martes, 14 de julio de 2026

SAN FRANCISCO SOLANO, Vice patrono y Apóstol de América. —14 de julio.

 


   De los tres santos canonizados que con su presencia santificaron estas tierras de América, San Luis Beltrán, San Pedro Claver y San Francisco Solano, este último es el que con más razón merece el título de apóstol de este Nuevo Mund23o, tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó de su paso. San Luis Beltrán no hizo sino abordar a las costas insalubres y deshabitadas de Santa Marta, evangelizó a las tribus errantes de los bordes del Magdalena y a los pocos años se volvió a España. San Pedro Claver se encerró dentro de los muros de Cartagena y allí vivió hasta su muerte, hecho esclavo de los esclavos. Solano, en cambio, recorrió gran parte del Perú de entonces y ha dejado recuerdos de su tránsito en cinco repúblicas de este continente.

      


   Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió despertarse su vocación. A los veinte años, en plena adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecito de Asís. Solano, desde los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama, se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos dos años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde pasaba buena parte de su tiempo.

 


   Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo. Aquel joven franciscano "no hermoso de rostro, moreno y enjuto", como nos lo describe uno de sus contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja.

 


   Tan sólidas eran ya sus virtudes que los superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y el 1581 pasa a San Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra Morena. En aquella soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián, transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad.

 


   Se le nombra guardián del convento y a los tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido en busca de misioneros. Se cierra entonces la primera etapa de su vida; la segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde entabla la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico, pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a Tierra Firme ya Solano es un santo, es el varón de Dios, que lo pisotea todo para unirse a su Señor.

 


   El 3 de marzo de 1589 pasaba la barra de Sanlúcar la flota que conducía al nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza. En una de las naves, oculto a las miradas de todos, viajaba nuestro héroe, acompañado por un regular grupo de hermanos suyos que pasaban a América a conquistar para Cristo muchas almas. Con viento favorable llegaban a Cartagena el 7 de mayo y, tras unos días de espera en aquel puerto, pasaban a Portobelo y de aquí a Panamá, adonde debió llegar Solano a fines del mes de junio de 1589. La falta de embarcaciones le obligó a permanecer en aquel mortífero clima, donde perdieron la vida dos de los franciscanos que venían en su compañía, Después de cuatro meses lograron hallar una nave que los condujese al Perú, pero tan descuadernada que unos cuantos golpes de mar, como luego veremos, bastaron para dar al través con ella. Solano, en compañía del padre fray Diego de Pineda y de fray Francisco de Torres, tomó pasaje a su bordo, y la embarcación levó anclas en el puerto de Perico y se dio a la vela para el Callao.

 


   La navegación desde Panamá hasta aquel puerto se hacía difícil, así por tener que vencer la corriente marina que baña aquellas costas como por la falta de viento, sobre todo en esta época del año. Así sucedió entonces, y en la vecindad de la isla de la Gorgona, frente a las costas de la actual Colombia, aquella frágil nave vino a zozobrar. En un batel lograron llegar a tierra algunos de los pasajeros y tripulantes, pero Solano permaneció sereno en los restos flotantes de la nave, alentando a los náufragos y auxiliándolos en aquel caso extremo. Cuando el batel volvió en su busca fue el último en acogerse a él, y lo hizo lanzándose al mar, después de arrollar el hábito a la cintura. Una vez en la playa, y cubierto tan sólo con la túnica, fue en busca del hábito que había perdido y lo halló en la arena. San Francisco, como él decía, le había dado aquel hábito y él también se lo había de devolver.

 


   Por más de dos meses hubieron de permanecer los náufragos en la costa, desprovistos de todo auxilio. Uno de los compañeros de Solano había perecido en el naufragio, el otro, cansado de esperar, decidió salir en el batel con otros compañeros en busca de socorro. Tenían que alimentarse de peces, mariscos y hierbas silvestres, y no sin trabajo los encontraban. Solano, olvidado de sí, procuraba levantar el ánimo de sus compañeros, aliviaba sus males y les daba cuanto caía en sus manos y podía servir para su sustento. Parece que en más de una ocasión su pesca tuvo todos los contornos de milagrosa. El Señor escuchaba a su siervo. Al fin arribó el socorro tan ansiado. A últimos de diciembre una nave recogió a los náufragos y los condujo al puerto de Pafta, al norte del Perú. De aquí continuó Solano su camino por tierra hasta llegar a la ciudad de los reyes, Lima. Cruzó aquella costa desierta, interrumpida, a veces por los valles que riegan los ríos que bajan de la cordillera, y en 1590 entraba en la capital del virreinato, donde ya le había precedido el virrey don García y en donde por aquel tiempo gobernaba aquella iglesia un esclarecido prelado, Santo Toribio de Mogrovejo.

 


   Solano ardía en deseos de pasar a las Misiones a que estaba destinado. Fray Baltasar, que le había traído consigo, atendió sus ruegos y con otros ocho religiosos emprendió el camino que conducía al Tucumán. La distancia era enorme. Basta fijar los ojos en un mapa de América para darse cuenta del inmenso espacio que había que recorrer. Pero a esta dificultad se añadía otra mayor: la de la aspereza y rigor de la tierra. Había que trasmontar los Andes, y luego de cruzarlos, llegar hasta el Cuzco, para tomar después el camino que conduce al Callao, esto es, a la meseta frígida y desnuda casi de vegetación que domina la actual Bolivia y se prolonga casi hasta los confines del Norte argentino. Aquí comenzaba la bajada abrupta y sinuosa hasta Salta y más abajo a las llanuras del Tucumán. Solano hubo de arrostrar esta jornada caminando unas veces a pie, otras en pobres cabalgaduras, y sufriendo todas las consecuencias de la falta de abrigo de las rigideces del clima. Si por allí habían pasado los conquistadores y capitanes en busca del Dorado y del rico cerro de Potosí, ¿iban a mostrarse menos animosos los discípulos de Cristo, los conquistadores de las almas?

 

   En noviembre de 1590, según la carta del comisario fray Baltasar Navarro a Su Majestad, llegaba la expedición al Tucumán (carta fechada en Santiago del Estero el 26 de enero de 1591). En todo aquel territorio no había por aquel tiempo sino dos obispados, el del Tucumán y el del Río de la Plata. El primero era tan pobre, decía su obispo, fray Fernando Trejo, en 1601, que su catedral carecía de ornamentos decentes y no tenía cómo poder levantar el seminario. Los franciscanos, dominicos y mercedarios habían penetrado en la región años hacía, pero su número era muy escaso. Tras ellos vinieron los padres de la Compañía de Jesús, pocos también. En 1610 la Orden de Santo Domingo sólo tenía un convento en Córdoba; los franciscanos tenían seis: en Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rioja, Talavera y Salta, pero en el que más había seis o siete frailes y en el que menos dos o tres; los mercedarios tenían también seis casas, en las mismas ciudades, pero su número era menor; finalmente la Compañía sólo tenía domicilios en Córdoba y en Tucumán, aunque en el primero los religiosos pasaban de veinte. Si esto sucedía en 1610, ya podremos calcular lo que sería en 1591, o sea unos veinte años antes, en el momento en que Solano arriba a esas tierras.

 


   Muy escasa es la documentación que poseemos sobre sus actividades apostólicas en el Norte argentino. Casi todos sus biógrafos, aun en la época moderna, no han hecho otra cosa sino inspirarse, no siempre con fidelidad, en las declaraciones de los procesos. Por fortuna, éstos se llevaron a cabo cuando aún vivían muchos que habían conocido y tratado al Santo, y de allí que su testimonio sea de calidad. Fray Francisco permaneció en el Tucumán sólo once años, de 1591 a 1602, primero como misionero y doctrinero de Socotonio y la Magdalena, y a partir de 1595, como custodio o viceprovincial de todos los conventos del Tucumán y del Paraguay, dependientes de la provincia del Perú.

 


   La labor del misionero era ardua. No sólo había que vencer la resistencia del indígena, receloso siempre de los españoles, de quienes había recibido y recibía muchas vejaciones, sino, además, romper con las dificultades de la lengua y las que oponía la misma naturaleza, en un país cruzado por montes y ríos y en su mayor parte deshabitado. La caridad y mansedumbre de Solano y la pobreza de su hábito le ganó el corazón de los indios; se aplicó al estudio de su lengua y Dios ayudó sus esfuerzos. Se dice que poseyó el don de lenguas, pero no está de más advertir que, por las declaraciones de quienes le trataron, el capitán Andrés García de Valdés le enseñó la Tonocote y uno de sus compañeros confiesa que tardó cuatro meses en aprender otra de las lenguas indígenas. Sin embargo, en su caso se renovó el milagro del día de Pentecostés, porque, hablando en una sola lengua, sus oyentes le entendían como si les hablara en la propia.

 

   El Santo se impuso a aquellas mentes casi infantiles y el secreto de sus éxitos estuvo en su perfecta unión con Dios. Hay un hecho que aparece referido por uno de los testigos de los procesos, el cura de la Nueva Rioja, don Manuel Núñez Maestro, pero sus biógrafos lo han desfigurado y hasta lo han hecho inverosímil. El Jueves Santo del año 1593 Solano se encuentra en la población, que apenas lleva dos años de fundada. Ha venido invitado por el cura. Cuarenta y cinco caciques con su respectivo séquito se dan cita en el mismo lugar y este número de indios alarma al teniente de gobernador, quien aconseja a los vecinos preparar las armas. En la noche, como era el uso de España y de muchas ciudades del Perú, va en la procesión un grupo de disciplinantes, desnudos medio cuerpo arriba, azotando sus espaldas. Los indios no salen de su asombro. Solano aprovecha la ocasión para hablarles del Redentor y de sus sufrimientos por nosotros; les cautiva y le piden que los instruya en los misterios de la fe. Algunos dieron en decir que los bautizó a poco a todos y que su número llegaría a 9.000. el cura Núñez no dice esto. Sus palabras textuales son: “Los retuvo a todos hasta que fueron bautizados”.

 

   Solano no podía desconocer lo que habían ordenado sobre el particular los concilios limenses de 1567 y 1584. En el Tucumán se conocían esas prescripciones y en 1597 las hacía suyas el sínodo celebrado en Santiago del Estero por el obispo Trejo. Tampoco nos parece verosímil que fueran 9.000 los bautizados. El cura Núñez dice solamente que el número de indios llegaría a 9.000, pero es más que probable que en ese número incluía los de la región o los que estaban sujetos a los caciques que hicieron su aparición en la Rioja. Aun reduciendo el hecho a sus debidas proporciones, la acción del apóstol campea y sobresale. Tampoco creemos, como algunos afirman, que su actividad se extendiera al Gran Chaco y a otras regiones alejadas del Tucumán. No hay fundamento para asegurarlo. Santiago del Estero, la desaparecida Esteco, la Rioja y Córdoba fueron el teatro de sus hazañas, En todos estos lugares dejó las huellas de su paso y testimonios evidentes de su santidad. Se citan las fuentes de Talavera o Esteco y la de la Nueva Rioja. En ambas brotó el agua al conjuro de la voz de Solano. De la primera apenas cabe dudar, pues cuando, en 1617, pasó por allí el visitador del Tucumán, don Francisco de Alfaro, todos le señalaron la fuente del Padre Solano que allí brotaba copiosamente.

 


   En el año 1601 los superiores le llaman al Perú, Querían servirse de él para la nueva recolección de Nuestra Señora de los Ángeles, que estaba a punto de fundarse en Lima. Obediente a la voz de Dios, emprende el largo camino que le separa de aquella ciudad. Su humildad no acepta el cargo de guardián y queda como vicario. No mucho después el comisario fray Juan Venido le envía a la ciudad de Trujillo, en calidad de guardián. Esta vez no puede rehuir el cargo. En 1604 vuelve nuevamente a la recoleta de Lima y en diciembre del siguiente año, abandonando su retiro y, con un crucifijo en la mano, sale por calles y plazas, exhortando a todos a hacer penitencia de sus pecados y amenazando a los reacios con los castigos de Dios. La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes. Le siguen hasta la plaza Mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso. Resuenan por los aires las voces de perdón y por toda la ciudad cunde la voz de un inminente castigo del cielo. Recientes están los ejemplos de Arica y Arequipa, asoladas por un terremoto, de modo que aquella noche hubo que dejar abiertas las iglesias, por el gran concurso de gente que pedía a gritos confesión.

 

   La ciudad pasó la noche en alarma. Hasta Rosa, la virgen incomparable, azota su cuerpo sin piedad, pidiendo a Dios por los pecadores. El virrey, conde de Monterrey, manda al siguiente día hacer una averiguación del hecho. Ordena, de acuerdo con el padre comisario, que un tribunal examine e inquiera del predicador lo que ha dicho y las causas que le han movido a decirlo. Solano se presenta sereno y, como ha obrado por divino impulso, no hace sino exponer la verdad. Sin embargo, recibió una admonición, a fin de que en adelante no perturbara la tranquilidad de los habitantes.

 

   En lo sucesivo su vida es más del cielo que de la tierra. Sus fuerzas van decayendo visiblemente y por esta causa se le traslada al convento de Jesús, de Lima, donde, tras breve enfermedad, causada más por las privaciones y trabajos que por el desgaste natural del organismo, fallece el día de San Buenaventura, 14 de julio de 1610, cuando se elevaba la hostia en la misa mayor. Su entierro tuvo contornos apoteósicos. El virrey, marqués de Montesclaros, y el arzobispo Lobo Guerrero son los primeros en conducir el féretro a la iglesia, donde la guardia de alabarderos apenas puede contener a la multitud. Predica sus virtudes el provincial de la Compañía, Juan Sebastián de la Farra, y se le da sepultura en la cripta de la iglesia, donde más tarde se levantará una capilla. El mismo año de su muerte, a 21 de julio de 1610, se empezaron las informaciones sobre su vida y virtudes, las cuales dieron por resultado el que la santidad de Clemente X lo beatificase en el año 1675 y Benedicto XIII lo proclamase Santo en 1726.

 

 RAMÓN VARGAS UGARTE.  

 


SAN BUENAVENTURA, CARDENAL, OBISPO Y CONFESOR. ----14 de julio.

 


  Nació en Bagnarea de Toscana, ciudad pequeña del Estado eclesiástico, el año de 1221, para ser uno de los más brillantes astros de la Iglesia de Occidente; uno de los principales ornamentos de la Religión de san Francisco; admiración dé los mayores, más sabios y más santos hombres de su siglo; y en fin para ser apellidado el Doctor seráfico con justísima razón. Su padre se llamó Juan Fidenza, su madre María Ritelli, ambos más distinguidos por su gran virtud que por sus cuantiosos bienes de fortuna, y por su no menos antigua que calificada nobleza. En el Bautismo se le puso el nombre de Juan; pero habiendo caído peligrosamente enfermo casi cuatro años después, tanto, que le desahuciaron los médicos, y habiéndole su piadosa madre encomendado a las oraciones de san Francisco, que vivía a la sazón, y se hallaba en el mismo lugar, ofreciendo al Señor que si daba salud al niño le consagraría a su Majestad en la Religión el seráfico Padre; este hizo oración por el niño, y quedando de repente sano, el Santo exclamó en su lengua italiana: ¡O buona ventura! ¡oh dichoso suceso! y desde entonces toda la familia, transportada de gozo a vista de aquella maravilla, le comenzó a llamar Buenaventura, nombre que después le quedó al santo Doctor.

 



   Luego que se asomó el uso de la razón, sus padres tuvieron gran cuidado de advertirle el milagroso modo con que el cielo le había conservado, previniéndole que el nombre que tenía era testimonio y memoria del milagro. Hizo este beneficio más impresión de la que correspondía a su edad en aquel corazón tierno, blando, y nacido para la virtud, acompañado de un entendimiento vivo y perspicaz. Ni la hicieron menor en él las primeras lecciones que le dieron. Apenas conoció a Dios, cuando le amó, y se hicieron manifiestas las particulares bendiciones con que le había prevenido el cielo desde su misma niñez. Se notó que para él no tenían ningún atractivo los entretenimientos pueriles, y se observó cómo carácter propio suyo casi desde la misma cuna un grande amor a la pureza, y una ternísima devoción a la santísima Virgen, conservando toda la inocencia de sus costumbres y todo el fervor de su devoción en el curso de sus estudios.

 



   En ellos hizo maravillosos progresos; pero no fueron menores los que hizo en el ejercicio de la virtud. Se disgustó del mundo antes de haberle conocido; y cuando se halló en edad proporcionada, solo pensó en cumplir lo que su madre había prometido. Pidió el hábito de los frailes Menores; se lo dieron, y el estado religioso dio la última mano a la perfección de aquella grande alma. Concluido el noviciado, le enviaron a estudiar la teología en París, siendo su maestro el célebre Alejandro de Ales, que a vista de la gran santidad de su discípulo solía decir que Buenaventura parecía no había pecado en Adán.

 

   No había religioso más humilde, más pobre, ni más ejemplar. Animado con el misino espíritu del santo Fundador, parecía san Francisco resucitado en san Buenaventura; la misma abnegación de sí propio; el mismo celo por la observancia de la santa regla; el mismo desasimiento de todo, y las mismas penitencias. Por el tierno amor que profesaba a Jesucristo en el adorable sacramento de la Eucaristía, pasaba horas enteras al pie de los altares deshaciéndose en dulces lágrimas. Antes de ser sacerdote eran sus delicias comulgar con la mayor frecuencia posible; y se dice que, habiéndose abstenido un día de la sagrada Comunión por reverencia y por respeto, fue comulgado por mano de un Ángel.




   Recibió con el sacerdocio el último retoque de su virtud, y todo el cumplimiento de sus amorosas ansias. Á los que le veían en el altar se les comunicaba la devoción del sacerdote. Las dulces lágrimas que derramaban sus ojos, y el fuego que despedía su semblante daban testimonio de que se estaba oyendo la misa de un Santo. Su recogimiento interior, sus conversaciones y su modestia eran pruebas de su íntima unión con Dios. Parecía estar continuamente en oración, y con efecto empleaba codiciosamente en ella todo el tiempo que le dejaban libre sus estudios y las demás ocupaciones. El coro era su recurso para recrearse y para cobrar nuevas fuerzas para trabajar. La materia más ordinaria de su meditación era la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Compuso una obrilla sobre este asunto, con una meditación para cada día de la semana; dio a luz un tratadillo de la oración mental; dispuso algunas oraciones vocales, y escribió de la sublime contemplación con tanta energía y con tanto espíritu, que desde entonces mereció el título de Doctor seráfico.

 

   Aunque parecía estar totalmente dedicado a estos ejercicios de devoción, hacia al mismo tiempo tan asombrosos progresos en las demás ciencias, que, aunque no contaba todavía treinta años, la universidad de París le escogió para enseñar públicamente en ella, dándole la cátedra de filosofía y de teología. Explicó al Maestro de las sentencias con tanta satisfacción y con tanto aplauso, que se puede decir le debió aquella universidad, no menos que a santo Tomás de Aquino, gran parte del alto concepto y reputación que ya se había granjeado en aquel siglo. En ella se conocieron y se trataron los dos Santos, estrechando entre sí aquella íntima amistad, que fue el mejor panegírico de los dos, y duró mientras Ies duró la vida.

 



   Así brillaba el santo Doctor en la célebre escuela de París, siendo estimado y venerado de los más sabios y más santos prelados de la Europa, tanto por la fama de su eminente virtud, como por el merecido crédito de su gran sabiduría, cuando su seráfica Religión quiso disfrutar este tesoro, aprovechándole más inmediatamente en su propia utilidad. Estaba congregado en Roma el Capítulo general de la Orden para la elección de general, y presidia en él personalmente el papa Alejandro IV. Se unieron todos los votos en favor de nuestro Santo, y aunque a la sazón no tenía más que treinta y cinco años, fue electo general por todos los votos, no habiéndole faltado más que el suyo. Confirmó el Papa la elección; y por más que la humildad de Fr. Buenaventura renunció, resistió y representó, le fue preciso obedecer. Su mismo prudentísimo gobierno justificó el acierto, mostrando siempre una gran prudencia, un vigoroso celo por la observancia religiosa, mucha firmeza, y no menor tesón, pero sazonado con admirable dulzura y la mayor aplicación a conservar en su vigor el primitivo espíritu de la Orden; el empleo de ministro general solo sirvió para hacer más visible su profunda humildad. No había hombre de mayor mérito, ni que más bajamente sintiese de sí. Aunque estaba oprimido de negocios, ni se dispensó en algunas de sus ordinarias penitencias, ni mucho menos en su frecuente acostumbrado recurso a la oración; la elevación del empleo no le estorbaba abatirse a los oficios más humildes del convento; y siendo general, serbia a los enfermos con la misma caridad que si tuviera el oficio de enfermero.

 

   Ni el tiempo que ocupaba en los negocios públicos que tenía a su cargo le impedía el cumplir exactamente con sus devociones particulares, y, lo que, es más, le distraía bien poco de sus acostumbrados estudios. Por espacio de diez y ocho años gobernó toda la Orden con tanta prudencia, con tanto acierto y con tanta moderación, que no contribuyó poco al gran esplendor que adquirió en el mundo la Religión de san Francisco, haciéndola tan célebre en todo el universo, y siendo uno de los más bellos ornamentos de la Iglesia católica. La vigilancia en precaver todo cuanto podía introducir alguna relajación en la observancia la acreditaron bien los prudentes estatutos que hizo en el Capítulo general que se celebró en Narbona el año de 1260; pero no se limitaba su celo precisamente a promover el mayor bien de su Religión.

 

   Como por razón de oficio se veía precisado a visitar diferentes provincias de la Europa, no malograba ocasión de solicitar en todas partes la mayor gloria de Dios, ni de trabajar en la salvación dé las almas. Predicaba, instruía y confesaba con inmenso fruto, haciendo muchas y admirables conversiones. Se valía del crédito y del favor que su virtud y su empleo le merecían con los príncipes y con los prelados para la reforma de las costumbres y para el aumento de la piedad cristiana. Pasando su celo a la otra parte dé los mares, envió muchos religiosos para que predicasen la fe a los infieles.

 



   Sobre todo, no perdía oportunidad de extender y de aumentar el culto de la santísima Virgen, por la tierna devoción que profesaba a esta Señora. Conformándose con el espíritu de su seráfico Padre, quiso que se dedicasen a esta soberana Reina casi todas las iglesias de la Orden; que se celebrasen en ella con la mayor solemnidad todas sus fiestas; y para inspirar la misma devoción en todos los pueblos, se valió de todo su crédito y de todas sus piadosas industrias. Fuera de sus ordinarias exhortaciones y dé las conversaciones familiares en que siempre había de entrar la devoción a la santísima Virgen, escribió muchos tratados para promoverla. Compuso un oficio particular de la Virgen con muchas oraciones llenas de espíritu y de ternura; hizo un nuevo Salterio, aplicando a la Virgen las sentencias y las palabras de David con tanta devoción, con tanta ternura y con tanta oportunidad, que el nuevo Salmista parece haber sido inspirado por el mismo espíritu que inspiró inflamados afectos al antiguo.

 

   Apenas se puede comprender cómo un hombre, abrumado con el peso de tantos negocios, pudo hallar tiempo para enriquecer la Iglesia con tanto número de excelentes obras, llenas todas de energía y de devoción, que era el carácter propio de su pluma. En todos sus escritos está derramada cierta especie de moción que, alumbrando el entendimiento, enciende la voluntad en el fuego de aquel divino amor en que él mismo se abrazaba. Por eso dijo el célebre Gerson, que san Buenaventura era sólido, elocuente y devoto, y que para los verdaderos teólogos no había doctrina más sana ni más saludable que la suya.

 

   Gerardo de Abbreville, doctor parisiense, abrazó el partido de Guillelmo de San-Amor, y escribió contra los frailes Mendicantes; tomó la pluma san Buenaventura, y le refutó por escrito con aquella admirable obra que intituló: Apología de los pobres, y tapó la boca al calumniador. Otras muchas obras compuso en defensa de su Religión, y para explicar la regla de san Francisco. Tenemos del Santo muchos tratados de filosofía y de teología; excelentes comentarios sobre el Antiguo y Nuevo Testamento; muchos sermones eficaces y doctrinales; gran número de tratados espirituales, en cuya atención justamente es tenido san Buenaventura por uno de los mayores doctores de la mística teología. Las meditaciones sobre la vida y muerte de Jesucristo son de exquisito gusto, y el método es verdaderamente original. La vida que compuso del seráfico Padre san francisco no fue la menor de sus obras. Cuando la estaba escribiendo le fué a visitar su amigo santo Tomás, y sabiendo en lo que estaba ocupado, no quiso entrar, diciendo: Dejemos al Santo trabajar por otro Santo, seria imprudencia, interrumpirle. Pasando en otra ocasión a verle el mismo santo Doctor, y admirado de la celestial sabiduría de sus estilos, le preguntó confidencialmente, ¿en qué libros estudiaba aquella elevada doctrina, y dónde había aprendido aquella elocuencia tan llena de devoción? Le descubrió entonces san Buenaventura un Crucifijo, y le dijo: Este es el libro donde estudio todo lo que enseño.

 

   Concluido el Capítulo general de Pisa, donde estableció diversos y muy prudentes reglamentos, pasó a Roma con el fin de suplicar al papa Urbano IV nombrase un cardenal que fuese protector de su Orden, y Su Santidad nombró al cardenal de los Ursinos. Temiendo el Santo que el cuidar de las monjas de Santa Clara seria con el tiempo una carga demasiadamente gravosa para sus frailes, suplicó al Papa se sirviese exonerarlos de ella; pero no queriendo el Pontífice privar a las religiosas de los muchos bienes que podían sacar de su espiritual asistencia, se contentó con especificar en la bula, que los frailes Menores no estarían obligados a asistirlas de justicia, sino de pura caridad.

 



   El papa Clemente IV, sucesor de Urbano, le estimó y le amó tanto como sus predecesores. Le nombró para el arzobispado de York, que en aquel tiempo era una de las mayores y más autorizadas sillas episcopales de la Iglesia; pero no fue posible vencer su humildad, pues, aunque el Pontífice quiso usar de su autoridad, el Santo se arrojó a sus pies, lloró tanto, y le hizo tales instancias, que al cabo le rindió. Pero le duró poco su alegría, porque Gregorio X, menos flexible que Clemente, resolvió absolutamente elevarle a las primeras dignidades, ilustrando al sacro Colegio con un sujeto de aquel mérito. Le creó cardenal; y le envió la birreta por dos nuncios, que le hallaron en el convento de Magelo fregando los platos en la cocina. No interrumpió esta humilde ocupación por la noticia de la nueva dignidad; prosiguió fregando hasta que acabó su labor; y precisado a obedecer, partió a Roma. Acababa el Papa de convocar un concilio general en León de Francia, y tenía ya pensado que Buenaventura fuese como el oráculo del Concilio, por lo que le recibió con el mayor alborozo, y luego le consagró por obispo de Albano.

 

   El nuevo Cardenal acompañó al Pontífice en su viaje a León, donde se hizo la abertura del Concilio, presidido por el mismo Papa, el día 7 de mayo de 1274. Predicó san Buenaventura en la segunda y tercera sesión, siendo como el alma de todas las conferencias. Brillaron tanto en todas las ocasiones sus milagrosos talentos, que así los griegos como los latinos le reconocieron por uno de los hombres más santos y más sabios que había entonces en la Iglesia. Habiendo trabajado más que otro alguno, tanto en la reunión de los griegos, como en las demás materias que se trataban en el Concilio, cayó en una gran debilidad, acompañada de continuos vómitos. No es ponderable cuánto sintió el Papa, y cuánto afligió a todos los Padres la enfermedad del Cardenal, a quien todos veneraban como el oráculo del Concilio; pero quería el Señor premiar sus trabajos, y coronar sus méritos en medio de aquella augusta asamblea, y así pasó de esta vida a la eterna el día 14 de julio del año 1274, contando solamente cincuenta y tres de edad.

 

   Le lloró todo el Concilio; y el Papa a la frente de todos los Padres asistió a sus exequias, que se celebraron con extraordinaria pompa en la iglesia de los Franciscos, donde el cardenal de Tarantesio, después papa Inocencio Y, predicó la oración fúnebre. Desde luego manifestó Dios la gloria de su siervo con mucho número de milagros, y no fue el menor el que sucedió ciento sesenta años después de su muerte. El de 1434 edificaron los frailes Menores una nueva iglesia, y se abrió el sepulcro del Santo para trasladar a ella sus reliquias; se hallaron consumidas las carnes, pero la cabeza tan entera como el mismo día de su muerte, con todos sus cabellos, sus dientes, y la lengua tan fresca, los labios tan encarnados y el color del rostro tan perfecto y tan vivo, como si el Santo lo estuviera. Se colocaron los huesos en una urna, y la cabeza en un relicario separado, que hasta hoy es objeto a la veneración de los fieles; pero habiéndose los Calvinistas apoderado de León en el siglo siguiente, quemaron públicamente sus huesos, y arrojaron las cenizas en el Ródano. La santa cabeza se liberó de su furor por la constancia de un religioso de san Francisco, a quien no fue posible obligar a descubrir dónde estaba oculta aquella preciosa reliquia por más horribles tormentos que le dieron. La ciudad de Bagnarca, patria del Santo, conserva un hueso del brazo, que la enviaron de León cuando las reliquias se trasladaron a la nueva iglesia. Le canonizó solemnemente el papa Sixto IV, y Sixto V mandó se rezase su oficio doble, y le colocó en la clase de los Doctores de la Iglesia.

 

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ó

EJERCICIOS DEVOTOS PARA TODOS LOS DÍAS DEL AÑO

ESCRITO EN FRANCÉS

POR EL P. JUAN CROISSET,

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS,

 

MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 14 DE JULIO.

 




—San Buenaventura, de la Orden de Menores, Cardenal y Obispo de Albano, Confesor y Doctor de la Iglesia, muy celebrado por su doctrina y santidad de vida, pasó al Señor el día 15 de Julio.

 


—San Francisco Solano, En Lima del Perú, Sacerdote de la Orden de Menores y Confesor; el cual, ilustre en las Indias occidentales por su predicación, virtudes y milagros, murió en el Señor y fue canonizado por el Sumo Pontífice Benedicto XIII.





—En Roma, el tránsito de san Camilo de Lelis, Presbítero y Confesor, Fundador de los Clérigos Regulares, ministros de los enfermos; el cual, esclarecido en virtud y milagros, fue canonizado por el Papa Benedicto XIV, y declarado por León XIII celestial Patrono de los hospitales y enfermos. Su fiesta se celebra el 18 de Julio.

 



San Justo, soldado del cuerpo del tribuno Claudio, en Roma, el cual, apareciéndosele milagrosamente una cruz, creyó en Cristo, y después de bautizado distribuyó todos sus bienes a los pobres; le prendió luego el Prefecto Magnecio, que le mandó azotar con nervios de buey, cubrirle la cabeza con un yelmo hecho ascua y echarle en una hoguera; pero no recibiendo daño ni en un cabello, murió confesando al Señor.

 



San Focas, mártir, obispo de Sínope, en el Ponto, el cual, en tiempo del Emperador Trajano, habiendo padecido por Cristo cárceles, prisiones, hierros y fuego, saliendo vencedor de todo, subió al cielo, sus reliquias se llevaron a Viena de Francia, y se guardan en la iglesia de los santos Apóstoles.

 


San Optaciano, obispo, en Brescia. (Vivió en tiempo del emperador Valentiniano III, siendo papa san León él Grande, por quien fue consagrado obispo de Brescia).



San Héraclas, obispo, en Alejandría, cuya celebridad era tan grande, que Africano el historiador cuenta de sí, que solo por ver a este santo Obispo hizo un viaje a Alejandría, (Fue el discípulo más aventajado de Orígenes, y su sucesor en la famosa escuela de Alejandría. Sucedió al patriarca Demetrio en la, silla episcopal de la misma ciudad).    




—San Marcelino, presbítero y confesor, en Deventer en los Países Bajos.


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San Ciro, obispo, en Cartago, en cuya festividad san Agustín predicó de él un sermón al pueblo.

 

San Félix, primer obispo de Como, en la misma ciudad. (Fue enviado por el apóstol san Pedro, y ordenado por el mismo obispo de Como, cuya ciudad convirtió a Jesucristo).


—San Marcelino, presbítero y confesor, en Deventer en los Países Bajos.



Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.

 

 

Alabado y glorificado sea Dios eternamente.

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.