miércoles, 1 de julio de 2026

EL MES DE JULIO, DEDICADO A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE JESUCRISTO.

 






Oh Señor, nos has redimido en tu Sangre, de toda tribu, y lengua, y pueblo, y nación, y has hecho de nosotros un reino para nuestro Dios. (Apoc. 5 9-10)


   La Iglesia dedica todo el mes de julio al amor y adoración de la Preciosísima Sangre de nuestro Salvador Jesús. Justo es que adoremos en la santa humanidad de Cristo, con un culto especial, aquellas partes que son más significativas de algún misterio o perfección divinas; y así honramos:


SU CORAZÓN: para dar culto a su Amor infinito; 




SUS LLAGAS: para dar culto a sus dolores y a su Pasión;




SU SANGRE: para dar culto al precio de nuestra Redención. 





    Sin embargo, este culto a la Sangre del Salvador reviste en el mes de julio, y en la fiesta con que este mes comienza, un carácter festivo. Ya en el Jueves Santo habíamos celebrado la institución de la Eucaristía, y en el Viernes Santo la Sangre de Cristo derramada por nosotros; pero el acento de la celebración estaba centrado en los sentimientos de dolor, de compunción, de contrición. La Iglesia vuelve luego a dar culto a la Sagrada Eucaristía en la fiesta del Corpus Christi, y también a la Pasión y Sangre del Salvador, pero haciendo más hincapié en los sentimientos de alegría y de triunfo.

   Por este culto agradecemos a Nuestro Señor la Redención como una victoria ya obtenida, y nos gozamos y alegramos de vernos entre el número de los redimidos, de los que han sido lavados en la Sangre del Cordero. Y damos culto de latría a la Sangre del Redentor, reconociéndole especialmente una virtud salvadora, como se ve:


• En las letanías de la Preciosísima Sangre, en las que a cada invocación se responde: Salva nos.

• En la epístola de la fiesta de la Preciosísima Sangre, que dice así: «Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de la vaca roja, santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la Sangre de Cristo, que por el Espíritu Santo se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!».


1º Figuras del poder salvador de la Sangre de Cristo.


   Una hermosísima figura del poder salvador de la Sangre de Cristo la tenemos en el Cordero Pascual. Había mandado Dios a Moisés que castigase a Egipto con diez plagas: la décima era la muerte de todos los primogénitos de Egipto. Pero ¿cómo hacer para que el ángel exterminador no diese muerte también a los hebreos? Dios mandó a Moisés que cada familia reservara un cordero, lo inmolara, y con su sangre tiñera el dintel de las puertas de los hebreos; y con eso el ángel exterminador pasaría de largo, y no daría muerte a las casas en cuya entrada viese la sangre del cordero.


¿Qué dices, Moisés? –Se pregunta San Juan Crisóstomo en los Maitines de la fiesta de la Preciosísima Sangre–: ¿Acaso la sangre de un simple animal puede salvar a un hombre?
No, no tiene esa eficacia por ser sangre de animal, sino por ser figura de la Sangre de Cristo; del mismo modo que entre nosotros una efigie, una insignia o una bandera, tienen eficacia, no por lo que son en sí mismos, bronce, o tela, o color, sino por lo que figuran y significan.


   Figura del poder salvador de la sangre de Cristo fue también el paso del Mar Rojo. Después de salir de Egipto, los hebreos se vieron perseguidos por el ejército de Faraón; entonces Moisés, por orden de Dios, abrió en dos las aguas del Mar Rojo, e hizo pasar a través de ellas al pueblo hebreo. Uno era el pueblo que entraba, esclavo de Faraón, y otro era el que salía, libre de la esclavitud; pues al entrar el ejército de Faraón en pos de Israel, Moisés cerró de nuevo las aguas, y todos los egipcios fueron ahogados. En todo ello se figuraba el poder de la Sangre de nuestro divino Salvador, en la cual fuimos sumergidos y merced a la cual perecieron todos nuestros pecados, quedando entonces libres del poder del demonio.

   Finalmente, figura de la eficacia salvadora de la sangre de Cristo fue el arca de Noé. Escuchemos cómo lo comenta San Agustín en los Maitines de la fiesta de la Preciosísima Sangre:


«Vemos una figura de este misterio en la orden que recibió Noé de abrir en un lado del arca una puerta por donde pudieran entrar los animales que debían salvarse del diluvio, y que representaban a la Iglesia. En vista de este mismo misterio, la primera mujer fue formada del costado de Adán mientras éste dormía, y fue llamada “vida” y “madre de los vivientes”… Vemos aquí al segundo Adán durmiéndose sobre la cruz, después de inclinar la cabeza, para que se formara su esposa con la sangre y agua que manaría de su costado durante su sueño. ¡Oh muerte, que se convierte para los muertos en principio de resurrección y de vida! ¿Puede haber algo más puro que esta sangre, ni más saludable que está herida?»


Empalmando con esta misma idea, prosigue San Juan Crisóstomo:


« ¿Deseas descubrir otra virtud de esta sangre? Sí, ciertamente. Considera, entonces, dónde empezó a derramarse y de qué fuente manó. Empezó a brotar en la cruz; y tuvo su fuente en el costado del Señor. Porque –dice el Evangelio– habiendo muerto el Señor, y mientras pendía aún de la cruz, acercándosele un soldado, le hirió en el costado, del cual salió al momento agua y sangre… Aquella agua y aquella sangre simbolizaban el Bautismo y la Eucaristía. Con ellas, en efecto, se fundó la Iglesia, por la regeneración del agua y la renovación del Espíritu Santo: por el Bautismo, repito, y la Eucaristía, que parecen haber salido de aquel costado. Del costado de Jesucristo se formó, pues, la Iglesia, así como del costado de Adán fue formada Eva, su esposa. San Pablo da testimonio de este origen, cuando dice: “Nosotros somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos”, aludiendo al costado de Jesucristo. Así, pues, como Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, destinadas a la Iglesia, como elementos reparadores».





2º Nuestra Redención exigió el derramamiento de la Sangre de Cristo.


   Para que todas estas figuras del Antiguo Testamento se realizaran en Nuestro Señor Jesucristo, y la Iglesia naciera efectivamente del costado de Cristo, y sus miembros fueran liberados y purificados por tan preciosa Sangre, el Padre le mandó hacerse hombre y, para redimirnos de nuestros pecados, le exigió el derramamiento de toda su Sangre como expiación por nuestros pecados. Es éste un punto importante de nuestra fe, que la fiesta de la Sangre de Cristo expresa claramente, así como la devoción a la Preciosísima Sangre que la Iglesia quiere inculcarnos durante el mes de julio:


«Omnipotente y sempiterno Dios, que constituiste a tu unigénito Hijo Redentor del mundo, y quisiste aplacarte con su Sangre; haz que veneremos el precio de nuestra salvación con solemne culto, y que por su virtud seamos librados en la tierra de los males presentes, y gocemos en el cielo del fruto sempiterno».


   Punto importante, decimos, porque hoy en día se niega. Los partidarios de la “Nueva Teología” rechazan con desdén la doctrina de la Iglesia de la satisfacción vicaria de Cristo, esto es, que la justicia de Dios haya reclamado la expiación completa del pecado, razón por la cual Cristo, sustituyéndonos en virtud de la caridad, ofreció al Padre una expiación completa por el derramamiento de su Sangre en la Cruz.


   Recordar, a través de esta fiesta, que Cristo nos redimió, y que el precio de la Redención fue su preciosísima Sangre, es recordarnos el carácter sacrificial de la muerte de Cristo, y el carácter sacrificial de la santa Misa, y el carácter sacrificial de nuestra propia vida cristiana. Es el misterio de Jesús, y de Jesús crucificado, que vuelve a ser, como en tiempo de San Pablo, escándalo para los gentiles, y necedad para los judíos.


   Y eso por muchos motivos misteriosos, que sólo conoceremos perfectamente en el cielo, pero entre los cuales podemos ya entrever tres:
2

1º El primero, para mostrarnos la grandeza de su amor: «En eso se manifiesta el amor de Dios para con nosotros, que siendo nosotros aún sus enemigos, mandó a su Hijo a morir por nosotros, para que en su Sangre pudiésemos ser salvos» (Rom. 5 8-9). En la sangre está la vida; y la vida es lo más que podemos dar por otros.

2º El segundo, para mostrarnos el valor de nuestra alma: «No habéis sido comprados con oro ni con plata corruptibles, sino con la Sangre de Cristo, Cordero inmaculado» (I Ped. 1 18-19); «habéis sido comprados a gran precio: glorificad y llevad a Dios en vuestros cuerpos» (I Cor. 6 20).

3º El tercero, para mostrarnos la malicia del pecado, que exigió de Cristo una muerte tan sangrienta y cruel.

1



3º Cómo se nos aplica el valor salvador de la Sangre de Cristo.

   La Sangre de Cristo es, pues, el precio de nuestro rescate, precio que Cristo pagó a su Padre para abolir la tiranía que el demonio ejercía sobre las almas. La Sangre derramada de Cristo tiene ante el Padre tanto valor, que por sus merecimientos quedan expiados todos nuestros pecados y destruido el imperio del demonio sobre nosotros. Estos merecimientos de la Sangre de Cristo se nos aplican especialmente por medio de tres sacramentos:


1º El primero es el Bautismo, que, como hemos visto, nos sumerge en la Sangre de Nuestro Señor y ahoga todos nuestros pecados.
2º El segundo es la Penitencia, que lava en la Sangre de Nuestro Señor las culpas en que hayamos podido caer después del Bautismo.
3º El tercero es la Eucaristía, que nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo a fuerza de comida y bebida verdaderas de nuestras almas.





Conclusión.


   De este modo todos los cristianos somos realmente los hijos de la Sangre de Cristo, y así lo cantaremos eternamente –Dios lo quiera– en el cielo:


«Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu Sangre a hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra» (Apoc. 5 9-10). «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Apoc. 4 11). «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida; y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos» (Apoc. 7 14-17).



“HOJITAS DE FE”
Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
Moreno, Pcia. de Buenos Aires.

domingo, 28 de junio de 2026

VIGILIA DE LOS SANTOS APÓSTOLES, PEDRO Y PABLO —28 DE JUNIO.

 


TESTIMONIO DE JUAN Y DE LOS APÓSTOLES. 


— Juan Bautista, puesto en el límite de los dos Testamentos, cierra la era profética en que reinaba la esperanza, y comienza la era de la fe que posee, sin verle en su divinidad, al Dios por tanto tiempo esperado. Por eso, antes de que termine la Octava en la que celebramos a S. Juan, la confesión apostólica se va a unir con el testimonio dado por el Precursor del Verbo luz. Mañana, todos los ecos de los cielos repetirán la palabra que Cesarea de Filipo oyó la primera:

   “Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo”; y Simón, hijo de Juan, por haber pronunciado el oráculo, será puesto como base de la Iglesia. Mañana morirá, sellando con su sangre su declaración gloriosa; pero sobrevivirá en los Pontífices romanos, para guardar íntegramente el precioso testimonio, hasta el día en que la fe dé lugar a la visión eterna.

   Asociado a los trabajos de Pedro, el Doctor de los gentiles compartirá su triunfo; y Roma, más deudora a sus dos príncipes que a los guerreros que sojuzgaron el mundo, verá que su doble victoria afirma para siempre sobre su augusta cabeza la diadema de la realeza de las almas.


PREPARACIÓN A LA FIESTA DE MAÑANA.


Regocijémonos y, juntamente con la Iglesia, preparemos nuestros corazones mediante la celebración litúrgica de esta Vigilia, procurando suplir con el espíritu las austeridades de otros tiempos, que la Santa Iglesia, piadosa Madre, no ha creído oportuno exigirnos a nosotros. Pensemos que el rigor que sabe imponerse un pueblo en determinados días de preparación, es una señal de que conserva la fe; con ello manifiesta que comprende la grandeza del objeto que la Liturgia propone a su culto. Nosotros, cristianos de Occidente, cuya gloria delante de Dios y de los hombres son Pedro y Pablo, fijémonos en la Cuaresma que los griegos cismáticos comienzan al día siguiente de las solemnidades pascuales, en honor de los Apóstoles, y que no termina hasta hoy. El contraste será tal, que nos hará dominar las inclinaciones de una molicie, en la que la ingratitud tendría no poca parte. Por lo menos, procuremos compensar con fervor, con acciones de gracias y amor, las privaciones que tantas Iglesias han conservado, a pesar de su separación de Roma.





  

“AÑO LITURGICO”
DOM PROSPERO GUÉRANGER
Abad de Solesmes.

miércoles, 24 de junio de 2026

LA NATIVIDAD de SAN JUAN BAUTISTA. (6 meses antes de J.) — 24 de junio.

 


El nacimiento del gloriosísimo Precursor de Cristo, san Juan Bautista, cuya festividad celebra la Iglesia con tanto gozo y regocijo, refiere el mismo sagrado Evangelio por estas palabras:    


   «Entretanto le llegó a Elisabeth el tiempo del alumbramiento y dio a luz un hijo. Tuvieron noticia sus vecinos y parientes de la gran misericordia que Dios le había hecho, y se congratulaban con ella. El día octavo del nacimiento, vinieron a la circuncisión del niño, y le llamaban con el nombre de su padre Zacarías; pero su madre no lo consintió y dijo: ‘No: en ninguna manera; sino que se ha de llamar Juan’.


  Le replicaron: ‘¿No ves que nadie hay en tu parentela que tenga ese nombre?’ Y preguntaban por señas al padre del niño cómo quería que se llamase.

Entonces, pidiendo él la tablilla de escribir, escribió así: ‘Juan es su nombre’. 


‘Juan es su nombre’. 



Se maravillaron todos; y en aquel instante se le abrió a Zacarías la boca y se le desató la lengua, y comenzó a hablar, bendiciendo a Dios. Con lo que un santo temor se apoderó de todas las gentes comarcanas, y se divulgó la noticia de esos extraordinarios sucesos por todo el país de las montañas de Judea, y cuantos los oían, los ponderaban en su corazón, y se decían unos a otros: ‘¿Quién pensáis que ha de ser este niño?’ 

ZACARÍAS Y SANTA ISABEL.


    

   Porque en verdad se ostentaba en él admirablemente la poderosa mano del Señor. Sobre todo esto su padre Zacarías fué lleno del Espíritu Santo, y profetizó diciendo: ‘Bendito sea el Señor Dios de Israel; porque se ha dignado visitar y redimir a su pueblo. Ya nos ha suscitado un poderoso Salvador en la casa de David su siervo; según lo tenía anunciado por boca de sus santos profetas, que vaticinaron en todos los tiempos pasados; a fin de librarnos de nuestros enemigos y de las manos de aquellos que nos odiaban; usando misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza y del juramento con que prometió a nuestro padre Abraham que nos otorgaría la gracia de que, libertados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor todos los días de nuestra vida. Y tú, ¡oh niño! tú serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos; enseñando a su pueblo la ciencia de la salvación para que obtenga la remisión de los pecados por las misericordiosas entrañas de nuestro Dios, con que nos ha visitado de lo alto del cielo, amaneciendo cual sol naciente para alumbrar a los que están de asiento en las tinieblas y en las sombras de la muerte, y enderezar nuestros pasos por las sendas de la paz’(EVANG. S. Luc. 1).





   Reflexión: Se cumplieron maravillosamente a la letra todas las profecías que había hecho el arcángel san Gabriel. Nació el dichoso niño de padres ancianos y estériles; se llamó Juan que quiere decir “gracia”, y de gracia fué colmado desde que la Virgen visitó a su prima santa Elisabeth, y redundó aquella plenitud de gracia en el santo anciano Zacarías, que juntamente con el uso de la lengua recibió tan alto don de profecía. 





   ¡Qué divinas son las palabras que habló a su infante recién nacido llamándole Profeta del Altísimo, y Precursor del Mesías deseado!

   Celebremos pues también nosotros con júbilo de nuestras almas tan alegre nacimiento disponiéndonos a recibir la gracia de Cristo anunciada por san Juan, que fué el más grande y glorioso de los profetas.



   
   Oración: ¡Oh Dios! qué hiciste este día tan solemne para nosotros por el nacimiento de san Juan Bautista, concede a tu pueblo la gracia de los espirituales regocijos, y endereza las almas de todos por el camino de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

SAN JOSE CAFASSO, PRESBÍTERO (1811 - 1860) —23 de junio.

º



   Entre los diversos aspectos que presenta la vida de este apóstol de Turín, consideraremos especialmente su apostolado de caridad con los desgraciados, los presos y los condenados a muerte. Es su fisonomía espiritual y, por entenderlo así, hasta en los mármoles de su tumba ha sido representado San José Cafasso rodeado de encarcelados que le presentan sus manos cargadas de cadenas. Es que detrás de la envoltura material de los cuerpos veía las almas por las cuales se desvelaba, como lo hacía su compatriota San Juan Bosco. 

   José Cafasso vino al mundo el 15 de enero de 1811 en Castelnuovo de Asti, en la diócesis de Turín. Sus padres eran piadosos y honrados. El cuerpo del niño era enteco, enclenque y algo jorobado; pero su alma era bella; su inteligencia, clara; su piedad, encendida. Siendo aún pequeñito, su mayor placer era ayudar a misa, y lo hacía con tal asiduidad y tan gran devoción, que todos le conocían con el nombre de il Santino, el Santito.

   Desde la infancia se distinguía —dice San Juan Bosco— por su gran amor al retiro e irresistible inclinación a las obras de caridad. Se industriaba de mil maneras para poder dar limosnas; se privaba de toda diversión agradable; renunciaba aún a las cosas más necesarias en favor de los indigentes, a los que amaba ya de todo corazón. A veces hacía de predicador juntando en un sitio determinado algunos parientes y amigos suyos para hablarle de Dios, distinguiéndose estos sermones improvisados por su amable piedad y por la unción conmovedora que en los mismos se transparentaba.

   Estudió Retórica y Filosofía en la ciudad de Chieri, donde fué considerado como un nuevo Luis Gonzaga por su recogimiento, por su piedad y, principalmente, por su pureza angelical. Ya desde entonces se manifestaban las virtudes de mansedumbre y sencillez que más tarde habían de caracterizar su apostolado.

2




PRIMEROS AÑOS DE APOSTOLADO



   En 1826 se despojó de los vestidos mundanos y cubrió su cuerpo con las bayetas estudiantiles, ingresando en el seminario de Chieri, donde en poco tiempo llegó a ser el modelo de sus compañeros, los cuales tenían tal concepto de la santidad de José, que, aunque con notoria impropiedad, solían decir: «José Cafasso no ha contraído el pecado original». Investido del cargo de prefecto, que le daba cierto ascendiente y le confería alguna autoridad sobre sus compañeros, cumplió su cometido con tacto, celo y humildad admirables. Del seminario de Chieri pasó al de Castelnuovo, para acabar sus estudios con el párroco de dicha población.

   El día 21 de septiembre de 1833 vio colmados sus más ardientes deseos al ser elevado al sacerdocio. Una vez ordenado fué a vivir a Turín para prepararse, con estudios complementarios, al sagrado ministerio de las almas por el que sentía irresistible atractivo.

   Ya en aquel tiempo existía en Turín una especie de seminario Superior, el «Convictorio eclesiástico», en el cual los sacerdotes recién ordenados de la provincia de Turín suelen pasar uno o varios años para perfeccionarse, mediante ejercicios prácticos, en la Teología Moral antes de consagrarse de lleno a los ejercicios de su ministerio. Esta institución, obra del canónigo Guala, data de los primeros años de reorganización religiosa, moral y social que siguió a la caída del imperio napoleónico: estaba destinado sobre todo a precaver al clero joven contra novedades filosóficas y teológicas que a la sazón se extendían por Italia y otras partes de Europa.

   Conducido por las manos de la divina Providencia, José Cafasso llamó a la puerta del Convictorio eclesiástico, que entonces se hallaba junto a la iglesia de San Francisco de Asís y que más tarde fué trasladado a las dependencias de la Consolata, en donde se halla actualmente. El fundador mismo de la institución le recibió con toda afabilidad, el día 28 de enero de 1834.

   Tres años de constantes estudios y de continuada oración prepararon a Cafasso, no sólo a las pruebas de un examen brillantísimo para las licencias de confesión, sino que le hicieron muy competente, tanto que el canónigo Guala le escogió para coadjutor suyo en la enseñanza. Nombrado viceprefecto de las conferencias morales, tomó posesión de esta cátedra en 1837, divulgándose muy pronto por toda la diócesis de Turín que un sacerdote sabio y santo ocupaba la cátedra de moral.

   Por espacio de veintidós años, ya como coadjutor del canónigo Guala, ya como sustituto, ya finalmente como sucesor suyo, José Cafasso no cesó, en sus conferencias morales, de combatir al jansenismo y al regalismo; ayudado del socorro de lo alto, lo hizo con tanta energía que, al morir, había conquistado los laureles de una victoria completa.

   Si con su doctrina supo atraerse la admiración de sus mismos adversarios, con su bondad, mansedumbre de carácter y santidad de vida supo ganarse los corazones. Su palabra persuasiva y reposada logró poner fin, como por arte de encantamiento, a la ojeriza que existía entre los partidarios de las diversas escuelas; y así se vio cómo los profesores rigoristas, al ver el abandono en que los dejaban sus alumnos, se adhirieron al criterio ortodoxo de Cafasso cuyas conferencias escuchaban con creciente interés e íntima satisfacción y provecho, pues admitieron al fin sin reserva sus doctrinas.
-



RECTOR  DEL CONVICTORIO



   A la muerte de Guala, acaecida en 1848, José Cafasso fué elegido rector del Convictorio y de la iglesia de San Francisco de Asís. Se portó con sus alumnos más como padre que como superior, infundiéndoles el espíritu de piedad y de celo que él poseía en tan alto grado.

   El virtuoso rector predicaba más con el ejemplo que con la palabra: para acudir a los ejercicios de comunidad era siempre el primero y para recibir los honores, el último. Nunca fué posible saber las horas en que daba comienzo o terminaba su breve descanso; lo cierto es que, cuando los estudiantes se reunían para rezar las oraciones de la mañana, el rector ya estaba en la capilla y había celebrado el Santo Sacrificio de la Misa. Cumplía escrupulosamente los ejercicios y observancias que prescribían los reglamentos de la Venerable Orden Tercera Franciscana, de la que era miembro; en el refectorio se sentaba en el primer puesto libre que encontraba, y guardaba una abstinencia tan rigurosa, que rayaba en lo heroico: al mediodía tomaba un poco de sopa y un plato que nada tenía de suculento ni abundante; su cena se fué reduciendo gradualmente a un plato de sopa, luego a algunos bocados de pan con medio vaso de vino para ayudar al trabajo de la digestión y, finalmente, a un ayuno completo.

   Por muchas que fueran sus ocupaciones y trabajos apostólicos, nunca faltó al Rosario que se rezaba en común. Era realmente admirable el fervor con que inculcaba en sus discípulos las prácticas de devoción, tales como el Rosario, la frecuencia de Sacramentos y demás ejercicios piadosos que entonces se veían tan menospreciados por los secuaces del jansenismo. Uno de los temas favoritos de sus enseñanzas era el tesoro de las indulgencias, sobre cuyo valor y eficacia todavía adoctrinaba estando en el lecho de su muerte. Destruía una por una las falsas interpretaciones de los textos bíblicos, tan buscadas y apreciadas por los rigoristas para infundir terror; pronunciaba con tal piedad la palabra «cielo» que fluía constantemente de sus labios, que las almas fuertes se sentían excitadas a obrar el bien, y las débiles, fortalecidas. El pensamiento del cielo era aguijón que le impulsaba a sacrificarse sin descanso y con alegría, sin dejarse abatir por las contrariedades y tribulaciones que ponían trabas al ejercicio de su celo: «Trabajemos, trabajemos ahora, ya descansaremos en el cielo; un rincón de paraíso todo lo suaviza y adereza»; éste era su optimismo cristiano.





ESPÍRITU DE SAN JOSÉ CAFASSO


   Cuanto tuvieron ocasión de tratar a los sacerdotes de la provincia eclesiástica de Turín al final del siglo XIX y principios del actual quedaron admirados de su celo, de su piedad, de su ciencia teológica y del cariño que a las ceremonias litúrgicas y a las solemnidades religiosas demostraban.

   Parecía que todo el esfuerzo de su alma convergía en un sólo punto: ser únicamente hombres de iglesia. Nada más cierto: con frecuencia se veían sacerdotes venerables encanecidos en el servicio de Dios ejerciendo las funciones de acólitos y turiferarios, o desempeñando el cargo de maestro de ceremonias.

   Es indudable que este espíritu del clero de Turín es debido en gran parte a su maestro José Cafasso que daba ejemplo constante, ayudando él mismo al sacerdote durante el Santo Sacrificio y logrando con sus ejemplos y exhortaciones que sus discípulos tuviesen por grande cualquier servicio prestado al Rey de los reyes.

   Tenía Cafasso un gran espíritu de celo y de caridad. Los actos de su vida nos lo demuestran evidentemente; aquí nos limitaremos a señalar la gran parte que tuvo en la fundación de las magnas empresas de caridad, legítimo orgullo de la populosa Turín que con justicia se gloria de encerrar en su seno valiosas e inmensas fundaciones donde se cumplen a la perfección las obras de misericordia. La Piccola Casa (casita) de la Providencia fundada por San José Benito Cottolengo y que es un milagro permanente de la Providencia que cuida de sus hijos y de la caridad de los hombre para con sus hermanos menesterosos, podría hablar elocuentemente de la repetidas larguezas de San José Cafasso. También el Oratorio salesiano de San Juan Bosco fué sostenido por las limosnas de Cafasso, de tal manera que, si el fundador de los Salesianos tuvo valor para continuar hasta el fin su obra, fué debido en gran parte a que Cafasso, su confesor y director, no cesó un solo momento de animarle y ayudarle a proseguir su labor, a pesar de las muchas dificultades y pruebas terribles que tuvo que soportar.

   Poseía un espíritu de mansedumbre y bondad similar al de San Francisco de Sales. En el confesonario tenía la precaución de no importunar al penitente inquiriendo pormenores meticulosos que turban más que enseñan.

   «Prefiero —decía— pecar por defecto que por exceso en asunto tan delicado. »

   Este espíritu suyo lo inculcaba a los alumnos del Convictorio. Cada año terminaban los estudios un promedio de cuarenta sacerdotes, que penetrados del espíritu de su superior, lo irradiaban con apostólico celo por las vastas y fértiles llanuras del Piamonte, llevando la semilla de la gracia divina doquiera se les destinaba y depositándola en los pueblos que les eran confiados. Cuando más tarde se introdujo el proceso de beatificación de Cafasso, todos los testigos confesaron unánimes que la virtud predominante del siervo de Dios era «la confianza en Dios».

   Además de las luchas contra las máximas jansenistas, se confió a nuestro biografiado otra delicada misión que en aquellos tiempos de rebelión del liberalismo contra Roma era de gran- trascendencia: la de reducir las almas, principalmente las sacerdotales, a entera obediencia y adhesión filial al Jefe supremo de la Iglesia. En el cumplimiento de esta misión predicaba siempre la misma idea, que luego fué repetida por todo el clero del Piamonte: «Quien quiera estar con Dios, debe estar con el Papa.»



EL APÓSTOL


   José Cafasso no sólo fué maestro y director, sino principalmente apóstol. Se pasaba casi toda la mañana en el confesonario, pues era rarísimo el día que lo dejaba antes de las diez. Sólo Dios conoce el bien inmenso que desde el santo tribunal obraba: sacerdotes, nobles, burgueses, gente del campo, todos acudían a él para recibir consejo, dirección, fuerza y asistencia espiritual.

   El mismo arzobispo de Turín Monseñor Fransini, le consideraba como su mejor consejero, y cuando, obedeciendo órdenes del gobierno piamontés tuvo que abandonar su diócesis y salir para el destierro, recomendó a su vicario general que se condujera en todo siguiendo los consejos de José Cafasso.

   Para salir airosos en los negocios de su administración, difícil por las circunstancias de los tiempos, gran número de obispos le fueron a consultar también, y la mayoría de los personajes de la capital de la archidiócesis le daban el nombre de Padre. La marquesa de Barolo, tan célebre por sus inmensas caridades como por la hospitalidad que dio a Silvio Péllico, se dirigía a Cafasso como a un guía experimentado. Ya hemos visto cómo San Juan Bosco recibió inyecciones de entusiasmo, en medio de sus dificultades, de parte de su colega del Convictorio; pero no es esto sólo, pues el mismo Cafasso fué quien, inspirado por Dios, hizo conocer a dicho Santo —a quien sirvió en el altar el día en que celebró su primera Misa, el domingo de la Trinidad del año 1841— la vocación a que estaba llamado; después no cesó de dirigirle y animarle a perseverar, ya con sus consejos, ya con sus larguezas. No es de extrañar, pues, que el insigne bienhechor de la juventud y de la clase obrera atribuyese a su consejero el fruto º5de sus altas empresas: con frecuencia repetía: «Si algo bueno he hecho, al reverendo José Cafasso lo debo». Si la nobleza de Turín pudo mantener incólume el honor del catolicismo es debido a que contó siempre con este director tan experimentado para aconsejarse y dirigirse.





AMIGO DE LOS ENFERMOS Y DE LOS PRESOS


   El celo apostólico de Cafasso era como un fuego que todo lo consumía; no contento con los estrechos límites de la iglesia y del Convictorio de San Francisco de Asís, buscó más dilatado horizonte y se extendió muy pronto por toda la ciudad: sus diarias visitas a los enfermos dulcificaban sus padecimientos; alejaba de ellos el temor de la muerte y muchas veces llegaba hasta infundirles deseo de morir, haciendo penetrar en su alma un rayo de la esperanza celestial de que se hallaba poseído tanto su espíritu como su palabra. Cuando la conversión de un enfermo parecía desesperada bastaba acudir a Cafasso y se podía tener la seguridad de que el demonio seria vencido. Lejos de solicitar recursos, a veces los rehusaba, suplicando a las personas caritativas que los distribuyeran ellas mismas. Sin embargo, los pobres le asaltaban tanto en su casa como en la calle y, con frecuencia, él mismo subía a las buhardillas para dejar en manos de los necesitados el alivio de sus limosnas.

   El campo privilegiado que más frecuentemente recibió la lluvia benéfica de sus sudores y de su caridad fueron las cárceles. Se hizo miembro de los Cofrades de la Misericordia para ejercer su apostolado con los presos, especialmente con los condenados a muerte, y le cupo el consuelo de que sobre sesenta y ocho asistidos por él en el trance del último suplicio, ni uno solo murió impenitente. Le parecía tan meritoria la aceptación voluntaria de la muerte, que obtuvo de Roma una indulgencia plenaria que puede ganarse de antemano para esta hora, concedida al rezo de una fórmula de aceptación de la muerte; este favor, que al principio se restringió a un número limitado de personas, la extendió Pío X a todos los fieles del universo.

   Cuando algún desgraciado era condenado a muerte, José Cafasso reivindicaba para sí el privilegio de asistirle, y lograba siempre excitar en el alma del pecador sentimientos de arrepentimiento, de resignación y, a veces, hasta de alegría, presentándole el paraíso que pronto se le abriría por la fuerza de la humillación y del dolor que precedían al suplicio. El verdugo mismo decía: «Con don José Cafasso al lado, la muerte ya no es muerte, sino triunfo.»






PREDICADOR Y HOMBRE DE ORACIÓN


   Además de las obras de caridad ya indicadas, Cafasso se entregó a la obra de los ejercicios espirituales para el clero. A ellos concurrían todos los sacerdotes de la diócesis y aun de las otras sufragáneas y salían santamente renovados por las palabras conmovedoras y abrasadas del celoso director. Pero no sólo los sacerdotes se aprestaban a oírle sino también los seglares: patricios, nobles, oficiales y jóvenes de las Universidades, acudían presurosos a oír sus fervorosas pláticas.

    Indudablemente de su estudio profundo, de su gran experiencia de las almas, pero principalmente de su virtud. No sólo creía las verdades que predicaba sino que tenía de ellas una persuasión profunda; las amaba, y en ellas se deleitaba. Este ardor con que abrasaba las almas, le venía de las largas meditaciones que hacía al pie del tabernáculo. Durante el día multiplicaba las visitas al Santísimo Sacramento. Su recogimiento y compostura durante la oración eran admirables; en su rostro se notaba algo de celestial y angélico que hacía exclamar a su coadjutor, que luego fué sucesor suyo: «Sin duda ninguna que nuestro estimado rector ha recibido el don de la contemplación.»

   Era tan ardiente el deseo que tenía de acumular méritos para el cielo que todos los trabajos y sacrificios que se imponía en bien de las almas le parecían pocos; quería ganar más aún, y por esto se disciplinaba con frecuencia y ceñía sus lomos con cilicio





MUERTE Y CULTO



   En la rueda veloz de los tiempos apareció el año de gracia 1860, esperado por José Cafasso y saludado por él como el más hermoso de su vida, pues por revelación divina supo que este año debía ser el último de su vida inmortal. Por lo cual y, a pesar de hallarse en la plenitud de sus fuerzas, tuvo que rescindir el compromiso que tenía adquirido de predicar en varios lugares; desde entonces multiplicó sus oraciones y su amor al retiro se acrecentó mediante su unión con Dios. Por fin, se despidió de sus penitentes, a muchos de los cuales manifestó el motivo de su proceder.

   Acometido por la enfermedad, aunque no sorprendido por ella, abandonó el confesonario para caer sobre el lecho del dolor el 11 de junio por la mañana.

   Este lecho será el lugar de su agonía y sus lienzos serán el blanco sudario que envolverá sus despojos cuando su espíritu, libre ya de las ataduras corporales, vuele a recibir la palma de los escogidos que Dios tiene preparada para los que le sirven. Su glorioso tránsito tuvo lugar el 23 del mismo mes.

   En su testamento. José Cafasso escribe estas líneas de tan extraordinaria humildad: «Muero, y muero satisfecho al pensar que por mi muerte habrá en la tierra un sacerdote indigno menos, y que otro más celoso y fervoroso suplirá mi frialdad y reparará mis faltas. Cuando haya descendido a la tumba, ruego al Señor que haga desaparecer mi memoria de la tierra, y acepte, en expiación de mis pecados, cuanto en el mundo se diga contra mí».

   Pero esta súplica no debía ser escuchada por la Providencia. Sus funerales fueron un verdadero triunfo. Fué inhumado en la basílica de la Consolata, en la cripta contigua al altar de Nuestra Señora de los Dolores: la piedad de los fieles cubrió su tumba de flores y coronas. La población entera acudió al lugar de su sepultura, no para tributarle el sufragio de sus plegarias, sino para pedir su protección.

   El proceso del Ordinario comenzó el 9 de junio de 1899, siendo introducida su causa de beatificación el 15 de mayo de 1906; el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes se promulgó el 27 de febrero de 1921; Pío XI le proclamó Beato el 3 de mayo de 1925, concediendo su oficio a la diócesis de Turín, y Pío XII le canonizó el 22 de junio de 1947.

   Pidamos a San José Cafasso interceda ante Dios para que dé a la Iglesia muchos santos sacerdotes que le den a conocer y amar entrañablemente.




EL SANTO DE CADA DIA
POR
EDELVIVES