miércoles, 25 de diciembre de 2019

LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, QUE VULGARMENTE SE LLAMA LA PASCUA DE NAVIDAD.




   El año de la creación del mundo, cuando en el principio creó Dios el cielo y la tierra, 5199; después del diluvio 2957; del nacimiento de Abrahán 2015; de la salida de los israelitas de Egipto bajo su caudillo Moisés 1510; desde que David fué ungido y consagrado por rey 1032; la semana 65, según la profecía de Daniel; en la olimpíada 194; el año de la fundación de Roma 752; el año 42 del imperio de Octaviano Augusto; gozando todo el universo de una profunda paz, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, Dios eterno, e hijo del Eterno Padre, queriendo santificar el mundo con su santo advenimiento, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, y habiéndose pasado nueve meses después de su concepción, nace en Belén, ciudad de Judá, de la gloriosa virgen María. Hoy es este día tan solemne en el mundo; en el cual se celebra la natividad de nuestro Señor Jesucristo según la carne.


   De este modo anuncia la iglesia hoy a todos los fieles el dia célebre del nacimiento del Salvador del mundo; día tan deseado, por tanto, tiempo esperado, pedido con tantas instancias por todos los patriarcas y profetas, y por todos los que esperaban la redención de Israel; y este es el nacimiento dichoso, cuya historia vamos a dar.


   No se había visto en el mundo una paz más universal que la que entonces reinaba. Aprovechándose el emperador Augusto de esta tranquilidad general, le picó la curiosidad de saber el número de las fuerzas, del imperio, haciendo para ello un empadronamiento exacto de todos sus súbditos. Cirino tuvo la comisión de hacer el de la Siria, de la Palestina y de la Judea, y para facilitar la ejecución ordenó que cada uno se empadronara y diera su nombre en la ciudad de donde era originaria su familia.


   Luego que se publicó el edicto del emperador, José partió de Nazareth, pequeña ciudad de Galilea, donde tenía su domicilio, y fué a Judea a la ciudad de David, llamada Belén, porque era de la casa y familia de David, para hacerse alistar con María su esposa, que estaba cercana al parto. Belén no era entonces sino un lugar o una aldea de la tribu de Judá, a dos leguas de Jerusalén. No fué poco trabajo para la santísima Virgen y para san José tener que hacer cuatro días de camino para ir desde la baja Galilea hasta Belén, primera residencia de la familia de David, de la que traían su origen uno y otro. Pero como entrambos estaban perfectamente instruidos del misterio, y sabían que el Mesías, según la profecía de Miqueas, debía nacer en Belén, sufrieron con gusto las incomodidades del viaje.



   Habiendo llegado a Belén, fueron mal recibidos; no se tuvo el menor respeto ni a su calidad, ni al preñado de la santísima Virgen. La pobreza, que se manifestaba bastante en todo su equipaje, no atrajo sobre ellos sino el desprecio y el abandono: estando las posadas llenas de gente por el concurso extraordinario que había acudido de todas partes, y empezando a anochecer, María y José, las dos personas más santas y más respetables del universo, a quienes todos los hombres debían rendir homenaje, se vieron obligados a retirarse a una especie de establo o cueva que estaba fuera del pueblo, y donde a la sazón se hallaba un buey y un jumento; habiéndolo dispuesto asila Providencia divina en cumplimiento de las profecías de Habacuc y de Isaías.


   Una posada tan humilde no dejó de contristar a la Madre de Dios y a san José; pero le convenía a aquel que venía a enseñar la humildad a los hombres, y cuya grandeza y majestad son independientes de toda exterioridad. No ignorando la santísima Virgen la hora en que el Salvador debía nacer, pasó con san José todo el tiempo que precedió a este nacimiento en una dulce y amorosa contemplación del misterio que iba a cumplirse. A media noche, sintiendo que el término había ya llegado, parió sin dolor y sin lesión alguna de su pureza virginal a su Hijo primogénito, que fué asimismo su único Hijo, al cual adoró postrada en tierra con aquellos transportes de amor, de admiración y de respeto de que solo Dios puede conocer el ardor, el precio y la medida; tomándole después en sus brazos, le envolvió en los pañales que había llevado, y le recostó en el pesebre donde se echaba de comer a las bestias. Esta fué la cuna que escogió Jesucristo para empezar a confundir nuestro orgullo, y enseñarnos a menospreciar la grandeza, las comodidades y todos los falsos bienes de la tierra. Fácilmente se deja comprender la impresión que haría en san José la vista de este divino Salvador, quien por una predilección particular le había escogido para que hiciera las veces de padre consigo. ¡Cuáles serían sus actos de adoración, de amor y de humillación a los pies de un Dios hecho niño! ¡a los pies del Verbo encarnado, Hijo único de Dios vivo, igual en todo a su Padre! Aquel vil establo, aquella pobre cueva vino a ser entonces el lugar más respetable del universo, y la imagen, por decirlo así, más parecida de la celestial Jerusalén. Ningún ángel dejó de venir a adorarla en este lugar: no hubo uno que al primer momento que este divino niño vió la luz, no se diese priesa para venir a rendirle sus homenajes. Aunque ya se los habían rendido en el primer momento de su concepción, los reiteraron esta segunda vez que entró en el mundo.



   ¡Qué fondo de reflexiones, buen Dios, no nos presentan todas las circunstancias de este maravilloso nacimiento! La santísima Virgen busca una posada en la aldea de Belén; pero el gran concurso de gentes que llegan a toda hora hace que no la encuentre; se reservan los alojamientos para más ricos huéspedes. La santísima Virgen y san José quizá hubieran tenido con que pagar un pobre rincón, pues le buscaban para alojarse; pero sin duda en Belén no había lugar bastante pobre para Jesucristo. Era menester una cueva, un corral, un establo para recoger y albergar a las dos personas más dignas, más amadas de Dios, pero despedidas de todo el mundo y menospreciadas en todas partes. ¡O Salvador mío, y cómo empiezas con tiempo a reprobar y confundir la soberbia del mundo! ¿Quién se imaginaria que el supremo Señor del universo había de nacer en un lugar tan vil y despreciable? ¡qué espectáculo más asombroso! Un Dios niño y este niño Dios, para quien el cielo no tiene cosa que sea bastante magnífica, y que tiene su trono sobre las estrellas, está reclinado en un pesebre, es fomentado con el vaho y aliento de dos anímales, está expuesto a todas las inclemencias del viento, mientras que tantos reyes, que son sus súbditos, nacen en palacios magníficos, y en la abundancia de todo. Exclama san Bernardo: ¿dónde está el palacio de este rey recién nacido? ¿dónde está su trono, dónde los oficiales de su numerosa corte? Su palacio es el establo, su trono es el pesebre; María y José componen toda su corte. Quieres saber, dice san Agustín, ¿quién es el que ha nacido de esta suerte? Yo te lo diré: «Es el Verbo del Padre Eterno, el criador del mundo, la luz del cielo, la fuente de la paz y de la bienaventuranza eterna, la salud del linaje humano, el que vuelve al camino a los que se extravían; en fin, el que es toda la alegría y la esperanza de los justos.»



   Sin embargo, aunque el Hijo de Dios quiso nacer en la oscuridad de un establo, no dejó de manifestar su nacimiento a los judíos y a los gentiles. Los ángeles les anuncian a los pastores, y una estrella milagrosa a los reyes magos. Unos pastores velaban en los campos vecinos, guardando sus ganados, porque, siendo el invierno templado y tardío en Judea, podía muy bien mantenerse el ganado en el campo por la noche en este tiempo. Se les apareció un ángel más resplandeciente que el sol; al principio quedaron deslumbrados y llenos de temor; pero el mismo ángel que les había causado el temor los serenó, diciéndoles: No temáis, porque vengo a traeros la nueva más alegre que se puede imaginar, y que vosotros jamás podríais esperar, la que debe ser para vosotros y para todo el pueblo motivo de un extremado gozo: Acaba de nacer un Salvador en Belén, en un pueblo que vosotros llamáis ciudad de David, el cual es el Mesías, el Salvador de las almas, vuestro Señor y vuestro Dios, le hallaréis allí envuelto en pañales, y reclinado muy pobremente en el pesebre de un establo, estas son las señales que os doy para conocerle , y convenceros de la verdad de lo que os digo. Apenas el ángel hubo acabado de hablar, cuando a, una multitud de espíritus celestiales se oyó cantar las alabanzas de su Señor y su Dios: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, decían, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad y de corazón recto. El Salvador que acaba de nacer trae y procura infundir la una y la otra.



   Advertid, dicen los santos padres, que Dios no hace anunciar el nacimiento de su Hijo a los sabios ni a los ricos de Belén; porque la soberbia, la avaricia, el placer son grandes embarazos para ir a adorar a un Dios pobre, humilde y entre penas. Los primeros a quienes es anunciado Jesucristo son los pastores, hombres pobres, humildes, trabajadores; porque son los más capaces de entrar por medio de la sencillez en los misterios de la religión. Pero ¿qué señales les dan a estas pobres gentes de la divinidad de este niño, y de la verdad del Mesías? Los pañales en que está envuelto, el pesebre donde está reclinado y el establo. ¿Son estas las señales por las que se ha de venir en conocimiento de la suprema majestad de un Dios? No, por cierto; pero con estas señales de pobreza y de anonadamiento se viene en conocimiento de un Dios Salvador, que viene a librar a los hombres de la esclavitud del pecado y de la tiranía de las pasiones. Pero ¡qué gloría la que le resulta a Dios de este nacimiento! La encarnación es la obra grande de Dios, todas las divinas perfecciones, el poder, la sabiduría, la bondad, la justicia, la misericordia resplandecen en ella de un modo el más excelente. Jesucristo viene a reconciliar el mundo con su Padre, a destruir el pecado, a domar al demonio, a sujetar la carne al espíritu, a unir las voluntades de los hombres entre sí y con la de Dios. Con razón, pues, se anuncia hoy la paz a aquellos que fueren dóciles a la doctrina y a las gracias del Salvador.


   Los pastores no desprecian el aviso que han recibido del cielo, antes bien, exhortándose los unos a los otros a ir a ver estas maravillas, parten al punto, llegan a Belén poco después de medianoche, y habiendo encontrado desde luego el establo, entran en él penetrados de una unción extraordinaria de la gracia que derramaba interiormente en sus almas aquel divino Salvador; se postran a sus pies, le adoran como a su Salvador y su Dios, y habiendo hecho sus cumplidos con la santísima Virgen y con san José, se vuelven a sus hatos llenos de un gozo indecible; no cesan de glorificar al Señor por todas las cosas que han visto y oído, y las cuentan con su natural sencillez a cuantos encuentran. Todos los que los oyeron, dice el Evangelio, quedaron atónitos de las cosas que supieron y aprendieron de la boca de los pastores.



   «¡O amor inefable! exclama aquí san Agustín. ¡O caridad incomprensible cuyo precio somos incapaces de conocer! ¿Quién se hubiera atrevido jamás a imaginar que aquel que está en el seno del Padre desde la eternidad, había de nacer de una mujer en tiempo por nuestro amor? ¡qué honra y qué gloria la tuya, o hombre, añade el mismo padre, el que un Dios se haya dignado hacerse tu hermano!» Quiso nacer así, dice san Crisólogo, porque así quiso ser amado. En el nacimiento de Jesucristo, dice san Bernardo, el pesebre nos grita altamente qué debemos hacer penitencia, el establo, las lágrimas, los pobres pañales nos predican la misma virtud. Todo predica en el nacimiento del Salvador, todo es instrucción, toda lección, y todo nos dice que en cualquiera condición que hayamos nacido, en cualquiera estado que vivamos, sea vil o emitente el puesto que ocupemos en el mundo, es necesario que nuestro corazón esté desprendido de los bienes y de los placeres de esta vida: es necesario que seamos humildes, penitentes, mortificados, si queremos que el nacimiento del Salvador nos sea útil, si queremos tener parte en la redención.


   La fiesta de la Natividad del Salvador, que ha sido en todos tiempos de las más solemnes de la Iglesia; el adviento que la precede, y que por muchos siglos fué un tiempo de ayuno, como lo es aún ahora para muchas comunidades religiosas; las oraciones y la solemnidad de los ocho días últimos de adviento, las tres misas que cada sacerdote dice en este dia, todo esto denota la celebridad de la fiesta. En todos tiempos se ha celebrado el dia del nacimiento de los príncipes en todas las cortes y en todos los pueblos. El dia feliz del nacimiento del Salvador del mundo ¿podía celebrarse menos entre todos los fieles? Esta consideración ha hecho que la Iglesia, viéndose precisa da a prohibir todas las vigilias que estaban en uso, haya dejado la de Navidad a causa de la celebridad del dia. La tradición desde los apóstoles hasta nosotros ha fijado siempre la célebre época de este nacimiento al dia 25 de diciembre, y la Iglesia ha querido contar el año de la redención por el dia de Navidad, y sobre este cálculo ha arreglado sus oficios, como se ve en todo el orden de su liturgia y en los antiguos martirologios, fijando el punto del principio del año eclesiástico al punto del nacimiento del Salvador del mundo.



   Por lo que mira a las tres misas que dice cada sacerdote en este dia, este uso estaba ya establecido en la Iglesia en tiempo del papa san Gregorio, hacia el año de 600; pues advierte este santo doctor que el tiempo que se emplea en decirlas, debia abreviar en este dia el tiempo de la predicación. El sentido místico da las tres misas en la celebridad de este dia ha dado motivo para buscar diferentes razones de este rito extraordinario. Unos han creído que era para honrar particularmente a las tres personas de la santísima y adorable Trinidad, que, tenían tanta parte en este misterio. Otros creen que, como el Salvador nació a media noche, la Iglesia ha querido honrar este tiempo con una misa solemne. Como los pastores llegaron un poco antes del dia, la Iglesia ha querido santificar esta primera manifestación del Salvador con otra misa; y la tercera es la que se dice solemnemente cuando se junta el pueblo para celebrar las grandes solemnidades. Otros han pensado que la misa de la media noche era para honrar el nacimiento temporal del Salvador; la que se dice al amanecer, para honrar el tiempo de la resurrección; y la tercera, que se dice solemnemente cerca del mediodía, era en honra de su nacimiento eterno en el seno del Padre. Por lo que mira a la cueva sagrada donde quiso nacer el Salvador, ha estado siempre en gran veneración. Es verdad que el emperador Adriano hizo en odio de los cristianos edificar encima un templo dedicado a Adonis, esperando abolir con esta sacrílega profanación la memoria de un lugar tan respetable; pero no impidió el que los mismos paganos mirasen este santo lugar con respeto, y dijesen siempre: Este es el lugar donde el Dios de los cristianos quiso nacer. Pero habiendo cesado las persecuciones, se demolió el templo de los paganos, y se edificó en su lugar una iglesia magnífica, forrada de planchas de plata, las paredes embutidas de mármol, y la cueva enriquecida a proporción. Se edificaron muchos monasterios alrededor; y lo que la hizo todavía más célebre, fue que san Jerónimo la escogió para su morada. El pesebre santificado con el contacto del Salvador fué llevado después a Roma, donde se conserva con mucha veneración en la célebre iglesia de Santa María la Mayor, que por esto se llama Santa María ad præsepe. Los preciosos pañales en que el Salvador fué envuelto eran una reliquia demasiado preciosa para que no se conservaran. Primero fueron llevados a Constantinopla, donde se fabricó una magnífica iglesia para guardarlos con más decencia, hasta que el emperador Balduino II los regaló a san Luis, rey de Francia, quien los colocó en la Santa Capilla de París, donde están en gran veneración, y se guarda él instrumento auténtico de la donación, escrito en el mes de junio de 1247, y todavía se leen en la caja o navecilla estas palabras: los pañales de la niñez del Salvador en que fué envuelto en la cuna.


“AÑO CRISTIANO”
POR EL P. J. C ROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

EL NACIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO. —25 de diciembre.




   El texto del santo Evangelio dice así: «Sucedió pues en aquellos días, que se promulgó edicto de César Augusto, ordenando que todo el mundo se empadronase. Este fué el primer empadronamiento llevado a cabo por Cirino, gobernador de la Siria; y todos iban a inscribirse, cada uno a la ciudad de donde traía origen. Siendo pues José de la casa y familia de David, subió desde Nazareth, ciudad de Galilea, a la ciudad de David, llamada Bethlehem, que está en Judea, para empadronarse, y llevó consigo a su Esposa, que estaba preñada. Aconteció pues, que cuando allí estaban, se cumplió para la Virgen el tiempo del parto, y dio a luz a su primogénito Hijo, y le envolvió en pañales y le reclinó en el pesebre, porque ya no había lugar para ellos en la posada.

   Estaban velando en aquella comarca unos pastores que guardaban de noche el ganado, cuando de improviso un ángel del Señor apareció junto a ellos, cercándolos con el resplandor de una luz divina, lo cual los puso en grande espanto. Les dijo entonces el ángel: No temáis; que vengo a daros una nueva que ha de ser de grande gozo a todo el pueblo: y es, que hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, que es el Cristo Señor vuestro. Y esta es la seña que os doy: hallaréis al Infante envuelto en pañales y re - costado en el pesebre. En este instante apareció con el ángel un numeroso coro del ejército celestial que alababa a Dios y decía: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». (Luc. II).




   Reflexión: Acércate, cristiano, como aquellos sencillos pastores a adorar en el pesebre al infante Jesús, al Mesías prometido, al Verbo de Dios encarnado, al Rey de los reyes, al Dios de inmensa majestad y grandeza, hecho hombre por nuestro amor, y por nuestro amor y ejemplo rodeado de todas nuestras miserias.

   Ya tenemos un hermano que es Dios.

   ¿Por qué piensas que se ha hecho hombre, sino para levantar la naturaleza humana a las alturas de su divinidad?

   Y si Cristo la ha encumbrado tanto ¿por qué te empeñas en degradarla dejándote arrastrar de las más viles pasiones?
   Un rey tiene a menos el ocuparse en oficios indignos de su elevado puesto.
  ¿Cómo se atreve el hombre, hermano de Cristo desde hoy, a envilecerse hasta el punto de hacerse esclavo de sus concupiscencias?

   «Mayor eres y para mayores cosas has nacido».

   El cielo es tu patria y tu reino.

   Tu ocupación debe ser seguir las huellas de este Dios hecho hombre por tu salud.

   «Demos pues gracias a Dios Padre, por su Hijo en el Espíritu Santo, el cual por la grande caridad con que nos amó se compadeció de nosotros, y cuando estábamos muertos por el pecado, nos dio la vida con Cristo, para que fuésemos en él nueva criatura y nueva obra de sus manos. Despojémonos pues de nuestro hombre viejo y de su antiguo proceder, y pues hemos sido regenerados en Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, oh cristiano, tu dignidad; y hecho partícipe de la divina naturaleza, no quieras volver a la antigua vileza por una conducta que te degrada. Acuérdate de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro, y recuerda cómo libertado de la potestad de las tinieblas, fuiste trasladado a la lumbre y al reino de Dios». (S. León pap. serm. X, de Nativit. Dómini).


*


   Oración: Concédenos, te rogamos, omnipotente Dios, que el nuevo nacimiento de tu Hijo, según la carne, nos libre del yugo del pecado a los que nos hallamos aún en la antigua servidumbre. Por Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

martes, 24 de diciembre de 2019

LA VIGILIA DE NAVIDAD —24 de diciembre.




  Siendo la fiesta del nacimiento temporal del Salvador del mundo, que vulgarmente llamamos Navidad, de la palabra latina Nativitas que significa nacimiento, una de las más antiguas y más solemnes en la Iglesia, no debe admirarnos el que la vigilia haya sido mirada en todos tiempos como un dia solemne, y como una solemnidad privilegiada. La misa, el oficio, todo se dirige a inspirarnos una gran veneración a este gran dia; y el número de homilías y de discursos de los santos padres dan bastantemente a conocer la devoción con que en todos tiempos han celebrado los fieles la vigilia de Navidad. Se ha podido ver en el dia 14 de agosto, vigilia de la Asunción de la santísima Virgen, el origen y el espíritu de estas vigilias, que se pasaban en la iglesia la noche que precedía a las fiestas solemnes, y que siempre iban acompañadas de ayuno para preparar a los fieles con la oración y la penitencia a celebrar dignamente estas solemnidades. Después la Iglesia ha abolido estas asambleas nocturnas por el abuso que se hacía de ellas muchas veces, y no ha conservado esta costumbre sino en la vigilia de Navidad.

   A la verdad, como el adviento no es otra cosa en el uso y en el espíritu de la Iglesia que un tiempo prescrito antes de Navidad para prepararnos con ejercicios de devoción a hacernos favorable el advenimiento o la venida de Jesucristo, pues esto significa la palabra adviento, se puede decir que todo el tiempo de adviento no es otra cosa que una vigilia de la fiesta de Navidad; así como el tiempo de cuaresma puede llamarse en el mismo sentido la vigilia o preparación para la solemnidad del santo dia de Pascua: este es el espíritu con que tantas órdenes religiosas y tantas personas devotas santifican el tiempo de adviento con el ayuno y con la observancia de muchos ejercicios de religión; pero de todo el tiempo de adviento ningún dia debe ser tan santo como el que precede al nacimiento del Salvador del mundo. La Iglesia le mira como que hace una parte de la celebridad de esta fiesta: el oficio de él le hace doble desde laudes, que quiere decir desde el amanecer, cuando en las otras vigilias el oficio doble no comienza hasta vísperas.

   El espíritu y la intención de la Iglesia en esta institución es mover y llevar los fieles a santificar este dia con todos los ejercicios de devoción que pueden servir de preparación para esta gran fiesta. Antiguamente toda obra servil y todo trabajo corporal cesaba la vigilia de Navidad; después se han contentado las gentes con cerrar los tribunales desde este dia hasta el dia después de Reyes; pero la Iglesia al dispensar en la cesación del trabajo, no ha pretendido dispensarnos de los ejercicios de piedad y de penitencia. Como cuando nació el Salvador fué hacia media noche, la Iglesia destina todo el dia precedente para prepararnos a celebrar este dichoso nacimiento, pedido, deseado y suspirado por tantos siglos.

   Ninguna cosa es más propia para hacernos entrar con el espíritu de la Iglesia en la solemnidad de este dia, que las expresiones tan dulces y tan llenas de consuelo de que se sirve en el oficio de este dia y en la misa. Parece que ha reunido en estos actos de religión cuanto hay en la Escritura de más tierno, de más patético y más capaz de mover, tocante al nacimiento del Mesías. Votos de los santos patriarcas, deseos ardientes y enigmáticos de los profetas, figuras sagradas, acontecimientos misteriosos, símbolos proféticos, todo se reúne el dia de hoy: de todo se hace como un resumen para excitar la confianza, la esperanza y la fe en el corazón de los cristianos; y todo conspira a hacer sentir aquel gozo puro, que hace olvidar las amarguras del destierro a los fieles.

   Hodié scietis, quia veniet Dominus, et salvabit nos, canta la Iglesia en el invitatorio y en el introito de la misa de este dia, et mané videbitis gloriam ejus: Hoy sabréis que vendrá el Señor, y os salvará, y mañana veréis su gloria. Estas palabras, tan llenas de consuelo, las ha tomado la Iglesia del Éxodo. Pueblo de Judea y de Jerusalén, no gimáis ya por vuestro destierro, cesen vuestros lloros y vuestros sustos, mañana tendréis un Salvador que os sacará de esta triste región de llanto: Judea et Jerusalem, nolite timere: cras egrediemini, et Dominus erit vobiscum: Alegraos, pueblos del universo, porque la iniquidad que inunda toda la tierra, se debe borrar mañana por el nacimiento del Salvador del mundo que viene a reinar sobre nosotros; Crastina die delebitur iniquitas terræ, et regnabit super nos Salvator mundi. ¡Qué dicha, Dios mío, y qué gozo! Dominus veniet, el Señor vendrá en persona, salidle al encuentro, diciendo: Dios todopoderoso, Príncipe de la paz, soberano Señor del cielo y de la tierra, cuyo supremo poder y cuyo reino no tendrá jamás fin, como tampoco ha tenido principio. Occurrite, dicentes: Magnum principium, el regni ejus non erit finís: Deus fortis, et dominator princeps pacis. Hasta aquí es la Iglesia la que habla en el oficio de este dia. Finalmente, consolaos porque la dilación no es grande: Crastina erit vobis salus, dicit Dominus exercituum: Mañana, sí, mañana seréis salvos; el Señor es quien lo dice, el Dios de los ejércitos os lo promete.

   Como el dia, según el lenguaje de la Escritura, empieza desde la tarde que le precede: factum est vesperé et mané dies unus: lo que observaba David cuando empezaba también los días que consagraba al servicio de Dios por la tarde del dia antes: vesperé et mané et meridié narrabo, etc., a la tarde, a la mañana y al mediodía cantaré sus alabanzas, le expondré mis miserias, y oirá mis votos; la Iglesia ha guardado siempre este estilo, y en consecuencia de este uso empieza sus fiestas por las primeras vísperas, es decir, desde la tarde, o después del mediodía del dia antecedente, que es la vigilia; y de aquí viene que las segundas vísperas nunca son tan solemnes como las primeras. A vespera usque ad vesperam dies dominica servetur, dice el canon 21 del concilio de Francfort. Las que la Iglesia canta en esta tarde, como que son el principio de la solemnidad de mañana, no nos inspiran menores sentimientos de devoción, de gozo y de confianza.





   Rex pacificas magnificatus est, cujus vultum desiderat universa térra: El rey pacífico, esto es, el supremo Señor del universo, que viene a establecer la paz entre Dios y los hombres, cuya venida esperan con una santa impaciencia todos los verdaderos hijos de Dios para ser librados del yugo del pecado; este Dios, este Salvador ha hecho ostentación de su grandeza en su nacimiento temporal. Magnificatus est rex pacificas super omnes reges universæ terræ: Este Rey pacífico, cuyo nacimiento os parece tan oscuro, es más glorioso en este lugar vil y despreciable, en que, ha querido nacer, que todos los monarcas del mundo en sus soberbios palacios; pues toda la magnificencia de los palacios de los reyes no los saca de la condición de puros hombres; pero la pobreza del pesebre en que el Salvador acaba de nacer, no le quita el que sea el solo verdadero Dios. Completi sunt dies Mariæ, continúa la Iglesia, ut pareret filium suum primogenitum: En fin, llegó el tiempo en que María debía dar al mundo a su Hijo; ya se han cumplido las profecías de Jacob y de Daniel, tocantes al Mesías. Non auferetur sceptrum de Juda, donec veniat qui mittendus est: El reino que habían ocupado los descendientes de Judas había pasado a Herodes Ascalonita, idumeo de nación, y las setenta semanas predichas por Daniel habían espirado; luego el tiempo del nacimiento del Mesías había llegado, y así añade la Iglesia: Scitote quia propé est regnum Dei: Amen dico vobis, quia non tardabit: Sabed que el reino de Dios está cerca; en verdad os digo que no tardará, pues el Salvador, el verdadero Hijo de Dios, el verdadero Mesías debe nacer dentro de pocas horas: ¿con qué sentimientos de religión, de gozo, de amor y de respeto no debemos prepararnos y disponernos para recibirle? ¿hay en todo el año dia más digno de la devoción de los fieles? En fin, para excitar a los fieles a que aviven sus votos, su piedad y sus ansias para que venga el Salvador del mundo, clama la Iglesia al acabar el oficio de este dia: Levantad vuestras cabezas, mirad que se acerca vuestra redención: Levate capita vestra: ecce appropinquat redemptio nostra.


   ¡Buen Dios, y cuántos preparativos para el nacimiento de un príncipe! no se hacen tantos para el de Jesucristo: a los fieles toca indemnizarle hoy de la indiferencia, del olvido, y también del menosprecio que se hizo de él aun antes que naciera; pues la santísima Virgen, su madre, y san José, que llegaron a Belén la tarde de este dia, no hallaron en todos los mesones y hospicios de la ciudad un rincón en que alojarse: una vieja majada fuera de la ciudad, que servía de establo a las bestias, fué el solo alojamiento que pudo escoger el dueño soberano del universo. Es fácil imaginar cuáles fueron los sentimientos interiores de María, su divina madre, todo el tiempo que aguardó la hora de su parto.


   Este dia ha sido en todos tiempos un dia privilegiado y célebre en toda la Iglesia: en muchas partes era dia de fiesta, a lo menos después de mediodía, o desde las primeras vísperas. Después se ha contentado la Iglesia con prohibir este dia todo negocio forense, y hacerle por la tarde fiesta de consejo.


    San Agustín quiere que se santifique el domingo y las fiestas, como Dios lo había mandado antiguamente respecto del sábado, desde las primeras vísperas hasta la tarde del dia siguiente, empleando la noche y el dia en alabar a Dios, y asistiendo a las vísperas y a las vigilias; y si no se puede acudir a la iglesia, añade el mismo padre, a lo menos empléese cada uno en su casa en ejercicios de piedad durante la noche; pero por el día nadie deje de oír misa. ¡Qué indignidad, o por mejor decir, qué vergüenza estarse en casa mientras los demás están en la iglesia! Hasta aquí san Agustín. Y a la verdad, cuando se abolieron las vigilias públicas que se hacían en las iglesias por los abusos y desórdenes que se cometían con ocasión de estas devociones nocturnas, no se dispensó a los fieles de la obligación de rogar a Dios más tiempo, de ayunar y de emplear una parte de la vigilia en ejercicios de devoción y en buenas obras.


   La vigilia de Navidad es la única que la Iglesia ha conservado sin innovar nada; la solemnidad del dia, la grandeza y la santidad del misterio pedían esta distinción. Pero ¡qué impiedad si se profanara un tiempo tan sagrado con introducciones irreligiosas! ¡y qué delito no sería profanar con disoluciones é irreverencias, enteramente paganas, la sola vigilia de todo el año que la Iglesia ha querido hacer pública, y el tiempo en que nació Jesucristo!; ¡Cuántos, después, de haber llenado el estómago de viandas y de vino en una colación en que la tolerancia de los prelados permite tomar alguna cosa de más en señal de alegría, o en atención al mayor trabajo que se tiene esta noche en la iglesia; cuántos de estos, digo, después de haber hecho de la colación una espléndida cena, van después al templo a dormir, á bostezar, y aun a vomitar; mientras los demás están dando gracias a Dios, por el beneficio grande que les acaba de hacer de venir a vivir entre los hombres después de haberse hecho hombre!



AÑO CRISTIANO
POR EL P. J. CROISSET, de la COMPAÑÍA DE JESÚS. (1864).

miércoles, 11 de diciembre de 2019

SAN DÁMASO, papa. (+ 384). — 11 de diciembre.




   El doctísimo y santísimo pontífice san Dámaso fué español de nación; algunos piensan que fue natural de Tarragona; otros que fué de Madrid, y en la iglesia de San Salvador de esta villa hay una inscripción que lo dice.



   Fué muy insigne pontífice y muy alabado de los escritores de su tiempo. Teodoreto dice que le llamaban «varón admirable digno de toda alabanza y que resplandecía en toda virtud.»

   San Jerónimo, su secretario y grande amigo, dice que «fué virgen limpio y sin mancilla».

   San Ambrosio, «que fué elegido por juicio divino»; y en el sexto concilio diamante de la Fe, por la gran firmeza con que la defendió de los herejes.

   Sucedió en el pontificado a Liberio papa, cuyo vicario y presbítero había sido.

   Hubo en tiempo de este santo pontífice muchos herejes que con nuevas y falsas opiniones turbaban la paz de la Iglesia católica, especialmente en las provincias de oriente: y para cortarlas de raíz persuadió san Dámaso al grande y religiosísimo emperador Teodosio, que también era español, que se juntase concilio general en Constantinopla; y así se hizo, y todos los obispos unánimes confesaron la fe del concilio Niceno, y condenaron a Macedonio y otros herejes.




   Hizo después el emperador Teodosio, en compañía de los emperadores Graciano y Valentiniano, una ley que mandaba que todos los súbditos de su imperio siguiesen la religión que enseñó san Pedro en Roma, y el pontífice Dámaso seguía.

   Edificó san Dámaso dos templos, uno dentro de la ciudad de Roma en honra del invictísimo mártir san Lorenzo, y otro fuera de la vía Ardeatina en las catacumbas, y le enriqueció con varios y ricos dones.



   Halló muchos cuerpos de mártires, cuyos sepulcros ilustro con versos elegantes.
   Se sirvió de san Jerónimo para responder a las dudas y consultas de todas las iglesias de la cristiandad, que acudían a la sede apostólica, y le estimó y le honró tanto por su excelente sabiduría y santidad, que él mismo, siendo sumo pastor y maestro de toda la Iglesia, como si fuera su discípulo, le proponía las dificultades que tenía en la sagrada escritura, para que él se las declarase.

   Dio autoridad a la traslación del Viejo Testamento que el santo doctor había hecho, habiéndose usado comúnmente en la Iglesia, hasta aquel tiempo, la de los Setenta intérpretes.  

   Finalmente, habiendo gobernado santísimamente la nave de san Pedro diez y ocho años comenzados, y siendo ya de edad de ochenta, lleno de virtudes y merecimientos, pasó de esta vida temporal a la eterna.

   En vida restituyó la vista a un ciego que hacía trece años que estaba sin ella, y después de muerto este santo Papa obró el Señor por él muchos milagros.



Reflexión: Si fué virgen y limpio de corazón, como lo afirma san Jerónimo, su íntimo amigo y secretario, no tienes que preguntar ni por su celo en propagar la fe, ni por su firmeza en defenderla.

   Lo que debilita al hombre, y hasta acaba con sus fuerzas así espirituales como corporales, son los vicios.

   De ellos se ha dicho sabiamente que son la polilla del alma y del cuerpo.

   Si te encanta esa energía del santo (¿a quién no encanta virtud tan excelente?), ya sabes el secreto.

   La limpieza del corazón aumentará tu valor. 

   Al paso que hombres al parecer vigorosos, decaen de ánimo ante obstáculos que sólo tienen el nombre de tales, uno dado a la virtud, romperá fácilmente por todos ellos y saldrá adelante en las empresas de la gloria de Dios.




Oración: Oye, Señor, nuestras oraciones, y por intercesión del bienaventurado Dámaso, tu confesor y pontífice, otórganos benignamente el perdón de nuestras culpas y la paz de nuestras almas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA