domingo, 20 de abril de 2025

RESURRECCIÓN GLORIOSA DEL SEÑOR.

 



     La gloriosísima y alegrísima Resurrección de nuestro Señor Jesucristo se refiere en el sagrado Evangelio por estas palabras:


   — Al día siguiente después de Parasceve, los príncipes de los sacerdotes y fariseos acudieron juntos a Pilato, y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor cuando estaba aún en vida andaba diciendo: Después de tres días resucitaré. Manda, pues que se custodie el sepulcro hasta el tercer día; no sea, que vayan allá sus discípulos y lo hurten, y digan luego a la plebe: Ha resucitado de entre los muertos, y sea el postrero error peor que el primero.»
  
    Les respondió Pilato: «Ahí tenéis a vuestra disposición la guardia: id, y ponedla como os parezca.»

    Con eso, yendo al lugar del sepulcro, lo aseguraron bien, sellando la piedra, y poniendo guardas de vista.

   
     Mas Jesús resucitó al amanecer del primer día de la semana.

   El ángel del Señor descendió de los cielos, y llegándose revolvió la losa del sepulcro.

   Su rostro era deslumbrador como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve.



      A su vista los guardas quedaron yertos de espanto y como muertos.

   Viniendo después algunos de ellos a la ciudad, contaron a los príncipes de los sacerdotes lo que había acaecido: y congregados estos en asamblea con los ancianos tuvieron su consejo, y dieron una grande suma de dinero a los soldados con esta advertencia: «Habéis de decir: Estando nosotros durmiendo, vinieron de noche sus discípulos, y lo hurtaron. Y si esto llega a oídos del presidente, nosotros le aplacaremos, y os sacaremos a paz y a salvo”.

   Tomando ellos el dinero, obraron conforme a la instrucción que se les dio, y la noticia de esto ha corrido entre los judíos hasta el día de hoy. (Matth. XXVII, Marc, XVI).




   — Aquel mismo día, primero de la semana, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban reunidos los discípulos por temor de los judíos, vino Jesús; y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: 

   «La paz sea con vosotros»: 

   Mas ellos turbados y espantados imaginaban ver algún espíritu. Les dijo Jesús: 

   «¿De qué os asustáis, y por qué habéis de pensar tales cosas? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y miradme; que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.» 


   Dichas estas palabras les mostró las manos y los pies y el costado, y les echó en cara la dureza de su corazón por no haber creído a los que ya le habían visto resucitado. Mas como aun no acababan de creer lo que veían, estando como estaban enajenados de júbilo y asombro, les dijo Jesús:
 
   «¿Tenéis ahí algo de comer?»


   Ellos le presentaron una ración de pescado asado y un panal de miel. Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dio. Se Llenaron, pues de alegría los discípulos con la vista del Señor (Joann., XXI).


*


   Reflexión: La gloriosa Resurrección de Jesucristo, manifestada por espacio de cuarenta días con muchas y singularísimas apariciones que pueden leerse en los cuatro Evangelios, es la prueba más evidente e irrefragable de su Divinidad.

   Es también un divino testimonio de nuestra esperanza; pues habiendo resucitado el Señor, también nosotros, como él nos dijo, resucitaremos.





   Oración¡Oh Dios! que en el día de hoy nos has abierto la entrada de la Eternidad por tu Unigénito vencedor de la muerte, favorece con la ayuda de tu gracia las súplicas que nos has inspirado previniéndonos con ella. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

jueves, 17 de abril de 2025

SAN BENITO JOSE LABRE, PEREGRINO Y PENITENTE (1748 - 1783) —16 de abril.

 


   El bienaventurado Benito José Labre, espejo de pobreza y penitencia y protesta viva y formal contra los vicios del siglo XVIII, nació en la aldea francesa de Amettes, de la diócesis de Arrás, y fué el primogénito de quince hijos que tuvieron sus virtuosos padres Juan Bautista y Ana Bárbara.

   Bebió con la leche materna la fe y devoción de sus mayores, y tan maravillosamente supo aprovechar de las santas enseñanzas de su madre, que todo en su infancia descubre trazas de que el Señor le destinaba a singular virtud y santidad de vida. Era piadosísimo, muy cumplidor de todas sus obligaciones y del todo sumiso a sus padres. Se le vio entregado disimuladamente a la penitencia y a la oración.

  Siendo de doce años, le enviaron sus padres a educarse con un tío suyo que era cura párroco de Erín, para que bajo su paternal y sabia dirección se preparase al sacerdocio. Por entonces recibió la primera comunión, con lo cual creció mucho su devoción, y empezó a reglamentar su vida, distribuyendo el tiempo entre el estudio, la oración y la lectura de libros piadosos y particularmente de la Sagrada Escritura. De esa lectura, como de fuente limpísima e inagotable, sacó profundo conocimiento de la nada del hombre cuando mira de frente los terribles juicios del Señor y de la absoluta necesidad del desasimiento y de la penitencia.

   Con esto, aquella su alma purísima que nunca cometió pecado mortal, empezó a abrazarse en deseos encendidísimos de emprender cruel guerra contra los sentidos y morir crucificado con Cristo en la cruz de la penitencia y del dolor; y es que había oído las amorosas llamadas del divino Crucificado que tantas almas desdeñan, y andaba buscando en su tierna e inocente imaginación cuáles eran los caminos más fragosos y seguros para obedecer a los toques de la gracia.

 

HUMILDAD Y DESASIMIENTO


   Se sirvió muy luego la divina Providencia de una circunstancia inesperada para sacar a su siervo de la carrera del sacerdocio, donde no le quería. En el año de 1766, cundió el tifus en la comarca de Erín y enfermó gravemente su tío párroco. Benito le cuidó con todo cariño; pero al fin tuvo el dolor de ver morir a su bondadoso maestro y bienhechor. Había pasado ocho años con él y, siendo ya de veinte de edad, volvió a casa de sus padres, suplicándoles le diesen licencia para hacerse monje trapense. No accedieron ellos, movidos por un amor mal entendido; pero poco después, cuando hubo pasado una temporada en compañía de su tío materno, párroco de Conteville, le dieron libertad para hacerse monje, no ya trapense, sino cartujo.

   Con esto creyó Benito haber hallado puerto seguro; más no fué así, porque el Señor, que le tenía preparada una vocación aún más rigurosa, permitió que no acertase en ninguna de sus empresas, ni parase de asiento en parte alguna, hasta que, dando oídos a la divina inspiración, vino a entender que en su peregrinación por el mundo no tendría tan siquiera una choza donde albergarse.

   Se fué a llamar a la puerta de la Cartuja de Val Santa Aldegunda, más le dijeron que el convento era pobrísimo y no le podían admitir de novicio. Se volvió a casa de su tío, el cual dio pasos para que Benito entrase en la Cartuja de Neuville; pero fué también en balde, pues le contestaron que no le podían recibir porque no sabía canto llano ni dialéctica. Tuvo que volverse a casa, y sus padres lo pusieron con un virtuoso sacerdote, el cual le instó a que se presentase nuevamente a la Cartuja de Neuville, donde fue admitido de postulante; pero luego echó de ver el padre prior que Benito no tenía vocación para esa vida y, sin más, lo despidió del monasterio.

   Viendo que no podía seguir la regla de los Cartujos, pensó instintivamente en la Orden de los Trapenses y tanto hizo para que sus padres le dejaran ingresar en ella, que al fin lo logró y partió para la Trapa de Mortagne. El alma se le cayó a los pies cuando oyó a aquellos Padres decirle que no tenía bastante salud para emprender aquel género de vida y que, además, no admitían a nadie antes de que hubiese cumplido los veinticuatro años. Desengañado y muy afligido volvió a su casa y empezó a sentir nuevas angustias, dudas y perplejidades respecto de su vocación. «Iré otra vez a la Cartuja» — dijo con varonil determinación. Eso mismo le aconsejaban todos y aun el obispo de Boulogne a quien el Santo había consultado. Hizo, pues, confesión general y el día 12 de agosto de 1769 se despidió de sus padres y partió nuevamente para la Cartuja de Neuville.

   Al cabo de dos meses de estar allí escribió a su casa para notificar a sus padres nueva decepción, diciéndoles que los Superiores no le juzgaban apto para la vida de cartujo y que, en consecuencia, iba a emprender el camino de la Trapa. «El buen Jesús, a quien he recibido antes de salir — les dice—, me ayudará y guiará en la empresa que me ha inspirado y yo por mi parte procuraré tener siempre presente ante mis ojos el santo temor del Señor y en mi corazón su divino amor. Confío mucho que esta vez me admitirán en la Trapa».

   Pero se frustró también esta gran esperanza de su corazón; los monjes no quisieron quebrantar la regla que mandaba no fuesen admitidos aquellos que no hubiesen cumplido los veinticuatro años. Aun no se desalentó el Santo con aquel nuevo desengaño y tuvo valor para probar de hacerse religioso por séptima vez. Fué a presentarse al abad de la Trapa de Sept-Fonts, el cual le recibió con bondad y le admitió en el monasterio; mas fué para muy breve tiempo, porque tuvo allí tantas congojas, aflicciones de espíritu y aun enfermedades, que al cabo vino a entender que el Señor no le llamaba a vivir dentro de ningún convento.

 

DEFINITIVA VOCACIÓN DE PEREGRINO

 

   Habiéndole el Señor despojado del todo de la propia voluntad por medio de aquellos desengaños y haciendo que se malograsen todos

sus intentos, se dignó descubrir a su fiel siervo maravillosos y nunca soñados horizontes, inspirándole la vocación de peregrino y dándole valor para pasear triunfalmente sus andrajos de mendigo, por espacio de quince años, por los caminos de Francia, Suiza, Italia y España, en medio de las burlas y escarnios de quienes no sospechaban que aquello fuese traza y voluntad del Señor.


   Llevó el Señor a Benito, en primer lugar, por los caminos de Italia hasta Roma, en donde su santidad había de encontrar coronación, florecimiento y glorificación. Para ser santo hay que profesar doctrina absolutamente ortodoxa y, desgraciadamente, en Francia cundía por entonces la influencia rigorista de la heterodoxa doctrina del jansenismo. Cierto que la fe de la Iglesia de esta nación sería lavada en la sangre que en 1793 derramaría la Revolución, mas no lo suficiente para dejarla irreprochable. De tal manera tan perniciosa doctrina la hirió en su misma fecundidad, que por espacio de medio siglo impidió a la iglesia de Francia producir santo alguno. Es, pues, natural que el elegido del Señor comprendiera que le convenía respirar aires de más pura y perfecta religión; como era hijo de la luz, Roma, foco radiante de la verdad, le atrajo irresistiblemente y, así, partió para la Ciudad Eterna.

   Obediente a la divina inspiración, determinó vivir de allí adelante solitario en medio del mundo. Todos sus viajes los hacía a pie, por los caminos menos frecuentados y solía detenerse en los más venerados y devotos santuarios; llevaba vestidos muy pobres y siempre los mismos, un rosario en la mano, otro en el cuello, un santo Cristo sobre su pecho, y a cuestas un saco en el que metía las limosnas y los tres libros que siempre tuvo consigo: el Nuevo Testamento, la Imitación de Cristo y el Breviario, que solía rezar cada día. Nada le detenía en sus peregrinaciones, ni el frío, ni el calor, ni las lluvias, ni las nevadas; ordinariamente dormía al sereno, pues no gustaba de albergues en ventas ni en posadas, por no estorbar su recogimiento oyendo los gritos, blasfemias y canciones de los viajeros. Vivía al día, de la caridad pública, sin mendigar ni guardar nada para otro día. No tomaba sino el sustento necesario para no desfallecer, mortificaba continuamente su cuerpo, y de lo que recibía, daba él mismo de limosna a los demás pobres cuanto no necesitaba para aquel día. Los niños se le burlaban y las gentes le escarnecían e injuriaban, llamándole demente e infeliz, pero él lo sufría todo con suma paciencia y amor.



   Con tan santas disposiciones entró en Italia y, llegado a Loreto halló la insigne e incomparable reliquia de la Santa Casa, donde dio pábulo a su devoción; todo el día lo pasaba venerando aquel santo lugar, y por la noche dormía al sereno. El día 18 de noviembre de 1770 llegó a Asís y tuvo la dicha de venerar el sepulcro del seráfico patriarca y recibir el cordón, llamado de San Francisco, que Benito llevó hasta su muerte.

   Finalmente, el día 3 de diciembre del mismo año entró en la ciudad de Roma, que había de ser como el centro de toda su vida de peregrino; visitó las iglesias de aquella ciudad, en las que se postraba de hinojos ante las imágenes de Nuestra Señora y oraba sin cesar; una excavación que halló en las paredes del Coliseo era su albergue durante la noche.




   El año siguiente volvió a Loreto, pasando por la ciudad de Fabriano, en donde se venera el sagrado cuerpo de San Romualdo; después, bordeando el Adriático se detuvo en el monte Gárgano, famosísimo lugar de peregrinación en el que se venera al arcángel San Miguel. Pasó luego a la ciudad de Bari, que guarda el sepulcro de San Nicolás, de donde mana una fuente milagrosa, y luego al Monte Casino a venerar el sepulcro de su santo patrón San Benito; de allí pasó a Nápoles, donde se conserva la sangre de San Jenaro.




   Volvió a Loreto y luego a Asís para visitar la ermita de Santa María de la Porciúncula y el monte Alvernia, en el que se hallaba San Francisco cuando el Señor imprimió en su cuerpo las cinco llagas. Hizo allí confesión general para prepararse a la más larga de todas sus peregrinaciones, que fué la de Santiago de Compostela. Pasando por Francia se detuvo en Paray-le-Monial para venerar el lugar mismo que fué cuna de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Llegó a Compostela después de vencer grandes dificultades y fatigas, y para Pascua del año 1774 había ya terminado su larga peregrinación y estaba otra vez en Roma. Luego, por cuarta vez pasó a Loreto, y después emprendió la visita a los más famosos santuarios de Francia y Suiza. El santo peregrino volvió a Roma el día 7 de septiembre de 1775 y permaneció allí hasta el año siguiente, en que emprendió nuevas correrías por Italia y Suiza hasta el célebre santuario de Einsiedeli. Ésta fué la última de sus largas romerías, y de allí adelante se contentó con visitar las iglesias de Roma y hacer cada año la peregrinación a Loreto, pues visitó once veces en su vida este famosísimo santuario.

   A pesar de su modestia, profunda humildad y deseo de ser desconocido y despreciado de las gentes; por su raro modo de vida cautivaba la atención de no pocas personas; sus confesores, maravillados de los tesoros de virtud y santidad que descubrían en su conciencia, le profesaban honda veneración y estima, y la gente, admirada con aquellos ejemplos de singular devoción y caridad, a voz en grito le proclamaba varón santo. «No es hombre—decían todos—, sino ángel»; y las palabras del Santo y todas sus obras, mostraban bien a las claras que aquello era muy cierto.

   Habiéndole preguntado cómo se debe amar a Dios, el Santo respondió: —«Para amar al Señor debidamente es menester tener tres corazones en uno. El primero ha de ser todo fuego para con Dios, de tal manera que pensemos en Él de continuo y hablemos de Él y obremos constantemente por Él y, sobre todo, sobrellevemos con paciencia los trabajos y adversidades que quiera Su Divina Majestad enviamos en todo el decurso de nuestra vida. El segundo corazón ha de ser todo carne para con el prójimo, y llevarnos a ayudarle en sus necesidades espirituales por medio de la instrucción, el buen consejo, el ejemplo y la oración; ha de amar sobre todo a los pecadores y más aún a los enemigos, pidiendo al Señor que Ies dé su luz y su gracia para traerlos a penitencia; asimismo ha de estar lleno de compasión por las almas del Purgatorio, para que Jesús y María se dignen llevarlas al cielo. El tercer corazón ha de ser todo bronce para consigo mismo, de suerte que aborrezcamos toda sensualidad y resistamos sin cesar al amor propio, renunciando a la propia voluntad, castigando al cuerpo con el ayuno y la abstinencia y domando las inclinaciones de la naturaleza viciada y corrompida; porque cuanto más aborrezcamos y maltratemos a nuestra carne, tanto mayor será el galardón que recibiremos en la otra vida».

   Le favoreció Dios con el don de profecía, y así predijo los desastrosos y providenciales sucesos de la Revolución francesa, como castigo de la impenitencia e impiedad de la sociedad de aquellos tiempos.

   También le comunicaba el Señor conocimiento clarísimo del estado interior de las almas.

   Muchas veces se descubrió el ardor de su amor a Dios y el fervor de su oración por una como aureola de luz sobrenatural que le envolvía, o por ver su cuerpo levantarse del suelo cuando oraba. Tuvo asimismo don de milagros, e hizo algunos en vida y aun después de muerto.

   El sello y carácter propio de la santidad de Benito José Labre estuvo en ser toda ella interior, escondida y desconocida del mundo. Se complacía el Señor en tener ocultas, como con un velo, las sublimes virtudes de aquella víctima expiatoria, hasta el día en que la recibió en el cielo para darle el premio de su santa vida. En ese día, todo lo escondido sale a la luz, todo lo encubierto se descubre; innumerables circunstancias de la vida del santo peregrino acuden a la mente de cuantos le trataron o le vieron pasar por los caminos; se multiplican los prodigios y las curaciones milagrosas, y la Iglesia recoge con amor todos esos testimonios de la santidad del bienaventurado mendigo, y con ellos, como con otras tantas piedras ricas y exquisitamente labradas, levanta al humilde Santo un monumento glorioso e inmortal.

 



DÍAS POSTREROS

 

   Tantas y tan continuas penitencias y austeridades quebrantaron la salud del santo peregrino; porque sólo se sustentaba de la frugal pitanza que le daban en los conventos, y aun de ella dejaba lo mejor para los pobres; dormía al sereno y tenía el cuerpo plagado de parásitos muy molestos y las piernas llagadas, con todo lo cual se le agotaron muy presto las fuerzas. Le propusieron que se albergase en algún hospicio, aunque sólo fuese de noche, y el Santo lo aceptó; en este lugar transcurrieron los últimos años de su vida. Pero entre día solía visitar las iglesias y permanecía en ellas tan largo rato, que puede decirse que en tan devoto ejercicio gastó lo que le quedaba de fuerza; parecía al fin un esqueleto ambulante y, con todo, no se pudo lograr que cuidase de su salud.




   Cuatro días antes de su muerte, el 12 de abril del año 1783, al salir de la iglesia se halló tan extenuado, que tuvo que sostenerse con su bastón para no caer. Alguien se le acercó y le dijo: —«Hoy sí que estás malo, Benito. «Cúmplase la voluntad de Dios» — repuso el Santo.

   Tuvo como un presentimiento de su muerte, y aun a veces hablaba de ella sin dar muestras de espanto ni turbación. Con frecuencia exclamaba:

   —«Llámame pronto, Jesús mío; ¡qué ganas tengo de verte!»

   El día 15 de abril, martes de Semana Santa, se desmayó al salir del hospicio; pero al volver en sí y sin tener ninguna cuenta con su debilidad, se arrastró hasta llegar a la iglesia de Santa Práxedes, en donde estaban acabando la función de las Cuarenta Horas. Antes de entrar, compró un poco de vinagre y lo bebió diciendo: —«Otro lo bebió antes y padeció más que yo por amor a los hombres en tal semana como ésta». Estuvo toda la mañana postrado ante el Santísimo, junto a la capilla de la Santa Columna, y por la tarde visitó la iglesia de Santa María de los Montes, y luego la de Nuestra Señora de Loreto, en la plaza de Trajano. Tuvo ese día algunos desfallecimientos, hasta el extremo de que le hallaron tendido en el suelo como muerto.



   Finalmente, el día 16, por más que le instaron a que no saliese del hospicio por lo mucho que había empeorado, él salió y fué, como acostumbraba, a la iglesia de Santa María, a la que apenas pudo llegar. Oyó dos misas y luego se quedó adorando al Santísimo; pero a eso de las siete, al salir de la iglesia, se sintió desfallecer y cayó en las gradas del atrio sin poder ya levantarse. Vino a recogerlo un amigo suyo, el carnicero Zaccarelli, el cual lo llevó a su casa que estaba poco distante de la iglesia y estando en ella entregó su alma santísima al Señor, a las ocho de la tarde de aquel mismo día 16 de abril, siendo de edad de treinta y cinco años.

 

SU GLORIFICACIÓN

 

   La muerte de aquel santo mendigo tan desaseado y cubierto de miseria fué humilde y escondida como su vida y, a juicio de los hombres vanos y mundanos, no había persona más despreciable que el pobre Benito. Sin embargo, su grandeza y santidad iban a ser muy en breve proclamadas a la faz del universo. «A su muerte — dice Luis Veuillot— se oyó en Roma una voz unánime: ¡El Santo ha muerto! Entonces — prosigue el insigne escritor— se vio acudir a la camilla donde el mendigo exhaló la última oración y el postrer suspiro, innumerable muchedumbre de gente que venía a besarle los pies, no faltando entre los que así acudían a venerar su sagrado cadáver aquellos mismos que habían tenido mayor tedio y aversión al Santo, a la vista del extraño modo de vida que llevaba».

   Pero en breve la santa Iglesia emitió su autorizado dictamen sobre las eminentes virtudes de Benito José Labre y lo llevó a los altares; porque, viendo el gran número de milagros que obraba el Señor por intercesión de su siervo y las súplicas de los fieles, fué introducida su causa de beatificación el día 2 de abril del año 1792 y el papa Gregorio XVI autorizó con su firma el decreto de la heroicidad de sus virtudes en mayo de 1842; dieciocho años después, en el de 1860, y habiendo obrado el Santo los tres grandes milagros requeridos, le beatificó el papa Pío IX; y, finalmente, el día 8 de diciembre del año 1883, el papa León XIII canonizó a este fiel siervo del Señor y dispuso que su fiesta se celebrase a los 16 de abril.

   Con esta suprema glorificación del pobre mendigo pretendió la santa Iglesia confundir el espíritu del siglo, levantando a grande honra el desasimiento y menosprecio absoluto de las riquezas, honores y demás bienes caducos tan estimados de los mundanos.

   San Benito José Labre tuvo su peculiar vocación y a ella correspondió admirablemente, pudiendo a la verdad llamarse espejo y patrono de los romeros que visitan los devotos santuarios no por vana curiosidad, sino con encendido deseo de mortificarse y santificarse más y más con piadosas peregrinaciones.

 

“EL SANTO DE CADA DÍA”

POR EDELVIVES

 

 


miércoles, 16 de abril de 2025

SANTA BERNADETTE SOUBIROUS —16 de abril.

 


 

   Nació en Lourdes (Francia) en 1.844, Hija de padres supremamente pobres. En el bautismo le pusieron por nombre María Bernarda (nombre que ella empleará después cuando sea religiosa) pero todos la llamaban Bernardita.

 



POBREZA Y MALA SALUD


   Hija de un molinero pobre llamado François Soubirous y de Louise Castèrot, Bernadette fue la primera de nueve hijos. En su infancia trabajó como pastora y empleada doméstica. El padre fue arrestado acusado de robar harina, pero fue absuelto.

   Durante los primeros diez años vivió en el molino de Boly (donde nació).

   Más tarde, atravesando graves dificultades económicas, la familia se trasladó a Lourdes donde vivió en condiciones miserables, alojando el edificio de la antigua cárcel municipal que había sido abandonado poco antes.

 

   Sus padres vivían en un sótano húmedo y miserable, y el papá tenía por oficio botar Ia basura del hospital. La niña tuvo siempre muy débil salud a causa de la falta de alimentación suficiente, y del estado lamentablemente pobre de la habitación donde moraban. En los primeros años sufrió la enfermedad del cólera que la dejó sumamente debilitada. A causa también del clima terriblemente frío en invierno, en aquella región, Bernardita adquirió desde los 10 años la enfermedad del asma, que al comprimir los bronquios produce continuos ahogos y falta de respiración. Esta enfermedad la acompañará y la atormentará toda su vida. AI final de su existencia sufrirá también de tuberculosis. En ella se cumplieron aquellas palabras de Jesús: “Mi Padre, el árbol que más quiere, más lo poda (con sufrimientos) para que produzca más frutos”. (Jn 15).

 

IGNORANTE… PERO NUNCA MENTIROSA

 

En Bernardita se cumplió aquello que dijo san Pablo: “Dios escoge a lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir las vanidades del mundo”. Bernardita a los 14 años no sabía leer ni escribir ni había hecho la Primera Comunión porque no había logrado aprenderse el catecismo. Pero tenía unas grandes cualidades: rezaba mucho a Ia Virgen y jamás decía una mentira. Un día ve unas ovejas con una mancha verde sobre la lana y pregunta al papá:

   —¿Por qué tienen esa mancha verde? El papá, queriendo chancearse, le responde:

   —“Es que se indigestaron por comer demasiado pasto”. La muchachita se pone a llorar y exclama:

   —“Pobres ovejas, se van a reventar”. Y entonces el señor Soubirous le dice que era una mentirilla.

Una compañera le dice:

   —“Es necesario ser muy tonta para creer que eso que le dijo su padre. era verdad”. Y Bernardita le responde:

   —“¡Es que como yo jamás he dicho una mentira, me imaginé que los demás tampoco las decían nunca!”.

 

LAS APARICIONES


   En Lourdes, ciudad de unos cuatro mil habitantes, el 11 de febrero de 1858, Bernadette dijo haber visto una aparición de Nuestra Señora en una gruta llamada «massabielle», que significa, en el dialecto local - «piedra vieja» o «roca vieja» - junto a la orilla del río Gave, aparición que en otra ocasión se le presentó como la «Inmaculada Concepción», según su relato.




   Desde el 11 de febrero de 1859 hasta el 16 de julio del mismo año, la Santísima Virgen se le aparece 18 veces a Bernardita.

Nuestra Señora le dijo: “No te voy a hacer feliz en esta vida, pero sí en la otra”. Y así sucedió. La vida de la jovencita, después de las apariciones, estuvo llena de enfermedades, penalidades y humillaciones, pero con todo esto fue adquiriendo un grado de santidad tan grande que se ganó enorme premio para el cielo.

 

   Mientras el asunto era sometido al examen de la jerarquía eclesiástica, que actuaba con escéptica prudencia, en la gruta de “Massabielle” se verificaban curas científicamente inexplicables.

 

El 25 de febrero de 1858, en presencia de una multitud, con motivo de una de sus visiones, apareció bajo las manos de Bernadette una fuente que mana agua hasta el día de hoy en un volumen de cinco mil litros por día.

 


   Según el párroco del pueblo, el padre Dominique, que la conocía bien, era imposible para Bernadette saber o tener conocimiento de lo que significaba el dogma de la “Inmaculada Concepción”, recientemente promulgado por el Papa.

 

   Ella afirmó y defendió la autenticidad de las apariciones con una audacia y firmeza inusuales para una adolescente de su edad, de temperamento humilde y obediente, de nivel educativo y de estatus socioeconómico, frente a la opinión general de todos en la localidad: su familia, el clero y las autoridades públicas.

 


   Por parte de las autoridades civiles fue sometida a métodos de interrogatorio, coacciones e intimidaciones que hoy serían inaceptables.

 

   Sin embargo, nunca dudó en afirmar con plena convicción la autenticidad de las apariciones, lo que hizo hasta su muerte.

 

SIEMPRE POBRE

 

   Las gentes le llevaban dinero, después de que supieron, que la Virgen Santísima se le había aparecido, pero ella jamás quiso recibir nada. Nuestra Señora le había contado tres secretos, que ella jamás quiso contar a nadie.

 

   Probablemente uno de estos secretos era que no debería recibir dineros ni regalos de nadie, y el otro, que no hiciera nunca nada que atrajera hacia ella las miradas. Por eso se conservó siempre muy pobre y apartada de toda exhibición.

 


   EIla no era hermosa, pero después de las apariciones, sus ojos tenían un brillo que admiraba a todos.

 

HUMILDE PERO VALIENTE

 

   Le costaba mucho salir a recibir visitas porque todos le preguntaban siempre lo mismo y hasta algunos declaraban que no creían en lo que ella había visto.

 Cuando la mamá la llamaba a atender alguna visita, ella se estremecía y a veces se echaba a llorar. —“Vaya”—, le decía Ia señora, —“¡tenga valor!”—; Y Ia jovencita se secaba las lágrimas y salía a atender a los visitantes demostrando mucha alegría y mucha paciencia, como si aquello no le costara ningún sacrificio.

 Para burlarse de eIIa porque la Virgen Ie había dicho que masticara unas hierbas amargas, como sacrificio, el señor alcalde le dijo:

   —¿Es que Ia confundieron con una ternera? Y la niña le respondió:

   —“¿Señor alcalde, a usted Ie sirven lechugas en el almuerzo?”

   —“Claro que sí”

   —“¿Y es que lo confunden con un ternero?” Todos se rieron y se dieron cuenta de que era humilde pero no tonta.

 

RELIGIOSA PERO ENFERMA


   Para escapar de la curiosidad general, Bernadette se refugió como «invitada indigente» en el hospital de las Hermanas de la Caridad de Nevers en Lourdes (1860).

 


   Allí recibió instrucción y, en 1861, escribió el primer relato escrito de las apariciones.

 

   El 18 de enero de 1862, Monseñor Bertrand Sévère Laurence, obispo de Tarbes, reconoció pública y oficialmente la realidad de las apariciones.

 

   En julio de 1866, Bernadette comenzó su noviciado en el convento de Saint-Gildard y, el 30 de octubre de 1867, hizo su profesión como monja en la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers.

 


   Demoraron en admitirla porque su salud era muy débil. Pero al fin la admitieron. A los 4 meses de estar en la comunidad estuvo a punto de morir por un ataque de asma, y le recibieron sus votos religiosos, pero en seguida se curó.

 En la comunidad hizo de enfermera y de sacristana, y después por nueve años estuvo sufriendo una muy dolorosa enfermedad. Cuando Ie llegaban los más terribles ataques exclamaba:

   —“Lo que le pido a Nuestro Señor no es que me conceda la salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad. Para cumplir lo que recomendó la Santísima Virgen, ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores”.


EL MARTIRIO DE LA INCOMPRESIÓN


  Uno de los medios que Dios tiene para que las personas santas lleguen a un altísimo grado de perfección, consiste en permitirles que llegue la incomprensión, y muchas veces de parte de personas que están en altos puestos y que al hacerles la persecución piensan que con esto están haciendo una obra buena.

 Bernardita tuvo por superiora durante los primeros años de religiosa a una mujer que Ie tenía una antipatía total y casi todo lo que ella hacía lo juzgaba negativamente. Así, por ejemplo, a causa de un fuerte y continuo dolor que la joven sufría en una rodilla, tenía que cojear un poco. Pues bien, la superiora decía que Bernardita cojeaba para que, la gente, al ver las religiosas pudieran distinguir desde lejos cuál era la que había visto a la Virgen. Y así en un sin número de detalles desagradables le hacía sufrir. Y ella jamás se quejaba ni se disgustaba por todo esto. Recordaba muy bien la noticia que le había dado la Madre de Dios: “No te hare feliz en esta vida, pero sí en la otra”.

 Duró quince años de religiosa. Los primeros 6 años estuvo trabajando, pero fue tratada con mucha indiferencia por las superioras. Después, los otros 9 años padeció noche y día de dos terribles enfermedades: el asma y la tuberculosis. Cuando llegaba el invierno, con un frío de varios grados bajo cero, se ahogaba continuamente y su vida era un continuo sufrir.

 Deseaba mucho volver a Lourdes, pero desde el día en que fue a visitar la gruta por última vez para irse de religiosa, jamás volvió por allí. Ella repetía:

   —“Ah quién pudiera ir hasta allá, sin ser vista. Cuando se ha visto una vez a la Santísima Virgen, se estaría dispuesto a cualquier sacrificio con tal de volverla a ver. Tan bella es”.

 

SILENCIO DE POR VIDA

 

   Al llegar a la comunidad reunieron, a las religiosas y le pidieron que les contara cómo habían sido las apariciones, de la Virgen. Luego le prohibieron volver a hablar de esto, y en los 15 años de religiosa ya no se le permitió tratar este tema. son sacrificios que a los santos les preparan altísimos puestos el cielo.

 

LA CARTA AL SUMO PONTÍFICE

 

    Cuando ya le faltaba poco tiempo para morir, llegó un obispo a visitarla y le dijo que iba caminó a Roma, que le escribiera una carta al santo Padre para que le enviara una bendición, y que él la llevaría personalmente. Bernardita, con mano temblorosa, escribe:

   —“Santo padre, qué atrevimiento que yo una pobre hermanita le escriba al sumo pontífice, pero el señor obispo me ha mandado que lo haga. Le pido una bendición especial para esta pobre enferma”. 

   A vuelta del viaje del Señor Obispo le trajo una bendición especialísima del Papa y un crucifijo de plata que le enviaba de regalo el Santo Padre.

 

LA MUERTE Y LA GLORIFICACIÓN

 

   El 16 de abril de 1879, exclamó emocionada:

   —“yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi ¡qué hermosa era!”—, y después de unos momentos de silencio exclamó emocionada:

   —“Ruega señora por esta pobre pecadora”—, y apretando el crucifijo sobre su corazón se quedó muerta. Tenía apenas 35 años.

 A los funerales de Bernardita asistió una muchedumbre inmensa. Y ella empezó a conseguir milagros de Dios, en favor de los que le pedían su ayuda.

 


   El 20 de agosto de 1908, Monseñor Gauthey, obispo de Nevers, constituyó un tribunal eclesiástico para investigar “el caso Bernadette Soubirous”.

 

CANONIZACIÓN


   Fue canonizada el 8 de diciembre de 1933, festividad de la Inmaculada Concepción, por el Papa Pío XI como Santa Bernardita de Lourdes, después de que la Santa Sede reconociera el heroísmo de sus virtudes personales y las curaciones milagrosas que se le atribuyeron después de su muerte.

 

 Su fiesta litúrgica se celebra en la Iglesia Católica el 16 de abril.

 


En Francia se celebra el 18 de febrero.

 

VENERACIÓN POPULAR

 

   Bernadette Soubirous es, sin duda, una de las figuras femeninas más veneradas en todo el mundo.

 

   Este título se puede expresar por el período relativamente corto de tiempo durante el cual estuvo sujeta a las burocracias impuestas por la Santa Sede para ser autorizada para el culto público legal.

 

   El hecho de su cuerpo incorrupto (que le valió el nombre popular de “Santa Durmiente”), sus supuestos milagros no póstumos y las creencias sobre sus visiones de la Virgen María en Lourdes, fueron factores decisivos para que la población de Nevers, donde murió, de Francia e incluso de Europa la incorporaran rápidamente como santa, incluso antes de su muerte.

 


   Presionado por la gran masa de gente que quería que Bernadette fuera canonizada, el entonces Papa autorizó su culto como venerable.

 

CUERPO INCORRUPTO

 

   El cuerpo intacto de Bernadette. Después de casi 150 años, no hay el más mínimo signo de putrefacción.

 

   Treinta años después del velorio, su cuerpo fue exhumado y encontrado intacto.

 


  El 23 de octubre de 1909 se abrió el proceso ordinario en la Sagrada Congregación de Ritos, y el 13 de agosto de 1913 siguió el proceso apostólico bajo la supervisión directa de la Santa Sede; El 18 de noviembre de 1923, el Papa Pío XI firmó el decreto que reconocía las virtudes heroicas de Bernadette.

   Poco antes de su beatificación, que tuvo lugar el 12 de junio de 1925, se realizó un segundo examen del cuerpo, que permanece intacto.

   Las monjas le cubrieron el rostro y las manos con una fina capa de cera y, de esta manera, fue colocada dentro de una urna transparente.

 


   Su cuerpo permanece incorrupto y puede visitarse en el Convento de Saint Gildard en Nevers, dentro de una urna de cristal.

 


   Bernardita: tú que tuviste la dicha de ver a la santísima Virgen aquí en la tierra, haz que nosotros tengamos la dicha de verla y acompañarla para siempre en el cielo.