lunes, 23 de noviembre de 2020

SAN ANFILOQUIO, Obispo de Iconio (+ 400 p.c.). —23 de noviembre.


 

   San Anfiloquio fue amigo íntimo de San Gregorio Nacianceno, su primo, y de San Basilio, aunque era más joven que ellos. Las cartas de esos dos santos a Anfiloquio son nuestra principal fuente de información.

 

   Anfiloquio nació en Capadocia. En su juventud, fue retórico en Constantinopla, donde, según parece, tuvo dificultades económicas. Siendo todavía joven, se retiró a un sitio solitario de las proximidades de Nazianzo, junto con su padre que era ya muy anciano.

 

   San Gregorio daba a su amigo un poco de grano a cambio de las legumbres de su huerto. En una carta se queja, en broma, de que siempre sale perdiendo en el negocio. El año 374, cuando tenía unos treinta y cinco años, Anfiloquio fue elegido obispo de Iconium y aceptó el cargo muy contra su voluntad. El padre de Anfiloquio se quejó a San Gregorio de que le habían privado de su hijo. En su respuesta, el santo afirmó que no tuvo parte alguna en el nombramiento y que él también sufría al verse privado de su amigo.

 

   San Basilio, a quien probablemente se debía el nombramiento, escribió a Anfiloquio una carta de felicitación. En ella le exhorta a no dejarse arrastrar nunca al mal, aunque esté de moda y existan otros precedentes, puesto que está llamado a guiar a los otros y no a dejarse guiar por ellos. Inmediatamente después de su consagración, San Anfiloquio fue a visitar a San Basilio en Cesarea. Ahí predicó al pueblo y sus sermones fueron más apreciados que los de todos los extranjeros que habían predicado en la ciudad.




 

   San Anfíloco o Anfiloquio consultó frecuentemente a San Basilio acerca de diversos puntos de doctrina y disciplina y, gracias a sus ruegos, escribió San Basilio su tratado sobre el Espíritu Santo. San Anfíloco fue quien predicó el panegírico de San Basilio en sus funerales. Nuestro santo reunió en Iconium un concilio contra los herejes macedonianos, que negaban la divinidad del Espíritu Santo y, en el año 381, asistió al Concilio Ecuménico de Constantinopla contra los mismos herejes. Ahí conoció a San Jerónimo, a quien leyó su propio tratado sobre el Espíritu Santo.

 

   Pidió al emperador Teodosio I que prohibiese las reuniones de arríanos, pero el emperador se negó porque juzgaba demasiado rigurosa esa medida. Poco después fue el santo a palacio. Arcadio, que había sido ya proclamado emperador, estaba junto a su padre. San Anfiloquio saludó a Teodosio e ignoró a su hijo. Cuando Teodosio se lo hizo notar, el santo acarició la mejilla de Arcadio. Teodosio montó en cólera. Entonces Anfiloquio le dijo: “Veo que no soportas que se trate con ligereza a tu hijo. ¿Cómo puedes, pues, sufrir que se deshonre al Hijo de Dios?” Impresionado por esas palabras, el emperador prohibió poco después las reuniones públicas y privadas de los arrianos.

 

   Combatió también celosamente la naciente herejía de los mesalianos. Eran éstos maniqueos e iluminados, que ponían la esencia de la religión en la oración exclusivamente. El santo presidió en Sida de Panfilia un sínodo contra dichos herejes. San Gregorio Nacianceno llama a San Anfiloquio obispo irreprochable, ángel y heraldo de la verdad. El padre de nuestro santo afirmaba que curaba a los enfermos con sus oraciones.

 

   Conocemos bastante bien a San Anfiloquio, gracias a las referencias que se hallan en la literatura cristiana de la época.  

 

 

VIDAS DE LOS SANTOS

DE BUTLER—  1965


SAN CLEMENTE I, Papa y Mártir. (+ 99 p.c.). —23 de noviembre.


 

   EL tercer sucesor de San Pedro, probablemente San Clemente, fue contemporáneo de los santos Pedro y Pablo, según se cree. En efecto, San Ireneo escribía en la segunda mitad del siglo II: “Vio a los bienaventurados apóstoles y habló con ellos. La predicación de éstos vibraba aún en sus oídos y conservaba sus enseñanzas ante los ojos.”

 

   Orígenes y otros autores le identifican con el Clemente a quien San Pablo llama su compañero de trabajos (Fil. 4, 3) y así lo repiten la misa y el oficio del santo; pero se trata de una identificación muy dudosa. Ciertamente, no fue nuestro santo el Clemente Flavio condenado a muerte el año 95. Pero no es imposible que haya sido un liberto de la servidumbre del emperador, cuyos ascendientes fueron judíos. No poseemos ningún detalle sobre su vida. Las “actas” del siglo IV, que son apócrifas, afirman que convirtió a una pareja de patricios, llamados Sisinio y Teodora, y a otros 423. Aquello le atrajo el odio del pueblo y el emperador Trajano le desterró a Crimea, donde tuvo que trabajar en las canteras.

 

   La fuente más próxima distaba diez kilómetros, pero Clemente descubrió por inspiración del cielo otro manantial más próximo, donde pudieron beber los numerosos cristianos cautivos. El santo predicó en las canteras con tanto éxito que, al poco tiempo, había ya setenta y cinco iglesias. Entonces, fue arrojado al mar con un ancla colgada al cuello. Los ángeles le construyeron un sepulcro bajo las olas. Cada año, las aguas se abrían milagrosamente para dejar ver el sepulcro.




 

   San Ireneo dice: “En la época de Clemente, estalló una importante sedición entre los hermanos de Corinto. La iglesia de Roma les envió una larga carta para restablecer la paz, renovar la fe y para anunciarles la tradición que había recibido recientemente de los apóstoles.”

 

   Esa carta hizo famoso el nombre del Papa Clemente I. En los primeros tiempos de la Iglesia, la carta de Clemente tenía casi tanta autoridad como los libros de la Sagrada Escritura y Solía leerse junto con ellos en las iglesias. En el manuscrito de la Biblia (Codex Alexandrinus, siglo V) que Cirilo Lukaris, patriarca de Constantinopla, envió al rey Jacobo I de Inglaterra, había una copia de la carta de Clemente. Patricio Young, encargado de la biblioteca real de Inglaterra, la publicó en Oxford, en 1633.

 



   San Clemente comienza por dar una explicación de que las dificultades por las que atraviesa la Iglesia en Roma (la persecución de Diocleciano) le habían impedido escribir antes. En seguida, recuerda a los corintios cuán edificante había sido su conducta cuando todos eran humildes, cuando deseaban más obedecer que mandar y estaban más prontos a dar que a recibir, cuando estaban satisfechos con los bienes que Dios les había concedido y escuchaban diligentemente su Palabra. En aquella época eran sinceros, inocentes, sabían perdonar las injurias, detestaban la sedición y el cisma. San Clemente se lamenta de que hubiesen olvidado el temor de Dios y cayesen en el orgullo, en la envidia y en las disensiones y los exhorta a deponer la soberbia y la ira, porque Cristo está con los que se humillan y no con los que se exaltan. El cetro de la majestad de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, no se manifestó en el poder sino en la humillación. Clemente invita a los corintios a contemplar el orden del mundo, en el que todo obedece a la voluntad de Dios: los cielos, la tierra, el océano y los astros. Dado que estamos tan cerca de Dios y que El conoce nuestros pensamientos más ocultos, no deberíamos hacer nada contrario a su voluntad y deberíamos honrar a nuestros superiores; las necesidades disciplinares han obligado a crear obispos y diáconos, a quienes se debe toda obediencia. Las disputas son inevitables y los justos serán siempre perseguidos. Pero señala que unos cuantos corintios están arruinando su iglesia. “Obedezca cada uno a sus superiores, según la jerarquía establecida por Dios. Que el fuerte no olvide al débil y que el débil respete al fuerte. Que el rico socorra al pobre y que el pobre bendiga a Dios, a quien debe el socorro del rico. Que el sabio manifieste su sabiduría, no en sus palabras, sino en sus obras. Los grandes no podrían subsistir sin los pequeños, ni los pequeños sin los grandes. En un cuerpo, la cabeza no puede nada sin los pies, ni los pies sin la cabeza. Los miembros menos importantes son útiles y necesarios al conjunto.” En seguida, Clemente afirma que en la Iglesia los más pequeños serán los más grandes ante Dios, con tal de que cumplan con su deber. Termina con la petición de que le “envíen pronto de vuelta a sus dos mensajeros, en paz y alegría, para que nos anuncien cuanto antes que reinan ya entre nosotros la paz y concordia por la que tanto hemos orado y que tanto deseamos. Así podremos regocijarnos de vuestra paz”.

 

   En la carta hay un pasaje muy conocido, que el historiador anglicano Lightfoot califica de “noble reprensión” y de “primer paso hacia la dominación pontificia”. Helo aquí: “Si algunos desobedecen las palabras que Él nos ha comunicado, sepan que cometen un pecado grave e incurren en un peligro muy serio. Pero nosotros seremos inocentes de ese pecado.” La carta de Clemente es muy importante por sus hermosos pasajes, porque constituye una prueba del prestigio y autoridad de que gozaba la sede romana a fines del siglo I y porque está llena de alusiones históricas incidentales. Además, “constituye un modelo de carta pastoral..., una homilía sobre la vida cristiana.” Existen otros escritos, llamados “Pseudo-clementinos”, que se atribuían antiguamente al Papa. Entre ellos se cuenta otra carta a los corintios, que estaba también incluida en el “Codex” alejandrino de la Biblia.

 

   Se venera a San Clemente como mártir, pero los autores más antiguos no mencionan su martirio. No sabemos dónde murió. Tal vez durante su destierro en Crimea. Sin embargo, es muy poco probable que las reliquias que San Cirilo trasladó de Crimea a Roma, a fines del siglo IX, hayan sido realmente las de San Clemente. Dichas reliquias fueron depositadas bajo el altar de San Clemente, en la Vía Celia. Debajo de la iglesia y de la basílica que se construyó encima en el siglo IV, se conservan unas habitaciones de la época imperial. De Rossi pensaba que ahí había vivido San Clemente I. En todo caso, no sabemos quién fue el Clemente que dio su nombre a esa iglesia que se llamaba originalmente “titulus Clementis”. El nombre de San Clemente I figura en el canon de la misa. Nuestro santo es uno de los llamados “Padres Apostólicos”, que son los que conocieron personalmente a los apóstoles o recibieron su influencia casi directa.

 

 

VIDAS DE LOS SANTOS

DE BUTLER—  1965


jueves, 5 de noviembre de 2020

SAN ZACARÍAS, PROFETA Y MÁRTIR, Y SANTA ISABEL, PADRES DE SAN JUAN BAUTISTA. —5 de noviembre.


 


—En Judea, en tiempo del rey Herodes, fué glorioso el nombre de Zacarías, sacerdote, profeta y padre de san Juan Bautista. San Lucas, evangelista, en el principio de su Evangelio, dice divinidades, hablando de él y de sus virtudes.

 



 

   Este elogio solo bastaba para tenerle por tan gran santo como es; y sobre todo haber tenido un hijo, como el Bautista. Fué, pues, Zacarías de la tribu de Levi: y porque de su prosapia, profecía, aparición del ángel en el templo, y demás cosas que tocan al nacimiento del Bautista, se trata suficientemente en la Natividad de san Juan, el 24 de junio; solo trataremos aquí de su gloriosa muerte, que fue en esta forma. Viéndose Herodes burlado de los santos reyes Magos; pues, cuando los esperaba de vuelta de Belén, para que le diesen noticia del recién nacido infante Jesús, nuestro Salvador, ellos tomaron por otra parte su camino, como refiere el sagrado evangelista san Mateo; entonces, oyendo decir la gloriosa santa Isabel, que también buscaban a su hijo Juan (niño tan tierno, que solo tenía seis meses más que Cristo), para quitarle la vida con los demás santos niños inocentes, mártires, tomando su hijo en los brazos, se fué a un alto monte de Judea huyendo; pero viendo que la seguían los crueles verdugos, impíos ejecutores del rigor de Herodes, temió, e hizo oración profundamente humilde, pidiendo a Dios librase a su hijo Juan de la muerte. Al instante (¡oh fuerza de la oración del justo! ¡oh maravillas de Dios!) se abrió el monte, y en la abertura se escondió Isabel y su hijo, dejando burlados a los fieros verdugos que, los seguían. En las entrañas, pues, del monte, los recreaba el Señor que los guardaba, con una luz divina, y un ángel santo que les ministraba todo lo necesario para la conservación de la humana vida. Otros dicen, se escondió santa Isabel con su hijo en un monasterio de los muchos que entonces los Esenos, hijos de los profetas, descendientes del gran profeta y patriarca san Elias, tenían edificados por aquellas montañas, y allí se crio el niño Juan en el instituto carmelitico, siguiendo en todo desde entonces (como quien tenía ya para hacerlo el uso de la razón, desde que fué santificado en el vientre de su madre) el espíritu y virtud de Elias, para ser príncipe del estado religioso y monástico en la ley de gracia, como lo era y es Elias en la escrita y esta opinión es la más corriente y común; aunque no la niega, quien sigue la primera de la milagrosa abertura del monte: pues unos y otros dicen, que acabada la persecución de Heredes, el niño Juan se crio entre los Esenos, hijos de los profetas, hasta que de siete años, instruido ya en la vida monástica, se retiró a hacer vida solitaria al desierto, como lo hacían muchos de aquellos antiguos monjes, sucesores de Elias.



 



  Se quedó entonces solo en su casa y asistencia del templo el santo sacerdote Zacarías, y como Herodes enviase sus ministros, a que le preguntasen por el niño Juan, hijo suyo, y el respondiese, no sabía dónde estaba, como era cierto que no lo sabía (sin que esta ignorancia se oponga al ser profeta santo; porque no todas las cosas sabe el que es profeta, sino solas aquellas que Dios quiere revelarle), y asimismo les reprendiese el rigor y crueldad suya y de su rey y señor Herodes, que los obligaba a quitar tantas inocentes vidas, y predicase a Cristo recién nacido, Rey de Israel, Hijo de Madre Virgen, y Señor de cielos y tierra, y ellos le refiriesen todo lo dicho a Herodes; él enfurecido contra el santo viejo Zacarías, envió de noche secretamente sus verdugos, los cuales le quitaron la vida entre el templo y el altar, donde fué criada la Virgen santísima María, sin pecado concebida, desde su gloriosa presentación. A la mañana, los demás sacerdotes vinieron al templo, y esperando a que Zacarías saliese del santuario, se pasó la hora acostumbrada, y se hizo muy tarde: por lo cual uno de ellos entró en el santuario, y halló la sangre del santo sacerdote, que toda se había juntado y endurecido como una piedra. Luego oyó una voz del cielo que dijo: Aquí han muerto a Zacarías, y su sangre no se borrará de Israel, hasta que se levante el que le ha de vengar”. Con esto salió fuera del santuario, y contó a los demás sacerdotes todo lo que pasaba; y ellos temblaron de oírle, y sintieron un ruido grande de piedras, como que se rompían y daban unas con otras. Buscaron el cuerpo del sacerdote y mártir Zacarías, y no lo hallaron. Fué su martirio glorioso, a 5 de noviembre (dia en que lo celebra la Iglesia) año 1º del Señor. Pasados muchos años, apareció milagrosamente su santo cuerpo en el mismo templo de Jerusalén, y allí estuvo mucho tiempo en honroso sepulcro. Ahora se dice que está en Venecia en un monasterio de señoras, fundado a honor suyo, y con su nombre…



   La gloriosa santa Isabel, su esposa, y madre del Bautista, fué de la tribu de Aarón; de cuya santidad trata, como de la del santo Zacarías, su esposo, el sagrado evangelista san Lucas en el principio de su Evangelio: y así, aquí solo trataremos de su gloriosa muerte; pues las demás cosas, que tocan a sus virtudes, santidad, salutación y parto, las refiere el Evangelio. Después que como dijimos poco hay, tuvo seguro y educado a su hijo, y que ya el santo niño se retiró al desierto, cumplidos los siete años de su edad, a hacer vida solitaria, eremítica o monástica; Isabel se retiró a la montaña de Judea a su casa, y allí vivió santísimamente algunos meses, hasta que quiso el Señor llevársela en paz y gracia suya, llena de días, santidad y virtudes; y allí fué sepultada esta gloriosa santa, prima y hermana de la Reina de los ángeles, y Madre de Dios María santísima, sin pecado concebida; porque santa Ana y santa Esmeria fueron hermanas, hijas de Agarin: de Ana, nació la Virgen María; de Esmeria, Isabel y Eliud; y de Eliud nació Eminin; y de Eminin nació san Servacio, obispo, cuya vida se celebra el 13 de mayo. Otros afirman que en la misma cueva (que así llaman la abertura o quiebra del monte en que se ocultaron madre e hijo) se la llevó Dios, quedando por custodio fiel y nutriz del niño Juan, el ángel que ya dijimos les ministraba el sustento necesario a la vida. Como quiera que ello sea, Isabel murió en paz y gracia del Señor, cuya eterna gloria posee. No se sabe el dia cierto de su glorioso tránsito; y así nuestra madre la Iglesia la ha señalado el mismo de su esposo el santo sacerdote, profeta y mártir Zacarías, celebrando a los dos en un mismo dia.

 


   Escribieron las vidas de estos dos benditos casados, padres del Bautista, san Lucas en su sagrado Evangelio, cap. 1; Beda; Usuardo, y Adon, y los demás padres de la Iglesia latina; los griegos en su Menologio; san Epifanio, lib. de Vit. et Inter. prophet., cap. 23, in Pannar. hæres. 26, el cual afirma ser este Zacarías el que dice Cristo, Bien nuestro, por san Mateo, cap. 23, fué muerto entre el templo y el altar, como ya queda dicho. Del mismo sentir son Orígenes, in Malth., cap. 23; sanctus Petrus Alexandrinus, episc. et mart. In Can. 13; Sanct. Gregorius Nissenus, in Orat. de Christi Nativ.; sanct. Basilius, Homil. de Humana Christi general.; sanct Cyrillus Alexand., lib. Adversus Anthropomorphitas; sanct. Theodoretus, Histor., lib. IV, cap. 7; Petrus de Natalib., in Cathalog. SS., lib. X, cap. 24 et 25; si bien san Gerónimo tuvo otro sentir, explicando el cap. 23 de san Mateo; él Martirologio romano; y Baronio en sus anotaciones, y en el tomo 1 de sus Anales, in apparatú, num. 16, et ann. 1, num. 53 el seg., donde cita autores, que afirman haber visto en las ruinas, que hoy se ven del templo de Jerusalén, algunas piedras con las señales de la sangre de Zacarías, y en particular una, que tiene la sangre fresca; cuya cabeza dice, se guarda en Roma en San Juan de Letrán, la cual dicen ha manado sangre muchas veces.

 


 

   En las cosas históricas, y que solo son de la fe humana por las tradiciones de que constan (si no es que tuviesen especial revelación de Dios), pudieron tener los santos Padres diversos pareceres, según lo que cada uno hallaba escrito y dicho, inclinándose unos a un sentir y otros a otro. El máximo doctor y padre san Gerónimo se inclinó, según lo que había leído, como él refiere a que fué otro Zacarías el que murió entre el templo y el altar: otros santos Padres, y tan graves doctores de la Iglesia, como hemos visto, quieren que sea este: Dios solo sabe la verdad: lo cierto es, que es santo y que goza de Dios en la gloria, y que obrando como él, imitándole en las virtudes, y valiéndonos de su intercesión, y de la de su esposa santa Isabel, tendremos cierta la misma gloria, y allá sabremos si murió entre el templo y el altar, o en qué lugar alcanzó la corona.

 

 

Leyenda de oro

Vida de todos los Santos que venera la iglesia.

(1855).


martes, 3 de noviembre de 2020

SAN MARTÍN DE PORRES. (+ 1639). —3 de noviembre.


 


   En Sudamérica es muy popular san Martín de Porres. Nació en Lima, Perú, hijo de un blanco español y de una negra africana. Por el color de su piel, su padre no lo quiso reconocer y en la partida de bautismo figura como “de padre desconocido”. Su infancia no fue demasiado feliz, pues por ser mulato (mitad blanco y mitad negro, pero más negro que blanco) era despreciado en la sociedad.

 

Peluquero y enfermero. Aprendió muy bien los oficios de peluquero y de enfermero, y aprovechaba sus dos profesiones para hacer muchos favores gratuitamente a los más pobres.

 


 

El ceniciento de una comunidad. A los 15 años pidió ser admitido en Ia comunidad de padres dominicos. Como a los mulatos les tenían mucha desconfianza, fue admitido solamente como “donado”, o sea un servicial de la comunidad. Así vivió nueve años, practicando los oficios más humildes y siendo el último de todos.

 

   Admitido como hermano religioso en la comunidad le dieron el oficio de peluquero y de enfermero. Entonces empezó a hacer obras de caridad. Los frailes se quejaban de que Fray Martín quería hacer del convento un hospital, porque a todo enfermo que encontraba lo socorría y hasta llevaba a algunos más graves y pestilentes a recostarlos en su propia cama cuando no tenía más donde se los recibieran.

   Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.

 


 

Fama de santo. Aunque él trataba de ocultarse, sin embargo, su fama de santo crecía día por día. Lo consultaban hasta altas personalidades. Muchos enfermos lo primero que pedían cuando se sentían graves era: “Que venga el santo hermano Martín”. Y él nunca negaba un favor a quien podía hacerlo. Pasaba la mitad de la noche rezando. A un crucifijo grande que había en su convento iba y le contaba sus penas y sus problemas, y ante el Santísimo Sacramento y arrodillado ante la imagen de la Virgen María pasaba largos tiempos rezando con fervor.

 


 

El hombre de las maravillas. Sin moverse de Lima, fue visto sin embargo en China y en Japón animando a los misioneros que estaban desanimados. Sin que saliera del convento lo veían llegar junto a la cama de ciertos moribundos a consolarlos. A los ratones que invadían la sacristía los invitaba a irse a la huerta y lo seguían en fila muy obedientes. En una misma cacerola hacía comer al mismo tiempo a un gato, un perro y varios ratones. Llegaron los enemigos a su habitación a hacerle daño y él pidió a Dios que lo volviera invisible y los otros no lo vieron.

 


   Cuando oraba con mucha devoción se levantaba por los aires y no veía ni escuchaba a la gente. A veces el mismo virrey que iba a consultarle (siendo Martín tan de pocos estudios) tenía que aguardar un buen rato en la puerta de su habitación, esperando a que terminara su éxtasis. En ocasiones salía del convento a atender a un enfermo grave, y volvía luego a entrar sin tener llave de la puerta y sin que nadie le abriera. Preguntado cómo lo hacía, respondía: “Yo tengo mis modos de entrar y salir”.

 

   El arzobispo se enfermó gravemente y mandó llamar al hermano Martín para que le consiguiera la curación para sus graves dolores. Él le dijo, “¿Cómo se le ocurre a su excelencia invitar a un pobre mulato?”. Pero luego le colocó la mano sobre el sitio donde sufría los fuertes dolores, rezó con fe, y el arzobispo se mejoró en seguida.

 




Limosnero. Recogía limosnas en cantidades asombrosas y repartía todo lo que recogía. Miles de menesterosos llegaban a pedirle ayuda.

 

 

   A los 60 años, después de haber pasado cuarenta y cinco años en la comunidad, mientras le rezaban el Credo y besando un crucifijo, murió el 3 de noviembre de 1639.Toda la ciudad acudió a su entierro y los milagros empezaron a obtenerse a montones por su intercesión.

 

VIDAS de SANTOS

P. Eliécer Sálesman