martes, 3 de noviembre de 2026

LA CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS. — 2 de noviembre.

 





    Después que la santa Iglesia en el día de ayer celebró la fiesta de todos los santos, hoy extiende su caridad, y ayuda con sus oraciones y sufragios a las almas del purgatorio. 

   Pues es dogma de fe que para poder entrar en el cielo, han de purificarse y acrisolarse las almas de los que murieron en gracia de Dios con pecados veniales, o sin haber satisfecho en vida enteramente por los mortales que cometieron, y cuanto a la culpa les fueron perdonados. Las obras con que podemos socorrerlas son tres:

  

—la primera y principal es el santo sacrificio de la misa;







—la segunda, la oración; 




    





—y la tercera, todas las obras penales con que se satisface a la divina justicia, como son la limosna, ayunos, penitencias, peregrinaciones, y cosas semejantes. 






 
  Además de estos modos con que las personas particulares socorren a las almas del purgatorio, el Sumo Pontífice concede indulgencias aplicables a ellas, no por vía de absolución, sino por modo de sufragio, y como dispensador del tesoro de la Iglesia, que son las obras y satisfacciones de Cristo y de los santos. Ganando por las benditas almas estas indulgencias, y haciéndoles otros sufragios, ejercitamos con ellas las obras de misericordia. 





   Porque damos de comer al hambriento, y de beber al sediento, aliviamos con nuestra caridad el hambre y la sed que aquellas santas almas tienen de Dios. 


    



   Consolamos al enfermo, porque mucho padecen las almas del purgatorio en aquel lugar de tormentos. 





   Rescatamos al cautivo, porque cautivas están en aquella cárcel de expiación, y las redimimos con indulgencias y limosnas. 







   Vestimos al desnudo, alcanzándoles de la bondad de Dios la vestidura nupcial y sin mancha, que han menester para entrar en el cielo. 







   Hospedamos al peregrino, rogando al Señor que por los méritos de Cristo les abra las puertas, de su palacio divino; y en fin, ¿no es mayor obsequio el llevar aquellas almas al eterno descanso del paraíso, que el dar a sus cuerpos sepultura? 







   Pero aunque nos debemos compadecer de todos los que están en el purgatorio; especialmente hemos de socorrer a ¡nuestros deudos y amigos, a los ¡padres e hijos, a los maridos y mujeres, a los hermanos carnales y otras personas, con quienes  tuvimos algún lazo más estrecho de sangre o amistad.


    Finalmente mucho mayor cuidado debemos poner en cumplir las obligaciones de justicia que pertenecen a ellos, ejecutando sus testamentos y mandas pías, y todo lo que dispusieron para bien de sus almas.




   Reflexión: Mientras que el Señor nos da tiempo, procuremos ajustar nuestra vida con la ley de Dios, y llorar nuestras culpas, y satisfacer por ellas en esta vida: aceptemos las tribulaciones, como de su bendita mano, en penitencia de nuestras culpas: y ayudemos a nuestros hermanos con las buenas obras que pudiéremos, para que salgan del purgatorio puros y afinados; y cuando gocen de Dios nos ayuden con sus oraciones y nos den la mano para llegar al puerto de salud, y gozar juntamente con ellos de la eterna bienaventuranza.






  
   Oración: Oh Dios, creador y Redentor de todos los fieles, concede la remisión de los pecados a las almas de tus siervos y siervas, para que consigan, por nuestras humildes súplicas, el perdón que siempre desearon. Que vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.







FLOS SANTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA. 1946.

lunes, 2 de noviembre de 2026

LA CONMEMORACION DE LOS DIFUNTOS. —2 DE NOVIEMBRE.

 


  No queremos, hermanos que ignoréis lo tocante a la suerte de los muertos, para que no os aflijáis como los demás que no tienen esperanza. (I Tes., IV, 13). Este era el deseo del Apóstol escribiendo a los primeros cristianos; y el de la Iglesia hoy no es otro. En efecto, la verdad sobre los difuntos no pone sólo en admirable luz el acuerdo de la justicia y de la bondad en Dios: los corazones más duros no resisten a la misericordia caritativa que esa verdad infunde, a la vez que procura los más dulces consuelos al luto de los que lloran. Si nos enseña la fe que hay un purgatorio, donde las faltas no expiadas pueden retener a los que nos fueron queridos, también es de fe que podemos ayudarlos (C. de Trento, sesión XXV), y es teológicamente cierto que su liberación más o menos pronta está en nuestras manos. Recordemos algunos principios que pueden ilustrar esta doctrina.




LA EXPIACIÓN DEL PECADO.




— Todo pecado causa en el pecador doble estrago: mancha su alma y le hace merecedor del castigo. El pecado venial causa simplemente un desplacer a Dios y su expiación sólo dura algún tiempo; mas el pecado mortal es una mancha que llega hasta deformar al culpable y hacerle objeto de abominación ante Dios; su sanción, por consiguiente, no puede consistir más que en el destierro eterno, a no ser que el hombre consiga en esta vida la revocación de la sentencia. Pero, aun en este caso, borrándose la culpa mortal y quedando revocada por tanto la sentencia de condenación, el pecador convertido no se ve libre de toda deuda; aunque a veces puede ocurrir; como sucede comúnmente en el bautismo o en el martirio, que un desbordamiento extraordinario de la gracia sobre el hijo pródigo logre hacer desaparecer en el abismo del olvido divino hasta el último vestigio y las más diminutas reliquias del pecado, lo normal es que en esta vida o en la otra exija la justicia satisfacción por cualquier falta.






EL MÉRITO.



—Todo acto sobrenatural de virtud, por contraposición al pecado, implica doble utilidad para el justo; con él merece el alma un nuevo grado de gracia; satisface por la pena debida a las faltas pasadas conforme a la justa equivalencia que según Dios corresponde al trabajo, a la privación, a la prueba aceptada, al padecimiento voluntario de uno de los miembros de su Hijo carísimo. Ahora bien, como el mérito no se cede y es algo personal de quien lo adquiere, así, por lo contrario, la satisfacción, como valor de cambio, se presta a las transacciones espirituales; Dios tiene a bien aceptarla como pago parcial o saldo de cuenta a favor de otro, sea de este mundo o del otro el concesionario, con la sola condición de que pertenezca por la gracia al cuerpo místico del Señor que es uno en la caridad (I Cor., XII, 27).

   Es la consecuencia, como lo explica Suárez en su tratado de los Sufragios, del misterio de la Comunión de los Santos, que en estos días se nos manifiesta: “Creo que esta satisfacción de los vivos en favor de los difuntos vale en justicia y que es infaliblemente aceptada en todo su valor y conforme a la intención del que la aplica, de suerte que, por ejemplo, si la satisfacción que me corresponde me valía en justicia, percibiéndola yo, el perdón de cuatro grados de purgatorio, otro tanto se la perdona al alma por quien la ofrezco".º









LAS INDULGENCIAS.



— Sabido es cómo secunda la Iglesia en este punto la buena voluntad de sus hijos. Por medio de la práctica de las Indulgencias, pone a disposición de su caridad el tesoro inagotable donde se juntan sucesivamente las satisfacciones abundantísimas de los Santos con las de los Mártires, y también con las de Nuestra Señora y con el cúmulo infinito debido a los padecimientos de Cristo. Casi siempre ve bien y permite que la remisión de la pena, que ella directamente concede a los vivos, se aplique por modo de sufragio a los difuntos, los cuales ya no dependen de su jurisdicción. Quiere esto decir que cada uno de los fieles puede ofrecer por otro a Dios, que lo acepta, el sufragio o ayuda de sus propias satisfacciones, del modo que acabamos de ver. Tal es la doctrina de Suárez, el cual enseña también que la indulgencia que se cede a los difuntos no pierde nada de la certeza o del valor que tendría para nosotros los que pertenecemos todavía a la Iglesia militante. Ahora bien, las Indulgencias se nos ofrecen en mil formas y en mil ocasiones.

   Sepamos utilizar nuestros tesoros y practiquemos la misericordia con las pobres almas que padecen en el purgatorio. ¿Puede existir miseria más digna de compasión que la suya? Tan punzante es, que no hay desgracia en esta vida que se la pueda comparar. Y la sufren tan noblemente, que ninguna queja turba el silencio de “aquel río de fuego que en su curso imperceptible las arrastra poco a poco al océano del paraíso”. El cielo a ellas de nada las sirve; allí ya no se merece. Dios mismo, buenísimo pero también justísimo, se ha obligado a no concederlas su liberación si no pagan completamente la deuda que llevaron consigo al salir de este mundo de prueba (S. Mateo, V, 26). Es posible que esa deuda la contrajesen por nuestra culpa o con nuestra cooperación; y por eso se vuelven a nosotros, que continuamos soñando en placeres mientras ellas se abrazan, cuando tan fácil nos es abreviar sus tormentos. Apiadaos, apiadaos de mí, siquiera vosotros, mis amigos, pues me ha herido la mano del Señor (Job., XIX, 21).






LA ORACIÓN POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO.



—Como si el purgatorio viese rebosar más que nunca sus cárceles con la afluencia de multitudes que allí lanza todos los días la mundanalidad del siglo presente y acaso debido también a la proximidad de la cuenta corriente final y universal que dará término al tiempo, al Espíritu Santo ya no le basta sostener el celo de las cofradías antiguas consagradas en la Iglesia al servicio de los difuntos; suscita la Iglesia nuevas asociaciones y hasta familias religiosas, cuyo fin exclusivo es promover por todos los medios la liberación o el alivio de las almas del purgatorio. En esta obra, que es una especie de redención de cautivos, hay también cristianos que se exponen y se ofrecen a cargar sobre sí las cadenas de sus hermanos, renunciando para ello libre y voluntariamente, no sólo a sus propias satisfacciones, sino también a los sufragios de que se podían beneficiar después de muertos; acto heroico de caridad que no se debe hacer a la ligera, pero que aprueba la Iglesia (En el siglo XVIII propagaron esta devoción los Clérigos regulares Teatinos y la enriquecieron con gracias espirituales los Sumos Pontífices, Benedicto XIII , Pío VI y Pío IX. ); dicho acto da a Dios mucha gloria y, en el caso de un retardo temporal de la bienaventuranza, merece a su autor el estar más cerca de Dios para siempre, desde ahora por la gracia y después, en el cielo, por la gloria.

   Y, si los sufragios de un simple fiel tienen tanto valor, ¡cuánto más tendrán los de toda la Iglesia en la solemnidad de la oración pública y en la oblación del augusto Sacrificio en que Dios mismo satisface a Dios por todas las faltas! La Iglesia, desde su origen, siempre rezó por los difuntos, como antes lo hizo la Sinagoga (II Mac. XII, 46. ). Así como celebraba el aniversario de sus hijos mártires con acciones de gracias, así también honraba con súplicas el de los demás hijos, que quizá no estuviesen aún en los cielos. Diariamente se pronunciaban en los Misterios sagrados los nombres de unos y otros con el doble fin de la alabanza y de la oración; y, así como por no poder recordar en cada iglesia particular a cada uno de los bienaventurados del mundo entero, los incluyó a todos en una fiesta y en una mención común, así de igual manera hacía conmemoración general de los difuntos en todas partes y todos los días a continuación de las conmemoraciones particulares. Tampoco faltaban sufragios, observa San Agustín, a los que no tenían parientes ni amigos; ésos tenían para remediar su desamparo, el cariño de la Madre común.





MUERTE Y RESURRECCIÓN.


º
— Mientras el alma, al salir de este mundo, suple en el purgatorio la insuficiencia de sus expiaciones, el cuerpo que dejó vuelve a la tierra para cumplir la sentencia lanzada contra Adán y su raza en el principio del mundo (Gen., III, 19). Pero la justicia es amor tanto para el cuerpo como para el alma del cristiano. La humillación del sepulcro es justo castigo de la falta original; más en ese retomo del hombre al polvo de la tierra de que fué formado, nos hace ver San Pablo además la siembra necesaria para la transformación del grano predestinado, que un día ha de volver a vivir en muy distintas condiciones (1 Cor., XV, 36). Es que, en efecto, la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios (1 Cor., XV, 50) ni los que están sujetos a la corrupción aspirar a la inmortalidad. Trigo candeal de Cristo, según la palabra de San Ignacio de Antioquía, el cuerpo del cristiano es arrojado al surco de la tumba para dejar en él lo que tenía de corruptible, la forma del primer Adán con su flaqueza y su pesadez; mas, por virtud del nuevo Adán, que le vuelve a formar a su propia imagen, saldrá completamente celestial y espiritualizado, ágil, impasible y glorioso. Gloria al que sólo quiso morir como nosotros para destruir la muerte y hacer de su victoria nuestra victoria.

   La Iglesia continúa pidiendo con insistencia en el Gradual la liberación de los difuntos.






LA VOZ DEL JUEZ.



— El purgatorio no es eterno. Su duración es infinitamente diversa según las sentencias del juicio particular que sigue a la muerte de cada uno; para ciertas almas más culpables o que, excluidas de la comunión católica, están privadas de los sufragios de la Iglesia, puede prolongarse a siglos enteros, aunque la misericordia divina se dignase librarlas del infierno. Más al fin del mundo y de todo lo que es temporal se ha de cerrar el purgatorio. Dios sabrá conciliar su justicia y su gracia en la purificación de los últimos llegados de la raza humana, supliendo, con la intensidad de la pena expiatoria lo que podría faltar a la duración. Pero, en lo que se refiere a la bienaventuranza, mientras las sentencias del juicio particular son con frecuencia suspensivas y dilatorias y dejan provisionalmente el cuerpo del elegido y del condenado a la suerte común de la sepultura, el juicio universal tendrá carácter definitivo tanto para el cielo como para el infierno, y sus sentencias serán absolutas y se ejecutarán al instante íntegramente. Vivamos, pues, a la expectativa de la hora solemne en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios. El que tiene que venir, vendrá y no tardará, nos recuerda el Doctor de las gentes (Hebr., X, 37); su día llegará rápido y de improviso como un ladrón, nos dicen con él (I Tes., V, 2), el Príncipe de los Apóstoles (II Ped., III, 10) y Juan el discípulo amado (Apoc., XVI, 15.), haciendo eco a la palabra del mismo Jesucristo (S. Mateo, XXIV, 43): como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre (S. Mateo, XXIV , 27).

   Asimilémonos los sentimientos expresados en el Ofertorio de los difuntos. Aunque las benditas almas del purgatorio tienen asegurada para siempre la eterna bienaventuranza y ellas lo saben bien, con todo eso, el camino más o menos largo que las conduce al cielo, se abre entre el peligro del último asalto diabólico y las angustias del juicio. La Iglesia, pues, abarcando con su oración todas las etapas de esta vía dolorosa, anda solícita para no descuidar la entrada; y no teme llegar para eso demasiado tarde. Para Dios, cuya mirada abarca todos los tiempos, la súplica que hoy hace la Iglesia, estaba ya presente en el momento del paso tremendo y procuraba a las almas la ayuda que aquí se pide. Además, esta misma súplica la va siguiendo a través de los altibajos de su lucha contra las potestades del abismo, de las cuales se sirve Dios como de instrumentos en la expiación reclamada por su justicia, según lo han comprobado más de una vez los Santos. En esta hora solemne, en que la Iglesia presenta sus ofrendas para el augusto y omnipotente Sacrificio, redoblemos nosotros también nuestros ruegos por los finados. Imploremos su liberación de las fauces del león. Supliquemos al glorioso Arcángel, prepósito del paraíso, sostén de las almas al salir de este mundo, su guía enviado por Dios (Antíf. y Responsorio de la fiesta de S. Miguel), que las conduzca a la luz, a la vida, a Dios mismo, que se prometió como recompensa a los creyentes en la persona de su padre Abraham. (Gen., XV, 1.).



“EL AÑO LITURGICO”
DOM PROSPERO GUÉRANGER
ABAD DE SOLESME.

domingo, 1 de noviembre de 2026

LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS. — 1 de noviembre.

 




   Entre todas las fiestas que la Iglesia ha instituido en reverencia de los santos que están en los cielos, la más solemne es la que celebra en este día en honra de todos; porque en ella a todos los abraza, a todos se encomienda y llama en su favor.

   La instituyó en Roma Bonifacio IV en honor de la Virgen santísima y de todos los santos mártires, consagrándoles, en el año 607, el templo llamado Panteón, en el cual habían sido adorados todos los falsos dioses de la gentilidad. 


BONIFACIO IV




   Más tarde Gregorio IV ordenó que aquella fiesta se hiciese en honra de todos los santos del cielo, y mandó que se celebrase en toda la cristiandad, señalando para ello este día primero de noviembre. Tres fueron las razones principales de esta institución:

—reparar lo que la fragilidad humana hubiese faltado por ignorancia o descuido en las fiestas particulares de los santos;
—alcanzar, por la poderosa intercesión de todos los santos juntos, las gracias que hemos menester, y;
—animarnos a la imitación de sus virtudes, con la esperanza de alcanzar el premio de la eterna gloria que ellos alcanzaron.


GREGORIO IV  



   «Consideremos, nos dice san Cipriano, y pensemos con frecuencia, que hemos renunciado al mundo, y que vivimos en la tierra como huéspedes y peregrinos. Suspiremos por aquel día, en que a cada uno se nos ha de señalar morada en aquella verdadera patria, y en que, sacados de este destierro, y libres de los lazos del siglo, hemos de entrar en el reino celestial. ¿Quién hay, que, viviendo lejos de su patria, no arda en deseos de tornar a ella? ¿Quién hay, que navegando de vuelta a su hogar y familia, no desee viento favorable para poder abrazar a las prendas de su corazón? Nuestra patria es el paraíso; son nuestros parientes los, santos patriarcas: ¿por qué no nos damos prisa y corremos para ver nuestra patria, y saludar a los parientes? Allí nos espera un gran número de amigos; allí nos echa de menos una gran muchedumbre de parientes, hermanos e hijos, seguros ya todos de su gloria inmortal, pero solícitos de nuestra salvación. ¡Qué alegría ha de ser para ellos y para nosotros, el vernos y abrazarnos! ¡Qué deleite el de aquellos reinos celestiales, donde sin el temor de la muerte se posee una eternidad de vida! ¡Oh felicidad suprema, y que nunca se ha de acabar! Allí está el glorioso coro de los apóstoles: allí la alegre compañía de los profetas: allí el innumerable ejército de los santos mártires, coronados por la victoria que alcanzaron de los tiranos y verdugos: allí las purísimas vírgenes, que con la virtud de su continencia, triunfaron de las malas inclinaciones de su cuerpo: allí los misericordiosos, que, socorriendo largamente las necesidades de los pobres, cumplieron con toda justicia, y observando los preceptos del Señor, colocaron en el tesoro del cielo los patrimonios de la tierra. Apresurémonos con vivas ansias a llegar a donde ellos están, deseemos hallarnos presto con ellos, para que podamos reinar presto con Cristo.» (San. Cipriano, lib. De mortalit).



   

   Reflexión: Dice muy bien san Gregorio: “Al oír las cosas de aquella gloria, nuestra alma suspira por ellas, y ya desea encontrarse donde espera gozar sin fin.” Pero los grandes premios no se alcanzan sin grandes trabajos: y así dice san Pablo, que no será coronado sino aquel que legítimamente peleare. Deléitese en hora buena, el ánimo con la grandeza de los premios; pero no desmaye en los trabajos de la campaña.



   Oración: Todopoderoso y sempiterno Dios, que nos concedes la gracia de celebrar en una solemnidad los méritos de todos los santos, te rogamos que atendiendo a tan grande muchedumbre de intercesores, derrames sobre nosotros la abundancia deseada de tus misericordias. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.







FLOS SANCTORVM

DE LA FAMILIA CRISTIANA- 1949.