martes, 26 de mayo de 2026

SAN FELIPE NERI, fundador. (+ 1595) — 26 de mayo.

 


   El glorioso fundador de la Congregación del Oratorio san Felipe Neri nació en Florencia de padres nobles y temerosos de Dios. 

   Mostró desde la infancia grande inclinación a la virtud, por lo cual le llamaban comúnmente Felipe el bueno.

   Tocado de Dios, se fue a Roma, y en aquella corte del mundo comenzó una vida tan penitente como si estuviera en el yermo.

   Unos mancebos atrevidos le encerraron una vez con dos mujercillas livianas para que le provocasen al mal; mas él cuando se vio en tan gran peligro, no hizo sino hincarse de rodillas, orando con tal reverencia, que ni aun mirarle a la cara se atrevieron.

   Terminados sus estudios de filosofía y teología, vendió hasta los libros para entregarse todo a Dios, del cual recibía tan grandes consuelos, que le decía amorosamente: «Señor, no puedo más, apartaos de mí, que siendo yo mortal, no puedo ya llevar esta avenida de vuestros celestiales deleites.» 




  Un día, poco antes de la fiesta de Pentecostés, vino sobre él un fuego de amor tan grande que le derribó en el suelo con una grande palpitación del corazón que le duró toda su vida, quebrándosele dos costillas de encima del pecho; y sentía en aquella parte un calor tan excesivo, que por más frío que hiciese y siendo él ya un viejo era fuerza desabrigarse el pecho para templar aquellos ardores.

   Conversaba con gente muy perdida y la ganaba para Jesucristo, visitaba los hospitales, y servía a los enfermos; fundó la cofradía de la santísima Trinidad de peregrinos y convalecientes, y por su ejemplo instituyó san Camilo de Lelis la religión de clérigos regulares, ministros de los enfermos.

   Habiendo mandado su confesor que se ordenase de sacerdote eran perpetuos los éxtasis y ardores de amor que sentía en la misa, y algunas veces le veían levantado en el aire muchos codos en alto.



Era muy familiar de san Ignacio de Loyola, el cual le llamaba la campana por los muchos que por su medio llamaba Dios a las religiones, y no le quiso admitir en la Compañía, porque sabía que el Señor le tenía guardado para fundador de la Congregación del Oratorio.

   Solía visitar las siete iglesias de Roma, y a veces pasaban de dos mil los que le acompañaban.

   Obraba innumerables prodigios y parecía que tenía en la mano la vida y la muerte, la salud y la enfermedad.



   Finalmente después de haber perpetuado su espíritu de piedad y celo de las almas en la Congregación del Oratorio, a los ochenta años de su vida preciosa y en el día de Corpus Christi, recibió del Señor la eterna recompensa de sus trabajos y virtudes.




   Reflexión: Llegándose a san Felipe una persona que había cometido un pecado grave, le dijo el santo: «¡Qué mala cara tenéis!» Ella se retiró e hizo algunos actos de contrición, y tornó a ponerse delante del siervo de Dios, el cual le dijo: «Desde que os apartasteis de mi habéis mudado de rostro.» Era también cosa muy rara y notada que san Felipe Neri echaba de sí un olor suavísimo y celestial que confortaba a los que trataban con él, y que conocía a los que estaban en pecado por un hedor insoportable, y les avisaba que se confesasen y enmendasen. 


¿Qué olor sintiera en ti el santo glorioso?

   ¿Había de avisarte también para que purificases tu alma? ¿Se alegraría percibiendo en ti el aroma de las virtudes y de la gracia de Dios?


   Oración: Oh Dios, que encumbraste a la gloria de tus santos a tu bienaventurado confesor Felipe, concédenos benignamente que los que celebramos su solemnidad, imitemos sus ejemplos y virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.




sábado, 23 de mayo de 2026

LA APARICIÓN DE SANTIAGO, apóstol. (846) — 23 de mayo.

 


Entre los innumerables y señalados beneficios que ha recibido España de su bienaventurado apóstol y defensor Santiago, es digno de eterna recordación y agradecimiento el que alcanzó en Clavijo. 

   Porque dominando aún en España los sarracenos y oprimiendo a los pueblos cristianos con graves y deshonrosos tributos, el rey Ramiro, que había subido al trono de León, rechazó sus injuriosas demandas y procuró con toda sus fuerzas enflaquecer el poder de los moros, y librar a nuestra patria de aquella tan dura servidumbre.

   Hizo pues un llamamiento general a las armas, y juntando un poderoso ejército se entró en las tierras de los enemigos.

   Abderramán lleno de coraje, llamó en su auxilio hasta las tropas africanas, para salir a su vez al encuentro de los cristianos.

   Se encontraron los ejércitos cerca de Avelda y en aquella comarca se dio la batalla de poder a poder, y pelearon con dudoso suceso, hasta que cerrando la noche, mandó don Ramiro retirar sus tropas cansadas y destrozadas al vecino collado llamado Clavijo, donde se fortificó lo mejor que pudo e hizo curar a los heridos.




   El rey, oprimido de tristeza y de cuidado, se quedó adormecido, y entre sueños le apareció un varón celestial de gran majestad y grandeza, y le preguntando el rey quién era: «soy, respondió, Santiago apóstol, a quien ha confiado Dios la protección de España. ¡Buen ánimo! mañana te ayudaré y alcanzarás ilustre victoria de tus enemigos.»

   Despertó el rey con esta visión y dio cuentas de ella a los obispos que seguían su campo y a los capitanes del ejército; y al amanecer, dada la señal del combate, bajaron las huestes españolas del monte, y como bravos leones se arrojaron sobre los bárbaros, invocando el nombre de Santiago. 

   Se asombraron los sarracenos al ver el ímpetu y valor con que los acometían unos enemigos a quienes contaban por vencidos, y creció más su confusión con los favores que nos vinieron del cielo. 

   Porque Santiago, cumpliendo la palabra que había dado al rey, se dejó ver en el aire, cercado de una luz resplandeciente, que a los cristianos infundía grande confianza y fortaleza, y a los moros terror y espanto.  


 
   Venía el santo apóstol montado en un blanco corcel; y en la una mano traía un estandarte blanco en medio del cual campeaba una cruz roja, y con la otra mano blandía una espada fulminante que parecía un rayo. 


   
   Capitaneando así nuestra gente se alcanzó la más ilustre victoria.
 


   Unos setenta mil sarracenos cayeron muertos en el campo, quedando humillada desde aquel día la soberbia de los moros, y España libre del ignominioso tributo.


   Reflexión: Desde este tiempo comenzaron los soldados españoles a invocar en las guerras al glorioso apóstol como a su valeroso y singular defensor; lo cual hacen en todas las batallas, y la señal para acometer y cerrar con el enemigo, hecha oración y la señal de la cruz, es invocar al santo y decir:

          « ¡Santiago, cierra España!»

   Y por este singular patrocinio del santo apóstol han tenido felicísimos sucesos y acabado cosas tan extrañas y heroicas que humanamente no parece que se podían hacer. 




   Invoquemos también nosotros al santo porque nos defienda de nuestros enemigos visibles e invisibles y especialmente de los demonios y hombres diabólicos que causan la perdición temporal y eterna de los hombres.



   Oración: Oh Dios, que misericordiosamente encomendaste la nación española a la protección del bienaventurado Santiago apóstol, y por su medio la libraste milagrosamente de su inminente ruina, concédenos, te rogamos, que defendida por el mismo gocemos de eterna paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.



domingo, 5 de abril de 2026

RESURRECCIÓN GLORIOSA DEL SEÑOR.

 



     La gloriosísima y alegrísima Resurrección de nuestro Señor Jesucristo se refiere en el sagrado Evangelio por estas palabras:


   — Al día siguiente después de Parasceve, los príncipes de los sacerdotes y fariseos acudieron juntos a Pilato, y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor cuando estaba aún en vida andaba diciendo: Después de tres días resucitaré. Manda, pues que se custodie el sepulcro hasta el tercer día; no sea, que vayan allá sus discípulos y lo hurten, y digan luego a la plebe: Ha resucitado de entre los muertos, y sea el postrero error peor que el primero.»
  
    Les respondió Pilato: «Ahí tenéis a vuestra disposición la guardia: id, y ponedla como os parezca.»

    Con eso, yendo al lugar del sepulcro, lo aseguraron bien, sellando la piedra, y poniendo guardas de vista.

   
     Mas Jesús resucitó al amanecer del primer día de la semana.

   El ángel del Señor descendió de los cielos, y llegándose revolvió la losa del sepulcro.

   Su rostro era deslumbrador como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve.



      A su vista los guardas quedaron yertos de espanto y como muertos.

   Viniendo después algunos de ellos a la ciudad, contaron a los príncipes de los sacerdotes lo que había acaecido: y congregados estos en asamblea con los ancianos tuvieron su consejo, y dieron una grande suma de dinero a los soldados con esta advertencia: «Habéis de decir: Estando nosotros durmiendo, vinieron de noche sus discípulos, y lo hurtaron. Y si esto llega a oídos del presidente, nosotros le aplacaremos, y os sacaremos a paz y a salvo”.

   Tomando ellos el dinero, obraron conforme a la instrucción que se les dio, y la noticia de esto ha corrido entre los judíos hasta el día de hoy. (Matth. XXVII, Marc, XVI).




   — Aquel mismo día, primero de la semana, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban reunidos los discípulos por temor de los judíos, vino Jesús; y apareciéndose en medio de ellos, les dijo: 

   «La paz sea con vosotros»: 

   Mas ellos turbados y espantados imaginaban ver algún espíritu. Les dijo Jesús: 

   «¿De qué os asustáis, y por qué habéis de pensar tales cosas? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y miradme; que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.» 


   Dichas estas palabras les mostró las manos y los pies y el costado, y les echó en cara la dureza de su corazón por no haber creído a los que ya le habían visto resucitado. Mas como aun no acababan de creer lo que veían, estando como estaban enajenados de júbilo y asombro, les dijo Jesús:
 
   «¿Tenéis ahí algo de comer?»


   Ellos le presentaron una ración de pescado asado y un panal de miel. Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dio. Se Llenaron, pues de alegría los discípulos con la vista del Señor (Joann., XXI).


*


   Reflexión: La gloriosa Resurrección de Jesucristo, manifestada por espacio de cuarenta días con muchas y singularísimas apariciones que pueden leerse en los cuatro Evangelios, es la prueba más evidente e irrefragable de su Divinidad.

   Es también un divino testimonio de nuestra esperanza; pues habiendo resucitado el Señor, también nosotros, como él nos dijo, resucitaremos.





Oración¡Oh Dios! que en el día de hoy nos has abierto la entrada de la Eternidad por tu Unigénito vencedor de la muerte, favorece con la ayuda de tu gracia las súplicas que nos has inspirado previniéndonos con ella. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

miércoles, 4 de marzo de 2026

SAN CASIMIRO, príncipe. (+ 1484.). — 4 de marzo.

 


   Fué el purísimo joven san Casimiro hijo del rey Casimiro de Polonia y de Isabel de Austria, hija del emperador Alberto.

   Se crio muy temeroso de Dios y devoto, y no gustando de ricos vestidos ni de los regalos de palacio, dormía en la tierra desnuda y afligía su inocente cuerpo por imitar a nuestro Redentor Jesús en sus dolores.



   Muchas veces estaba en larga oración enajenado de los sentidos del cuerpo y con el alma unida a Dios.




   De noche se levantaba a escondidas y con los pies descalzos se iba a orar a alguna iglesia, postrándose a los umbrales de ella, los cuales regaba con muchas lágrimas, perseverando de este modo toda la noche, hasta que le encontraban así por la mañana.

   Era notablemente devoto de la Virgen María y tiernísimo hijo suyo, y la saludaba cada día de rodillas con unos versos latinos que él mismo había compuesto con grande artificio y elegancia.


   Fué modestísimo en el hablar, y jamás permitió hablar delante de sí cosa que pudiera desdorar a tercero.

   Tenía gran celo de la fe y aumento de la santa iglesia, y para esto hizo que el rey mandase por un riguroso decreto, que ninguna iglesia de los que no eran católicos y obedientes al Pontífice romano, se edificase de nuevo, ni reparasen las suyas los herejes, los cuales en su tiempo anduvieron muy oprimidos, y en gran disminución, no atreviéndose ninguno a levantar cabeza.

   Coronaba estas y otras virtudes, con la caridad, que es reina de todas ellas.

   Daba a los pobres grandes limosnas, consolaba a los afligidos, era el amparo de las viudas, padre de los huérfanos, y él mismo andaba a buscar a los necesitados, y se informaba de los más desvalidos para ayudar a todos; y así era muy querido en el reino, y aunque tenía otro hermano mayor, le quisieron señalar por rey, mas no se pudo contar con él, por más que su padre deseó fuese elegido.



   Porque queriéndole casar el rey, así por la sucesión que esperaba como porque corría evidente peligro de la vida a juicio de los médicos, el santo y angelical mancebo quiso antes perder la vida que violar la flor de su virginidad, diciendo que no conocía la vida eterna quien con algún menoscabo de ella quiere alargar la vida temporal.



   Finalmente, habiendo tenido revelación del día de su muerte, a la edad de veinticuatro años y cinco meses, entregó su purísimo espíritu al Señor y fué recibido entre los coros de los ángeles.



   Fueron innumerables los milagros que hizo Nuestro Señor para honrarle y publicar cada día más su santidad.




   Reflexión: No son tan raros como podrías imaginar, los ilustres ejemplos de grandes virtudes donde no parece que puedan brotar sino malas raíces de vicios y pecados.

   No sólo hay santos en los monasterios, mas también en los palacios, en los cuarteles, y hasta en las cárceles y presidios.



   Y se derrama a veces con tanta abundancia la gracia celestial sobre toda condición de personas, que es para alabar a Dios, el cual quiere ser magnificado y servido en todos los estados y condiciones de la vida humana, de manera que nadie pueda excusarse con razón, diciendo que, en su condición y oficio, no puede santificarse y servir al Señor de todos.

   Por esta causa no debes excusar con algún pretexto tu indolencia y tibieza en el servicio divino, sino acusarte de ella con humildad y propósito de enmendarte.




   Oración: Señor Dios nuestro, que, entre las delicias de la corte y los peligros del mundo, esforzaste al bienaventurado Casimiro con la virtud de la constancia, te rogamos que por su intercesión desprecien tus fieles siervos todo lo terrenal y aspiren siempre a las cosas celestiales. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.