viernes, 13 de junio de 2025

SAN ANTONIO DE PADUA. (1195 - 1231). FRANCISCANO, CONFESOR Y DOCTOR. —13 de junio.

 




   En el correr de los siglos ha habido en el mundo Santos tan insignes - como Santa Teresa del Niño Jesús que, apenas volaron al cielo, fueron aclamados a una voz en todo el orbe cristiano. Este universal y ferviente plebiscito de la gente, canoniza en cierto modo a dichos Santos aun antes que el Papa haya podido dictar su fallo infalible. San Antonio de Padua pertenece a esta privilegiada falange: goza de inmensa y universal popularidad. De la Carmelita de Lisieux dijo el Papa Pío XI que “es la niña mimada del mundo”; cosa parecida declaró León XIII del insigne taumaturgo franciscano: “San Antonio es el Santo no solamente de Padua, sino de todo el mundo”. Verdad es que la leyenda se ha complacido en festonear la historia de este Santo; pero no es menos cierto que en el fondo de este movimiento que arrastra a la gente ante su altar, se percibe un espléndido homenaje rendido a su apostolado.







   Se lo llama comúnmente San Antonio de Padua, por haber muerto en dicha ciudad y porque allí son guardadas sus reliquias; pero fue natural de Lisboa, donde nació el 15 de agosto del año 1195. Su padre, Martín de Bullones, era varón noble y estaba casado con doña Teresa Tavera, señora menos principal.

   A los cinco años, Fernando -que así lo llamaron en el Bautismo- fue enviado a la escuela de la iglesia mayor de Lisboa dedicada a Nuestra Señora del Pilar, y allí aprendió las primeras letras. Si hemos de creer una leyenda portuguesa, siendo Antonio de quince años tuvo una violenta tentación en la catedral; trazó entonces una cruz en una de las gradas de la escalera de mármol del coro y en ella quedó impresa como en blanda cera; todavía puede verse dicha cruz, que está resguardada con una rejilla.

   Con este triunfo abrió los ojos y, entendiendo que el mundo está lleno de peligros, entró en el monasterio de Canónigos Regulares de San Agustín, por los años de 1210. Tras dos años de noviciado, el joven canónigo regular fue enviado a Coimbra, al convento de Santa Cruz, y allí estuvo algunos años estudiando Filosofía, Teología y Patrística con admirable fruto.






EN LA ORDEN FRANCISCANA.



  El Señor, que lo había guiado primero al convento de Santa Cruz, lo destinaba a otra familia religiosa. Distante una milla de Coimbra, los Frailes Menores o Franciscanos, de la sagrada Orden fundada hacía pocos años por el glorioso padre San Francisco, residían en el estrecho monasterio de San Antonio de Olivares, así llamado por estar en terreno poblado de olivos. En él vivían cinco Hijos del Poverello de Asís, llevando vida tan pobre y austera como su santo fundador, y muy a menudo iban a pedir limosna al convento de la Santa Cruz.

   Era por entonces hospedero el canónigo don Francisco, por lo cual tenía frecuentes relaciones con los frailes limosneros; de ellos supo cosas edificantes sobre la nueva Orden; le dijeron que iban a Marruecos a predicar a los infieles; pero entendió Fernando que adonde apuntaban era a conquistar la palma del martirio.

   En efecto, pocos meses después, algunos de ellos, sentenciados a muerte por el sultán, dieron su vida en medio de tormentos tan atroces, que su solo relato hace estremecer. Fueron azotados cruelmente; les abrieron el vientre y sacaron fuera sus entrañas; derramaron sobre sus llagas aceite hirviendo y luego los arrastraron sobre pedazos de tejas agudas. Finalmente, el propio sultán Miramamolín los golpeó en la frente y luego los degolló (16 de enero de 1220). Sus reliquias fueron llevadas a Coimbra, y tanto dieron que hablar los milagros que el Señor obraba por ellas, que don Fernando se sintió atraído por el ejemplo de los protomártires franciscanos. Fue, pues, a ver al “guardián” del convento de San Antonio y le dijo: “Padre mío, si me prometierais enviarme a tierra de moros, de buena gana tomaría yo el hábito de vuestra Orden”.

   Por su parte, el prior de los canónigos de Santa Cruz se afligió muchísimo con la noticia de los propósitos de don Fernando; pero él llamamiento era divino a todas luces. Para dar a su santo hermano pruebas de lo mucho que lo amaban, quisieron los canónigos que el nuevo franciscano tomase el hábito, no en el monasterio de San Antonio, sino en su propia iglesia de Santa Cruz, como así se hizo en el año 1221. Cambió entonces el nombre de Fernando por el de Antonio.

   En memoria de tan piadosa y edificante ceremonia, cada año, el día de San Antonio de Padua, va a predicar el panegírico del Santo a la iglesia de los Franciscanos un Canónigo de Santa Cruz, y luego preside la comida de los frailes.

   Conforme al concierto que había hecho con los padres Franciscanos, lo enviaron a África; pero no bien hubo llegado, le dio una grave y larga enfermedad, de suerte que tuvo que regresar a Portugal. Se embarcó con este intento; pero la Providencia lo tenía destinado para apóstol de otros países, y así, por divina voluntad fueron los vientos tan contrarios y furiosos en esta navegación, que de lance en lance llevaron el navío a las costas de Sicilia. Sucedía todo esto el mismo año en que se celebraba en la llanura de Asís el Capítulo general de los Franciscanos: Antonio podría al fin ver a San Francisco y contemplar de cerca la hermosura de la caridad en lo que tiene de más exquisito y real. A pesar de hallarse todavía convaleciente, cruzó a pie la península itálica, desde Calabria hasta Umbría.

   El humilde peregrino asistió como desconocido a la magna Asamblea; nadie le hacía caso. Finalmente, lo vio el provincial de Romania y lo envió, con licencia del Ministro General, al monasterio de Monte Paulo, donde le encargaron fregar y barrer. Por la cuaresma del año 1222 fue enviado a la ciudad de Forlì con otros religiosos. Cierto día, estando de paso por aquel convento algunos padres Dominicos, el Padre guardián les rogó que alguno de ellos explicase la palabra del Señor; mas todos se excusaron, alegando que no estaban preparados. Fueron a buscar a San Antonio, que estaba en la cocina, y le mandaron que hablase. También él se excusó al principio, pero, compelido por el Padre guardián, habló tan altamente y con tanta abundancia de ideas, exponiéndolas con tanta claridad, concisión, sabiduría y documentación de la Sagrada Escritura, que dejó admirados a los oyentes. Contaron esto al Padre provincial, el cual lo nombró predicador de Romania, y San Francisco, maravillado de la humildad de Antonio, le mandó que leyese a los frailes la Sagrada Teología.







PRINCIPIO DE SU VIDA PÚBLICA.



   Los autores más dignos de crédito convienen generalmente en que San Antonio predicó primero en Romania, desde el año de 1222 hasta el de 1224; luego enseñó en diversas ciudades de Francia e Italia. En todas partes atrajo cabe su cátedra a muchos discípulos. Pero no llenaba sus ansias de apostolado. A las tareas y fatigas del profesorado añadió la predicación por las ciudades, villas y aldeas. Las muchedumbres, ávidas de oírlo, se apiñaban en derredor suyo. Era su modo de decir tan persuasivo, discreto y acomodado a la necesidad de los oyentes, que, después de sus sermones, los sacerdotes no daban abasto a confesar a los penitentes.

   Es este el lugar de referir dos milagros que dicen relación con las peleas de San Antonio contra los herejes, a los cuales persiguió con tanta solicitud y perseverancia, que con razón fue llamado «martillo de los herejes».

   El primero es el de un caballo que adoró al Santísimo Sacramento. Un hereje negaba la presencia real porque no veía ninguna mudanza en las especies eucarísticas. San Antonio deseaba ganar aquella alma y además fortalecer la fe de los cristianos, y así cierto día le dijo: “Si el caballo en el que vais montado adora el verdadero Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, ¿creeréis por ventura?” Aceptó el hereje estas condiciones; dos días tuvo encerrado al animal sin darle cosa alguna de comer. Al tercer día sacó el caballo y lo llevó a la plaza en medio de un gran concurso de gentes. Le dieron de comer avena, mientras San Antonio estaba delante, teniendo en sus manos con gran reverencia el Cuerpo de Jesucristo. Un gentío innumerable se había juntado en aquel lugar y esperaban todos con grandes ansias lo que pasaría. Entonces el caballo, como si tuviera conocimiento, se arrodilló ante la Sagrada Hostia, y allí permaneció hasta que fray Antonio lo dejó ir.



  

   El otro milagro no es menos célebre. Los herejes de la ciudad de Rímini se burlaban un día de las palabras del Santo y se tapaban los oídos para no oírlo: “Puesto que los hombres no merecen que se les predique la divina palabra -dijo entonces fray Antonio-, voy a hablar a los peces”. Esto ocurría a orillas del mar. Llamó el Santo a los peces y les recordó los grandes beneficios que habían recibido de Dios, el favor del agua límpida y clara, el silencio que es oro, y la libertad de nadar dentro de luminosas profundidades. Fue cosa maravillosa que a las palabras de fray Antonio vinieron los peces hasta cerca del Santo y, levantadas del agua sus cabezas, boquiabiertos y con grande atención y sosiego, lo comenzaron a oír y no se fueron hasta que fray Antonio les dio la bendición; todo el pueblo estuvo presente a este espectáculo; quedaron todos atónitos, y los herejes tan corridos y humillados, que se echaron a sus pies, suplicándole que les enseñase la verdad.







VIAJES APOSTÓLICOS.



   Antonio leyó Teología en Montpeller y Tolosa. Con Montpeller se relaciona una anécdota que, aun careciendo de fundamento histórico, dio origen a que el pueblo cristiano tenga a San Antonio por abogado de las cosas perdidas. Un novicio dejó la Orden y se llevó consigo un Salterio glosado que el varón de Dios estudiaba para leer a los frailes la Sagrada Escritura y preparar los sermones. El Santo, al saberlo, se puso luego en oración y, al punto, el ladronzuelo, arrepentido, le restituyó el libro que había llevado. Con mucha razón la colecta de la misa de este Santo nos invita a pedir al Señor por su intercesión la gracia de hallar no sólo las cosas terrenas y perecederas, sino también los tesoros espirituales que nos harán dignos de gozar un día de los bienes eternos.

   Vamos a referir un prodigio sobre cuya autenticidad no cabe duda. Estaba un día en la ciudad de Arles, predicando de la cruz y pasión de Cristo, nuestro Redentor, cuando a un momento determinado, fray Monaldo, alzó la vista y vio al seráfico Padre San Francisco que residía en Italia en aquel entonces. Estaba en el aire con los brazos extendidos como aprobando todo lo que San Antonio decía. Habiendo echado su bendición a la asamblea, desapareció.

   Pero donde más predicó el Santo fue sin duda en el Lemosín. Las estatuas de San Antonio que suelen venerarse en las iglesias y que lo representan con el Niño Jesús en brazos, recuerdan un paso de su vida que debió de suceder en una población cercana a Limoges. Estando el Santo una noche en oración, solo en su habitación, el huésped que lo había recibido en su casa le estuvo acechando y vio en el aposento una gran claridad; mirando más en ella, vio un niño hermosísimo, sobremanera gracioso, en los brazos de San Antonio, y al Santo que lo abrazaba y se regalaba con él. Era Jesús en persona. Después de muerto Antonio, el dichoso testigo de aquel prodigio lo contó con mucho enternecimiento y lágrimas, habiendo antes puesto la mano sobre las reliquias del Santo para prueba de que decía verdad. Milagro parecido ocurrió, según algunos autores, en Pascua, en casa de un tal Tisone del Campo.







   En la ciudad de Limoges aconteció uno de los más portentosos milagros de bilocación obrados por San Antonio. Es la bilocación la presencia milagrosa de una persona en dos lugares a un mismo tiempo. Estaba una tarde del Jueves Santo predicando en la iglesia de San Pedro. A aquella misma hora, los frailes estaban cantando Maitines en su convento, muy distante de la iglesia, y fray Antonio había de cantar una «lección». A la hora exacta en que le tocaba cantarla, los religiosos le vieron llegar, y en cuanto hubo desempeñado su oficio, desapareció del coro; ahora bien, en aquel mismo instante empezaba el sermón.

   De buena tinta se sabe que fray Antonio fundó el primer convento de franciscanos de la ciudad de Brive. Distantes como kilómetro y medio de la ciudad, se hallan las Grutas donde se recogía para orar y meditar, las cuales han venido a ser lugar de romería famosa y muy concurrida en aquella comarca. Cada año, el domingo después de la fiesta de San Bartolomé, hay en Brive una feria llamada “feria de las Cebollas”, la cual dice con otro milagro. Un día, como el cocinero de los Franciscanos no tuviese cosa para dar de comer a los frailes, Antonio fue a decirlo a una devota matrona amiga y bienhechora del convento. A pesar de que en aquella hora estaba lloviendo a cántaros, la señora mandó a su criada que fuese a la huerta y trajese algunas hortalizas para llevarlas a los padres Franciscanos. El convento estaba muy distante y el chaparrón arreciaba. Con todo eso, la criada hizo el viaje de ida y vuelta sin que sus vestidos se mojasen.




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SAN ANTONIO EN PADUA.



   Esta es la época mejor conocida de la vida de nuestro Santo, por haber sus biógrafos estudiado más detenidamente y referido con más gala de pormenores cuanto hizo en la ciudad de Padua, donde había de rematar la corta carrera de su vida mortal. Era Padua ciudad muy opulenta; mas por obra de esta misma riqueza y bienestar, habíase apoderado de sus habitantes el desenfrenado amor al lujo y a la holganza. Cuando a los de Padua les faltaba dinero para saciar su apetito de juegos y festejos, lo pedían a los prestamistas, quienes se lo adelantaban a intereses muy crecidos. La ciudad se hallaba totalmente dominada por la codicia y la usura; pero a pesar de estos vicios, los paduanos conservaban dormida en el fondo de su alma la fe del Bautismo, la cual iba a despertarse al influjo de la fervorosa y enérgica predicación de San Antonio.

   Entró el Santo en Padua con intento de predicar sucesivamente en cada una de las iglesias de la ciudad; pero al poco tiempo, el auditorio no cabía ya en los templos. Antonio eligió entonces para hablarles un anchuroso prado, donde llegaban a apiñarse hasta treinta mil oyentes. Los mismos comerciantes cerraban sus tiendas para ir a oírlo.
  
   ¿Cómo lograba el humilde fray Antonio tan maravillosos frutos en el ministerio de la oratoria sagrada? Ante todas las cosas y sin género de duda, merced a la opinión de santidad del predicador y a lo extraordinario del personaje, suficiente esto para llevar en pos de sí las más de las veces a la masa del pueblo. Con todo eso, menester es confesar que el mérito de sus sermones y lo patético de su decir, fueron parte grandísima para el logro de resultado tan admirable. Meliflua era su elocuencia, y con predicar ordinariamente el Evangelio de la abnegación y de sacrificio, salpicaba sus discursos con vivas y sabrosísimas metáforas.





    

SU MUERTE Y CANONIZACIÓN.


   Llego finalmente la hora en que iba a apagarse esta resplandeciente lumbrera de la Orden franciscana. Ya en el año de 1230, logró fray Antonio, que el Capítulo general le descargase de los importantes oficios que le tenía encomendados. La predicación de la cuaresma del año siguiente lo dejó flaco, cansado y con poca salud: pasaba días enteros predicando y confesando en ayunas. Poco después de Pentecostés le fue menester retirarse a una ermita solitaria no muy distante de Padua, llamada Campo de San Pedro. Allí comenzó a adelgazar tanto, que a los pocos días notó que se acercaba su muerte y pidió ser trasladado al convento de Padua.

   La masa de la ciudad salió a recibirlo; se juntó tanta gente para verlo y besar su hábito, que no pudo entrar en la ciudad y le fue menester detenerse con sus dos compañeros en casa del capellán de las religiosas de Árcela, situada en uno de los arrabales de Padua. Habiendo recibido con singular devoción los Sacramentos de la Iglesia y rezado con los frailes que le asistían los siete salmos penitenciales, cantó por sí sólo el himno O gloriosa Domina y se durmió apaciblemente en el Señor el 13 de junio de 1231.

   Mientras exhalaba el postrer suspiro, los niños y muchachos de Padua, movidos de Dios, comenzaron a andar por toda la ciudad, dando voces y diciendo: “Ha muerto el Santo, ha muerto el Santo”.






  Muy luego aprobó la Iglesia la canonización que los ángeles habían ya pregonado por boca de los niños; al año siguiente, 1232, el Papa Gregorio IX, en la pascua de Pentecostés, canonizó y puso en el catálogo de los Santos al franciscano Antonio de Padua. En aquel mismo día, que fue el primero de junio, todas las campanas de la ciudad de Lisboa tañeron por sí solas, para celebrar el triunfo del preclaro religioso que Italia había hurtado a Portugal.







   En el mismo día de sus exequias, trajeron a su sepulcro multitud de enfermos quienes, con sólo tocarlo cobraron la salud. Los que no pudieron acercarse al sepulcro quedaron sanos a la vista de la muchedumbre. Se extendió por todo el mundo la fama de los milagros de San Antonio. De todas partes acudieron ordenadas romerías. Parroquias enteras venían con banderas desplegadas y pies descalzos a venerar al Santo, señalándose en esta penitencia muchos personajes de natural delicado y orgulloso.

   Las reliquias, depositadas primero en la reducida iglesia de los Franciscanos, fueron trasladadas solemnemente, el día 8 de abril de 1263, a un suntuoso templo edificado en su honor, llamado de San Antonio. Era entonces ministro general de la Orden el insigne doctor San Buenaventura, que fue después cardenal obispo de la ciudad de Albano; él presidió la exhumación de San Antonio, a quien no conocía sino por la fama.

   Se maravillaron al abrir el ataúd, cuando vieron que la lengua que con tanto provecho y gloria había predicado la divina palabra, se hallaba incorrupta, siendo así que todo el cuerpo estaba consumido y sólo quedaban los huesos. San Buenaventura la tomó en las manos y, bañado en lágrimas, con entrañable devoción dijo estas palabras: “¡Oh lengua bendita, que siempre alabaste a Dios y tan a menudo hiciste que otros le alabasen; bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del que para tan alto oficio te formó!”.

   Tan insigne reliquia está todavía incorrupta hace más de siete siglos. Ni se ha secado ni ennegrecido con el tiempo; hoy día es de color blanquecino. Está guardada bajo un globo de cristal incrustado en un relicario de oro macizo, obra de arte magistral que honra al cincel italiano. Pasados unos cien años, el día 15 de febrero de 1350, el sagrado cuerpo fue trasladado otra vez y encerrado en magnífica urna de plata, a expensas del cardenal Guido de Montfort. “Buena parte de la cabeza - se lee en el Breviario seráfico- fue depositada en preciosísimo relicario, cincelado con primor”.

   El Papa Sixto V, el año de 1586, mandó celebrar la fiesta de San Antonio con rito doble. Muchas oraciones y ejercicios de devoción en su honor están indulgenciadas, como el ejercicio de los trece martes, por haber muerto el Santo un martes, día 13 del mes. Se ha extendido por el mundo una antífona llamada “Breve de San Antonio”, Ecce crucem Dómini –he aquí la cruz del Señor-, que recuerda el poder del taumaturgo sobre los demonios; Roma, con todo, no ha aprobado la colecta que suele a veces añadirse. Finalmente, algunas parroquias y asociaciones piadosas lo han tomado por patrono y una de éstas, que congrega a la juventud de ambos sexos, fue facultada por Pío X en el año de 1911, a trasladar su residencia de España a Roma.








   Por Carta Apostólica fechada el 16 de enero de 1946, el Papa Pío XII, declaró y constituyó a San Antonio de Padua, Doctor de la Iglesia Universal.

   La forma de devoción y caridad llamada Pan de San Antonio ha adquirido tal importancia, ha aliviado y sigue aliviando tantas miserias, que conviene siquiera mencionarla: que San Antonio socorriese de buena gana a los necesitados, ¿quién lo duda? Por eso los cristianos le han querido honrar dando limosna en nombre de este hijo del «Pobrecito» de Asís.








miércoles, 4 de junio de 2025

SAN FRANCISCO CARÁCCIOLO, fundador y confesor. (+ 1608)— 4 de junio.

 



   El fervorísimo sacerdote, san Francisco Carácciolo, nació en el lugar llamado Santa María, de la diócesis de Trivento del reino de Nápoles, y fue hijo de nobilísimos y cristianísimos padres.


   Desde sus primeros años se mostró tan compasivo de los pobres, que cuando se sentaba a la mesa para comer, dejaba a un lado el plato que más le gustaba y le llevaba a los pobres.



   Siendo de mayor edad se inclinó a las armas, y aprendió los ejercicios militares propios de los caballeros de su tiempo; mas como se viese acometido de una maligna dolencia que le cubrió de pies a cabeza de una lepra asquerosísima, y redujo toda su hermosura y gentileza a un disforme esqueleto, ofreció a Dios que, si le restituía la primera salud, abrazaría el estado religioso.

   Mientras estaba haciendo esta resolución, se sintió inundado de una avenida tan copiosa de lágrimas, que, embargándole la voz, le dejó suspenso: y vuelto en si, como si despertara de un dulce sueño, se halló fuera de todo peligro, y en pocos días se vio bueno y sano.




  Aprendió las letras humanas y divina, y habiéndose ordenado de sacerdote, celebró su primera misa con asistencia de la nobleza más distinguida de Nápoles; y fue este acto de grande ternura y edificación.





   Juntándose después con don Agustín Adorno y don Fabricio, fundaron la nueva orden de clérigos, que el sumo pontífice Sixto II quiso se nombrase de Clérigos menores; y habiendo fallecido el padre Agustín Adorno, primer general, fue elegido nuestro Francisco que era cofundador: más a los seis años de su gobierno alcanzó con sus muchos ruegos dejar su oficio.




  Entonces se dio a una vida tan santa como admirable: porque escogió para su habitación un rincón debajo de la escalera de la casa, estrecho, oscuro y guarnecido de calaveras, que más parecía sepulcro de muertos, que habitación de vivos.

   Allí estaba recluso, todo el tiempo que le sobraba de los actos de comunidad, absorto en la contemplación de las cosas celestiales.


   Las noches pasaba en la iglesia velando en oración, donde le vieron varias veces en éxtasis con los brazos en cruz.

   Finalmente habiendo tenido revelación de su muerte, y sintiéndose abrasado de una grave calentura, preguntó al enfermero que le asistía: «¿En qué día estamos?» y respondió: «En martes 3 de junio, antevíspera del Corpus.» Dijo Francisco: «Pues según eso, mañana saldré de este mundo.»

   Y el día siguiente, recibidos con grande devoción los sacramentos, plácidamente expiró.


   Comenzó luego su cadáver a despedir una suavísima fragancia, y estuvo en el féretro tres días para satisfacer a la devoción del pueblo, después de los cuales determinaron embalsamarle para transportarle a Nápoles y le hallaron ceñidos con un áspero cilicio.




Reflexión: No es menester vivir como este santo en una celda pobrísima, obscura y llena de calaveras, pero es gran desatino pensar que hemos venido a este mundo para tener nuestro cielo en la tierra, y pasar la vida conforme a la ley de nuestros gustos y antojos.

   Hemos de morir: y si hemos de morir, no ha de caerse jamás de nuestra memoria el saludable recuerdo de la muerte.

   ¿Qué provecho ha sacado de todas las riquezas, honras y placeres de su vida, el que la termina con una mala muerte? ¿Y qué daño recibe de todos sus contratiempos, el que la acaba con santa muerte?




   En eso está todo el gran negocio de la vida mortal del hombre: en morir bien.





Oración: Oh Dios, que ilustraste al bienaventurado Francisco, fundador de nueva orden, con el amor de la oración y de la penitencia, concede a tus siervos, que, imitando su ejemplo, perseveren en la oración y domen la rebeldía de su cuerpo para merecer la gloria celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

martes, 3 de junio de 2025

SANTA CLOTILDE, reina de Francia. (+ 545). —3 de junio.

 




 Santa Clotilde, gloriosísima reina de Francia, fue hija de Chilperico, hermano menor de Gondebaldo, tirano rey de Borgoña que quitó la vida a él, a su mujer y a los demás hermanos suyos, por usurpar la corona.

   En esta lamentable tragedia solo fueron perdonadas dos hijas de Chilperico, de las cuales una fue nuestra santa Clotilde.

   Se crio en la corte de su tío y aunque se hallaba entre herejes arrianos le deparó el Señor quien la instruyese en las cosas de la verdadera fe.

   Por su extraordinaria hermosura, honestidad y discreción la pidió y la alcanzó por esposa Clodoveo, potentísimo rey de Francia.





Clodoveo, potentísimo rey de Francia.






  Procuró ella a su vez ganar a su rey esposo para Jesucristo, persuadiéndole que dejase la vana idolatría, y aunque él prometía de hacerlo así, no lo acabó consigo hasta que una grande necesidad y aprieto ablandó y rindió su corazón: porque en una batalla que libró contra los alemanes, siendo él muy inferior en fuerzas, levantó el corazón al cielo y dijo: «El verdadero Dios de mi mujer Clotilde me valga»; y habiendo conseguido la victoria, no solamente se bautizó como había prometido, sino que también acabó de desterrar de su reino la idolatría y levantó en París la iglesia mayor san Pedro y san Pablo, llamada después Santa Genoveva y envió su real diadema, conocida hoy con el nombre de reino, al sumo pontífice Hormisdas, significándole por aquel presente que dedicaba su reino a Dios.


BAUTISMO DE CLODOVEO 


   Muerto el rey, se retiró su santa esposa a Tours donde pasó el resto de sus días en oraciones, vigilias, penitencias, y muchas obras de caridad y beneficencia propias de su magnífico y real ánimo.

   Predijo el día de su muerte un mes antes que sucediese y en su última enfermedad llamó a sus dos hijos Childeberto rey de París, y Clotario rey de Soissons, y los exhortó con santas palabras y maternal autoridad a mirar por la honra de Dios, a conservar entre sí la paz y concordia y hacer justicia y misericordia a los pobres.


   Recibió después con tiernísima devoción los sacramentos de la Iglesia, hizo pública profesión de fe y entregó su alma preciosa en las manos del Criador.





   Su cadáver fue sepultado con el de su marido el rey Clodoveo en la iglesia de santa Genoveva, e ilustró el Señor su sepulcro con muchos milagros.


Reflexión: Bárbaro y gentil era el rey Clodoveo; y por las oraciones y piadosas instancias de santa Clotilde dejó la vana idolatría y abrazó la fe de nuestro Señor Jesucristo.




   ¡Oh! ¡cuánto valen y pueden delante de Dios las súplicas y lágrimas de una esposa, para alcanzar la conversión de su marido!

   Entiéndanlo bien las señoras que tienen el marido apartado dela religión y de la fe; porque si no cesan de rogar por él y de exhortarle con oportunos avisos, alcanzarán del Señor su conversión.

   En esto han de manifestarle principalmente su amor; porque ¿qué cosa más para sentirse y llorarse, que verse eternamente separados el uno del otro, dos consortes, que mucho se amaban, por haberse salvado la mujer fiel y condenándose el marido infiel?

   Y ¿qué mayor ventura pueden desearse, si de veras se aman, que la de poderse unir eternamente con los más dulces e inquebrantables lazos del amor en la gloria del paraíso, donde la esposa gozará de la vista y compañía de su esposo glorioso y el esposo de la regalada presencia y conversación de su esposa glorificada, sin temor ninguno de que la muerte pueda separarlos jamás, ni de que tribulación alguna pueda menoscabar un punto su gozo y felicidad beatífica?





Oración: Óyenos, oh Dios autor de nuestra salud, para que los que nos alegramos en la festividad de la bienaventurada Clotilde, seamos enseñados en el afecto de la piadosa devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

jueves, 15 de mayo de 2025

SAN ISIDRO, labrador. (+ 973)— 15 de mayo.

 




   El gloriosísimo patrón de la villa de Madrid y corte de los reyes de España, san Isidro labrador, fué hijo de Madrid, casado con santa María de la Cabeza, y hombre del campo, que se sustentaba con el sudor de su rostro.  



   Solía madrugar mucho para oír las misas que se decían en algunas iglesias de Madrid antes de comenzar las labores del campo en la cacería de un caballero de la misma villa, llamado Juan de Vargas; y como los labradores de las caserías vecinas le pusiesen mal con su amo, diciéndole que rio cuidaba de su hacienda, quiso un día aquel caballero enterarse por sí mismo de lo que pasaba, y viendo que se había puesto muy tarde a arar, fuese para él con intención de reprenderle; mas acercándose a la heredad, vio como estaban arando a una parte y a otra de su criado dos pares de bueyes más, los cuales eran blancos como la nieve; con lo que entendió que los ángeles le ayudaban en su labranza. 


   Otra vez sucedió que yendo unos hombres a buscar  a san Isidro a la heredad, no le hallaran, sino sólo a los bueyes uncidos, que estaban por sí arando, sin regirlos nadie, y habían arado mucha tierra. 


   Cuando se dirigía el santo labrador a sembrar, repartía el trigo que llevaba a los pobres, echando también puñados de él a las avecillas del campo diciendo: “Tomad avecillas de Dios, que cuando Dios amanece para todos amanece”; y aunque en el camino iban los costales menguados con tanto repartimiento, en llegando a la heredad, los hallaba llenos de trigo. 


   Le acontecía también, yendo al molino, repartir gran cantidad de trigo a los pobres y a las aves, y moliendo después lo poco que había quedado, salía tanta harina, que no cabía en el costal. 

   Era tan caritativo que tenía costumbre todos los sábados de hacer una olla aparte para los pobres en honra de la Virgen santísima, y para dar un día de beber a su amo en la heredad, hirió con su aguijada una piedra, y al punto salió una fuente clara y milagrosa, la cual dura hasta hoy cerca de Madrid, en una ermita del santo. 


   Resucitó a una hija de aquel caballero, cuando estaba ya preparada la cera y todo lo demás que era necesario para el entierro; y habiéndose un día ahogado en el pozo un hijo del santo, se puso éste con su mujer en oración; y estando así, creció el agua del pozo hasta el brocal, pareciendo el hijo vivo sobre las aguas. 


   Finalmente siendo ya san Isidro muy lleno de años y virtudes, y habiendo recibido devotísimamente los sacramentos, entregó su humilde espíritu al Criador, y cuarenta años después fué hallado su bendito cuerpo sin corrupción alguna, y trasladado con grande pompa a la iglesia de san Andrés, tocando todas las campanas de aquel templo por sí mismas, y sanando milagrosamente muchos enfermos. 

   Muchas veces ha remediado el Señor faltas muy grandes de agua por intercesión de este santo.



   Reflexión: Es de admirar la sabiduría de Dios que ha hecho a un santo labrador patrón de la corte de los reyes de España, para que los príncipes y grandes venerasen a un pobre quintero e implorasen su favor y ayuda. 


   ¡Oh! ¡Cuántos monarcas se han postrado al pie del sepulcro de san Isidro, confesando la ventaja que hace la virtud a todas las grandezas humanas! 

   De ella dice el Sabio, «que vale más que los tronos y cetros reales y que todas las riquezas del mundo; porque todo el oro es en su comparación un poco de arena, y la plata es como lodo delante de ella.» (Sapient. VII)


   Oración: Te rogamos, oh Dios misericordioso, que por la intercesión de tu bienaventurado confesor Isidro, nos concedas tu gracia para no sentir vanamente de nosotros mismos, y servirte con aquella humildad que te agrada. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.





FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.