domingo, 20 de abril de 2025
RESURRECCIÓN GLORIOSA DEL SEÑOR.
jueves, 17 de abril de 2025
SAN BENITO JOSE LABRE, PEREGRINO Y PENITENTE (1748 - 1783) —16 de abril.
El bienaventurado Benito
José Labre, espejo de pobreza y penitencia y protesta viva y formal contra los
vicios del siglo XVIII, nació en la aldea francesa de Amettes, de la diócesis
de Arrás, y fué el primogénito de quince hijos que tuvieron sus virtuosos
padres Juan Bautista y Ana Bárbara.
Bebió con la leche materna la fe y devoción
de sus mayores, y tan maravillosamente supo aprovechar de las santas enseñanzas
de su madre, que todo en su infancia descubre trazas de que el Señor le
destinaba a singular virtud y santidad de vida. Era
piadosísimo, muy cumplidor de todas sus obligaciones y del todo sumiso a sus
padres. Se le vio entregado disimuladamente a la penitencia y a la oración.
Siendo de doce años, le enviaron sus padres a educarse con un tío
suyo que era cura párroco de Erín, para que bajo su paternal y sabia dirección se
preparase al sacerdocio.
Por entonces recibió la primera comunión, con lo cual creció mucho su devoción,
y empezó a reglamentar su vida, distribuyendo el tiempo entre el estudio, la
oración y la lectura de libros piadosos y particularmente de la Sagrada Escritura.
De esa lectura, como de fuente limpísima e inagotable, sacó profundo
conocimiento de la nada del hombre cuando mira de frente los terribles juicios
del Señor y de la absoluta necesidad del desasimiento y de la penitencia.
Con esto, aquella su
alma purísima que nunca cometió pecado mortal, empezó a abrazarse en deseos
encendidísimos de emprender cruel guerra contra los sentidos y morir
crucificado con Cristo en la cruz de la penitencia y del dolor; y es que había
oído las amorosas llamadas del divino Crucificado que tantas almas desdeñan, y andaba
buscando en su tierna e inocente imaginación cuáles eran los caminos más fragosos
y seguros para obedecer a los toques de la gracia.
HUMILDAD Y DESASIMIENTO
Se sirvió muy luego
la divina Providencia de una circunstancia inesperada para sacar a su siervo de
la carrera del sacerdocio, donde no le quería. En
el año de 1766, cundió el tifus en la comarca de Erín y enfermó gravemente su
tío párroco. Benito le cuidó con todo cariño; pero al fin tuvo el dolor
de ver morir a su bondadoso maestro y bienhechor. Había
pasado ocho años con él y, siendo ya de veinte de edad, volvió a casa de sus
padres, suplicándoles le diesen licencia para hacerse monje trapense. No
accedieron ellos, movidos por un amor mal entendido; pero poco después, cuando
hubo pasado una temporada en compañía de su tío materno, párroco de Conteville,
le dieron libertad para hacerse monje, no ya trapense,
sino cartujo.
Con esto creyó Benito haber hallado puerto
seguro; más no fué así, porque el Señor, que le tenía
preparada una vocación aún más rigurosa, permitió que no acertase en ninguna de
sus empresas, ni parase de asiento en parte alguna, hasta que, dando oídos a la
divina inspiración, vino a entender que en su peregrinación por el mundo no
tendría tan siquiera una choza donde albergarse.
Se fué a llamar a la puerta de la Cartuja de
Val Santa Aldegunda, más le dijeron que el convento era
pobrísimo y no le podían admitir de novicio. Se volvió a casa de su tío,
el cual dio pasos para que Benito entrase en la Cartuja de Neuville; pero fué también en balde, pues le contestaron que no le podían
recibir porque no sabía canto llano ni dialéctica. Tuvo que volverse a
casa, y sus padres lo pusieron con un virtuoso sacerdote, el cual le instó a
que se presentase nuevamente a la Cartuja de Neuville, donde
fue admitido de postulante; pero luego echó de ver el padre prior que Benito no
tenía vocación para esa vida y, sin más, lo despidió del monasterio.
Viendo que no podía seguir la regla de los
Cartujos, pensó instintivamente en la Orden de los
Trapenses y tanto hizo para que sus padres le dejaran ingresar en ella,
que al fin lo logró y partió para la Trapa de Mortagne. El alma se le cayó a los pies cuando oyó a aquellos Padres decirle que no
tenía bastante salud para emprender aquel género de vida y que, además, no admitían
a nadie antes de que hubiese cumplido los veinticuatro años. Desengañado
y muy afligido volvió a su casa y empezó a sentir nuevas angustias, dudas y
perplejidades respecto de su vocación. —«Iré otra vez a la Cartuja» —
dijo con varonil determinación. Eso mismo le aconsejaban todos y aun el
obispo de Boulogne a quien el Santo había consultado. Hizo, pues, confesión
general y el día 12 de agosto de 1769 se despidió de
sus padres y partió nuevamente para
la Cartuja de Neuville.
Al cabo de dos meses de
estar allí escribió a su casa para notificar a sus padres nueva decepción,
diciéndoles que los Superiores no le juzgaban apto para la vida de cartujo y que, en consecuencia, iba a emprender
el camino de la Trapa. «El buen Jesús, a quien he recibido antes de salir
— les dice—, me
ayudará y guiará en la empresa que me ha inspirado y yo por mi parte procuraré
tener siempre presente ante mis ojos el santo temor del Señor y en mi corazón
su divino amor. Confío mucho que esta vez me admitirán en la Trapa».
Pero se frustró también esta gran esperanza
de su corazón; los monjes no quisieron quebrantar la
regla que mandaba no fuesen admitidos aquellos que no hubiesen cumplido los
veinticuatro años. Aun no se desalentó el Santo con aquel nuevo
desengaño y tuvo valor para probar de hacerse religioso por séptima vez. Fué a
presentarse al abad de la Trapa de Sept-Fonts, el cual le recibió con bondad y
le admitió en el monasterio; mas fué para muy breve tiempo,
porque tuvo allí tantas congojas, aflicciones de espíritu y aun enfermedades,
que al cabo vino a entender que el Señor no le llamaba a vivir dentro de ningún
convento.
DEFINITIVA VOCACIÓN DE
PEREGRINO
Habiéndole el Señor
despojado del todo de la propia voluntad por medio de aquellos desengaños y
haciendo que se malograsen todos
sus intentos, se dignó descubrir a su fiel siervo maravillosos y nunca soñados horizontes, inspirándole la vocación de peregrino y dándole valor para pasear triunfalmente sus andrajos de mendigo, por espacio de quince años, por los caminos de Francia, Suiza, Italia y España, en medio de las burlas y escarnios de quienes no sospechaban que aquello fuese traza y voluntad del Señor.
Llevó el Señor a Benito, en primer lugar,
por los caminos de Italia hasta Roma, en donde su
santidad había de encontrar coronación, florecimiento y glorificación.
Para ser santo hay que profesar doctrina absolutamente ortodoxa y,
desgraciadamente, en Francia cundía por entonces la influencia rigorista de la
heterodoxa doctrina del jansenismo. Cierto que la fe de
la Iglesia de esta nación sería lavada en la sangre que en 1793 derramaría la
Revolución, mas no lo suficiente para dejarla irreprochable. De tal
manera tan perniciosa doctrina la hirió en su misma fecundidad, que por espacio
de medio siglo impidió a la iglesia de Francia producir santo alguno. Es, pues,
natural que el elegido del Señor comprendiera que le convenía respirar aires de
más pura y perfecta religión; como era hijo de la luz,
Roma, foco radiante de la verdad, le atrajo irresistiblemente y, así, partió
para la Ciudad Eterna.
Obediente a la divina inspiración, determinó vivir de allí adelante solitario en medio del
mundo. Todos sus viajes los hacía a pie, por los
caminos menos frecuentados y solía detenerse en los más venerados y devotos
santuarios; llevaba vestidos muy pobres y siempre los mismos, un rosario en la
mano, otro en el cuello, un santo Cristo sobre su pecho, y a cuestas un saco en
el que metía las limosnas y los tres libros que siempre tuvo consigo: el Nuevo Testamento, la Imitación de Cristo y el
Breviario, que solía rezar cada día. Nada le
detenía en sus peregrinaciones, ni el frío, ni el calor, ni las lluvias, ni las
nevadas; ordinariamente dormía al sereno, pues no gustaba de albergues en
ventas ni en posadas, por no estorbar su recogimiento oyendo los gritos,
blasfemias y canciones de los viajeros. Vivía al día, de la caridad pública,
sin mendigar ni guardar nada para otro día. No tomaba sino el sustento
necesario para no desfallecer, mortificaba continuamente su cuerpo, y de lo que
recibía, daba él mismo de limosna a los demás pobres cuanto no necesitaba para
aquel día. Los niños se le burlaban y las gentes le escarnecían e
injuriaban, llamándole demente e infeliz, pero él lo sufría todo con suma
paciencia y amor.
Con tan santas disposiciones entró en Italia
y, llegado a Loreto halló la insigne e incomparable
reliquia de la Santa Casa, donde dio pábulo a su devoción; todo el día lo pasaba
venerando aquel santo lugar, y por la noche dormía al sereno. El día 18 de noviembre de 1770 llegó a Asís y tuvo la dicha
de venerar el sepulcro del seráfico patriarca y recibir el cordón, llamado de
San Francisco, que Benito llevó hasta su muerte.
Finalmente, el día 3
de diciembre del mismo año entró en la ciudad de Roma, que había de ser como el
centro de toda su vida de peregrino; visitó las iglesias de aquella ciudad, en
las que se postraba de hinojos ante las imágenes de Nuestra Señora y oraba sin cesar;
una excavación que halló en las paredes del Coliseo era su albergue
durante la noche.
El año siguiente volvió a Loreto, pasando
por la ciudad de Fabriano, en donde se venera el sagrado cuerpo de San
Romualdo; después, bordeando el Adriático se detuvo en el monte Gárgano,
famosísimo lugar de peregrinación en el que se venera al arcángel San Miguel.
Pasó luego a la ciudad de Bari, que guarda el sepulcro de San Nicolás, de donde
mana una fuente milagrosa, y luego al Monte Casino a venerar el sepulcro de su
santo patrón San Benito; de allí pasó a Nápoles, donde se conserva la sangre de
San Jenaro.
Volvió a Loreto y luego a Asís para visitar
la ermita de Santa María de la Porciúncula y el monte Alvernia, en el que se
hallaba San Francisco cuando el Señor imprimió en su cuerpo las cinco llagas.
Hizo allí confesión general para prepararse a la más larga de todas sus
peregrinaciones, que fué la de Santiago de Compostela. Pasando por Francia se detuvo
en Paray-le-Monial para venerar el lugar mismo que fué cuna de la devoción al
Sagrado Corazón de Jesús. Llegó a Compostela después
de vencer grandes dificultades y fatigas, y para Pascua del año 1774 había ya terminado
su larga peregrinación y estaba otra vez en Roma. Luego, por cuarta vez
pasó a Loreto, y después emprendió la visita a los más famosos santuarios de Francia
y Suiza. El santo peregrino volvió a Roma el día 7 de septiembre de 1775 y
permaneció allí hasta el año siguiente, en que emprendió nuevas correrías por
Italia y Suiza hasta el célebre santuario de Einsiedeli. Ésta fué la última de sus largas romerías, y de allí adelante
se contentó con visitar las iglesias de Roma y hacer cada año la peregrinación
a Loreto, pues visitó once veces en su vida este famosísimo santuario.
A pesar de su modestia, profunda humildad y
deseo de ser desconocido y despreciado de las gentes; por su raro modo de vida
cautivaba la atención de no pocas personas; sus confesores, maravillados de los
tesoros de virtud y santidad que descubrían en su conciencia, le profesaban
honda veneración y estima, y la gente, admirada con
aquellos ejemplos de singular devoción y caridad, a voz en grito le proclamaba
varón santo. «No es hombre—decían todos—, sino ángel»; y las palabras del Santo y todas sus obras, mostraban bien a
las claras que aquello era muy cierto.
Habiéndole preguntado cómo se debe amar a
Dios, el Santo respondió: —«Para amar al Señor debidamente es menester tener tres
corazones en uno. El primero ha de ser todo
fuego para con Dios, de tal manera que
pensemos en Él de continuo y hablemos de Él y obremos constantemente por Él y, sobre
todo, sobrellevemos con paciencia los trabajos y adversidades que quiera Su
Divina Majestad enviamos en todo el decurso de nuestra vida. El segundo corazón
ha de ser todo carne para con el prójimo, y llevarnos a ayudarle en sus necesidades
espirituales por medio de la instrucción, el buen consejo, el ejemplo y la
oración; ha de amar sobre todo a los pecadores y más aún a los enemigos,
pidiendo al Señor que Ies dé su luz y su gracia para traerlos a penitencia;
asimismo ha de estar lleno de compasión por las almas del Purgatorio, para que
Jesús y María se dignen llevarlas al cielo. El tercer corazón ha de ser todo bronce para consigo mismo, de suerte que aborrezcamos toda
sensualidad y resistamos sin cesar al amor propio, renunciando a la propia
voluntad, castigando al cuerpo con el ayuno y la abstinencia y domando las
inclinaciones de la naturaleza viciada y corrompida; porque cuanto más
aborrezcamos y maltratemos a nuestra carne, tanto mayor será el galardón que
recibiremos en la otra vida».
Le favoreció Dios con el
don de profecía, y así predijo los desastrosos y providenciales sucesos de la
Revolución francesa, como castigo de la impenitencia e impiedad de la sociedad
de aquellos tiempos.
También le comunicaba el Señor conocimiento
clarísimo del estado interior de las almas.
Muchas veces se
descubrió el ardor de su amor a Dios y el fervor de su oración por una como
aureola de luz sobrenatural que le envolvía, o por ver su cuerpo levantarse del
suelo cuando oraba. Tuvo asimismo don de
milagros, e hizo algunos en vida y aun después de muerto.
El sello y carácter propio
de la santidad de Benito José Labre estuvo en ser toda ella interior, escondida
y desconocida del mundo. Se
complacía el Señor en tener ocultas, como con un velo, las sublimes virtudes de
aquella víctima expiatoria, hasta el día en que la recibió
en el cielo para darle el premio de su santa vida. En ese día, todo lo
escondido sale a la luz, todo lo encubierto se descubre; innumerables circunstancias
de la vida del santo peregrino acuden a la mente de cuantos le trataron o le
vieron pasar por los caminos; se multiplican los prodigios y las curaciones
milagrosas, y la Iglesia recoge con amor todos esos testimonios de la santidad
del bienaventurado mendigo, y con ellos, como con otras tantas piedras ricas y
exquisitamente labradas, levanta al humilde Santo un
monumento glorioso e inmortal.
DÍAS POSTREROS
Tantas y tan continuas penitencias y austeridades quebrantaron la salud del santo peregrino; porque sólo se sustentaba de la frugal pitanza que le daban en los conventos, y aun de ella dejaba lo mejor para los pobres; dormía al sereno y tenía el cuerpo plagado de parásitos muy molestos y las piernas llagadas, con todo lo cual se le agotaron muy presto las fuerzas. Le propusieron que se albergase en algún hospicio, aunque sólo fuese de noche, y el Santo lo aceptó; en este lugar transcurrieron los últimos años de su vida. Pero entre día solía visitar las iglesias y permanecía en ellas tan largo rato, que puede decirse que en tan devoto ejercicio gastó lo que le quedaba de fuerza; parecía al fin un esqueleto ambulante y, con todo, no se pudo lograr que cuidase de su salud.
Cuatro días antes de
su muerte, el 12 de abril del año 1783, al salir de la iglesia se halló tan
extenuado, que tuvo que sostenerse con su bastón para no caer. Alguien
se le acercó y le dijo: —«Hoy sí que estás malo, Benito. — «Cúmplase la voluntad
de Dios» — repuso el Santo.
Tuvo como un presentimiento de su muerte, y
aun a veces hablaba de ella sin dar muestras de espanto ni turbación. Con
frecuencia exclamaba:
—«Llámame pronto, Jesús mío; ¡qué ganas
tengo de verte!»
El día 15 de abril, martes
de Semana Santa, se desmayó al salir del hospicio; pero al volver en sí y sin
tener ninguna cuenta con su debilidad, se arrastró hasta llegar a la iglesia de
Santa Práxedes, en donde estaban acabando la función de las Cuarenta Horas. Antes de entrar, compró un poco de
vinagre y lo bebió diciendo: —«Otro lo bebió antes y padeció más que yo por amor a los
hombres en tal semana como ésta». Estuvo
toda la mañana postrado ante el Santísimo, junto a la capilla de la Santa
Columna, y por la tarde visitó la iglesia de Santa María de los Montes, y luego
la de Nuestra Señora de Loreto, en la plaza de Trajano. Tuvo ese día algunos desfallecimientos, hasta el extremo de que le hallaron
tendido en el suelo como muerto.
Finalmente, el día
16, por más que le instaron a que no saliese del hospicio por lo mucho que
había empeorado, él salió y fué, como acostumbraba, a la iglesia de Santa
María, a la que apenas pudo llegar. Oyó dos misas y luego se quedó
adorando al Santísimo; pero a eso de las siete, al salir de la iglesia, se
sintió desfallecer y cayó en las gradas del atrio sin poder ya levantarse. Vino
a recogerlo un amigo suyo, el carnicero Zaccarelli, el cual lo llevó a su casa
que estaba poco distante de la iglesia y estando en
ella entregó su alma santísima al Señor, a las ocho de la tarde de aquel mismo
día 16 de abril, siendo de edad de treinta y cinco años.
SU GLORIFICACIÓN
La muerte de aquel santo
mendigo tan desaseado y cubierto de miseria fué humilde y escondida como su
vida y, a juicio de los hombres vanos y mundanos, no había persona más
despreciable que el pobre Benito.
Sin embargo, su grandeza y santidad iban a ser muy en breve proclamadas a la
faz del universo. «A su muerte — dice Luis Veuillot— se oyó en
Roma una voz unánime: ¡El Santo ha muerto! Entonces — prosigue el insigne escritor— se vio
acudir a la camilla donde el mendigo exhaló la última oración y el postrer
suspiro, innumerable muchedumbre de gente que venía a besarle los pies, no
faltando entre los que así acudían a venerar su sagrado cadáver aquellos mismos
que habían tenido mayor tedio y aversión al Santo, a la vista del extraño modo
de vida que llevaba».
Pero en breve la santa
Iglesia emitió su autorizado dictamen sobre las eminentes virtudes de Benito
José Labre y lo llevó a los altares; porque,
viendo el gran número de milagros que obraba el Señor por intercesión de su
siervo y las súplicas de los fieles, fué introducida su
causa de beatificación el día 2 de abril del año 1792 y el papa Gregorio XVI
autorizó con su firma el decreto de la heroicidad de sus virtudes en mayo de
1842; dieciocho años después, en el de 1860, y habiendo obrado el Santo los
tres grandes milagros requeridos, le beatificó el papa Pío IX; y, finalmente,
el día 8 de diciembre del año 1883, el papa León XIII canonizó a este fiel
siervo del Señor y dispuso que su fiesta se celebrase a los 16 de abril.
Con esta suprema glorificación del pobre
mendigo pretendió la santa Iglesia confundir el espíritu del siglo, levantando
a grande honra el desasimiento y menosprecio absoluto de las riquezas, honores
y demás bienes caducos tan estimados de los mundanos.
San Benito José
Labre tuvo su peculiar vocación y a ella correspondió admirablemente, pudiendo
a la verdad llamarse espejo y patrono de los romeros que visitan los devotos
santuarios no por vana curiosidad, sino con encendido deseo de mortificarse y
santificarse más y más con piadosas peregrinaciones.
“EL
SANTO DE CADA DÍA”
POR
EDELVIVES
miércoles, 16 de abril de 2025
SANTA BERNADETTE SOUBIROUS —16 de abril.
Nació en Lourdes (Francia) en 1.844, Hija de
padres supremamente pobres. En el bautismo le pusieron por nombre María
Bernarda (nombre que ella empleará después cuando sea religiosa) pero todos la
llamaban Bernardita.
POBREZA Y MALA SALUD
Hija de un molinero pobre
llamado François Soubirous y de Louise Castèrot, Bernadette fue la primera de
nueve hijos. En
su infancia trabajó como pastora y empleada doméstica. El padre fue arrestado
acusado de robar harina, pero fue absuelto.
Durante los primeros diez
años vivió en el molino de Boly (donde
nació).
Más tarde, atravesando graves dificultades
económicas, la familia se trasladó a Lourdes donde vivió en condiciones
miserables, alojando el edificio de la antigua cárcel municipal que había sido
abandonado poco antes.
Sus padres vivían en un sótano húmedo y
miserable, y el papá tenía por oficio botar Ia basura del hospital. La niña tuvo
siempre muy débil salud a causa de la falta de alimentación suficiente, y del
estado lamentablemente pobre de la habitación donde moraban. En los primeros años sufrió la enfermedad del cólera que la
dejó sumamente debilitada. A causa también del clima terriblemente frío en
invierno, en aquella región, Bernardita adquirió desde los 10 años la enfermedad
del asma, que al comprimir los bronquios produce continuos ahogos y falta de
respiración. Esta enfermedad la acompañará y la atormentará toda su vida. AI
final de su existencia sufrirá también de tuberculosis. En ella se cumplieron
aquellas palabras de Jesús: “Mi Padre, el árbol que más quiere, más lo poda (con
sufrimientos) para que produzca más frutos”.
(Jn 15).
IGNORANTE… PERO NUNCA
MENTIROSA
En
Bernardita se cumplió aquello que dijo san Pablo: “Dios escoge a lo que no vale a los ojos del
mundo, para confundir las vanidades del mundo”. Bernardita a los 14 años no sabía leer ni escribir
ni había hecho la Primera Comunión porque no había logrado aprenderse el
catecismo. Pero tenía unas grandes cualidades: rezaba
mucho a Ia Virgen y jamás decía una mentira. Un día ve unas ovejas con
una mancha verde sobre la lana y pregunta al papá:
—¿Por qué tienen esa mancha verde? El papá, queriendo chancearse, le responde:
—“Es que se indigestaron por comer demasiado pasto”.
La muchachita se pone a llorar y exclama:
—“Pobres ovejas, se van a reventar”. Y entonces el señor Soubirous le dice que era una mentirilla.
Una
compañera le dice:
—“Es necesario ser muy tonta para creer que eso que le
dijo su padre. era verdad”. Y Bernardita le responde:
—“¡Es que como yo jamás he dicho una mentira, me imaginé que
los demás tampoco las decían nunca!”.
LAS APARICIONES
En Lourdes, ciudad de unos cuatro mil
habitantes, el 11 de febrero de 1858, Bernadette dijo haber visto una aparición
de Nuestra Señora en una gruta llamada «massabielle»,
que significa, en el dialecto local - «piedra
vieja» o «roca vieja» - junto a la
orilla del río Gave, aparición que en otra ocasión se le presentó como la «Inmaculada Concepción», según su relato.
Desde el 11 de febrero de 1859 hasta el 16
de julio del mismo año, la Santísima Virgen se le aparece 18 veces a Bernardita.
Nuestra
Señora le dijo: “No
te voy a hacer feliz en esta vida, pero sí en la otra”. Y así sucedió. La vida de la jovencita, después
de las apariciones, estuvo llena de enfermedades, penalidades y humillaciones, pero
con todo esto fue adquiriendo un grado de santidad tan grande que se ganó
enorme premio para el cielo.
Mientras el asunto era sometido al examen de
la jerarquía eclesiástica, que actuaba con escéptica prudencia, en la gruta de “Massabielle” se
verificaban curas científicamente inexplicables.
El
25 de febrero de 1858, en presencia de una multitud, con motivo de una de sus
visiones, apareció bajo las manos de Bernadette una
fuente que mana agua hasta el día de hoy en un volumen de cinco mil litros por
día.
Según el párroco del
pueblo, el padre Dominique, que la conocía bien, era imposible para Bernadette
saber o tener conocimiento de lo que significaba el dogma de la “Inmaculada
Concepción”, recientemente promulgado por el Papa.
Ella afirmó y
defendió la autenticidad de las apariciones con una audacia y firmeza inusuales
para una adolescente de su edad, de temperamento humilde y obediente, de
nivel educativo y de estatus socioeconómico, frente a la opinión general de
todos en la localidad: su familia, el clero y las
autoridades públicas.
Por parte de las autoridades civiles fue sometida a métodos de interrogatorio, coacciones e
intimidaciones que hoy serían inaceptables.
Sin embargo, nunca
dudó en afirmar con plena convicción la autenticidad de las apariciones, lo que
hizo hasta su muerte.
SIEMPRE POBRE
Las gentes le
llevaban dinero, después de que supieron, que la Virgen Santísima se le
había aparecido, pero ella jamás quiso recibir
nada. Nuestra Señora le había contado tres secretos, que ella jamás
quiso contar a nadie.
Probablemente uno de estos secretos era que no debería recibir dineros ni regalos de nadie, y el
otro, que no hiciera nunca nada que atrajera hacia ella las miradas. Por
eso se conservó siempre muy pobre y apartada de toda exhibición.
EIla no era hermosa, pero después de las
apariciones, sus ojos tenían un brillo que admiraba a todos.
HUMILDE PERO VALIENTE
Le costaba mucho salir a recibir visitas
porque todos le preguntaban siempre lo mismo y hasta algunos declaraban que no
creían en lo que ella había visto.
Cuando la mamá la llamaba a atender alguna
visita, ella se estremecía y a veces se echaba a llorar. —“Vaya”—, le decía Ia señora, —“¡tenga valor!”—; Y Ia jovencita se secaba
las lágrimas y salía a atender a los visitantes demostrando mucha alegría y
mucha paciencia, como si aquello no le costara ningún sacrificio.
Para burlarse de eIIa porque la Virgen Ie
había dicho que masticara unas hierbas amargas, como sacrificio, el señor alcalde
le dijo:
—¿Es que Ia confundieron con una ternera? Y la niña le respondió:
—“¿Señor alcalde, a usted Ie sirven lechugas
en el almuerzo?”
—“Claro que sí”
—“¿Y es que lo
confunden con un ternero?” Todos
se rieron y se dieron cuenta de que era humilde pero no tonta.
RELIGIOSA PERO ENFERMA
Para escapar de la curiosidad general,
Bernadette se refugió como «invitada indigente» en el hospital de las Hermanas de la Caridad de Nevers en
Lourdes (1860).
Allí recibió instrucción y, en 1861,
escribió el primer relato escrito de las apariciones.
El 18 de enero de 1862, Monseñor Bertrand
Sévère Laurence, obispo de Tarbes, reconoció
pública y oficialmente la realidad de las apariciones.
En julio de 1866, Bernadette comenzó su noviciado en el convento de
Saint-Gildard y, el 30 de octubre de 1867, hizo su profesión como monja en la
Congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers.
Demoraron en admitirla porque su salud era
muy débil. Pero al fin la admitieron. A los 4 meses de estar en la comunidad estuvo
a punto de morir por un ataque de asma, y le
recibieron sus votos religiosos, pero en seguida se curó.
En la comunidad hizo de enfermera y de
sacristana, y después por nueve años estuvo sufriendo una muy dolorosa enfermedad.
Cuando Ie llegaban los más terribles ataques exclamaba:
—“Lo que le pido a Nuestro Señor no es que me conceda la
salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad.
Para cumplir lo que recomendó la Santísima Virgen, ofrezco mis sufrimientos como
penitencia por la conversión de los pecadores”.
EL MARTIRIO DE LA
INCOMPRESIÓN
Uno de los medios
que Dios tiene para que las personas santas lleguen a un altísimo grado de
perfección, consiste en permitirles que llegue la incomprensión, y muchas veces
de parte de personas que están en altos puestos y que al hacerles la
persecución piensan que con esto están haciendo una obra buena.
Bernardita tuvo por superiora durante los
primeros años de religiosa a una mujer que Ie tenía una antipatía total y casi todo
lo que ella hacía lo juzgaba negativamente. Así, por
ejemplo, a causa de un fuerte y continuo dolor que la joven sufría en una
rodilla, tenía que cojear un poco. Pues bien, la superiora decía que
Bernardita cojeaba para que, la gente, al ver las religiosas pudieran
distinguir desde lejos cuál era la que había visto a la Virgen. Y así en un sin
número de detalles desagradables le hacía sufrir. Y ella jamás se quejaba ni se
disgustaba por todo esto. Recordaba muy bien la noticia que le había dado la
Madre de Dios: “No
te hare feliz en esta vida, pero sí en la otra”.
Duró quince años de religiosa. Los primeros 6
años estuvo trabajando, pero fue tratada con mucha indiferencia por las superioras.
Después, los otros 9 años padeció noche y día de dos terribles enfermedades: el asma y la tuberculosis. Cuando llegaba el
invierno, con un frío de varios grados bajo cero, se ahogaba continuamente y su
vida era un continuo sufrir.
Deseaba mucho volver a Lourdes, pero desde el
día en que fue a visitar la gruta por última vez para irse de religiosa, jamás volvió
por allí. Ella repetía:
—“Ah quién pudiera ir hasta allá, sin ser vista. Cuando se
ha visto una vez a la Santísima Virgen, se estaría dispuesto a cualquier
sacrificio con tal de volverla a ver. Tan bella es”.
SILENCIO DE POR VIDA
Al llegar a la comunidad reunieron, a las religiosas
y le pidieron que les contara cómo habían sido las apariciones, de la Virgen. Luego le prohibieron volver a hablar de esto, y en los 15
años de religiosa ya no se le permitió tratar este tema. son sacrificios
que a los santos les preparan altísimos puestos el cielo.
LA CARTA AL SUMO
PONTÍFICE
Cuando ya le faltaba poco tiempo para
morir, llegó un obispo a visitarla y le dijo que iba caminó a Roma, que le escribiera
una carta al santo Padre para que le enviara una bendición, y que él la
llevaría personalmente. Bernardita, con mano temblorosa, escribe:
—“Santo padre, qué atrevimiento que yo una
pobre hermanita le escriba al sumo pontífice, pero el señor obispo me ha
mandado que lo haga. Le pido una bendición especial para esta pobre enferma”.
A vuelta del viaje del Señor Obispo le trajo una bendición especialísima del Papa y un
crucifijo de plata que le enviaba de regalo el Santo Padre.
LA MUERTE Y LA
GLORIFICACIÓN
El 16 de abril de 1879, exclamó emocionada:
—“yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi ¡qué
hermosa era!”—, y
después de unos momentos de silencio exclamó emocionada:
—“Ruega señora por esta pobre pecadora”—, y apretando el crucifijo
sobre su corazón se quedó muerta. Tenía apenas 35 años.
A los funerales de Bernardita asistió una
muchedumbre inmensa. Y ella empezó a conseguir milagros de Dios, en favor de los
que le pedían su ayuda.
El 20 de agosto de 1908, Monseñor Gauthey,
obispo de Nevers, constituyó un tribunal eclesiástico
para investigar “el caso Bernadette
Soubirous”.
CANONIZACIÓN
Fue canonizada
el 8 de diciembre de 1933, festividad de la Inmaculada Concepción, por el Papa
Pío XI como Santa Bernardita de Lourdes, después de que la Santa Sede
reconociera el heroísmo de sus virtudes personales y las curaciones milagrosas
que se le atribuyeron después de su muerte.
Su fiesta
litúrgica se celebra en la Iglesia Católica el 16 de abril.
En Francia se celebra el 18 de febrero.
VENERACIÓN POPULAR
Bernadette
Soubirous es, sin duda, una de las figuras femeninas más veneradas en todo el
mundo.
Este título se puede expresar por el período
relativamente corto de tiempo durante el cual estuvo sujeta a las burocracias
impuestas por la Santa Sede para ser autorizada para el culto público legal.
El hecho de su cuerpo incorrupto (que le
valió el nombre popular de “Santa Durmiente”),
sus supuestos milagros no póstumos y las creencias sobre sus visiones de la
Virgen María en Lourdes, fueron factores decisivos para que la población de
Nevers, donde murió, de Francia e incluso de Europa la
incorporaran rápidamente como santa, incluso antes de su muerte.
Presionado por la gran masa de gente que
quería que Bernadette fuera canonizada, el entonces
Papa autorizó su culto como venerable.
CUERPO INCORRUPTO
El cuerpo intacto de
Bernadette. Después de casi 150 años, no hay el más mínimo signo de
putrefacción.
Treinta años
después del velorio, su cuerpo fue exhumado y encontrado intacto.
El 23
de octubre de 1909 se abrió el proceso ordinario en la Sagrada Congregación de
Ritos, y el 13 de agosto de 1913 siguió el proceso apostólico bajo la
supervisión directa de la Santa Sede; El 18 de noviembre de 1923, el Papa Pío
XI firmó el decreto que reconocía las virtudes
heroicas de Bernadette.
Poco antes de su beatificación, que
tuvo lugar el 12 de junio de 1925, se realizó un
segundo examen del cuerpo, que permanece intacto.
Las monjas le cubrieron el rostro
y las manos con una fina capa de cera y, de esta manera, fue colocada dentro de
una urna transparente.
Su cuerpo permanece incorrupto y puede
visitarse en el Convento de Saint Gildard en Nevers, dentro de una urna de
cristal.
Bernardita: tú que tuviste la dicha de ver a la
santísima Virgen aquí en la tierra, haz que nosotros tengamos la dicha de verla
y acompañarla para siempre en el cielo.

























