las almas de los santos patriarcas, privadas del agua del consuelo— y las libraste de aquella cárcel para llevarlas a la eterna gloria.

   San Mateo continúa diciendo que el centurión y sus subordinados, que fueron los encargados de la ejecución de la sentencia de muerte contra el Salvador, no obstante, la ceguedad y obstinación de los judíos, que proseguían aplaudiendo la injusta muerte, con todo, movidos por los prodigios de las tinieblas y el terremoto, fueron los primeros en reconocerlo como verdadero Hijo de Dios. Estos soldados fueron las dichosas primicias de los gentiles que abrazaron la fe de Jesucristo después de su muerte, puesto que, apoyados en los méritos de Jesús, tuvieron la gran ventura de reconocer sus pecados y de esperar el perdón. Añade San Lucas que todos los demás que presenciaron la muerte de Jesucristo y los prodigios referidos volvieron dándose golpes de pecho en señal de arrepentimiento por haber cooperado o al menos aplaudido la muerte del Salvador. También en los Actos de los Apóstoles vemos que muchos judíos, al oír la predicación de San Pedro, se arrepintieron y le preguntaron qué debían hacer para salvarse, y San Pedro les respondió que hicieran penitencia y se bautizaran, cosa que al punto hicieron sobre tres mil personas. 



V. Abren el costado de Cristo

   Vinieron después los soldados y quebraron las piernas de los dos ladrones; mas al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le trataron de la misma manera, sino que uno de ellos, con la lanza, le abrió el costado, del que salió al instante sangre y agua.

   Dice San Cipriano que la lanza fue directa a atravesar el corazón de Jesús, lo que también fue revelado a Santa Brígida. Del costado brotó sangre y agua, y esto se explica porque la lanza, antes de llegar al corazón, tuvo que atravesar el pericardio, que está cargado de humor acuoso. San Agustín hace notar que el evangelista emplea la palabra abrir porque entonces se abrió en el corazón del Señor la puerta de la vida, de la que salieron los sacramentos, por los que se entra en la vida eterna. Por eso se dice que en la sangre y el agua que brotaron del costado de Jesucristo estuvieron figurados los sacramentos, pues el agua es símbolo del bautismo, primero de los sacramentos; y el más excelente de todos ellos, que es la Eucaristía, está simbolizado en la sangre de Jesús.

   San Bernardo añade que Jesucristo quiso recibir la herida para que por la llaga exterior viniésemos en conocimiento de la invisible herida que el amor había abierto en su pecho. ¿Quién, pues, no amará a este Corazón, llagado por nuestro amor?

   San Agustín, hablando de la Eucaristía, dice que el santo sacrificio de la misa no es hoy menos eficaz ante Dios de lo que fueron la sangre y el agua que brotaron en aquel día del costado herido de Jesucristo. 



VI. Sepultura y resurrección de Jesucristo

   Terminemos este capítulo haciendo algunas reflexiones acerca de la sepultura de Jesucristo. Jesús vino al mundo no sólo para redimirnos, sino también para enseñarnos con su ejemplo toda suerte de virtudes, y especialmente la humildad y la santa pobreza, compañera inseparable de la humanidad. De ahí que quisiera nacer pobre en una gruta, vivir pobre en un taller por espacio de treinta años y, finalmente, morir pobre y desnudo en una cruz, hasta el punto de ver con sus propios ojos, antes de expirar, que los soldados dividían sus vestiduras; al morir tuvo necesidad de recibir una mortaja de limosna.

Consuélense los pobres mirando a Jesucristo, rey del cielo y de la tierra, viviendo y muriendo tan pobre para enriquecernos con sus merecimientos y bienes, como escribe el Apóstol: Por vosotros, siendo rico, se empobreció, para que vosotros con su pobreza os enriquecieseis. Con este fin de imitar la pobreza de Jesucristo despreciaron los santos todas las riquezas y honores de la tierra, para llegar un día a gozar con Cristo de las riquezas y honores celestiales que tiene preparados para quienes le aman. De estos bienes hablaba el Apóstol cuando decía: Lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni a corazón de hombre se antojó, tal preparó Dios a los que le aman.

Jesucristo resucitó con la gloria de poseer, no sólo como Dios, sino también como hombre, todo poder en el cielo y en la tierra, por manera que todos los ángeles y todos los hombres le rinden vasallaje. Regocijémonos, pues, al ver glorificado a nuestro Salvador, nuestro padre y nuestro mejor amigo; alegrémonos, porque la resurrección de Jesucristo es prenda segura de la nuestra y de la gloria que un día hemos de gozar en el cielo en cuerpo y alma. 



Apoyados en esta esperanza, padecieron los santos mártires con alegría todas las penalidades de la vida y los más crueles tormentos de los tiranos. Pero convenzámonos de que no gozará con Cristo quien no quiera padecer ahora con Cristo ni alcanzará la corona de la inmortalidad quien no combata varonilmente para alcanzarla. Que nos sirva de aliento el consejo del mismo Apóstol, que asegura que todos los sufrimientos de esta vida son nonada y pasajeros en cotejo de los bienes inmensos y eternos que esperamos disfrutar en el paraíso. Esforcémonos, pues, por conservar siempre la gracia de Dios y pedirle la perseverancia de su amor, porque sin oración, y continua oración, no lograremos la perseverancia ni alcanzaremos la salvación. 



¡Oh dulce y amable Jesús mío!, ¿cómo habéis podido amar tanto a los hombres, que, para demostrarles vuestro amor, no rehusasteis morir desangrado y afrentado en tan infame leño? ¡Oh Dios!, y ¿cómo son tan pocos los hombres que os amen de todo corazón? ¡Ah querido Redentor mío, entre estos poquitos quiero contarme yo, pobrecito que en lo pasado me olvidé de vuestro amor y troqué vuestra gracia por míseros deleites! Conozco el mal hecho, me arrepiento de todo corazón y quisiera morir de dolor. Ahora, amado Redentor mío, os amo más que a mí mismo y estoy presto a morir mil veces antes que perder vuestra amistad. Os agradezco las luces que me habéis dado; Jesús mío, esperanza mía, no me abandonéis y continuad prestándome vuestra ayuda hasta la muerte.

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