viernes, 2 de octubre de 2026
EL SANTO ÁNGEL DE LA GUARDA. —2 de octubre.
jueves, 1 de octubre de 2026
SAN REMIGIO ARZOBISPO DE REIMS, Apóstol de los Francos (438-533) —1º de octubre.
Ramo espiritual: “El que piensa estar en pie, tenga cuidado de no caer”. (I Cor. 10, 12)
El nacimiento de San Remigio fue predicho a sus padres, ya de edad avanzada, por un viejo monje ciego. Los talentos y virtudes de Remigio le hicieron ser consagrado arzobispo de Reims a la edad de veintidós años; su consagración estuvo marcada por un milagro: la frente de Remigio apareció resplandeciente de luz y fue embalsamada con un perfume celestial.
Desde el principio mostró todas las virtudes de los grandes pontífices. Los milagros realzaban aún más el esplendor de su santidad: durante sus comidas, los pájaros venían a tomar el pan de sus manos; cura a un ciego poseído por el demonio; llena de vino, mediante la señal de la Cruz, un jarrón casi vacío; apagó, con su sola presencia, un terrible fuego; libró del demonio a una joven que San Benito no había podido liberar.
La historia de Santa Clotilde nos enseña cómo Clodoveo recurrió al Dios de los cristianos, en la batalla de Tolbiac, y obtuvo la victoria. Fue San Remigio quien completó la instrucción del príncipe. Mientras le relataba, de manera conmovedora, la Pasión del Salvador: “¡Ah! gritó el guerrero, ¿por qué no estaba yo allí con mis francos para librarlo?” La noche anterior al bautismo, San Remigio fue a buscar al rey, a la reina y a su séquito al palacio y los condujo a la iglesia, donde les pronunció un elocuente discurso sobre la vanidad de los falsos dioses y los grandes misterios de la religión cristiana. Entonces la iglesia se llenó de luz y olor celestial, y se escuchó una voz que decía: “¡Paz a vosotros!”
El Santo predijo a Clovis y Clotilde la futura grandeza de los reyes de Francia, si permanecían fieles a Dios y a la Iglesia. Cuando llegó el momento del bautismo, dijo al rey: “Inclina la cabeza, orgulloso Sicambre; adora lo que has quemado, y quema lo que has adorado”. En el momento de la unción con el Santo Crisma, el pontífice, al darse cuenta de que faltaba el aceite, levantó los ojos al Cielo y oró a Dios para que lo proveyera. De repente, vimos descender desde lo alto una paloma blanca, llevando un frasco lleno de un bálsamo milagroso; el santo prelado lo tomó y ungió la frente del príncipe. Esta ampolla, llamada en la historia Santa Ampolla, existió hasta 1793, cuando fue rota por los revolucionarios. Además de la unción del bautismo, San Remigio había conferido la unción real al rey Clodoveo. El mismo día fueron bautizados dos hermanas del rey, tres mil señores, una multitud de soldados, mujeres y niños.
San Remigio se quedó ciego en su vejez. Habiendo recuperado milagrosamente la vista, celebró por última vez el Santo Sacrificio y murió a la edad de noventa y seis años.
Abad L. Jaud, Vida de los santos para todos los días del año, Tours, Mame, 1950.
martes, 22 de septiembre de 2026
SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA (1488-1555). —22 de septiembre.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
SANTA EDITA DE WILTON, Virgen. (984 d. C.)—16 de septiembre.
Edita era la hija del rey Edgardo y de Wulfrida (a veces, llamada santa), venida al mundo en circunstancias oscuras y, de acuerdo con ciertos informes, extremadamente escandalosas También al rey Edgardo se le veneraba en Glastonbury. Fue un notable soberano, Pero su elevación a la santidad se debió, sin duda a lo que el generalmente sobrio Dr. Plummer describe como “el vasto sistema de mentiras monásticas en las que descollaba Glastonbury.” (Plummer, "Beda", vol. II, p. 167)]. Poco después de haber nacido en la localidad de Kemsing, en Kent, en el año de 962, según refiere la tradición, fue llevada por su madre a la abadía de Wilton, donde se quedó hasta su muerte, de manera que las palabras del Martirologio Romano son literalmente ciertas: “Estuvo dedicada a Dios desde sus primeros años en un monasterio y apenas conoció el mundo exterior, cuando lo abandonó para siempre.”
Aún no cumplía quince años, cuando su real padre la visitó en Wilton para asistir a su profesión. En aquella ocasión, el rey hizo que se pusiera ante el altar una carpeta con oro, plata, ornamentos y joyas, para mostrar lo que perdía su hija, mientras Wulfrida se hallaba de pie al lado de la carpeta con un velo de monja, un salterio, un cáliz y una patena. “Todos rogaban a Dios, que conoce todas las cosas, un signo claro para demostrar a una joven doncella de tan poca edad y experiencia, la clase de vida que debía escoger.” Es posible que Edgardo orase para que su hija eligiera el mundo y las riquezas, puesto que trató de adelantarse a su decisión y, antes de que Edita tomara uno u otro partido, le ofreció el puesto de abadesa en tres casas distintas (Winchester, Barking y otra), aunque evidentemente no tenía edad suficiente para gobernarlas más que de nombre. Pero, de todas maneras, Edita declinó aceptar los bienes, las dignidades y los superioratos para quedarse en la comunidad de Wilton, sujeta a su madre, Wulfrida, que era la abadesa. Al poco tiempo, las monjas insistieron para que Edita aceptara el título honorario de abadesa, y así lo hizo la joven, “aunque continuó como antes al servicio de sus hermanas en los oficios más arduos, como una verdadera Marta.” Al poco tiempo murió el rey Edgardo y le sucedió su hijo, Eduardo el Mártir. A raíz de la trágica muerte de éste último, la nobleza, adicta al monarca asesinado pidió que Edita, su media-hermana, dejara el monasterio para ocupar el trono; pero ella se negó rotundamente y, a las perspectivas de la corona, prefirió el estado de humildad y obediencia en el servicio de Dios. Edita construyó la iglesia de San Dionisio, en Wilton y, a la ceremonia de dedicación de la misma, invitó a San Dunstano, el arzobispo de Canterbury. Los fieles observaron que, al oficiar la misa, el prelado derramó abundantes lágrimas y, al preguntársele las razones de su llanto, dijo que se le había revelado que Edita iba a ser arrebatada pronto de este mundo, “mientras nosotros”, agregó, “tendremos que continuar aquí abajo, en la oscuridad y a la sombra de la muerte.” De acuerdo con la predicción de San Dunstano, cuarenta y tres días después de la solemne ceremonia, el 16 de septiembre de 984, Edita se fue a descansar en el Señor, cuando no tenía más de veintidós años de edad. Hay una tierna fábula donde se relata que Santa Edita se apareció poco después de su muerte, cuando se bautizaba a un recién nacido del que ella se había comprometido a ser la madrina; la aparición de Edita sostuvo a la criatura sobre la pila bautismal. También se apareció, aunque esta segunda vez llena de santa indignación, ante el rey Canuto que había tenido la temeridad de poner en tela de juicio algunas de las maravillas que se relataban sobre la bienaventurada Edita. A Santa Edita se la conmemora en el día de hoy en la Diócesis de Clifton.




















