miércoles, 8 de julio de 2026

SANTA ISABEL, reina de Portugal. (+ 1336). — 8 de julio.

 



   La gloriosa reina de Portugal doña Isabel, espejo de reinas y vivo retrato de princesas casadas, fué hija de don Pedro, tercero de este nombre, noveno de Aragón, y de la reina doña Constancia, y nació reinando en Aragón su abuelo don Jaime, llamado el Conquistador.




   Desde la edad de ocho años rezaba el oficio divino, y a la edad de once la pidió y consiguió por mujer don Dionisio, rey de Portugal.

   No se envaneció ella por verse sentada en el trono, antes acrecentó los ejercicios de oración y de caridad que en casa de sus padres le habían enseñado.

   Era muy templada en el comer, modesta en el vestir, benigna en el conversar, y en gran manera dada al divino servicio.

   Por la mañana rezaba maitines y oía misa cantada en su capilla, que tenía muy adornada de ricos y preciosos ornamentos, y mucho más de virtuosos capellanes y excelentes cantores, y cada día iba a ofrecer en la misa al tiempo que cantaban la ofrenda, y puesta de rodillas besaba la mano al sacerdote y recibía su bendición.





   Labraba con sus damas cosas que sirviesen al culto divino, socorría a las doncellas pobres y huérfanas y ponía a muchas en estado, porque no corriese peligro su castidad: visitaba a los enfermos, y los curaba con sus propias manos sin asco ni pesadumbre, y el Jueves Santo lavaba los pies a algunas mujeres pobres y con grande devoción se los besaba.




   No se hacía iglesia, hospital, puente u otra cosa en beneficio público, a que ella no extendiese la mano.




   En Santarén puso en perfección el hospital de los inocentes; en Coímbra junto a sus palacios reales edificó el de los pobres enfermos; en la villa de Torresnovas el recogimiento para las mujeres arrepentidas.

   Fue el rey su marido en su mocedad liviano con gran deshonor suyo y agravio de la santa, mas ella lo llevó todo con tan grande paciencia que rindió el corazón del rey, y le sacó de aquel mal estado, y cuando su hijo el príncipe don Alonso se armó contra su mismo padre, y estaban los dos con ejércitos para darse batalla, sólo la santa logró ponerles en paz y restituir la paz a todo el reino.

   En la hora que el rey su marido falleció se recogió ella a un aposento, y se cortó los cabellos y se vistió el hábito de santa Clara; acompañó el cadáver al monasterio de monjas de san Bernardo, en que el rey se había mandado enterrar, y habiendo estado allí tres meses, partió a pie en romería para Santiago e hizo al santo apóstol una ofrenda riquísima de muchas piezas de oro, piedras preciosas, sedas y brocados.




   Finalmente, después de una vida tan santa fué visitada en su muerte por la Reina de los ángeles, y diciendo aquellas palabras: «María, madre de gracia y madre de misericordia, defiéndenos tú del maligno enemigo y recíbenos en la hora de la muerte» dio su alma al Creador.




Reflexión: La santa y piadosísima doña Isabel, supo juntar con la grandeza y majestad de su estado, la pequeñez y humildad de Cristo.


   Por estas raras virtudes mereció ser tenida y reverenciada por santa, no solamente en su tiempo, sino también en todos los siglos posteriores; para que las grandes señoras se miren en ella como en un clarísimo espejo, y conformen su vida con la de la santa; y las mujeres de más baja condición se corran, considerando que no hacen ellas lo que hizo tan gloriosa reina.



Oración: Oh clementísimo Dios, que entre otros dones con que enriqueciste a la santa reina Isabel, la favoreciste con la gracia singular de aplacar el furor de las guerras; concédenos por su intercesión la paz de esta vida mortal, que humildemente pedimos, y después los dichosos gozos de la eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

miércoles, 1 de julio de 2026

EL MES DE JULIO, DEDICADO A LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE JESUCRISTO.

 






Oh Señor, nos has redimido en tu Sangre, de toda tribu, y lengua, y pueblo, y nación, y has hecho de nosotros un reino para nuestro Dios. (Apoc. 5 9-10)


   La Iglesia dedica todo el mes de julio al amor y adoración de la Preciosísima Sangre de nuestro Salvador Jesús. Justo es que adoremos en la santa humanidad de Cristo, con un culto especial, aquellas partes que son más significativas de algún misterio o perfección divinas; y así honramos:


SU CORAZÓN: para dar culto a su Amor infinito; 




SUS LLAGAS: para dar culto a sus dolores y a su Pasión;




SU SANGRE: para dar culto al precio de nuestra Redención. 





    Sin embargo, este culto a la Sangre del Salvador reviste en el mes de julio, y en la fiesta con que este mes comienza, un carácter festivo. Ya en el Jueves Santo habíamos celebrado la institución de la Eucaristía, y en el Viernes Santo la Sangre de Cristo derramada por nosotros; pero el acento de la celebración estaba centrado en los sentimientos de dolor, de compunción, de contrición. La Iglesia vuelve luego a dar culto a la Sagrada Eucaristía en la fiesta del Corpus Christi, y también a la Pasión y Sangre del Salvador, pero haciendo más hincapié en los sentimientos de alegría y de triunfo.

   Por este culto agradecemos a Nuestro Señor la Redención como una victoria ya obtenida, y nos gozamos y alegramos de vernos entre el número de los redimidos, de los que han sido lavados en la Sangre del Cordero. Y damos culto de latría a la Sangre del Redentor, reconociéndole especialmente una virtud salvadora, como se ve:


• En las letanías de la Preciosísima Sangre, en las que a cada invocación se responde: Salva nos.

• En la epístola de la fiesta de la Preciosísima Sangre, que dice así: «Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de la vaca roja, santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la Sangre de Cristo, que por el Espíritu Santo se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!».


1º Figuras del poder salvador de la Sangre de Cristo.


   Una hermosísima figura del poder salvador de la Sangre de Cristo la tenemos en el Cordero Pascual. Había mandado Dios a Moisés que castigase a Egipto con diez plagas: la décima era la muerte de todos los primogénitos de Egipto. Pero ¿cómo hacer para que el ángel exterminador no diese muerte también a los hebreos? Dios mandó a Moisés que cada familia reservara un cordero, lo inmolara, y con su sangre tiñera el dintel de las puertas de los hebreos; y con eso el ángel exterminador pasaría de largo, y no daría muerte a las casas en cuya entrada viese la sangre del cordero.


¿Qué dices, Moisés? –Se pregunta San Juan Crisóstomo en los Maitines de la fiesta de la Preciosísima Sangre–: ¿Acaso la sangre de un simple animal puede salvar a un hombre?
No, no tiene esa eficacia por ser sangre de animal, sino por ser figura de la Sangre de Cristo; del mismo modo que entre nosotros una efigie, una insignia o una bandera, tienen eficacia, no por lo que son en sí mismos, bronce, o tela, o color, sino por lo que figuran y significan.


   Figura del poder salvador de la sangre de Cristo fue también el paso del Mar Rojo. Después de salir de Egipto, los hebreos se vieron perseguidos por el ejército de Faraón; entonces Moisés, por orden de Dios, abrió en dos las aguas del Mar Rojo, e hizo pasar a través de ellas al pueblo hebreo. Uno era el pueblo que entraba, esclavo de Faraón, y otro era el que salía, libre de la esclavitud; pues al entrar el ejército de Faraón en pos de Israel, Moisés cerró de nuevo las aguas, y todos los egipcios fueron ahogados. En todo ello se figuraba el poder de la Sangre de nuestro divino Salvador, en la cual fuimos sumergidos y merced a la cual perecieron todos nuestros pecados, quedando entonces libres del poder del demonio.

   Finalmente, figura de la eficacia salvadora de la sangre de Cristo fue el arca de Noé. Escuchemos cómo lo comenta San Agustín en los Maitines de la fiesta de la Preciosísima Sangre:


«Vemos una figura de este misterio en la orden que recibió Noé de abrir en un lado del arca una puerta por donde pudieran entrar los animales que debían salvarse del diluvio, y que representaban a la Iglesia. En vista de este mismo misterio, la primera mujer fue formada del costado de Adán mientras éste dormía, y fue llamada “vida” y “madre de los vivientes”… Vemos aquí al segundo Adán durmiéndose sobre la cruz, después de inclinar la cabeza, para que se formara su esposa con la sangre y agua que manaría de su costado durante su sueño. ¡Oh muerte, que se convierte para los muertos en principio de resurrección y de vida! ¿Puede haber algo más puro que esta sangre, ni más saludable que está herida?»


Empalmando con esta misma idea, prosigue San Juan Crisóstomo:


« ¿Deseas descubrir otra virtud de esta sangre? Sí, ciertamente. Considera, entonces, dónde empezó a derramarse y de qué fuente manó. Empezó a brotar en la cruz; y tuvo su fuente en el costado del Señor. Porque –dice el Evangelio– habiendo muerto el Señor, y mientras pendía aún de la cruz, acercándosele un soldado, le hirió en el costado, del cual salió al momento agua y sangre… Aquella agua y aquella sangre simbolizaban el Bautismo y la Eucaristía. Con ellas, en efecto, se fundó la Iglesia, por la regeneración del agua y la renovación del Espíritu Santo: por el Bautismo, repito, y la Eucaristía, que parecen haber salido de aquel costado. Del costado de Jesucristo se formó, pues, la Iglesia, así como del costado de Adán fue formada Eva, su esposa. San Pablo da testimonio de este origen, cuando dice: “Nosotros somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos”, aludiendo al costado de Jesucristo. Así, pues, como Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, destinadas a la Iglesia, como elementos reparadores».





2º Nuestra Redención exigió el derramamiento de la Sangre de Cristo.


   Para que todas estas figuras del Antiguo Testamento se realizaran en Nuestro Señor Jesucristo, y la Iglesia naciera efectivamente del costado de Cristo, y sus miembros fueran liberados y purificados por tan preciosa Sangre, el Padre le mandó hacerse hombre y, para redimirnos de nuestros pecados, le exigió el derramamiento de toda su Sangre como expiación por nuestros pecados. Es éste un punto importante de nuestra fe, que la fiesta de la Sangre de Cristo expresa claramente, así como la devoción a la Preciosísima Sangre que la Iglesia quiere inculcarnos durante el mes de julio:


«Omnipotente y sempiterno Dios, que constituiste a tu unigénito Hijo Redentor del mundo, y quisiste aplacarte con su Sangre; haz que veneremos el precio de nuestra salvación con solemne culto, y que por su virtud seamos librados en la tierra de los males presentes, y gocemos en el cielo del fruto sempiterno».


   Punto importante, decimos, porque hoy en día se niega. Los partidarios de la “Nueva Teología” rechazan con desdén la doctrina de la Iglesia de la satisfacción vicaria de Cristo, esto es, que la justicia de Dios haya reclamado la expiación completa del pecado, razón por la cual Cristo, sustituyéndonos en virtud de la caridad, ofreció al Padre una expiación completa por el derramamiento de su Sangre en la Cruz.


   Recordar, a través de esta fiesta, que Cristo nos redimió, y que el precio de la Redención fue su preciosísima Sangre, es recordarnos el carácter sacrificial de la muerte de Cristo, y el carácter sacrificial de la santa Misa, y el carácter sacrificial de nuestra propia vida cristiana. Es el misterio de Jesús, y de Jesús crucificado, que vuelve a ser, como en tiempo de San Pablo, escándalo para los gentiles, y necedad para los judíos.


   Y eso por muchos motivos misteriosos, que sólo conoceremos perfectamente en el cielo, pero entre los cuales podemos ya entrever tres:
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1º El primero, para mostrarnos la grandeza de su amor: «En eso se manifiesta el amor de Dios para con nosotros, que siendo nosotros aún sus enemigos, mandó a su Hijo a morir por nosotros, para que en su Sangre pudiésemos ser salvos» (Rom. 5 8-9). En la sangre está la vida; y la vida es lo más que podemos dar por otros.

2º El segundo, para mostrarnos el valor de nuestra alma: «No habéis sido comprados con oro ni con plata corruptibles, sino con la Sangre de Cristo, Cordero inmaculado» (I Ped. 1 18-19); «habéis sido comprados a gran precio: glorificad y llevad a Dios en vuestros cuerpos» (I Cor. 6 20).

3º El tercero, para mostrarnos la malicia del pecado, que exigió de Cristo una muerte tan sangrienta y cruel.

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3º Cómo se nos aplica el valor salvador de la Sangre de Cristo.

   La Sangre de Cristo es, pues, el precio de nuestro rescate, precio que Cristo pagó a su Padre para abolir la tiranía que el demonio ejercía sobre las almas. La Sangre derramada de Cristo tiene ante el Padre tanto valor, que por sus merecimientos quedan expiados todos nuestros pecados y destruido el imperio del demonio sobre nosotros. Estos merecimientos de la Sangre de Cristo se nos aplican especialmente por medio de tres sacramentos:


1º El primero es el Bautismo, que, como hemos visto, nos sumerge en la Sangre de Nuestro Señor y ahoga todos nuestros pecados.
2º El segundo es la Penitencia, que lava en la Sangre de Nuestro Señor las culpas en que hayamos podido caer después del Bautismo.
3º El tercero es la Eucaristía, que nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo a fuerza de comida y bebida verdaderas de nuestras almas.





Conclusión.


   De este modo todos los cristianos somos realmente los hijos de la Sangre de Cristo, y así lo cantaremos eternamente –Dios lo quiera– en el cielo:


«Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu Sangre a hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra» (Apoc. 5 9-10). «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Apoc. 4 11). «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida; y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos» (Apoc. 7 14-17).



“HOJITAS DE FE”
Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora
Moreno, Pcia. de Buenos Aires.

domingo, 28 de junio de 2026

VIGILIA DE LOS SANTOS APÓSTOLES, PEDRO Y PABLO —28 DE JUNIO.

 


TESTIMONIO DE JUAN Y DE LOS APÓSTOLES. 


— Juan Bautista, puesto en el límite de los dos Testamentos, cierra la era profética en que reinaba la esperanza, y comienza la era de la fe que posee, sin verle en su divinidad, al Dios por tanto tiempo esperado. Por eso, antes de que termine la Octava en la que celebramos a S. Juan, la confesión apostólica se va a unir con el testimonio dado por el Precursor del Verbo luz. Mañana, todos los ecos de los cielos repetirán la palabra que Cesarea de Filipo oyó la primera:

   “Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo”; y Simón, hijo de Juan, por haber pronunciado el oráculo, será puesto como base de la Iglesia. Mañana morirá, sellando con su sangre su declaración gloriosa; pero sobrevivirá en los Pontífices romanos, para guardar íntegramente el precioso testimonio, hasta el día en que la fe dé lugar a la visión eterna.

   Asociado a los trabajos de Pedro, el Doctor de los gentiles compartirá su triunfo; y Roma, más deudora a sus dos príncipes que a los guerreros que sojuzgaron el mundo, verá que su doble victoria afirma para siempre sobre su augusta cabeza la diadema de la realeza de las almas.


PREPARACIÓN A LA FIESTA DE MAÑANA.


Regocijémonos y, juntamente con la Iglesia, preparemos nuestros corazones mediante la celebración litúrgica de esta Vigilia, procurando suplir con el espíritu las austeridades de otros tiempos, que la Santa Iglesia, piadosa Madre, no ha creído oportuno exigirnos a nosotros. Pensemos que el rigor que sabe imponerse un pueblo en determinados días de preparación, es una señal de que conserva la fe; con ello manifiesta que comprende la grandeza del objeto que la Liturgia propone a su culto. Nosotros, cristianos de Occidente, cuya gloria delante de Dios y de los hombres son Pedro y Pablo, fijémonos en la Cuaresma que los griegos cismáticos comienzan al día siguiente de las solemnidades pascuales, en honor de los Apóstoles, y que no termina hasta hoy. El contraste será tal, que nos hará dominar las inclinaciones de una molicie, en la que la ingratitud tendría no poca parte. Por lo menos, procuremos compensar con fervor, con acciones de gracias y amor, las privaciones que tantas Iglesias han conservado, a pesar de su separación de Roma.





  

“AÑO LITURGICO”
DOM PROSPERO GUÉRANGER
Abad de Solesmes.

miércoles, 24 de junio de 2026

LA NATIVIDAD de SAN JUAN BAUTISTA. (6 meses antes de J.) — 24 de junio.

 


El nacimiento del gloriosísimo Precursor de Cristo, san Juan Bautista, cuya festividad celebra la Iglesia con tanto gozo y regocijo, refiere el mismo sagrado Evangelio por estas palabras:    


   «Entretanto le llegó a Elisabeth el tiempo del alumbramiento y dio a luz un hijo. Tuvieron noticia sus vecinos y parientes de la gran misericordia que Dios le había hecho, y se congratulaban con ella. El día octavo del nacimiento, vinieron a la circuncisión del niño, y le llamaban con el nombre de su padre Zacarías; pero su madre no lo consintió y dijo: ‘No: en ninguna manera; sino que se ha de llamar Juan’.


  Le replicaron: ‘¿No ves que nadie hay en tu parentela que tenga ese nombre?’ Y preguntaban por señas al padre del niño cómo quería que se llamase.

Entonces, pidiendo él la tablilla de escribir, escribió así: ‘Juan es su nombre’. 


‘Juan es su nombre’. 



Se maravillaron todos; y en aquel instante se le abrió a Zacarías la boca y se le desató la lengua, y comenzó a hablar, bendiciendo a Dios. Con lo que un santo temor se apoderó de todas las gentes comarcanas, y se divulgó la noticia de esos extraordinarios sucesos por todo el país de las montañas de Judea, y cuantos los oían, los ponderaban en su corazón, y se decían unos a otros: ‘¿Quién pensáis que ha de ser este niño?’ 

ZACARÍAS Y SANTA ISABEL.


    

   Porque en verdad se ostentaba en él admirablemente la poderosa mano del Señor. Sobre todo esto su padre Zacarías fué lleno del Espíritu Santo, y profetizó diciendo: ‘Bendito sea el Señor Dios de Israel; porque se ha dignado visitar y redimir a su pueblo. Ya nos ha suscitado un poderoso Salvador en la casa de David su siervo; según lo tenía anunciado por boca de sus santos profetas, que vaticinaron en todos los tiempos pasados; a fin de librarnos de nuestros enemigos y de las manos de aquellos que nos odiaban; usando misericordia con nuestros padres, y acordándose de su santa alianza y del juramento con que prometió a nuestro padre Abraham que nos otorgaría la gracia de que, libertados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor todos los días de nuestra vida. Y tú, ¡oh niño! tú serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos; enseñando a su pueblo la ciencia de la salvación para que obtenga la remisión de los pecados por las misericordiosas entrañas de nuestro Dios, con que nos ha visitado de lo alto del cielo, amaneciendo cual sol naciente para alumbrar a los que están de asiento en las tinieblas y en las sombras de la muerte, y enderezar nuestros pasos por las sendas de la paz’(EVANG. S. Luc. 1).





   Reflexión: Se cumplieron maravillosamente a la letra todas las profecías que había hecho el arcángel san Gabriel. Nació el dichoso niño de padres ancianos y estériles; se llamó Juan que quiere decir “gracia”, y de gracia fué colmado desde que la Virgen visitó a su prima santa Elisabeth, y redundó aquella plenitud de gracia en el santo anciano Zacarías, que juntamente con el uso de la lengua recibió tan alto don de profecía. 





   ¡Qué divinas son las palabras que habló a su infante recién nacido llamándole Profeta del Altísimo, y Precursor del Mesías deseado!

   Celebremos pues también nosotros con júbilo de nuestras almas tan alegre nacimiento disponiéndonos a recibir la gracia de Cristo anunciada por san Juan, que fué el más grande y glorioso de los profetas.



   
   Oración: ¡Oh Dios! qué hiciste este día tan solemne para nosotros por el nacimiento de san Juan Bautista, concede a tu pueblo la gracia de los espirituales regocijos, y endereza las almas de todos por el camino de la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.