domingo, 31 de mayo de 2026

SANTA JUANA de ARCO, Virgen y mártir. (+ 1431). — 30 de mayo.

 

    

 Continuaba la guerra comenzada en 1340 entre Francia e Inglaterra en 1412, cuando el día 6 de febrero de este año, la admirable Juana hija de Santiago Arco y de Isabel Romé, modestos labradores, nació en la aldea de Domremy, al sud de Vaucouleurs en Lorena.

    Después de Crecy, dio la reina, en virtud de un tratado, con la mano de Catalina hija de Carlos VI la regencia de Francia a Enrique V de Inglaterra.
   El delfín, Carlos VII, entregado a los placeres, sufrió derrota tras derrota.

   Los ingleses llegaron a sitiar Orleans.

   Pero Dios, en sus inescrutables designios suscita a la prodigiosa doncella de Domremy para defender la patria.






   Dulce y apacible, y temerosa de Dios, Juana recibía con frecuencia los sacramentos, era devotísima de la Virgen, amantísima de los pobres y se entregaba asiduamente a la oración.

   A los 13 años de edad se le apareció un ángel resplandeciente de luz y poco después el arcángel san Miguel que le mandó abandonar a sus padres y aldea y presentarse al rey.





   Le añadió que dejara todo temor porque santa Catalina y santa Margarita no la desampararían un punto.

   Vencidas muchas dificultades, la recibió el delfín en el castillo de Chinon donde oyó de sus labios que la destinaba Dios para salvar a Orleans y coronar al delfín en Reims.

   La dejó Carlos hacer la prueba.







   Juana vestida de guerrero y arbolando el estandarte real, entusiasmó al ejército y puso en huida a los ingleses que la miraron como una aparición sobrenatural.

   Orleans, tomados por Juana varios castillos y fortalezas, se vio libre en 1429 y el delfín fue coronado en Reims el 27 de julio de este año.






   Tomó Juana parte en las batallas no haciendo uso de las armas, sino empuñando el estandarte, limpió de rameras el ejército, hizo confesar y comulgar a los soldados y llevó una vida purísima y angelical en el desenfreno del campamento.

   Por traición fué entregada en Compiégne a los borgoñones que, por dinero, la pusieron en manos de los ingleses.





   Padeció gravísimas injurias y humillaciones durante el proceso que le hizo un tribunal eclesiástico vendido a los ingleses que la declaró hereje, hechicera y escandalosa por vestir traje varonil que sólo usaba para defender su pureza en su vida militar.







   Relegada al brazo seglar, fué condenada a la hoguera, en Rúan, en 1431.

   Antes del suplicio confesó y comulgó con gran fervor, hizo arbolar una cruz ante ella y protestó que no reconocía más Iglesia que la de Jesucristo en la que el Papa es su vicario, y pronunciando el nombre de Jesús expiró.







   Apaciguadas las discordias, Carlos VII ordenó la revisión del proceso, lo aceptó el papa Calixto III y el 7 de julio de 1456 proclamó el tribunal legítimo la invalidez de la sentencia y la inocencia de la víctima.

   Alabaron su santidad sus coetáneos como el canciller Juan Gerson, san Antonio de Florencia y el que después fué Pío II, la proclamaron los inauditos honores que le tributaron los pueblos y la ratificaron innumerables milagros.


   León XIII admitió la introducción de la causa el 27 de enero de 1894; fué beatificada en la Dominica in albis de 1099 y solemnemente canonizada el 16 de mayo de 1920.


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Reflexión: Al ejemplo de tan prodigiosa doncella verás cuan santa y pía es la obediencia a los mandatos de Dios por difíciles que sean, puesto que es Él mismo, Él que manda y Él que da fuerzas para obedecer.






Oración: Dios que suscitaste a la bienaventurada virgen Juana para defender la fe y la patria, te rogamos que, por intercesión de ella, vencidas las asechanzas de los enemigos, goce tu Iglesia de perpetua paz. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

sábado, 30 de mayo de 2026

SAN FERNANDO, rey de Castilla y de León. (+ 1252) — 30 de mayo.

 


El gloriosísimo rey san Fernando fué hijo de don Alfonso IX rey de León y de doña Berenguela, la cual le crio a sus pechos, y así con la leche parece que mamó sus santas virtudes. 

   Jamás dejó de obedecerla como a madre; y como algunos de los ricos hombres murmurasen de que después de ser rey estuviese tan rendido a su madre, dijo el santo: «En dejando de ser hijo, dejaré de serle obediente.» 





   Poseía en altísimo grado todas las prendas reales, y con sus virtudes tenía tan ganados a sus vasallos, que era más rey de sus corazones que de las ciudades de su reino. 

   Tomó en sus manos la espada para hacer guerra a los moros que tiranizaban gran parte de España; pacificó los reinos de Castilla y de León, hizo tributarios a los reinos de Valencia y de Granada, conquistó los de Murcia, Córdoba, Jaén y Sevilla, y varios, príncipes de África solicitaron su amistad con decentes partidos. 







   En treinta y cinco años que peleó se contaron siempre sus batallas por sus victorias y sus empresas por sus triunfos. 

   Nunca desnudé la espada (decía él) ni cerqué ciudad ni castillo, ni salí a empresa, que no fuese mi único motivo el dilatar la fe de Cristo; y por la mayor gloria y servicio de Dios no rehusaba ningún trabajo de la guerra, como si fuera soldado particular, hasta dormir en el duro suelo, y hacer las centinelas por su turno con los demás soldados en el sitio de Sevilla.
 






   Cuidaba mucho del alivio de sus vasallos, y no quería imponer nuevos tributos; y cuando se lo aconsejaban sus ministros con el buen pretexto de hacer guerra a los moros, respondía: «Más temo las maldiciones de una viejecilla pobre de mí reino, que a todos los moros del África». 

  Ganada la ciudad de Sevilla, dispuso una solemnísima procesión de toda la gente lucida del ejército, de la nobleza, del clero y de los obispos, viniendo al fin la venerable efigie de nuestro Señora de los Reyes en un carro triunfal de plata. 






   Los templos y oratorios que edificó a la Virgen santísima pasaron de dos mil.

Finalmente después de un gloriosísimo reinado, conociendo el santo Monarca que se llegaba su fin, antes de que lo mandasen los médicos, se confesó para morir y pidió la sagrada Eucaristía, la cual recibió arrojándose de la cama y postrándose sobre la tierra con una soga al cuello. 



   Se despidió después de la reina Juana y de sus hijos, pidió humildemente a los circunstantes que si tenían alguna queja de él, le perdonasen; y respondiendo que no tenían ninguna que perdonar, alzó ambas manos al cielo diciendo: «Desnudo nací del vientre de mi madre a la tierra y desnudo vuelvo a ella.» 


   Mandó luego que cantasen él Te Deum, y en el segundo verso que dice, «a ti Eterno Padre venera toda la tierra,» inclinó la cabeza y entregó su espíritu a Dios.








   Reflexión: Dicen los historiadores: «Cuando murió el rey don Fernando todo el reino hizo un gran sentimiento: los hombres se mesaban las barbas y las mujeres principales se arrancaban los cabellos, y sin atender al decoro de sus personas, salían por las calles llorando y poblando de clamores el aire. Todos lloraban y decían: Ojalá no hubiese nacido, o no hubiese muerto el príncipe. Y hasta el mismo Alhamar mandó cien moros con anchas encendidas a sus exequias.»






   No nos olvidemos pues de rogar incesantemente en nuestras oraciones al Señor que nos dé reyes o gobernadores como san Fernando, que merezcan las bendiciones y no las maldiciones de sus pueblos.


   Oración: Oh Dios, que concediste al bienaventurado Fernando, tu confesor, que pelease tus batallas y que venciese a los enemigos de tu fe, concédenos por su intercesión la victoria de nuestros enemigos corporales y espirituales. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
 


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA


martes, 26 de mayo de 2026

SAN FELIPE NERI, fundador. (+ 1595) — 26 de mayo.

 


   El glorioso fundador de la Congregación del Oratorio san Felipe Neri nació en Florencia de padres nobles y temerosos de Dios. 

   Mostró desde la infancia grande inclinación a la virtud, por lo cual le llamaban comúnmente Felipe el bueno.

   Tocado de Dios, se fue a Roma, y en aquella corte del mundo comenzó una vida tan penitente como si estuviera en el yermo.

   Unos mancebos atrevidos le encerraron una vez con dos mujercillas livianas para que le provocasen al mal; mas él cuando se vio en tan gran peligro, no hizo sino hincarse de rodillas, orando con tal reverencia, que ni aun mirarle a la cara se atrevieron.

   Terminados sus estudios de filosofía y teología, vendió hasta los libros para entregarse todo a Dios, del cual recibía tan grandes consuelos, que le decía amorosamente: «Señor, no puedo más, apartaos de mí, que siendo yo mortal, no puedo ya llevar esta avenida de vuestros celestiales deleites.» 




  Un día, poco antes de la fiesta de Pentecostés, vino sobre él un fuego de amor tan grande que le derribó en el suelo con una grande palpitación del corazón que le duró toda su vida, quebrándosele dos costillas de encima del pecho; y sentía en aquella parte un calor tan excesivo, que por más frío que hiciese y siendo él ya un viejo era fuerza desabrigarse el pecho para templar aquellos ardores.

   Conversaba con gente muy perdida y la ganaba para Jesucristo, visitaba los hospitales, y servía a los enfermos; fundó la cofradía de la santísima Trinidad de peregrinos y convalecientes, y por su ejemplo instituyó san Camilo de Lelis la religión de clérigos regulares, ministros de los enfermos.

   Habiendo mandado su confesor que se ordenase de sacerdote eran perpetuos los éxtasis y ardores de amor que sentía en la misa, y algunas veces le veían levantado en el aire muchos codos en alto.



Era muy familiar de san Ignacio de Loyola, el cual le llamaba la campana por los muchos que por su medio llamaba Dios a las religiones, y no le quiso admitir en la Compañía, porque sabía que el Señor le tenía guardado para fundador de la Congregación del Oratorio.

   Solía visitar las siete iglesias de Roma, y a veces pasaban de dos mil los que le acompañaban.

   Obraba innumerables prodigios y parecía que tenía en la mano la vida y la muerte, la salud y la enfermedad.



   Finalmente después de haber perpetuado su espíritu de piedad y celo de las almas en la Congregación del Oratorio, a los ochenta años de su vida preciosa y en el día de Corpus Christi, recibió del Señor la eterna recompensa de sus trabajos y virtudes.




   Reflexión: Llegándose a san Felipe una persona que había cometido un pecado grave, le dijo el santo: «¡Qué mala cara tenéis!» Ella se retiró e hizo algunos actos de contrición, y tornó a ponerse delante del siervo de Dios, el cual le dijo: «Desde que os apartasteis de mi habéis mudado de rostro.» Era también cosa muy rara y notada que san Felipe Neri echaba de sí un olor suavísimo y celestial que confortaba a los que trataban con él, y que conocía a los que estaban en pecado por un hedor insoportable, y les avisaba que se confesasen y enmendasen. 


¿Qué olor sintiera en ti el santo glorioso?

   ¿Había de avisarte también para que purificases tu alma? ¿Se alegraría percibiendo en ti el aroma de las virtudes y de la gracia de Dios?


   Oración: Oh Dios, que encumbraste a la gloria de tus santos a tu bienaventurado confesor Felipe, concédenos benignamente que los que celebramos su solemnidad, imitemos sus ejemplos y virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.




sábado, 23 de mayo de 2026

LA APARICIÓN DE SANTIAGO, apóstol. (846) — 23 de mayo.

 


Entre los innumerables y señalados beneficios que ha recibido España de su bienaventurado apóstol y defensor Santiago, es digno de eterna recordación y agradecimiento el que alcanzó en Clavijo. 

   Porque dominando aún en España los sarracenos y oprimiendo a los pueblos cristianos con graves y deshonrosos tributos, el rey Ramiro, que había subido al trono de León, rechazó sus injuriosas demandas y procuró con toda sus fuerzas enflaquecer el poder de los moros, y librar a nuestra patria de aquella tan dura servidumbre.

   Hizo pues un llamamiento general a las armas, y juntando un poderoso ejército se entró en las tierras de los enemigos.

   Abderramán lleno de coraje, llamó en su auxilio hasta las tropas africanas, para salir a su vez al encuentro de los cristianos.

   Se encontraron los ejércitos cerca de Avelda y en aquella comarca se dio la batalla de poder a poder, y pelearon con dudoso suceso, hasta que cerrando la noche, mandó don Ramiro retirar sus tropas cansadas y destrozadas al vecino collado llamado Clavijo, donde se fortificó lo mejor que pudo e hizo curar a los heridos.




   El rey, oprimido de tristeza y de cuidado, se quedó adormecido, y entre sueños le apareció un varón celestial de gran majestad y grandeza, y le preguntando el rey quién era: «soy, respondió, Santiago apóstol, a quien ha confiado Dios la protección de España. ¡Buen ánimo! mañana te ayudaré y alcanzarás ilustre victoria de tus enemigos.»

   Despertó el rey con esta visión y dio cuentas de ella a los obispos que seguían su campo y a los capitanes del ejército; y al amanecer, dada la señal del combate, bajaron las huestes españolas del monte, y como bravos leones se arrojaron sobre los bárbaros, invocando el nombre de Santiago. 

   Se asombraron los sarracenos al ver el ímpetu y valor con que los acometían unos enemigos a quienes contaban por vencidos, y creció más su confusión con los favores que nos vinieron del cielo. 

   Porque Santiago, cumpliendo la palabra que había dado al rey, se dejó ver en el aire, cercado de una luz resplandeciente, que a los cristianos infundía grande confianza y fortaleza, y a los moros terror y espanto.  


 
   Venía el santo apóstol montado en un blanco corcel; y en la una mano traía un estandarte blanco en medio del cual campeaba una cruz roja, y con la otra mano blandía una espada fulminante que parecía un rayo. 


   
   Capitaneando así nuestra gente se alcanzó la más ilustre victoria.
 


   Unos setenta mil sarracenos cayeron muertos en el campo, quedando humillada desde aquel día la soberbia de los moros, y España libre del ignominioso tributo.


   Reflexión: Desde este tiempo comenzaron los soldados españoles a invocar en las guerras al glorioso apóstol como a su valeroso y singular defensor; lo cual hacen en todas las batallas, y la señal para acometer y cerrar con el enemigo, hecha oración y la señal de la cruz, es invocar al santo y decir:

          « ¡Santiago, cierra España!»

   Y por este singular patrocinio del santo apóstol han tenido felicísimos sucesos y acabado cosas tan extrañas y heroicas que humanamente no parece que se podían hacer. 




   Invoquemos también nosotros al santo porque nos defienda de nuestros enemigos visibles e invisibles y especialmente de los demonios y hombres diabólicos que causan la perdición temporal y eterna de los hombres.



   Oración: Oh Dios, que misericordiosamente encomendaste la nación española a la protección del bienaventurado Santiago apóstol, y por su medio la libraste milagrosamente de su inminente ruina, concédenos, te rogamos, que defendida por el mismo gocemos de eterna paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.