miércoles, 21 de febrero de 2018

EL AYUNO QUE AGRADA AL SEÑOR.






«Mi sacrificio, oh Señor, es un espíritu contrito. Un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias» (Sal. 51, 19).



— « ¿A qué ayunar, si tú no lo ves? ¿A qué humillar nuestras almas, si no te das por entendido?» (Is 58, 3).De esta manera, siempre tan escrupuloso cumplidor del ayuno legal, levantaba el pueblo de Israel su voz, pretendiendo exigir unos derechos en fuerza de unas prácticas penitenciales que estaban vacías, de verdadero espíritu de piedad. Y la palabra del Señor respondía: «Ayunáis para mejor reñir y disputar y para herir inicuamente con el puño... ¿Es acaso así el ayuno que yo escogí?» (Is 58, 4-5). A través de la palabra del Señor la Iglesia adoctrina a sus hijos sobre el verdadero sentido de la penitencia cuaresmal: «inútilmente se quita al cuerpo el alimento si el espíritu no se aleja del pecado» (S. León M. 4 Sr. de Quadr.). Si la penitencia no lleva al esfuerzo interior que elimina el pecado y a practicar las virtudes no puede ser agradable a Dios, que quiere ser servido con corazón humilde, puro, sincero. El egoísmo y la tendencia a afirmar el propio yo impulsan al hombre a querer ser como el centro del mundo, pisoteando la ley de los derechos de los demás y trasgrediendo por lo tanto la ley fundamental del amor fraterno. Por eso cuando los hebreos se privaban del alimento, se acostaban con saco y ceniza, pero seguían maltratando al prójimo, fueron severamente recriminados por el Señor y sus actos penitenciales despreciados. Poco o nada vale imponerse privaciones corporales si uno después es incapaz de renunciar a los intereses propios para respetar y favorecer los del prójimo, dejar los puntos de vista personales para seguir los de los demás, si no se busca vivir pacíficamente con todos y soportar con paciencia los reveses que recibimos. La Sagrada Escritura señala con precisión que es la caridad lo que hace agradables los actos de penitencia: « ¿Sabéis qué ayuno quiero yo? Dice el Señor: partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano. Entonces brotará tu luz como aurora, y pronto germinará tu curación» (Is 58, 6-8). Así la luz de la buena conciencia resplandecerá delante de Dios y de los hombres y la herida del pecado será curada por un amor verdadero a Dios y a los hermanos.


— Un día los discípulos del Bautista, sorprendidos de que los seguidores de Jesús no observasen como ellos el ayuno, preguntaron: ¿Cómo es que tus discípulos no ayunan? Y Jesús les contestó: ¿por ventura pueden los compañeros del novio llorar mientras está el novio con ellos?» (Mt 9, 15). Para los hebreos el ayuno era señal de dolor, de penitencia; y se practicaba especialmente en las épocas de desgracia con el fin de alcanzar la misericordia de Dios o para manifestar el arrepentimiento de sus pecados. Pero ahora cuando el Hijo de Dios se encuentra en la tierra celebrando sus bodas con la humanidad, el ayuno parece un contrasentido: de los discípulos de Jesús es más propio la alegría que el llanto. El mismo Cristo vino a liberarles del pecado; por eso su salvación más que en las penitencias corporales está en la apertura total a la palabra y a la gracia del Salvador. Esto no quiere decir que Jesús haya desterrado el ayuno; antes bien, el mismo Jesús nos enseñó con qué pureza de intención debe ser practicado, huyendo de toda forma de ostentación externa que busque la alabanza de los demás: «Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara, para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre... y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 17-18). Y ahora el Señor dice a los discípulos del Bautista: «Pero vendrán días en que les será arrebatado el novio, y entonces ayunarán» (Mt. 9, 15). El festín de bodas, de que Jesús habla comparándose a sí mismo con el novio y a sus discípulos con los invitados, no durará mucho; una muerte violenta arrebatará al novio y entonces los invitados, sumergidos en el llanto, ayunarán. Sin embargo el ayuno cristiano no es sólo señal de dolor por la lejanía del Señor; es también señal de fe y de esperanza en él que se queda invisiblemente en medio de sus amigos, en la Iglesia, en los sacramentos, en la palabra y que un día volverá de manera visible y gloriosa. El ayuno cristiano es señal de vigilia, una vigilia alegre «en la bienaventurada esperanza de la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Cristo Jesús» (Tit. 2, 13). El ayuno, como cualquier otra forma de penitencia corporal, tiene como fin realizar un desprendimiento más profundo de las satisfacciones terrenas, para que el corazón esté más libre y sea más capaz de saborear las alegrías de Dios y por lo tanto de la Pascua del Señor.


   Gracias te sean dadas siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todo poderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor. Siguiendo su ejemplo, y fieles a su gracia, la fe de los que ayunan se alimenta, la esperanza se reaviva, la caridad se fortalece; porque él es, en verdad, el pan vivo que nutre para la vida eterna, y alimento que engendra la fuerza del espíritu. ¡Oh Dios!, tu Verbo, por el que fueron hechas todas las cosas, es, en efecto, alimento, no sólo para los hombres, sino también para los ángeles. Nutrido con sólo este alimento, Moisés, tu siervo, ayunó cuarenta días y cuarenta noches, absteniéndose de alimentos materiales, para hacerse más capaz de gustar tu inefable dulzura. Tanto fue así, que ni siquiera sintió el hambre del cuerpo, y se olvidó de los alimentos terrenos, porque le iluminaba la virtud de tu gloria y le nutría la palabra fecunda del divino Espíritu. ¡Ah, no nos dejes nunca a falta de este pan, del cual nos exhortas a tener siempre hambre, de este pan que es Jesucristo, nuestro Señor! (Sacramentario Gregoriano, de Liturgia, Cal. 74).

   ¡Oh Señor!, durante el tiempo del ayuno conserva despierta mi mente y reaviva en mí el saludable recuerdo de cuanto misericordiosamente hiciste en favor mío ayunando y rogando por mí... ¿Qué misericordia puede haber mayor, ¡oh Creador del cielo!, que la que te hizo bajar del cielo para padecer hambre, para que en tu persona la saciedad sufriese sed, la fuerza experimentase debilidad, la salud quedase herida, la vida muriese?... ¿Qué mayor misericordia puede haber que la de hacerse el Creador creatura y siervo el Señor? ¿La de ser vendido quien vino a comprar, humillado quien ensalza, muerto quien resucita? Entre las limosnas que se han de hacer, me mandas que dé pan al que tiene hambre; y tú, para dárteme en alimento a mí, que estoy hambriento, te entregaste a ti mismo en manos de los verdugos. Me mandas que acoja a los peregrinos, y tú, por mí, viniste a tu propia casa y los tuyos no te recibieron. Que te alabe mi alma, porque tan propicio te muestras a todas mis iniquidades, porque curas todos mis males, porque arrebatas mi vida a la corrupción, porque sacias con tus bienes el hambre y la sed de mi corazón. Haz que mientras ayuno, yo humille mi alma al ver cómo tú, maestro de humildad, te humillaste a ti mismo, te hiciste obediente hasta morir en una cruz. (SAN AGUSTIN, Sermón. 207, 1-2).  



                                                  TIEMPO DE CUARESMA

P. GABRIEL DE STA. M. MAGDALENA, O.C.D



SAN SEVERIANO, obispo y mártir. (+ 452)— 21 de febrero.




  Gobernaba el glorioso san Severiano su Iglesia de Escitópolis en Palestina, como celoso y vigilante pastor, procurando que su clero fuese delante de los seglares con su ejemplar vida, que las iglesias fuesen bien servidas y adornadas, que el pueblo fuese enseñado en la ley de Dios, que se corrigiesen los vicios, acrecentasen las virtudes y creciesen las obras de piedad, y que a todos los fieles, así seglares como eclesiásticos y religiosos huyesen de toda sombra de herejía y conservasen en toda su entereza la verdadera doctrina de la Iglesia católica.


   Bajo el reinado de Marciano y de santa Pulquería, el santo abad Eutimio y la mayor parte de los monjes de Palestina habían recibido con singular reverencia y sumisión los decretos del  concilio de Calcedonia que condenaba la herejía de los Eutiquianos, los cuales ponían mácula en la divinidad de Jesucristo, pero no faltó un monstruo del infierno llamado Teodosio, que mal hallado con su vocación religiosa, se divorció de Cristo y comenzó a perturbar los monasterios, y con el favor de la emperatriz Eudoxia, que era viuda de Teodosio el Joven y vivía en Palestina, cobró grandes bríos para hacer guerra a la Iglesia de Dios.






   Llevó a tal extremo su osadía, que se sentó en la silla patriarcal de Jerusalén, desterrando de ella al legítimo patriarca Juvenal, y poniéndose luego a la cabeza de un ejército de herejes y bandidos, persiguió de muerte a los católicos e inundó de sangre toda aquella tierra.


   Llegaron también aquellos bárbaros a Escitópolis, y como el santo obispo Severiano resplandecía como sol en aquella Iglesia de Cristo, fue una de las primeras víctimas de su ciego furor, porque después de haberle prendido y atado, le arrastraron con grande crueldad fuera de la población, y allí le apalearon y sacrificaron con la inhumanidad que es propia de los herejes.






    Perdonó el Señor a sus mortales enemigos, y selló con su sangre la verdadera fe de nuestro Señor Jesucristo, alcanzando así la corona de ilustre mártir.


   Con el ejemplo de su cristiana fortaleza se movieron muchos celosos ministros del Señor a predicar sin temor de la muerte la divina palabra a toda aquella cristiandad, por lo cual en lugar de arruinarse y deshacerse, se acrecentó maravillosamente con grande espanto y confusión de los herejes, y señalada gloria de Jesucristo y de su verdadera y divina Iglesia católica.


*

   Reflexión: Los herejes siempre han sido los mismos: rebeldes, orgullosos y homicidas como Lucifer, padre de todos los apóstatas y herejes. Ellos burlan y hacen escarnio de la llaneza y simplicidad que hay en Cristo, desprecian las santas tradiciones de la Iglesia, blasfeman de los santos y santas de Dios, y aborrecen y persiguen con loco atrevimiento a todos los fieles católicos. Ellos se tienen por los sabios, por los hombres discretos y humanos, y con todo se fingen unas monstruosidades de doctrinas abominables y perversas, y sólo para sí quieren la libertad de pensar y de obrar a su antojo, y no hay lobos más feroces que estos hombres sin entrañas, cuando a su salvo pueden hacer presa en el rebaño de Cristo. Tú ruega a Dios con cuidado que los convierta, y abominando de sus pestilenciales errores, guárdate de ser muy amigo de tu propio parecer, y obedece a Jesucristo, doctor divino de los hombres, y a su santa Iglesia infalible, en la cual está depositado el tesoro de la verdad de Dios.


   Oración: ¡Oh Dios omnipotente! Vuelve los ojos piadosos sobre nuestra flaqueza, y pues nos oprime el peso de nuestras acciones culpables, ampáranos por la intercesión gloriosa de tu bienaventurado pontífice y mártir san Severiano. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.





martes, 20 de febrero de 2018

SAN EUQUERIO, obispo y confesor. (+ 743)— 20 de febrero.




El bienaventurado san Euquerio nació en Orleans, ciudad principal de Francia, de padres nobles, ricos y piadosos, y aunque estaba dotado de los dones naturales que el mundo estima, mucho mayor era el adorno y atavío de su alma, y así huyendo de las tempestades del siglo, se acogió al puerto seguro de la Religión, y en el monasterio Cemético tomó el hábito de monje.

   Fue tan grande la luz de su santa vida, que muriendo en aquella sazón el obispo de Orleans, que era su tío, todo el pueblo envió una embajada a Carlos Mariel (que aunque no era rey, gobernaba el reino de Francia como si lo fuera) suplicándole que les diese a Euquerio por obispo. No se puede creer la pena que recibió el santo cuando lo supo, pero bajó la cabeza y llorando él, y llorando los monjes, se partió del monasterio y vino a Orleans, donde fue consagrado de los obispos y colocado en su cátedra con extraño regocijo de todo el clero y pueblo.


   Hizo el santo su oficio de pastor con gran vigilancia y cuidado, y todos le querían y reverenciaban como a padre, y publicaban sus alabanzas por todas partes. Más todo esto no bastó para que no padeciese muchos trabajos, porque como reprendiese a Carlos Martel porque se metía en los bienes de la Iglesia como si fuera señor de ellos, mal aconsejado el príncipe por ministros codiciosos y lisonjeros, desterró al santo obispo a la ciudad de Colonia.

   Aquí fue recibido como un ángel venido del cielo, y regalado y servido tanto, que Martel, temiéndole, le envió al duque Roberto, amigo suyo, para que le guardase, y el duque, conociendo los méritos de Euquerio, le recibió con suma alegría y le entregó su hacienda para que la repartiese a los pobres a su voluntad. Mas el santo no quiso del duque sino que le dejase libremente en la iglesia de san Trudón, donde olvidado de todos los cuidados de la tierra, se entregó enteramente a las cosas del servicio divino.


   Seis años pasó en aquel retiro, llevando una vida enteramente celestial; multiplicó sus penitencias, austeridades y vigilias, y pasaba los días y gran parte de las noches en la oración.

   Fue tanta la fuerza de su buen ejemplo, que con su vida santísima se movieron los monjes del monasterio de aquel lugar, a la imitación de las heroicas virtudes del santo prelado, porque no les parecía sino ver en él un venerable anacoreta venido del desierto, o un ángel revestido de carne humana.

   Finalmente, queriendo el Señor premiar los trabajos de su siervo fidelísimo, le llamó para sí, del destierro a la patria feliz de los bienaventurados por una muerte preciosa. Fue su dichoso tránsito el día 20 de febrero, y al poco tiempo ilustró el Señor el sepulcro del santo con muchos y estupendos milagros.


   Reflexión: No hay duda sino que nuestro Señor ha dado severísimos castigos a muchos que han metido las manos en los tesoros de la Iglesia, y de esto hay grandes y numerosos ejemplos así pasados como presentes, y puesto caso que Carlos Martel no se condenase, aunque lo piensan algunos por una revelación que citan de san Euquerio, con todo es lo cierto que padeció una pena temporal de angustias y aflicciones durísimas que le acabaron la vida, como dice el cardenal Baronio. Y así, no sin mucha razón ha sido celebrada la expresión de un hombre político de nuestros tiempos que decía: «Yo no sé lo que tiene la carne del Papa, que quien la come, revienta.»


   Oración: Te rogamos, Señor, que oigas nuestras súplicas en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice Euquerio, y por los méritos e intercesión de este santo que dignamente te sirvió, absuélvenos de todos nuestros pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

domingo, 18 de febrero de 2018

ELIGE TU VIDA




«Bienaventurado el varón que tiene en la ley del Señor su complacencia» (Sal. 1, 1-2).

— Exhortando Moisés al pueblo de Israel a ser fiel a Dios, le coloca delante de una gran alternativa: o amar al Señor, cumplir sus mandamientos y así alcanzar sus bendiciones, o volverse atrás siguiendo otros dioses y preparándose por lo tanto a encontrarse con las maldiciones divinas. «Os pongo delante de la vida y de la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, y vivirás» (Dt 30, 19). Sólo Dios es el «viviente», la fuente de la vida y sólo quien le escoge, a él y a su palabra escoge la vida y de esta vida vivirá. No basta una elección hecha una vez para siempre, debe ser una elección que se renueva y se vive día a día, tanto en las circunstancias más especiales como en las más sencillas; todo tiene que ser visto, meditado y elegido a la luz de la fe, en relación con Dios, en armonía con su palabra.

   La debilidad humana por una parte y las preocupaciones de la vida cotidiana por otra apartan frecuentemente al hombre de este empeño esencial; por eso la Iglesia durante la Cuaresma invita a todos a recogerse más profundamente, a escuchar con más frecuencia la palabra de Dios, a una oración más intensa, para que cada uno examine su comportamiento y procure siempre conformarlo más a la ley, a la voluntad del Señor. La Cuaresma debe ser una época de verdaderos ejercicios espirituales orientados a la revisión y a la reforma de la vida, que dispongan a celebrar con mayor pureza y fervor el misterio pascual en el que culmina y se cumple la obra de la salvación.

   Sería triste engañarse: «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 24). El cristianismo no admite componendas: no se puede elegir a Dios y al mismo tiempo seguir al mundo, condescender con las pasiones, fomentar el egoísmo, favorecer los malos deseos y la ambición. Quien vacila y no sabe colocarse totalmente de parte de Dios, del Evangelio, de Cristo, demuestra que no está firmemente convencido de que Dios es el único Señor digno de ser amado y servido con todo el corazón. Es necesario repensar aquellas palabras de la Escritura: «Escoge la vida para que vivas... amando al Señor tu Dios, obedeciendo su voz y adhiriéndote a Él porque en eso está tu vida» (Dt 30,20).


— Apenas había acabado Jesús de anunciar su pasión, cuando decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Lc 9, 23). Antes había dicho de sí: «Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho y que sea rechazado... y sea muerto y resucite al tercer día» (Lc 9,22). De esta manera y por primera vez había revelado el Señor el misterio de su Pascua, de su paso del sufrimiento y de la muerte a la resurrección, a la vida eterna. Y este paso no lo puede esquivar ningún discípulo de Cristo: tomar la propia cruz y seguir a Cristo hasta morir con él y con él y en él después resucitar. Y éste es también el único modo de celebrar el misterio pascual no como meros espectadores sino como actores que participan en él personalmente, vitalmente. La cruz, las tribulaciones que siempre acompañan la vida del hombre, recuerdan al cristiano el único itinerario de la salvación y por lo tanto de la verdadera vida. «Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá; pero quien perdiere su vida por amor de mí la salvará» (Lc 9,24). Quien se rebela contra la cruz, rechaza la mortificación, condesciende con las pasiones y pretende a toda costa llevarse una vida cómoda, placentera, va en busca del pecado y de la muerte espiritual. Quien por el contrario está dispuesto anegarse a sí mismo hasta sacrificar su propia vida gastándola con generosidad en el servicio de Dios y de los hermanos, aunque la perdiera temporalmente, la salvará para la eternidad. «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si él se pierde y se condena?» (Lc 9,25).

   Elegir la vida es seguir a Cristo negándose a sí mismo y llevando la cruz. Pero no es la mortificación y la renuncia las que valen por sí mismas, sino el abrazarlas «por mí», ha dicho el Señor: abrazarlas por su amor, con deseo de hacerse semejantes a su pasión, muerte y resurrección. Esto es verdad no sólo pensando en la propia salvación eterna, sino especialmente como exigencia íntima del amor, que por su fuerza impulsa a con dividir del todo la vida de la persona amada. Si Jesús padeció, murió y resucitó por la salvación de todos los hombres, el cristiano ha de querer participar en su misterio para cooperar con él en la salvación delos hermanos.


   ¡Oh Señor!, yo era un necio y no sabía nada; era para ti como un bruto animal. Pero yo estaré siempre a tu lado, pues tú me has tomado de la diestra. Me gobiernas con tu consejo y al fin me acogerás en gloria.

   ¿A quién tengo yo en los cielos? Fuera de ti, en nada me complazco sobre la tierra... Mi porción eres tú por siempre. Porque los que se alejan de ti perecerán... Pero mi bien es estar apegado a ti, ¡oh Dios mío! (Salmo 73, 22-28).

   Te elijo a ti, Dios mío; prefiero amarte, seguir tus caminos, guardar tus preceptos, mandatos y decretos, para vivir y crecer y para que tú me bendigas. Haz que mi corazón no se resista, que no me deje arrastrar a pros ternarme dando culto a dioses extranjeros. Quiero amarte, Señor, mi Dios, escuchar y obedecer tu voz, mantenerme pegado a ti, porque tú eres mi vida. (Cf. DEUTERONOMIO, 30, 16-20).

   ¡Oh Verbo, Cordero desangrado y abandonado en la cruz!..., tú dijiste: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y nadie puede ir al Padre sino por ti. Abre los ojos de nuestro entendimiento para que veamos... y nuestros oídos para escuchar la doctrina que nos enseñas...
   Tu doctrina es ésta: pobreza voluntaria, paciencia ante las injurias, devolver bien por mal; permanecer pequeños, ser humildes, aceptar ser pisoteados y abandonados en el mundo; con tribulaciones, persecuciones por parte del mundo y del demonio visible e invisible; con tribulaciones hasta por parte de la propia carne, la cual, como rebelde que es, se revela siempre contra su Creador y lucha contra el espíritu. Ahora bien, ésta es tu doctrina: llevarlo todo con paciencia y resistir al pecado con las armas del odio [contra el mal] y del amor.
   ¡Oh dulce y suave doctrina! Tú eres el tesoro que Cristo eligió para sí y legó a sus discípulos. Esta fue la mayor riqueza que pudo dejar... Haz que yo me vista de ti, ¡oh Cristo hombre!, es decir, de tus penas y oprobios; haz que no quiera deleitarme en otra cosa. (STA. CATALINA DE SIENA, Epistolario, 226)




TIEMPO DE CUARESMA

P. GABRIEL DE STA. M. MAGDALENA, O.C.D

sábado, 17 de febrero de 2018

SAN JULIÁN de CAPADOCIA, mártir. (+ 308)— 17 de febrero.




   Este fervoroso devoto de los santos mártires, y glorioso mártir de Jesucristo, fue natural de Capadocia, y (como escribe Eusebio) varón ingenuo y santísimo, admirable en todas sus acciones, y lleno del Espíritu Santo.

   Habiendo venido a Cesárea al tiempo que el impío gobernador Firmiliano acababa de dar muerte con exquisitos tormentos a muchos santos mártires; llevado de su ardiente devoción con aquellos ilustres soldados de Jesucristo, se arrojó sobre sus venerables cadáveres que estaban tirados por el suelo, despedazados y bañados en su propia sangre. A todos abrazó, a todos besó con grande reverencia, sin temor ninguno de los gentiles ni de los mismos soldados que custodiaban a los santos cuerpos, que por orden del tirano habían de quedar cuatro días en el lugar del suplicio para que los perros y buitres los devorasen.


   Viendo, pues, los guardas aquellas demostraciones de la fe y reverencia de Julián, le prendieron y maltrataron con grande inhumanidad, y le presentaron al tribunal del impío juez, acusándole de adorador del Crucificado y de sus mártires.


   Se embraveció Firmiliano, viendo que la mucha sangre de cristianos que acababa de derramar no era bastante para extinguir la fe de Jesucristo, y después de algunas demandas y respuestas, ordenó que se encendiese una gran hoguera, donde arrojasen a Julián y donde ardiese hasta que no quedase de él más que las cenizas.

   Oyó el santo mártir con ademanes de inexplicable gozo la terrible sentencia, y no cesaba de dar gracias al Señor por la incomparable merced que le hacía padecer y morir por su amor.

   — ¿Cuándo será la hora, —decía— en que mi alma se junte con la de tus santos y justos en la gloria eterna? Y con esta maravillosa constancia y alegría, que dejaba atónitos y asombrados a los mismos verdugos, llegó al lugar del suplicio, y padeció el tormento del fuego, ofreciéndose en holocausto a Jesús, hasta que su alma preciosa, saliendo del cuerpo abrasado, voló al eterno refrigerio y al paraíso de Dios. 

   Quiso vengarse el gobernador ordenando que el cadáver del santo mártir quedase en el lugar del suplicio por espacio de cuatro días, con el fin de que las fieras le devorasen, pero no atreviéndose éstas a tocarlo por disposición divina, pudieron recogerlo los cristianos, juntamente con los otros cuerpos de otros santos mártires, a todos los cuales dieron honrosa sepultura.


   El Señor castigó después al tirano y a sus cómplices, permitiendo que acabasen su vida con muerte desastrosa.

#

   Reflexión: ¿Qué dirán aquí aquellos cristianos tibios y cobardes que por vanos respetos del mundo no osan tributar públicamente a Dios y los santos el culto y reverencia que se les deben? Nuestro glorioso san Julián, inspirado de Dios, adoró los sangrientos despojos de aquellos mártires de Jesucristo, sin temor ninguno de la presencia de los soldados ni de las amenazas de los verdugos, y esos vilísimos esclavos del qué dirán, no se atreven a adorar las sagradas reliquias, ni a asistir a una procesión, ni a hacer en sus viajes la señal de la cruz, y si acuden al santo templo, ha de ser cometiendo irreverencias, por temor de parecer hipócritas y cristianos. No quieras, pues, ser tú más bien siervo del mundo que de Jesucristo. Imita a san Agustín, que decía: «Pensad de Agustín lo que os plazca, lo que deseo, lo que busco, es que mi conciencia no me acuse delante de Dios.»


   Oración: Concédenos, oh Dios omnipotente, que los que veneramos el nacimiento para el cielo de tu bienaventurado mártir Julián, seamos fortalecidos por su intercesión en el amor de tu santo Nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.


jueves, 15 de febrero de 2018

1. LA CENIZA




«Perdónanos, Señor, porque hemos pecado» (Salmo resp.).

— «Eres polvo y al polvo volverás» (Gen. 3, 19). Estas palabras, que el Señor pronunciara por primera vez dirigidas a Adán por razón del pecado cometido, las repite hoy la Iglesia a todo cristiano, para recordarle tres verdades fundamentales: su nada, su condición de pecador y la realidad de la muerte.


   El polvo —la ceniza colocada sobre la cabeza de los fieles—, algo tan ligero que basta un leve soplo de aire para dispersarlo, expresa muy bien cómo el hombre es nada. «Señor... mi existencia cual nada es ante ti» (Sal 39, 6), exclama el salmista. Cómo necesita hacerse añicos el orgullo humano delante de esta verdad. Y es que el hombre por sí mismo no sólo es nada, es también pecador; precisamente él que se sirve de los mismos dones recibidos de Dios para ofenderle. La Iglesia hoy invita a todos sus hijos a inclinar la cabeza para recibir la ceniza en señal de humildad y a pedir perdón por los pecados; al mismo tiempo les recuerda que en pena de sus culpas un día tendrán que volver al polvo.

   Pecado y muerte son los frutos amargos e inseparables de la rebeldía del hombre ante el Señor. «Dios no creó la muerte» (Sab. 1, 13), ella entró en el mundo mediante el pecado y es su triste «salario» (Rom 6,23). El hombre, creado por Dios para la vida, la alegría y la santidad, lleva dentro de sí un germen de vida eterna (GS 18); por eso le hacen sufrir ese pecado y esa muerte que amenazan impedirle la consecución de su fin y por lo tanto la plena realización de sí mismo. Y no obstante, la invitación de la Iglesia a meditar estas realidades dolorosas no quiere hundir nuestro espíritu en una visión pesimista de la vida, sino más bien abrir nuestros corazones al arrepentimiento y a la esperanza. Si la desobediencia de Adán introdujo el pecado y la muerte en el mundo, la obediencia de Cristo ha traído el remedio contra ellos. La Cuaresma prepara a los fieles a la celebración del misterio pascual, en el cual precisamente Cristo salva al hombre del pecado y de la muerte eterna y transforma la muerte corporal en un paso a la vida verdadera, a la comunión beatificante y eterna con Dios. El pecado y la muerte son vencidos por Cristo muerto y resucitado y tanto más participará el hombre de semejante victoria cuanto más participe dela muerte y resurrección del Señor.


— «Esto dice el Señor: Convertíos a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemidos. Rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras» (Joel 2,12-13). El elemento esencial de la conversión es en verdad la contrición del corazón: un corazón roto, golpeado por el arrepentimiento de los pecados. Este arrepentimiento sincero incluye de hecho el deseo de cambiar de vida e impulsa a ese cambio real y práctico. Nadie está libre de este empeño: todo hombre, aun el más virtuoso, tiene necesidad de convertirse, es decir, de volver a Dios con más plenitud y fervor, venciendo aquellas debilidades y flaquezas que disminuyen nuestra orientación total hacia Él.

   La Cuaresma es precisamente el tiempo clásico de esta renovación espiritual: «Ahora es el tiempo propicio, ahora es el tiempo de la salvación» (2 Co 6,2), advierte S. Pablo; pertenece a cada cristiano hacer de él un momento decisivo para la historia de la propia salvación personal. «Os pedimos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios», insiste el Apóstol y añade: «os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios» (ib5, 20; 6, 1). No sólo el que está en pecado mortal tiene necesidad de esta reconciliación con el Señor; toda falta de generosidad, de fidelidad a la gracia impide la amistad íntima con Dios, enfría las relaciones con él, es un rechazo de su amor, y por lo tanto exige arrepentimiento, conversión, reconciliación.

   El mismo Jesús indica en el evangelio (Mt 6, 1-6; 16-18) los medios especiales para mantener el esfuerzo de la conversión: la limosna, la oración, el ayuno; e insiste de manera particular en las disposiciones interiores que los hacen eficaces. La limosna «expía los pecados» (Ecli 3,30), cuando es realizada con la intención única de agradar a Dios y de ayudar a quien está necesitado, no cuando se hace para ser alabados. La oración une al hombre con Dios y alcanza su gracia cuando brota del santuario del corazón, pero no cuando se convierte en una vana ostentación o se reduce a un simple decir palabras. El ayuno es sacrificio agradable a Dios y redime las culpas, si la mortificación corporal va acompañada de la otra, sin duda más importante, que es la del amor propio. Sólo entonces, concluye Jesús, «tu Padre que mira en lo secreto te recompensará» (Mt6, 4. 6. 18), es decir, te perdonará los pecados y te concederá gracia siempre más abundante.

   Amas a todos los seres, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida (Antífona de entrada).

   ¡Oh Dios!, que te inclinas ante el que se humilla y encuentras agrado en quien expía sus pecados; escucha benignamente nuestras súplicas y derrama la gracia de tu bendición sobre estos siervos tuyos que van a recibir la ceniza, para que, fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con el corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo. (MISAL ROMANO, Bendición de la ceniza).

   Oh Jesús, qué larga es la vida del hombre aunque se dice que es breve! Breve es, mi Dios, para ganar con ella vida que no se puede acabar; mas muy larga para el alma que se desea verse en la presencia de su Dios. ¡Alma mía, cuándo será aquel dichoso día que te has de ver ahogada en el mar infinito de la suma verdad!... Entonces entrarás en tu descanso cuando te entrañares con este sumo Bien y entendieres lo que entiende y amares lo que ama, y gozares lo que goza. Ya que vieres perdida tu mudable voluntad, ya, ya no más mudanza...; ya no podrás ni desearás poder olvidarte del sumo Bien, ni dejar de gozarle junto con su amor. ¡Bienaventurados los que están escritos en el libro de esta vida! Mas tú, alma mía, si lo eres, ¿por qué estás triste y me conturbas? Espera en mi Dios, que aun ahora me confesaré a él mis pecados y sus misericordias... ¡Oh Señor!, más quiero vivir y morir en pretender y esperar la vida eterna que poseer todas las criaturas y todos los bienes que se han de acabar. No me desampares, Señor, porque en ti espero no sea confundida mi esperanza. ¡Oh hermanos, oh hermanos e hijos de este Dios! Esforcémonos, esforcémonos, pues sabéis que dice Su Majestad que en pesándonos de haberle ofendido no se acordará de nuestras culpas y maldades. ¡Oh piedad tan sin medida! ¿Qué más queremos? ¿Por ventura hay quien no tuviera vergüenza de pedir tanto? Ahora es tiempo de tomar lo que nos da este Señor piadoso y Dios nuestro. Pues quiere amistades, ¿quién las negará a quien no negó derramar toda su sangre y perder la vida por nosotros? (STA. TERESA DE JESUS, Exclamaciones, 15, 1; 17, 5. 6; 14,3)




TIEMPO DE CUARESMA

P. GABRIEL DE STA. M. MAGDALENA, O.C.D

LOS SANTOS FAUTINO Y JOVITA, mártires. (+ 122)— 15 de febrero.



      Estos dos fortísimos mártires del Señor fueron hermanos muy ilustres por sangre y naturales de Brescia, ciudad principal de Lombardía.
   A Faustino, que era el mayor, ordenó de sacerdote el obispo Apolonio, y a Jovita, de diácono. Comenzaron los dos hermanos a ejercitar sus oficios con grande edificación de los fieles y acrecentamiento de la fe cristiana: lo cual sabido por el emperador Adriano, dio orden a Itálico, ministro suyo, que los prendiese, y obligase con halagos o por fuerza a renegar de Cristo. 


  Lo hizo así Itálico: pero hallándoles muy firmes en su propósito, no quiso pasar adelante hasta que el mismo emperador, que había de ir a Francia, pasase por Brescia, por ser los santos personas tan ilustres y emparentadas.

   Vino, pues, Adriano, y los mandó llevar al templo del Sol para que lo adorasen; más los dos santos hicieron oración al Dios del cielo, y luego la estatua del Sol, que resplandecía con muchísimos rayos de oro fino, se paró negra como el hollín: y como los sacerdotes del ídolo pusiesen en ella las manos para limpiarla, cayó, se deshizo y se convirtió en ceniza.

    Se embraveció el emperador con este suceso, y condenó a los dos santos a las fieras; pero los leones, osos y leopardos se amansaron como ovejas a sus pies y se los lamían. Después de esto mandó Adriano echar los santos al fuego, y ellos estaban en medio de las llamas como en una cama regalada, alabando y cantando himnos al Señor.


   Les echaron de nuevo en la cárcel para que allí pereciesen de hambre y sed; pero vinieron los ángeles del cielo a confortar y alegrar a los esforzados guerreros del Señor. 

  Les ataron después boca arriba y les echaron plomo derretido con unos embudos por la boca, les aplicaron a los costados planchas encendidas, les echaron estopa, resina, aceite, encendieron un gran fuego alrededor de ellos, y el mismo fuego perdió su fuerza, y no fue parte sino para que muchísimos gentiles, espantados de tantos prodigios, se convirtiesen y se proclamasen cristianos. 

   Finalmente, el emperador, no sabiendo ya qué hacer y teniendo por afrenta ser vencido de los santos mártires, los entregó a Antíoco, gobernador, el cual, después de haber probado en vano todo linaje de suplicios, los mandó degollar fuera de la ciudad, y junto a la puerta de ella que va a Cremona. 



#

   Reflexión: Preguntará alguno de los que leen estos asombrosos prodigios tan frecuentes en los martirios de los santos: ¿Cómo no se convertían todos los gentiles que estaban presentes y aun el mismo emperador, teniendo a los ojos tan claros argumentos de la virtud divina? Sabemos que atribuían esos milagros a las malas artes de los demonios, pues llamaban a los santos con el nombre de grandes hechiceros, pero la causa principal de su obstinación era la perversidad de su vida. Decía Tertuliano al emperador de Roma: «Si los cristianos pudiesen vivir como los cesares, o los cesares no hubiesen de vivir como cristianos, a estas horas todos hubieran ya abrazado la fe de Cristo.» (Tertul. Apolog.) Y la misma razón movía a los demás a perseverar en los errores y vicios de la gentilidad, y ésta ha sido, es y será siempre la causa principal de la enemistad que tienen todos los impíos, herejes y malvados con la verdad católica.



   Oración: Señor Dios, por cuyo amor despreciaron los bienaventurados mártires Faustino y Jovita, hermanos, las honras del siglo que les ofrecían, concédenos que por su ejemplo, estimemos en poco las mismas honras y lleguemos por su intercesión a la verdadera honra y gloria del Cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

FLOS SANCTORVM

DE LA FAMILIA CRISTIANA.