miércoles, 17 de junio de 2026

SAN MANUEL, SABEL, E ISMAEL, HERMANOS, MÁRTIRES — 17 de junio.

 






   Los que nacieron en la ceguedad y tinieblas del gentilismo, que quieran vivir en su ceguedad, malo es; pero al fin como fueron así criados y enseñados, parece tienen algún género de disculpa; pero quien nació alumbrado luego con la clara luz del Evangelio, se crio y doctrinó en ella con el ayuda de las letras y divinas Escrituras, y después la dejó, siguiendo pertinazmente por sus vicios el error de los gentiles, ¿qué disculpa tendrá? Ninguna.

 

   El desdichado emperador Juliano Apóstata fué uno de éstos, el cual desde su niñez fué criado y enseñado en la santa ley evangélica, leyó y supo mucho de las sagradas Escrituras, y después, dejándolo todo, siguió la adoración de los ídolos, y fué el más cruel y declarado perseguidor del nombre de Cristo que jamás se vio. ¿Quién, pues, le tendrá lástima? Ninguno, pues él se buscó y quiso su perdición eterna. Entre los innumerables que experimentaron el rigor de este cruel apóstata, fueron los tres ínclitos mártires y gloriosos hermanos Manuel, Sabel á Ismael, los cuales eran naturales de Persia, de madre cristiana y padre gentil. Su vida era inmaculada, y su solicitud en no llegar a los sacrificios y fuegos que los persas solían hacer en honor de sus dioses, porque aun en sólo mirarlos les parecía quedaban contaminados, según habían sido pura y religiosamente instruidos por Eunoico, su ayo, varón clarísimo, cristiano y muy docto en la fe.

 

   Reinaba entonces en Persia Alamundaro, el cual con cartas y embajadores había tratado con el emperador Juliano hiciese paces, y estando ya conformes en ellas, envió por sus embajadores a estos tres santos hermanos para que las efectuasen y llevasen los capítulos y condiciones de ellas. Venidos al imperio romano hablaron al emperador, y le mostraron las condiciones y pactos hechos; y Juliano les mandó que descansasen, e hizo que los tratasen y regalasen como se acostumbraba hacer a los embajadores. Poco les duró, porque en breves días pasó el estrecho de Calcedonia, y fué á Bitinia, llevándose consigo muchas gentes principales, y entre ellas a los tres santos hermanos. Hizo un solemne sacrificio en un lugar llamado Trigón, y todos los gentiles acudieron a la fiesta y sacrificaron a los ídolos. Los tres gloriosos hermanos no quisieron aun ver el abominable sacrificio, y tristes lloraban y suplicaban a Dios los conservase sinceros y sin mancilla en su religión y santa fe, y fuese servido de apartar de tan grave error a los idólatras.






   —«¡Oh Señor, decían, no los dejes así estar metidos en el profundo de los males!» A este tiempo, por orden del emperador, fué á ellos un su camarero, y procuró llevarlos al sacrificio; mas ellos con una voz y voluntad le dijeron:

   — «Vete de nosotros, pues nunca hemos de negar la fe en que fuimos criados, ni dejaremos a nuestro Dios y Señor por venerar a los demonios que están con vosotros. No venimos tan largo camino para negar nuestra religión; sólo venimos a hacer las paces y confirmar lo que más nos pareciere. Sepa vuestro emperador que de ningún modo nos apartará de la ley de nuestro Señor Jesucristo, aunque contra nosotros manifieste todo su poder, entregándonos al fuego, al hierro y cuantos instrumentos para atormentar ha inventado la tiranía y rigor de los más crueles bárbaros.»

   El camarero refirió todo esto al emperador, el cual por entonces los mandó sólo poner en la cárcel.

 

   Los gloriosos santos iban tan gozosos a la prisión, que iban cantando así: «Venid, regocijémonos con el Señor, alegrémonos en Dios, nuestra salud. ¿Qué Dios hay que sea grande como nuestro Dios, el cual siempre nos hace bien en gloria y potestad? Nosotros somos su pueblo y obra de sus manos, y perpetuamente lo invocaremos.»

   El siguiente día, sentado el emperador apóstata en su tribunal, mandó traer a su presencia a los santos mártires, y primero los procuró atraer a su propósito con blandas palabras, y después los amenazó diciendo que, aunque eran embajadores, no les guardaría la fe (quien a Dios no se la guardó, ¡qué mucho!) y palabra si no adoraban a los dioses como él; porque debajo de este presupuesto se habían hecho las paces. Los valerosos caballeros respondieron que ellos se habían criado y sido enseñados en la religión cristiana por Eunoico, varón insigne en las cosas divinas e incomparable en la virtud, y estaban firmes en su doctrina, con que en ningún tiempo dejarían al Criador de los cielos y tierra por los demonios; y que, pues ellos sólo habían venido por capitular las paces entre el imperio romano y el reino pérsico, no tratase cosa alguna de la religión y dejase adorar a cada uno a quien adoraba, pues esto no tocaba a la embajada. Con estas palabras se enojó Juliano, y lleno de ira dijo:

   —«Decidme: ¿cómo vosotros, que siempre fuisteis rudos é ignorantes de la lengua griega, sois tan desvergonzados y atrevidos, que con vuestro grosero hablar nos queráis persuadir vuestra religión, a nosotros que alcanzamos la cumbre de las letras y no somos ignorantes de vuestras Escrituras? Sabed que en mi mocedad traté en ellas; mas como conocí cuan poco valían, las deje. Y pues yo las entiendo y os aconsejo, sabed que os importa dejar ese pensamiento inconsiderado y de niños. Y si no me quisiereis oír y obedecer, la experiencia de los tormentos os enseñará cuan mal os estará vuestra arrogancia y porfía en una religión indigna de ser oída.»

 

   Oyendo tan sacrílegas palabras se confirmaron más en su propósito los ínclitos mártires; y así dijeron:

   — «De nuestro Dios aprendimos que no hemos de temer a los que quitan la vida al cuerpo, y que por miedo no hemos de hacer traición a la verdad, y que cuando seamos presos no pensemos lo que hemos de responder, pues el mismo Espíritu Santo nos dará ánimo y osadía para las batallas, y qué decir en abriendo los labios. ¿Qué falta de razón y ciencia nos imputas, tú que pareces el más sabio de todos? No sé cuál está más falto aquí de ella, aquel que no conoce a Dios, criador de todo el universo, y no le da toda honra, o aquel que lo dejó y adora las cosas por él criadas, y les da el nombre divino, y ama las honras de los demonios y sucios simulacros. Dios es el extremo de cuanto se ha de desear, y fin del más encumbrado entendimiento, que la abundancia de la vana retórica está llena de mentiras, y os hace ensoberbecer y caer del estado perfecto a un triste y desventurado, como a ti te ha sucedido, que diste oído a la elocuencia, y estás con ella tan loco y soberbio, que te has mudado el nombre, y querido que por religioso te llamen infiel y ajeno de Dios.»

   Como esto oyó el cruel apóstata, lleno de ira y furor, mandó tender en el suelo a los mártires, y que cuatro hombres con cuatro duras correas los azotasen, hasta que sus cuerpos se bañasen en sangre; luego hizo que les agujereasen los pies y manos con clavos, y los pusiesen en un palo, y que con uñas de hierro fuesen sus carnes despedazadas. Así se ejecutó, y sus cuerpos santos fueron deshechos con crueldad grande, y muchos pedazos de sus delicadas carnes caían por el suelo. En medio de tan gran tormento pusieron los ojos en el cielo, y con la boca y alma decían:

   — «¡Oh Señor, que fuiste por los malos clavado en el madero, y no triunfaras del pecado si así no hubieras padecido muerte de cruz! Mira, Señor, como por tu amor estamos también clavados, para que así se purifiquen nuestras almas; y pues conoces la flaqueza de nuestra naturaleza, envía de lo alto tu favor, alivia este trabajo y mitiga esta crueldad y dolor. Confiados en ti, Señor, osamos recibir estos tan graves tormentos; cuan crueles sean, y cuánto nos atormentan, bien lo ves; y así, Jesús dulcísimo, pues estás presto para defender, defiende a tus siervos Manuel y sus dos hermanos. Mas, ¡oh benignísimo Señor!, aun el ruego se está en los labios, y ya tu santo ángel les mitigó los dolores y dejó más sanos que estaban, y esforzó para los demás tormentos.»

   Entonces Juliano los mandó soltar del tormento, y burlando de ellos, les dijo:

   — «¿Veis, como hasta ahora me entretengo, dejando de daros tormentos mayores, pensando que habéis de mudar de intento?»

   Los mártires gloriosos, sufriendo mal estas palabras, llenos de mayor confianza, le dijeron:

   — «No pienses, ¡oh enemigo de Dios!, lo que hasta aquí; haz lo que más quisieres, que dispuestos estamos a padecer todas tus furias por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y todo nos será suave.»

   Con todo, el apóstata cruel, teniendo esperanza de convencerlos, hizo apartar a Manuel, y comenzó con dulces palabras a persuadir a los dos que adorasen a sus dioses, diciéndoles mal de su hermano, porque les aconsejaba que sólo a Cristo conociesen por Dios, prometiéndoles grandes honras, bienes y dádivas si le daban este gusto. Los santos gloriosos, no pudiendo oír sus palabras, con grandes voces y ánimo le dijeron:

   — «¿Por qué te cansas en buscar caminos para perdernos? Si no has experimentado cuánto valemos, ni te basta lo que ha pasado, no dejes de hacer cuanto pudieres, pues tienes tan maldita y cruel alma. Pero si ya sabes nuestra fe, ¿por qué juzgas hemos de ser tan fáciles, que en un instante nos mudemos? Pues ten por cierto que, si acaso no nos volvemos locos, no hemos de honrar a vuestros ídolos falsos, hechos de lodo y piedra, sin saber más que las piedras; porque burlando de ellos, antes que nosotros, dijo David con espíritu divino: que serían semejantes a ellos los que confiasen en ellos.»

   Turbado quedó con estas razones Juliano, y no pudiendo sufrir más les mandó quema los costados para que ardiesen en fuego, así como él se ardía en ira y furor. Ardían los benditos santos y daban gracias a Dios, no mirando a los tormentos presentes, sino a la eterna gloria que por ellos esperaban; antes deseaban padecer más, tan enamorados estaban de Cristo, que se olvidaban de su misma naturaleza. Juliano, entonces más ciego, les dijo:

   «¿No sentís como los dioses esperan vuestra conversión, pues hacen que podáis sufrir tantos males?»

   A que respondieron:

   «No tenemos nosotros que mirar a vuestros dioses, ¡oh desdichado!, cuando tenemos a nuestro Dios y Señor Jesucristo; éste sabemos nos libra de los presentes dolores, y hace que despreciemos el hierro y el fuego; porque ¿cómo de otra suerte bastaría la carne y sangre, pues aun una piedra haría sentimiento? Que, si los demonios no te hubieran engañado y traído a su idolatría, en que estás ciego, tú verías la verdad y nuestra razón.»

   Temió el tirano que si más los atormentaba mayores afrentas le dirían, y así los dejó, y llamó a Manuel, el cual también lo afrentó, por lo que perdió la esperanza de vencerlos, y desesperado les mandó hincar clavos por las cabezas y meter cañas por las uñas, y que al fin les cortasen las cabezas, y que después los quemasen, porque de esta manera no pudiesen los cristianos venerar sus cenizas. Lo cumplieron todos los crueles verdugos, y para degollarlos subieron a un peñasco difícil de subir, que se decía de Constantino, donde oraron así los invictos mártires, diciendo:

   «Recibe, Señor, en sacrificio esta muerte que nos ha de dar la espada, y convierte a tu conocimiento esta gente que ciega os mira, y cautiva el demonio: dales, Señor, tal luz que a ti solo conozcan por Dios, y a ti solo adoren.»






   En acabando estas palabras, oyeron una voz del cielo, que les dijo:

   «Venid a recibir las coronas de la gloria, pues magníficamente se han acabado vuestras batallas;» y luego les fueron cortadas las cabezas, siendo aquel día al 17 de junio. El peñasco se abrió al instante, y recibió dentro de sí los santos cuerpos. Los verdugos que esto vieron, y que no podían ya quemarlos, como había mandado el inicuo emperador, echaron a huir, y los que presentes estaban creyeron en el Señor; y habiendo estado allí muchos cristianos dos días en oración, repentinamente el peñasco les volvió los santos cuerpos, llenos d2e admirable olor, y los llevaron y sepultaron suntuosamente, y después hicieron infinitos milagros.

 




   El cruel Juliano no quedó sin castigo de haber quebrantado la palabra a Dios y a los embajadores; porque el rey de Persia, como supo sus muertes, le hizo guerra, y el enemigo de la paz fué también contra él, y venidos a batalla, fué el malaventurado Juliano vencido, y herido en sus entrañas con celestial saeta, quedando escarnecido de los demonios, que lo habían engañado, y también de los cristianos, que quedaron de él muy amenazados, cuando se partió para la guerra de Persia.

 

   Escribieron la vida de estos gloriosos mártires los griegos en su Menologio, Metafrastes en sus vidas, Nicéforo Calixto en el lib. x de su Hist, eclesiást., cap. 11; Lipomano, tom. VI; Surio, tom. III; Sanctoro, el Martirologio romano, y Baronio en sus Anotaciones, y en el tom. IV de sus Anales, año 362, n. 47.

 




   Quien mal anda en mal acaba, y como se vive se muere; son adagios comunes, que otros llaman cortos evangelios. Dígalo el cruel y apóstata Juliano, pues acabó mísera y desdichadamente, y no es ésa su peor suerte, sino el estar su desdichada alma ardiendo en los infiernos, mientras que Dios fuere Dios. No así las de los tres gloriosos hermanos y mártires de Jesucristo, pues por ser constantes en la confesión de su santísimo nombre y fe católica gozan de la eterna gloria con las coronas y palmas que tan valerosamente ganaron, por cuya intercesión merezcamos la misma gloria. Amén.

 

LEYENDA DE ORO

SAN AVITO, abad de Micy. (+ 530)— 17 de junio.

 





   El religiosísimo abad de Micy san Avito fue hijo de un pobre labrador del territorio de Orleans.

   Habiendo visto algunos monjes de la abadía de Micy, se echó a los pies del abad san Mesmino y le suplicó con los ojos llenos de lágrimas se dignase darle el sagrado hábito o por lo menos recibirle como criado de su monasterio, añadiendo que antes se dejaría morir allí que volverse al mundo.

   Viendo el abad aquella humildad y resolución del fervoroso mancebo, le admitió y contó entre sus hijos.

abad san Mesmino 



   Le nombró procurador del monasterio; y él sustentaba con mucha caridad a los pobres que se llegaban a la puerta, con lo cual merecía que el Señor lloviese sus bendiciones sobre aquella sagrada comunidad.

   Mas al poco tiempo movido de Dios se retiró con licencia de su santo abad, a un bosque muy solitario que estaba no lejos de allí y se llamaba el desierto de Soloña.

   Por este tiempo pasó de esta vida mortal a la eterna son Mesmino; y por voz común de todos los monjes y del obispo de Orleans, el glorioso san Avito fue nombrado superior de aquellos religiosos; mas como el santo se juzgase indigno de aquel cargo, dejó su renuncia por escrito, y llevando consigo a uno de sus monjes se retiró secretamente a otro desierto llamado de la Percha.




   Allí dio habla a un mudo de nacimiento, y corriendo de boca en boca la noticia de este prodigio, concurrían de todas partes las gentes a visitarle y porque muchos querían acompañarle en aquella soledad, labró un monasterio que se llamó después el monasterio de san Avito, donde se vieron los admirables ejemplos que habían dado los discípulos de san Antonio en Oriente.

   Dejó algún tiempo el santo abad un retiro para ir a Orleans donde le llamaba el bien de las almas, y habiendo alumbrado allí a un ciego de nacimiento, el gobernador de la ciudad para celebrar este y otros prodigios del varón de Dios mandó abrir las cárceles y dar libertad a los presos.

   Volviendo Avito a su convenio, halló en el féretro a su discípulo que había traído consigo del monasterio de san Mesmino, e hincándose de rodillas dijo al cadáver: «Yo te mando en nombre de Dios todopoderoso que te levantes.

   Y alzándose el difunto, se arrojó a los pies del santo y fue con él a dar gracias a Dios.

   El glorioso san Lubin, obispo de le Chartres, asegura que oyó este prodigio de boca del mismo monje resucitado, el cual sobrevivió muchos años a nuestro santo.

   Finalmente, lleno de méritos y virtudes, a la edad de sesenta años entregó su purísima alma al Señor.


Reflexión: De varios santos leemos que han alcanzado con su autoridad y sus prodigios la libertad de los presos, y desde los días de san Pablo que libró de la servidumbre el esclavo Onésimo y le llamó con el dulce nombre de hermano, hasta la obra de la Redención de Cautivos y actual rescate de los esclavos de África, siempre se ha mostrado la Religión cristiana amiga y favorecedora de la libertad.

   ¿Sabes por qué? Porque para obligar a los hombres al cumplimiento de sus deberes, tiene medios más eficaces que los recursos de la fuerza y de la violencia de que ha de echar mano la justicia humana: pues ésta sólo puede atar los brazos del cuerpo; más la religión ata hasta los malos deseos del alma.

   Por esta causa vemos que los que temen solamente a la justicia de los hombres se ríen de ella muchas veces, más el que teme a Dios, tiembla de sus amenazas, porque sabe que es imposible escaparse de las manos divinas.


Oración: Te suplicamos, Señor, que nos recomiende delante de ti la intercesión del bienaventurado san Avito para que alcancemos por su patrocinio lo que no podemos conseguir por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amen.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA

lunes, 15 de junio de 2026

LOS SANTOS VITO, MODESTO, Y CRESCENCIA, MÁRTIRES. —15 de junio.

 



   En la ciudad de Mazara, que es en el reino de Ssicilia, nació san Vito, mártir. Su padre era gentil y hombre rico y poderoso, y se llamaba Hila, contra cuya voluntad Vito, siendo niño, se bautizó y comenzó a hacer grandes milagros, sanando a muchos enfermos y librando endemoniados, y obrando grandes maravillas; porque Dios le había escogido desde aquella tierna edad para manifestar en él su gloria. Siendo ya de doce años, y sabiendo que era cristiano, un prefecto de Sicilia, por nombre Valeriano, mandó llamar ante sí á Hila y Vito, y después de haber pasado algunas razones entre el prefecto y el padre, y gastado los dos muchas palabras para persuadir a Vito que negase a Jesucristo y se redujese al culto de sus dioses, como no aprovechasen sus ruegos y amenazas para ablandar y trocar al santo niño, el juez le mandó azotar con varas crudamente, y no habiendo bastado esto, atormentarle con otros instrumentos más crueles. Queriendo los verdugos echar mano del santo para ejecutar él mandato de Valeriano, se le secaron los brazos y la mano al juez, y Vito con sus oraciones se la restituyó y le dio entera salud. Por no verse en otro peligro Valeriano entregó a Vito a su padre, diciéndole que él como padre le castigase y procurase atraerle a la adoración de los dioses. Tentó el padre primero los medios blandos, y pensó con caricias y regalos salir con su intento. Hizo aderezar una pieza muy ricamente y aparejar en ella una cama blanda y olorosa, y traer mucha música, y que algunas doncellas, hermosas y desenvueltas, entretuviesen a su hijo, para que, como muchacho, ablandado con aquellas dulzuras y regalos, se dejase vencer. Mas el santo niño volvió sus ojos y su corazón a Dios, y le suplicó tiernamente que le favoreciese y librase de aquellas mujeres como de serpientes ponzoñosas. Se vio luego en aquel aposento una luz clarísima, venida del cielo, y fueron oídos los ángeles cantar alabanzas a Dios. Y como su padre acudiese al aposento de su hijo, fué tan grande el resplandor que en él vio, que no pudiéndole sufrir, perdió la vista y dio grandes voces y gemidos por el intenso dolor que en los ojos tenía. Fué al templo de sus dioses para ser curado, y no le aprovechó, y les hizo grandes votos y promesas si le restituían la vista; pero las estatuas, que no la tenían, no se la pudieron dar. Se la dio su hijo Vito, por virtud de Aquel que es luz del mundo, sin la cual los más agudos ojos son ciegos. Pero no bastó este beneficio para que el ingrato padre conociese a Jesucristo y se acordase que era padre, y amase por aquel nuevo título al que por instinto de la naturaleza debía amar, antes determinó afligir a su hijo.

 



   Mas el Señor le libró de sus manos, envió un ángel á Modesto y a Crescencia que le habían criado, y les mandó que tomasen á Vito y fuesen con él al mar, y entrasen en un navío que ahí hallarían aprestado, porque él los guiaría, y así se hizo: el mismo ángel fué el piloto y guía de aquella navegación, y los llevó al reino de Nápoles, en la provincia de Lucania, y dejándoles cerca de un río, desapareció. En aquel lugar estuvieron todos tres comiendo de lo que un águila les traía, haciendo Dios muchos milagros por las oraciones de san Vito, y alumbrando a los pueblos comarcanos, que por haberse divulgado su santidad venían a él, y lanzando de sus cuerpos los demonios que los atormentaban; y para mayor gloria de su santo nombre quiso Dios que un hijo o hija del emperador Diocleciano en aquella sazón estuviese muy afligida del demonio, el cual dijo que en ninguna manera saldría de ella hasta que Vito, siervo de Jesucristo, viniese. Buscaron luego al santo mozo por mandado del emperador: le hallaron y le trajeron, y en poniendo sus manos sobre la doncella endemoniada, súbitamente huyó el demonio, dejando heridos y maltratados algunos de los gentiles que estaban presentes, por haber hecho burla de san Vito y dicho que no podría sanar a la enferma, la cual quedó con entera salud. El emperador, como vio a su hija sana tan presto, y que Vito era mozo y de muy gentil disposición y presencia, se le aficiono en gran manera, y le ofreció grandes dádivas y favores, y que le tendría en su palacio, y le trataría como á hijo, si dejando a Jesucristo reconociese y adorase a sus dioses. Y como Vito se riese de todo lo que el emperador le ofrecía, convirtiendo la blandura en enojo y el amor en aborrecimiento, le mandó echar en una oscura prisión con Modesto y Crescencia, y cargarlos de hierro y prisiones, y que no les diesen ni una sed de agua. Allí cantaba Vito con el profeta David: Deus in adjutorium meum iníende: Venid, Dios mío, en mi ayuda y favor. Apareció en la cárcel luego el favor del cielo.

 

 

   Se vio una inmensa luz en ella, y se oyó una voz que decía: —«Está fuerte, Vito, siervo mío, que yo estoy presto para ayudarte.»

   Y aquel lugar horrible o inmundo quedó lleno de fragancia y de suavísimo olor. Supo Diocleciano de los carceleros lo que había pasado en la cárcel, e hizo parecer ante sí a los santos mártires. Llevándolos al tribunal, Vito animaba a sus compañeros, y les decía que tuviesen buen ánimo, porque ya se llegaba la hora de su corona, la cual sin duda recibirían de la mano del Señor si perseveraban hasta el fin en la confesión de su fe. Y como el emperador no pudiese persuadir a Vito que se rindiese a su perversa voluntad, mandó encender un horno lleno de plomo, resina y pez, y poner en él a los santos, diciendo a Vito: —«Ahora sí que veremos si tu Dios te puede librar de mis manos.»



   Pero el santo, haciendo la señal de la cruz, entró en el horno y cantó en él a Dios himnos de alabanza (como lo hicieron los tres mozos en el horno de Babilonia), y salió de él tan entero como antes, sin ser quemado ni chamuscado, ni faltarle un pelo, sino con más lustre y resplandor que antes. Le echaron a un león ferocísimo para que le despedazase, y como si fuera un manso cordero cayó a los pies del santo, y halagándole se los lamía. Habían concurrido a este espectáculo más de cien mil hombres y un número innumerable de mujeres y muchachos, y viendo esta maravilla de Dios se convirtieron casi mil de ellos, y creyeron en Cristo.

 




   Decía Vito al emperador: —«¿No ves, Diocleciano, cómo las fieras se amansan, y olvidadas de su crueldad natural reconocen y obedecen a su Señor, y tú le desconoces y le desobedeces?»

   Pero estaba tan ciego y tan empedernido el desventurado emperador, que ni las palabras del santo, ni los milagros que veía, ni los beneficios que había recibido, bastaron para ablandarle, ni para que entendiese que la virtud que Dios obraba en aquel santo mozo era para confusión suya y de sus vanos dioses, antes le hizo extender con Modesto y Crescencia en la catasta (que era un tablado alto y eminente, en que extendían y atormentaban a los santos mártires con varios instrumentos y penas); y allí los atormentaron terriblemente y los descoyuntaron, y desencajaron de sus lugares todos sus miembros, y rasgaron y despedazaron aquellos benditos cuerpos, hasta descubrir sus entrañas. Estaba a la sazón el cielo sereno y el aire sosegado, y orando san Vito y pidiendo favor al Señor se levantó súbitamente una terrible tempestad, y la tierra comenzó a temblar, y a caer rayos del cielo, y muchos templos de los ídolos se asolaron, y quedaron muertos muchos gentiles, y el mismo emperador corrido e hiriéndose la frente huyó por verse vencido de un muchacho.

 

   Bajó un ángel del cielo y libró a los santos del tormento en que estaban. Los llevó al río Silario, de donde habían venido, y los puso debajo de un árbol. Allí san Vito hizo oración al Señor, suplicándole que pues les había hecho gracia que venciesen los tormentos y los peligros de los demonios y tiranos, les diese la gloria que de su misericordia esperaban; y acabada la oración oyó una voz que le decía: —«Vito, yo he oído tus ruegos;» y con esto dieron sus almas bienaventuradas a Dios, y los fieles sepultaron sus cuerpos honoríficamente con ungüentos preciosos. El martirio de estos santos fué á los 15 de Junio del año del Señor de 303, y el vigésimo del imperio de Diocleciano y Maximiano. El cuerpo de san Vito después fué trasladado de Roma a París, y san Venceslao, rey de Bohemia, por gran tesoro hubo un brazo suyo, y le edificó un suntuoso templo en Praga, que es la metrópoli y cabeza del reino de Bohemia, el año de 775; y de allí otra vez a Sajonia el año de 826.

 


   ¿Quién no ve en esta vida y martirio de san Vito la omnipotencia y bondad de Dios, que en un flaco y delicado niño así triunfó de los tiranos, de los tormentos, de la muerte y de todo el poder del infierno? ¿Quién temerá su flaqueza o desmayará, considerando la virtud y favor del Señor? Y ¿quién se fiará de amor de padre o de otro hombre por las buenas obras que le ha hecho, si su mismo padre, y Diocleciano, cuya hija había sanado, fueron los verdugos de san Vito y causa de su martirio?

 

   Las vidas de estos santos traen Surio y los martirologios romanos, Beda, Usuardo y Adón.

 

(P. Ribadeneira.)


domingo, 14 de junio de 2026

MARTIROLOGIO ROMANO. DÍA 14 DE JUNIO.

 









En Cesárea en Capadocia, la ordenación de san Basilio obispo, que, lleno de ciencia, dotado de profunda sabiduría, adornado de todas las virtudes, brilló maravillosamente en tiempo del emperador Valente y defendió la Iglesia, con admirable constancia contra los Arrianos y los macedonios.




En Samaría en Palestina, san Elíseo, profeta, cuyo sepulcro hacía temblar a los demonios según refiere san Jerónimo. También descansa allí mismo el profeta Abdías.



—En Siracusa, san Marciano, obispo, quien, después de consagrado obispo por san Pedro, fue muerto por los judíos en odio del Evangelio que predicara.



—En la diócesis de Soisons, los santos mártires Valerio y Rufino, quienes, habiendo padecido muchos tormentos en la persecución de Diocleciano, fueron condenados por el presidente Ricciovaro a ser decapitados.




En Córdoba, los santos mártires Anastasio, presbítero, Félix, monje, y Digna, virgen.







—En Constantinopla, san Métodio, obispo.







—En Ródes, san Quinciano, obispo.




  —En Nápoles, san Fortunato, obispo.





—En África, san Quintiniano, mártir.
—En Laodicea en Frigia, san Anteon, mártir.

—En Bourges, san Simplicio, obispo, encomiado en una carta de Sidonio Apolinar a san Pérpeto de Tours.

—En París, el fallecimiento de san Euspicio, presbítero, fundador de la abadía de San Memin cerca de Orleans.

—En Antigny del Gartempe en Poytou, san Civran, confesor.

—En dicho día, san Lifari, venerado como obispo en Moissac en Quercy, donde le llaman san Naufray.

—En la Pulla, san Marcos, obispo de Lucera, cuyo cuerpo es venerado en Bovina.

—En Viena, san Etero, obispo.


Sacado de AÑO CRISTIANO POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. Traducido del francés, por el P. J. F. DE ISLA, de la misma compañía. Año 1864.