miércoles, 25 de febrero de 2026

SAN TARASIO, obispo de Constantinopla. 25 de febrero.

 



   Nació el santísimo obispo Tarasio en la ciudad de Constantinopla de padres tan ilustres por su nobleza como por su religión y piedad.

   Criaron al niño con gran cuidado y entre otros buenos consejos que le daba la madre, no cesaba de avisarle que huyese de toda mala compañía.

   Por esta causa cuando, terminados sus estudios, resplandeció a los ojos de todos por sus virtudes y talentos, y se vio ensalzado hasta la dignidad de cónsul y de primer consejero del reino, en el imperio de Constantino y de la emperatriz Irene su madre, no se desvaneció con el falso brillo de la gloria del mundo, ni los atractivos de la corte menoscabaron un punto la entereza de su inocencia y de sus laudables costumbres: y así por una maravillosa disposición del cielo, a la cual no pudo resistirse el santo, pasó del palacio del emperador a la cátedra patriarcal de Constantinopla, siendo consagrado obispo el día de la Natividad del Señor, para nacer de nuevo y comenzar desde aquel día una nueva vida.



   Sacó de su palacio todas las alhajas y muebles preciosos; se acostaba el último y se levantaba el primero, y se mostraba padre de todos, siendo los pobres sus hijos más amados y favorecidos.

   Pero a los herejes siempre los aborreció y persiguió como a enemigos de Dios y de la verdad divina, y empleó todas sus fuerzas para domar la sacrílega osadía de los inococlastas que destruían con supersticioso furor las santas imágenes.

   A instancias del santo se congregó el séptimo concilio general, al cual asistió, ocupando en él el primer lugar después de los legados del Papa, y cuando el emperador Constantino V repudió a la emperatriz María, su mujer, para casarse secretamente con su concubina Teodora, el santo patriarca condenó aquel abominable matrimonio, e hizo todo lo que pudo para deshacer aquel escándalo.



   Finalmente, después de haber llevado con admirable fortaleza las increíbles persecuciones que padeció por querer remediar tan grande mal, descansó en la paz del Señor y fue a recibir del Rey del cielo la recompensa de sus virtudes que le negaron los príncipes de la tierra.

   El adúltero monarca, cuya liviandad había causado al santo tan amarga aflicción, y a todos sus pueblos tan grande escándalo, acabó su torpe vida con muerte desastrada en que se echó de ver la poderosa mano del Señor que justamente le hería y tomaba venganza de aquella iniquidad.




ReflexiónEl que imagina que en esta vida ha de ser recompensada la virtud y castigada la maldad como merece, yerra torpemente.

   Porque fuera de algunos casos en que nuestro Señor hace resplandecer en este mundo su justicia soberana, ni los buenos ni los malos llevan acá su merecido.

   Si cuando pecamos sintiésemos al punto el azote de Dios, y cuando obramos el bien tuviésemos luego a los ojos el premio, le sirviéramos como esclavos, como niños y como bestias, sólo por el temor del azote y por la golosina de la recompensa.



   No quiere eso nuestro Señor: quiere que le sirvamos con toda libertad, que le amemos como hijos, aun sin temor del castigo ni esperanza del premio: y suficiente conocimiento ha dado a los hombres para comprender que no faltará después la recompensa o castigo, conforme a sus obras y conforme a la ley de la soberana justicia de Dios.



Oración¡Oh Dios omnipotente! concédenos que la venerable solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice Tarasio, acreciente en nosotros el espíritu de la devoción y la gracia de nuestra eterna salud. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORUM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.


MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 25 DE FEBRERO.

 




—En Egipto, la fiesta de los santos Victorino, Víctor, Nicéforo, Claudiano, Dióscoro, Serapion y Papías, martirizados en tiempo del emperador Numeriano. Los dos primeros, habiendo sufrido con fortaleza en defensa de la fe tormentos crueles y extraordinarios, fueron decapitados; Nicéforo, después de padecer el fuego y las parrillas ardiendo, fué cortado en pedazos; Claudiano y Dióscoro fueron quemados, Serapion y Papías, decapitados.
 



—En África, los santos Donato, Justo, Irene o Irena y compañeros, mártires.





—En Roma, la fiesta del santo papa Félix III. Este santo pontífice, tercero de este nombre, natural de Roma, y bisabuelo de san Gregorio el Grande, fué elegido después de san Simplicio, en el año 483. Empezó su pontificado por rechazar el edicto de unión publicado por el emperador Zenón, y excomulgó a todos los que lo recibían. Pronunció sentencias de anatema y deposición contra Acacio de Constantinopla, por no querer obedecer a las órdenes que le había dado de no comunicar con Pedro Monje, hereje ya excomulgado. Este papa congregó un concilio en Roma en el año 487, para tratar de la reconciliación de los que se habían dejado rebautizar en África, durante la persecución. Fué muy respetado de Atalarico, rey de los godos, por su virtud y su celo pastoral, y obtuvo de este mismo rey, aunque arriano, algunas gracias y muchos actos de justicia. Por fin, después de una vida santa, murió también santamente en el mes de febrero del año 492.




—En Constantinopla, san Taracio, obispo, célebre por su erudición y piedad. Tenemos la carta que le escribió el papa Adriano en defensa de las santas imágenes. Era lego y secretario del palacio imperial, cuando fué elegido contra su voluntad, por haberle designado para sucederle su antesucesor antes de morir. Fué consagrado el día de Navidad del año 784, y en 785 envió sus cartas sinódicas al papa Adriano, que le recibió a la comunión. En 787 asistió al séptimo concilio general, congregado a sus instancias, y después de los legados del papa, ocupó él el primer lugar. En el año 795 se opuso al emperador Constantino V, que quería repudiar a María su esposa, para casarse con su concubina Teodora, y habiéndose celebrado secretamente estas bodas, el patriarca al principio disimuló; pero al fin habló contra ellas, y su conducta le acarreó terribles persecuciones, que sobrellevó con admirable fortaleza. Murió Taracio santamente el día 25 de febrero del año 806.




—En Nazianzo, san Cesario, hermano de san Gregorio el Teólogo, a quien el mismo san Gregorio afirma haber visto entre los coros de los bienaventurados. El deseo de saber condujo a este santo a Alejandría, y entre las ciencias le llamaron principalmente su atención la oratoria, la filosofía y la medicina, distinguiéndose tanto en esta última que fué considerado el primer hombre de su siglo. En la ciudad de Constantinopla fué donde se perfeccionó en dicha facultad, pero no quiso establecerse en la mencionada ciudad, por más que se lo rogara el emperador y el pueblo todo. Después de algún tiempo Cesario fué llamado a Constantinopla por Juliano el Apóstata, quien no sólo le nombró su primer médico, sino que a más le honró sobremanera, y no quiso fuese comprendido en los varios edictos que había publicado contra los cristianos. El emperador, a fin de atraerle a sí, y obligarle a seguir sus ideas gentílicas, se valió de todos los artificios; mas Cesario resistió siempre a sus insinuaciones, hasta que, a instancia de sus padres y hermano, que lo era san Gregorio Nacianceno, renunció sus plazas en la corte, prefiriendo a ella el retiro y la soledad. A más de las honrosas distinciones de que le colmó Joviano, Valente le hizo tesorero de su patrimonio privado y también de Bitinia. En este punto ocurrió un gran terremoto, en el año 368, y salvado milagrosamente de él, le movió esto a despreciar enteramente los bienes del mundo, y muriendo poco después, el año siguiente, legó todas sus riquezas a los pobres que amaba extraordinariamente. Así los griegos como los romanos celebraban la memoria de este santo, aunque en distintos días.




— San vertano, Nació en Francia de padres pobres, pero cristianos, que lo educaron en la virtud y en las letras. Los padres se oponían a su conversión. A la edad de quince años tuvo una visión del cielo y tomó el hábito en la religión de carmelitas descalzos, en la cual fué modelo de humildad, verdadera pobreza y fervorosa caridad con el prójimo, muriendo en medio de los apestados en Luca, en el siglo XVI.





—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.



   Alabado y glorificado sea Dios eternamente.





AÑO CRISTIANO
POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).
Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

jueves, 12 de febrero de 2026

MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 12 DE FEBRERO.

 




—En Barcelona en España, santa Eulalia, virgen, que sufrió en tiempo del emperador Diocleciano los tormentos del caballete, de las uñas de hierro y del fuego, y por último, enclavada en una cruz, alcanzó la gloriosa corona del martirio.




—Los siete santos Fundadores de la Orden de Siervos de la bienaventurada Virgen María, Confesores, cuya muerte se conmemora en sus días respectivos. En vida los asoció un espíritu de verdadera fraternidad, y después de muertos los unió el culto con que a todos juntos veneró el pueblo fiel, y el haberlos también canonizado a una el Papa León XIII. 




—En África, san Damián, soldado y mártir. Este soldado romano derramó su sangre por la fe en África, y su cuerpo fué después trasladado a Roma y colocado en el cementerio de Calixto. Se ignora la época de su martirio.





—En Cartago, los santos mártires Modesto y Julián. De estos santos no se saben más que los nombres, y que murieron, según Dextro, en Cartagena de España el año 160. Las actas de estos santos, que trae Salazar en su Martirologio hispano, son apócrifas, como lo prueba Bollandos.

—En Benevento, san Modesto, diácono y mártir. Fué diácono de la iglesia de Benevento en Italia, en cuya ciudad padeció martirio por la fe de Jesucristo en el cuarto siglo del cristianismo.
—En Alejandría, los santos niños Modesto yAmmonio, mártires. Siendo muy niños se les quiso obligar a ofrecer incienso a los ídolos, y rehusando doblegarse a la voluntad de los paganos, fueron degollados en Alejandría, recibiendo así la palma del martirio.
-En Verona, san Gaudencio, obispo y confesor. Floreció por los años de 720, y fué el XXXIX obispo de aquella iglesia.




—En Antioquía, san Melecio, obispo, que estuvo desterrado muchas veces por la fe católica, y murió por último en paz en Constantinopla. San Juan Crisóstomo y san Gregorio Niseno han celebrado sus virtudes con magníficos elogios. 





—En Constantinopla, san Antonio, obispo, en la época del emperador León VI. Oriundo de Frigia, de noble cuna, nació en Constantinopla, y fué desde su más tierna infancia tan devoto de las cosas religiosas, que ellas formaron las delicias de toda su vida. A la edad de doce años abrazó la vida monástica, y en ella se mostró modelo de perfección y ornamento de la Iglesia. Elevado al sacerdocio, su vida y conducta eran las de un ángel en carne: puro, fervoroso, despegado a todo lo de la tierra, su alma vivía en el cielo, objeto constante de todos sus deseos. Su fama y la reputación de sus virtudes fué en breve tiempo tan popular y tan venerada, que habiendo muerto en 888 el patriarca de Constantinopla, fué Antonio unánimemente elegido para sucederle, y no pudiendo vencer la decidida voluntad del emperador, del clero y pueblo de la capital, tuvo que encargarse a su pesar del nuevo puesto a que Dios le destinaba. Durante su pontificado trabajó asiduamente en restituir la paz a la Iglesia y al estado, en reformar la disciplina y en animar a todas sus ovejas en el camino de las virtudes cristianas, que son la base de la pública felicidad. Satisfechos en gran parte sus deseos, murió Antonio en Constantinopla el año 895.






—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.




   Alabado y glorificado sea Dios eternamente.






AÑO CRISTIANO
POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).
Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.



martes, 10 de febrero de 2026

MARTIROLOGIO ROMANO: 10 DE FEBRERO.

 




—En el Monte Casino, santa Escolástica, virgen, hermana de san Benito abad, el cual vió el alma de esta santa separarse del cuerpo en figura de paloma, y volar al cielo.

 

—En Roma, los santos mártires Zótico, Ireneo, Jacinto y Amancio. Murieron en Roma en tiempo del emperador Decio.

 

 

—En la via Lavicana, diez soldados mártires. Sufrieron una horrible muerte por la fe en Roma.


—En Roma también, sobre la via de Apio, santa Sotera, virgen y mártir, la cual, como escribió san Ambrosio, siendo de noble prosapia, menospreció por amor de Jesucristo los consulados y prefecturas de sus antepasados. Habiendo rehusado ofrecer incienso a los ídolos, fué largo tiempo y ásperamente abofeteada; en fin, después de sufrir otros tormentos, habiéndosele cortado la cabeza, voló con alegría a reunirse a su esposo, en el cielo.

 

—En Campania, san Silvano, obispo y confesor. Fué obispo de una ciudad de Campania en tiempo del papa san Símaco, y asistió a los concilios de Roma celebrados en aquella época, en los cuales brilló su doctrina y piedad.

 

—En Malavalle, cerca de Siena en Toscana, San Guillermo, ermitaño.

 



—En una villa de la diócesis de Rúan (Pavilly), santa Austreberta, virgen, célebre por sus milagros.

 

 


—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.

 

 

   Alabado y glorificado sea Dios eternamente.

 

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía. 




SANTA ESCOLÁSTICA, Hermana de San Benito y virgen. (+ 543). — 10 de febrero.

 



   Muy poco es lo que de cierto sabemos acerca de la vida de Santa Escolástica, y ese poco se lo debemos a San Gregorio Magno, que nos dejó el relato conmovedor de los postreros días que la piadosa virgen pasó en la tierra antes de llegar a la bienaventuranza eterna. Con todo, ha sido siempre grandemente venerada en la Iglesia, debido sin duda a su parentesco con San Benito, patriarca de los monjes de Occidente.





PRIMEROS AÑOS DE SANTA ESCOLÁSTICA



   En una de las mesetas que forma el Apenino central en los confines de la Sabina, Umbría y las Marcas, se levanta Norcia, la antigua Nursia de los romanos. Es una pequeña población como de 5.000 almas, guardada todavía por antiguas murallas y rodeada de cimas escarpadas. La plaza mayor ostenta en el centro la estatua de San Benito, y se llama piazza Sertorio. De ese modo la vetusta ciudad ha consagrado el recuerdo de sus dos más preclaros hijos juntándolos en común homenaje; se gloría, en efecto, de haber visto nacer a Sertorio, héroe romano que rehusó soportar el yugo opresor de Sila, haciéndose casi independiente en España, y se gloría no menos de San Benito, que redactó las reglas de la vida monástica en Occidente.

   Extramuros de la ciudad, y no muy lejos, se levanta un castillo cuyos restos perduraron hasta el siglo IX. Allí es donde en el siglo V moraban, parte del año a lo menos, dos consortes tan distinguidos por su piedad como por su elevada alcurnia; se llamaban Eutropio y Abundancia. Eutropio era romano, descendiente de la noble estirpe de los Anicios, cuyos numerosos vástagos habían sido, y debían ser aún, tan fecundos en hombres ilustres.

   Abundancia era, según se cree, natural de Nursia y cada año iba a pasar el verano a su casa solariega, pues el aire puro de las montañas y la fresca sombra de los bosques circunvecinos le daban encanto y bienestar, mientras en Roma se sufría calor sofocante, y sabido es que los romanos de antaño como los de hogaño abandonaban la Ciudad Eterna en la época estival.

   Muchos años habían transcurrido desde que Eutropio y Abundancia se desposaran, y veían llegar la vejez sin haber tenido las alegrías de la paternidad y de la maternidad. Por fin, en el decurso del año 480, según se cree comúnmente, Abundancia dio a luz dos gemelos, hijo e hija, que recibieron en las aguas bautismales el nombre de Benito y Escolástica, respectivamente. Mas, cual, si Dios tomara con una mano lo que con otra daba, Eutropio no tardó en perder a su esposa amada, mezclándose sus sollozos a los vagidos de los recién nacidos. Viudo y a la vez padre de dos huerfanitos, no por ello descuidó sus obligaciones, sino que confió el cuidado de los niños a una piadosa mujer que hizo para con ellos las veces de madre adoptiva, granjeándose el cariño y la gratitud de sus ahijados que no la olvidaron nunca.

   Con frecuencia vemos que Dios se reserva los frutos de una fecundidad tardía y muchas veces inspira, o impone, los nombres que deben llevar los que tiene destinados para realizar alguna obra importante. «Privilegio es de los Santos —dice un autor benedictino— recibir del cielo el nombre que presagie sus méritos futuros.» Bien puede creerse, pues, que por inspiración divina dio Eutropio a sus hijos los nombres de Benedictus, esto es, bendito, que en nuestro idioma equivale a Benito, y el de Scholástica, que significa escolar o discípula. Como tal este nombre era una verdadera profecía.

   «En efecto —escribe un santo abad de Monte Casino del siglo IX—, la piadosa virgen que lo llevaba debía formarse en la escuela del Espíritu Santo, maestro de toda sabiduría. De él aprendió a conocer la regla de todas las virtudes, a discernir el bien del mal, la luz de las tinieblas, y a seguir con paso seguro la senda de la salvación. ¡Oh tierra bendita de Nursia, que tales brotes produjeron! ¡Feliz madre que dio al mundo hijos cuyo nombre significa bendición y sabiduría!»

   Magníficamente iba a realizar el porvenir los venturosos presagios con que la Providencia se complaciera en rodear la cuna de Benito y de Escolástica. Entretanto, crecían los dos niños y se querían con tierno afecto, como ocurre frecuentemente entre mellizos; se hubiera dicho que no podían vivir separados. Y de verdad así será. Dios permitirá que recorran casi al lado uno de otro el camino de la vida y que salgan de este mundo terrenal casi a la misma hora.






SANTA ESCOLÁSTICA ABRAZA LA VIDA RELIGIOSA



   Desde su nacimiento había consagrado Eutropio sus hijos al Señor, según piadosa costumbre de las familias profundamente cristianas de la época. Con toda la tal consagración no se llevaba a la realización al llegar al uso de razón si el niño no la ratificaba voluntariamente. Educados nuestros Santos en la piedad, en el temor y juntamente en el amor de Dios por la digna nodriza elegida por su padre, no tardó Escolástica en hacer suyos los propósitos de éste, y en cuanto llegó a la edad de comprender la importancia del paso que debía dar en la vida, libremente escogió por esposo a Jesucristo.

   Sentía gran inclinación para el retiro. Para ella no tenían las galas particular atractivo, las miraba con indiferencia y aun con desprecio. Se le había impreso altamente en el alma la importante lección que había oído repetir, conviene a saber: que los adornos postizos, por ricos y brillantes que fuesen, no eran capaces de dar un grado de mérito; que el mayor y más apreciable elogio de una doncella era el poderse decir de ella con verdad que era modesta y piadosa.

   Ciertos autores pretenden que abrazó la vida religiosa antes que su hermano. Según eso, ¿ingresó en alguna comunidad de vírgenes regularmente constituida, o se limitó, como lo hicieran aquellas piadosas mujeres del Aventino cien años antes, a llevar en el hogar paterno vida retirada, cubriéndose con tosco sayal y entregándose a prácticas de piedad y caridad? Los hagiógrafos no están contestes en este respecto y los Bolandistas se inclinan por la primera hipótesis. Sea de ello lo que fuere, no se alejó probablemente de Roma por el momento, y fue para ella de honda pena el saber que su hermano se había retirado a las soledades de Subiaco.

   Algunos opinan que Escolástica fue a juntarse allí con su hermano. No existe documento que lo certifique, pero de ser cierto, debió de ocurrir unos quince años después que San Benito se fue de Roma, cuando ya la fama de sus virtudes le había atraído multitud de discípulos. Por ese tiempo debió colocarse Escolástica bajo su dirección, fundando un monasterio en las cercanías del de su hermano.

   Años más tarde, hacia el 529, San Benito dejó Subiaco y se retiró a Monte Casino, siguiéndole Escolástica. El santo patriarca mandó que levantaran para ella un convento al pie del monte, como a seis kilómetros del suyo, en un paraje llamado Palumbariola o Plumbariola, nombre bien elegido, por cierto, hasta profético, pues significa «palomarcito».

   Desde su celda, podía ver la de su hermana, y se cuenta que desde su ventana le enviaba a menudo la bendición. Observaban empero con gran fidelidad la clausura monástica, no visitándose más que una vez al año, días antes de empezar la Cuaresma. En tales ocasiones, salían de sus respectivos monasterios acompañados de tres o cuatro monjes y otras tantas religiosas y se daban cita en una de las granjas de Monte Casino; allí pasaban el día en santos coloquios, y por la tarde, después de un ligero refrigerio, regresaban a sus celdas respectivas. Esta visita anual era ansiosamente esperada por ambos hermanos.

   El resto del año vivía Escolástica en la soledad y la oración, dedicada por entero al gobierno de las numerosas jóvenes que habían ido a ponerse bajo su tutela y dirección. Los panegiristas, de la Santa celebran mucho su admirable templanza, pues se limitaba a una ligera colación al anochecer. Tal era su piedad —dicen— que mereció el don de lágrimas. Además, era sencilla como la paloma que mora en las aberturas de las peñas, colmada de prudencia y dones del Espíritu Santo; velaba con extremado cuidado sobre sus Hermanas, recordándoles la necesidad de evitar las conversaciones con el exterior, para mejor conservar el recogimiento del alma, y se esforzaba en lograr la exacta observancia de la regla que profesaban los monjes de Monte Casino. Con toda verdad se puede, pues, afirmar que Escolástica fue la fundadora de las Benedictinas.





ENTREVISTA POSTRERA DE SANTA ESCOLÁSTICA CON SAN BENITO



   Quince años poco más o menos hacía que Santa Escolástica moraba en Plumbariola con vida más angélica que humana, y, a lo que parece, Dios le reveló que su fin estaba próximo. Quiso ver otra vez a su hermano Benito. El papa San Gregorio Magno ha descrito en sus Diálogos esta última entrevista. Reproducimos con satisfacción tan hermosa página.

   Escolástica había acudido, según costumbre, al lugar ordinario de sus entrevistas; su venerable hermano bajó a su encuentro en compañía de algunos discípulos, y el día transcurrió en santos coloquios hasta que sin darse cuenta las tinieblas de la noche cubrieron la tierra. Entonces se dispusieron a tomar una frugal comida, mientras seguían platicando de cosas espirituales; pero a la Santa se le ocurrió hacer esta súplica a San Benito:




   — «Hermano, te suplico que no te vayas esta noche a fin de que podamos seguir hablando de las alegrías de la vida celestial hasta mañana por la mañana.»


   —«¿Qué es lo que dices, hermana? —respondió San Benito—. Ya sabes que no puedo en modo alguno pasar la noche fuera del monasterio.»


   El cielo estaba tan sereno y claro que ni una sola nube lo empañaba. La piadosa virgen, al oír la negativa de Benito, inclinó su cabeza y, poniendo el rostro sobre sus manos, hizo oración y con muchas lágrimas suplicó al Señor que detuviese a su hermano. En el instante en que Escolástica alzó la cabeza, estalló tan deshecha tempestad de relámpagos, truenos y lluvia torrencial, que el venerable Benito y los monjes que le acompañaban no hubieran podido, si lo intentaran, franquear el umbral de la casa en que se hallaban.

   El santo varón se dio cuenta al momento de que no podía salir para el monasterio; los relámpagos, los truenos y la lluvia torrencial se lo impedían. Se quejó de ello con tristeza diciendo:


   —«¿Qué es esto, hermana? Dios te perdone la mala obra que me haces.»


Y ella respondió:


   «Hermano, yo te pedí un favor y no me oíste; helo suplicado a Nuestro Señor, y Él me ha oído. Sal ahora, si puedes; déjame y vuélvete al monasterio.»


   Pero ¿qué había de poder salir? Se había negado a prolongar la visita y luego hubo de quedarse allí a pesar suyo. Toda la noche pasaron los santos hermanos en coloquios divinos con increíble gusto y contento de sus almas. Venida la mañana, San Benito se volvió a su monasterio y Santa Escolástica a su casa.


   San Gregorio concluye su narración con estas sugestivas palabras:


   «Así, no es de maravillar que Benito quedase vencido por aquella mujer que deseaba ver durante más tiempo a su hermano: pues, según la palabra de San Juan, Dios es caridad, y por la agudeza de su entendimiento fue Escolástica más poderosa porque tenía un amor de Dios más perfecto y más fuerte.»





MUERTE Y SEPULTURA DE SANTA ESCOLÁSTICA



   Como queda apuntado en otro lugar, la ventana de la celda de San Benito daba a la llanura y desde ella se divisaba el convento de Plumbariola. Pasados tres días de la entrevista a que acabamos de referirnos y en ocasión de hallarse orando el Siervo de Dios, alzó súbitamente los ojos al cielo y vio una blanca paloma emprender el vuelo hacia la región azul del firmamento; el Señor le dio a entender que, bajo aquella forma simbólica, el alma de su hermana se elevaba desde este valle de lágrimas a la mansión de la gloria. Y así era en efecto; Escolástica había expirado sin enfermedad y exenta de sufrimientos, rodeada de sus hijas espirituales, sumidas en honda y resignada tristeza, pues si les era sensible perder la presencia de tan buena madre, no menos les servía de consuelo el saber que se hallaba para siempre entre los elegidos, atenta a protegerlas con sus valiosas plegarias. Las monjas de Plumbariola envolvieron los mortales despojos de Escolástica en un sudario, los colocaron en unas andas y los llevaron a la capilla en donde por espacio de tres días les hicieron solemnes exequias.

   Benito, entretanto, dominado por la tristeza y juntamente por la alegría, congregó a sus monjes, les comunicó el tránsito de su hermana, y luego los envió a Plumbariola a fin de que trasladaran el cuerpo al sepulcro que él había preparado. Llegados al monasterio, la cargaron sobre sus hombros y entonando himnos de gratitud la llevaron a Monte Casino. La recibió Benito derramando abundantes lágrimas y dando gracias a Dios por la muerte tan consoladora de su hermana, y lo hizo colocar en su propio sepulcro. «Y esto se verificó —escribe San Gregorio— para que los que sólo tuvieron una sola alma en Dios, tuvieran también una sola sepultura para ambos cuerpos.»

   No habían de tardar mucho los dos hermanos en volverse a ver en el cielo para no separarse jamás. Escolástica dejó este mundo el 10 de febrero de 543, y cuarenta días más tarde, el 21 de marzo, expiraba a su vez San Benito, juntándose su cadáver con el de su hermana bajo el altar de la iglesia de Monte Casino. Mientras vivieron en su monasterio, los monjes trataron aquellas reliquias con la más filial veneración. Pero hacia fines del siglo VI, cincuenta años después de la muerte de San Benito y de Santa Escolástica, los lombardos destruyeron hasta sus cimientos el monasterio de Monte Casino. Los monjes que lo habitaban tuvieron que huir y retirarse a Roma, de suerte que los restos del santo fundador y de su bienaventurada hermana quedaron en el más completo olvido, enterrados bajo los escombros, sin que se supiese su emplazamiento exacto. Nueva destrucción experimentó dicho Monasterio en 1944 con motivo de la Guerra Mundial que acabó el año 1945.






SON HALLADAS LAS RELIQUIAS



   Este lamentable estado de cosas duró más de un siglo y fue menester la intervención divina para que cesara. En vida de San Benito, se fundaron en varias naciones monasterios sometidos a la regla que él estableciera. Se tenía en ellos noticia de las ruinas del Monte Casino y mucho lamentaban que las reliquias de San Benito y Santa Escolástica hubieran permanecido allí privadas de todo honor. Pero dispuso el Señor que a fines del siglo VII o principios del VIII, un santo monje de los alrededores de Mans recibiera en sueños la orden de ir a Italia en busca de las reliquias de Benito y Escolástica y las trasladara a Francia.

   Se puso el monje en camino y se detuvo no lejos de Orleáns en el monasterio benedictino de Fleury, a orillas del Loira. Supo allí que el abad había tenido un sueño como el suyo y había elegido ya algunos emisarios para enviarlos a Monte Casino. El monje de Mans se juntó, pues, a ellos y partieron sin demora hacia la fértil Campania. Cuando llegaron a Aquino, preguntaron a la gente del país, recogiendo toda clase de informes acerca del lugar preciso donde el venerado sepulcro se hallaba. Un anciano cuyos padres habían visto aún en pie el monasterio, les facilitó indicaciones útiles, aunque un tanto vagas, y los viajeros recorrieron rápidamente los diez o doce kilómetros que dista Aquino de Casino, llegando al anochecer al pie de la montaña en que San Benito levantara su monasterio.

   Había que hallar el sepulcro y era cosa difícil a causa de las ruinas amontonadas por los lombardos. Ante semejante dificultad, se pusieron en oración los monjes de Fleury y fueron atendidos, pues de repente apareció en la cima del monte una luz resplandeciente que lo iluminaba todo; se dirigieron hacia aquella parte y no tardaron en descubrir la losa sepulcral. Al levantarla hallaron huesos humanos; luego, más abajo, pero separados por una delgada losa, descubrieron otros huesos.






   Persuadidos de que aquellos restos eran precisamente los que buscaban, los recogieron, los lavaron y los envolvieron en sudarios, y, temiendo ser sorprendidos si se retrasaban, emprendieron al momento el regreso a su patria. No se habían engañado, y Dios nuestro Señor así lo manifestó claramente sembrando de milagros el tránsito de las santas reliquias.

   Más al llegar a Fleury surgió un conflicto entre el abad del monasterio y el monje de Mans. El primero pretendía guardar el preciado tesoro para su iglesia, mientras que el otro se resistía a abandonarlo, alegando que había recibido del mismo Dios la misión de ir a buscarlo. Para dirimir la cuestión, se convino en que las reliquias de San Benito se quedarían en Fleury y las de Santa Escolástica serían trasladadas a Mans.

   Pero surgió entonces nueva dificultad. ¿Qué reliquias eran las de San Benito y cuáles las de Santa Escolástica? Sólo un milagro podía aclararlo. Trajeron el cadáver de un adolescente, muerto la víspera, lo colocaron junto a los huesos mayores, y al instante recobró la vida, más antes había sido colocado junto a los huesos más pequeños y siguió inerte. Idéntico prodigio se verificó, pero inversamente, con el cadáver de una joven, por lo cual se dedujo que los huesos mayores eran los de San Benito y los otros los de Santa Escolástica.






   El monje de Mans tomó posesión de éstos y se los llevó a su país. El obispo del lugar los recibió con muchos honores, lo mandó colocar detrás del altar mayor de un monasterio dedicado a San Pedro, pero que muy pronto empezó a llamarse de Santa Escolástica.

   Con todo, no permitió la Providencia que las reliquias de la Santa permanecieran íntegramente en Mans. En 874, la reina Riquilda, segunda mujer de Carlos el Calvo, trasladó gran parte de ellas a Juvigny, diócesis de Verdún y mandó levantar de intento una abadía donde recibirlas; otra parte parece ser que fue llevada a Monte Casino en época que no se puede precisar.

   El año de 1562 se apoderaron los hugonotes de la ciudad de Mans; mataron inhumanamente a los sacerdotes, pusieron fuego a las iglesias, profanaron los vasos sagrados, llevaron las arcas, cajas y relicarios donde estaban colocadas las reliquias, o depositados los cuerpos santos, después de sacar éstos y aquéllas, arrojándolas por el suelo; y cuando iban a ejecutar lo mismo con las de Santa Escolástica para quemarlas, se apoderó de ellos un terror pánico, que les obligó a huir precipitadamente, sin descubrirse el motivo; lo que se atribuyó generalmente a su poderosa y singular protección, y no contribuyó poco a aumentar la devoción de los pueblos.

   En la actualidad pueden venerarse las reliquias de Santa Escolástica no sólo en Monte Casino, sino también en la iglesia parroquial de Juvigny, donde se encuentran desde el año 1804. Comprenden la parte anterior del cráneo y el antebrazo izquierdo con la mano, todavía cubierto de piel seca.






   Como ha sucedido con otros muchos santos, la piadosa monja no ha sido objeto de una canonización formal, pero ha sido oficialmente reconocido por la Iglesia el culto que los fieles le tributaban; dicho culto permaneció limitado a la Orden benedictina hasta el pontificado de Benedicto XIII. que la extendió al orbe católico el 1. ° de febrero de 1729 con rito de doble. Suele representarse a Santa Escolástica como a una monja adelantada en años, llevando en una mano el báculo de abadesa y a veces un crucifijo; con frecuencia ponen una paloma a su lado. Invócasela especialmente en favor de los parvulitos atacados de convulsiones.





EL SANTO DE CADA DIA
POR
EDELVIVES