domingo, 9 de agosto de 2026

VIGILIA DE SAN LORENZO, DIACONO Y MÁRTIR. — 9 de agosto.

 



UN PROTECTOR DE ROMA.


— En el sermón que se leerá mañana en el Oficio de Maitines S. León exclama: “Alegrémonos hermanos muy queridos con alegría espiritual: y ante el fin tan glorioso de este hombre, glorifiquemos al Señor que es admirable en sus santos. En ellos nos da una ayuda y un ejemplo. Y Él ha hecho de tal modo resplandecer su gloria en el mundo entero que, desde donde sale hasta donde se pone el sol, Roma ha adquirido tanta fama con S. Lorenzo como Jerusalén con San Esteban.”

   Este bello período, al recordarnos la fiesta de la Invención del Protomártir celebrada hace ocho días, nos explica al mismo tiempo, porqué Roma, ha unido con tanta frecuencia el recuerdo de los dos diáconos mártires en su Liturgia y en sus monumentos. Su magnífico mosaico de la basílica de San Lorenzo Extra-Muros donde se celebrará solemnemente la Misa de mañana, nos representa a los dos diáconos rodeando a Jesucristo: S. Lorenzo tiene en la mano el texto del Salmo III que la Iglesia aplica en el introito y Gradual de la Vigilia: “Dispersit, dedit pauperibus.” Ha derramado sus limosnas y se las ha dado a los pobres. Este texto nos recuerda la liberalidad y la caridad del arcediano Lorenzo, administrador de los bienes de la Iglesia romana.

   Más Roma tenía otros títulos de reconocimiento hacia el gran mártir “cuya fiesta comenzamos a celebrar hoy”. La tradición afirma que Roma se volvió definitivamente a Cristo, a partir del día glorioso en que, antes de expirar, San Lorenzo rogó por ella. El Ofertorio de la Vigilia se hace eco con la oración sublime que el poeta Prudencio pone en labios del bienaventurado mártir y que nosotros volveremos a rezar este día: “Oh Jesucristo, único Verbo, esplendor del Padre, creador del mundo y del cielo, cuya mano levantó sus fortalezas. Tú que has puesto el cetro de Roma por encima de todas las cosas; Tú quisiste que el mundo obedeciese sumiso a la toga, para reunir en la sumisión a leyes únicas las naciones debidas por costumbres, usos, lengua, carácter y religión. Mira, el mundo entero se ha sujetado al imperio de Rómulo; pareceres distintos y discrepancias se funden en una cosa; no olvides tu propósito, que fué el de atar con un solo lazo, bajo le égida de tu nombre la inmensidad del globo. Cristo, para tus Romanos, haces cristiana a la urbe llamada por Ti a traer a todos a la unidad sagrada. Todos sus miembros por doquier se juntan en tu fe; el universo domado se hace dócil: ¡Ojalá se convierta con el tiempo en cabeza de reyes! Envía a Gabriel, tu arcángel, para que cure la ceguera de los hijos de Julo y conozcan cual es el verdadero Dios. Presiento la venida de un príncipe, de un emperador, servidor de Dios y no permitirá que Roma sea su esclava; cerrará los templos, sujetándolos con cerrojos eternos.”


“EL AÑO LITURGICO”
DOM PROSPERO GUÉRANGER
ABAD DE SOLESME.

SAN JUAN M. VIANNEY (1786-1859). —9 de agosto.

 




 CURA DE ARS


   Fue, San Juan María Vianney, un serafín de amor, émulo de San Juan     Bautista por las continuas y espantosas austeridades que se impuso, y modelo acabado de pastores de almas por su celo infatigable. Ars va vinculado al recuerdo de Juan María Vianney, cual título de nobleza ganado en el campo de batalla. El «Cura de Ars», esas sencillas palabras constituyen de por sí una filiación, una enseñanza.

   Nació nuestro Santo el día 8 de mayo de 1786, en Dardilly, pueblo que mira a la colina de Fourviére, a ocho kilómetros al noroeste de Lyón. Bautizado el mismo día, recibió el nombre de Juan María. El padre, Mateo Vianney, que era, al igual que su consorte, excelente cristiano, siguiendo una piadosa costumbre, ofreció este nuevo vástago a la Santísima Virgen. La madre —modelo acabado de fe ilustrada y de piedad eminente— le enseñó desde la más tierna edad a hacer la señal de la cruz, a amar a Dios y a balbucear las oraciones en que se inicia el cristiano. Le dotó el Señor de un corazón tan inclinado a la piedad, que ya desde niño elevaba de continuo el pensamiento a Dios y gustaba con preferencia de cuanto tenía relación con los misterios de la vida de Nuestro Señor y con los relatos de la Historia Sagrada. Dueño Juan María de una estatuita de la Santísima Virgen, no la soltaba ni de día ni de noche; tanta era ya su tierna devoción y acendrado cariño a la Reina del cielo.

   Su piadosa madre infundió en él aquella sed insaciable de oración y aquel profundo odio que desde pequeño tuvo al pecado. Le decía a veces su piadosa madre- «Si tus hermanos ofendieran a Dios, lo sentiría en el alma; pero sufriría inmensamente más si viera que le ofendías tú». Bueno es que digamos, sin embargo, que Juanito mostraba cierta altivez y desenfado natural que la oración y prácticas piadosas no lograban desarraigar del todo; pero se esforzaba por dominarse, y obedecía con tanta prontitud que la madre solía proponerle como ejemplo a sus hermanos.




INFANCIA Y PRIMERA COMUNIÓN



   Frisaba apenas Juan María en la edad de la razón cuando el Terror causaba sus terribles estragos en Francia y perseguía de muerte a los sacerdotes que no habían prestado el juramento civil. De éstos había algunos en los contornos de Dardilly, y la familia Vianney albergó de momento a cuantos pudo; de ese modo el niño pudo asistir al Santo Sacrificio, celebrado a ocultas y de noche, y enterarse de que la familia tenía escondidos crucifijos e imágenes piadosas. A su vez guardó él cautelosamente su estatuita de María, y cuando le pusieron de pastorcillo del rebaño paterno, llevaba siempre consigo el preciado tesoro.

   En los prados, en compañía de su hermana Margarita, y sobre todo cuando iban al hermoso vallejo de Chante-Merle, mientras cuidaba Juan María el ganado, tenía por costumbre entronizar la estatuita en el tronco de un árbol o sobre un altarcito, y le rezaba el Rosario. Poco a poco cobró ascendiente sobre los demás pastores, y les hacía rezar también; organizaba con ellos pequeñas procesiones, les enseñaba las oraciones que aprendiera de su madre, y les encarecía mucho la obediencia y la corrección en el hablar. En una palabra, hízose su custodio. Lo cual no le impedía jugar a la rayuela como el que más cuando era el momento de divertirse.

   En el invierno de 1795, frecuentó el niño la modesta escuela de Dardilly, en la que muy pronto descolló por su cordura y aplicación. A los once años se confesó, por primera vez, con el ilustrado Padre Gaboz, de la Compañía de San Sulpicio. Éste indicó a los padres la conveniencia de procurar al niño la enseñanza religiosa más completa y les recomendó le enviaran a la aldea de Ecully, donde se hallaban ocultas dos monjas de San Carlos que preparaban a los niños para la primera comunión. Juan María se hospedó por espacio de un año, en casa de una tía suya.

   Durante la segunda época del Terror, en 1799, que coincidía con la siega del heno, hizo el niño la primera comunión. Contaba a la sazón trece años cumplidos. Los dieciséis niños que componían el grupo, fueron llevados por separado a casa de la señora de Pingón, y en un cuarto —cerrados los postigos de las ventanas y protegidas éstas exteriormente por carretadas de heno que, para más disimular, descargaron durante la ceremonia— tuvo lugar la misa de comunión. Fue, aquél, un día muy dichoso para Juan María. Más tarde, hablaba de él con verdadera emoción y hasta con lágrimas, como de un momento sublime e inenarrable.
   Inmediatamente después de la ceremonia, regresó Juan María a Dardilly. En casa no faltaba trabajo, se puso, pues, a ayudar a sus padres y a su hermano en las diversas labores de la pequeña propiedad.

   Cuando no le era fácil asistir a misa, se unía al celebrante espiritualmente y por la oración; regresaba a casa rezando el rosario, y por la noche, antes de entregarse al sueño, pasaba buen rato leyendo el Evangelio y la Imitación de Cristo, y meditando lo que más le llegaba al alma en su lectura. Dios le preparaba así para una bellísima y santa vocación.





VOCACIÓN TARDÍA BIEN PROBADAEL SACERDOCIO.


   Mucho tiempo hacía que Juan María suspiraba por ser sacerdote para ganar almas a Dios. Cuando la madre llegó a conocer las aspiraciones de su hijo, lloró de alegría y de emoción. El padre, en cambio, no quería privarse en manera alguna de quien tanto le ayudaba en las faenas de casa. Por otra parte, como era ya mucho lo que llevaba gastado en la dote de su hija Catalina y en ayudar a su hijo mayor Francisco, sujeto a las quintas, se le hacía muy costoso resolverse a sufragar los estudios de Juan María. Por fin, tras muchas consideraciones, y rendido a las reiteradas instancias del chico, le autorizó para que siguiera las clases en la preceptoría de Ecully, recién abierta por el párroco, señor Balley.

   Pero a causa de la ingrata memoria del pobre muchacho, las deficiencias de sus estudios primarios y el tiempo transcurrido desde que dejara la escuela, tropezó el joven estudiante con muchas y muy serias dificultades para aprender latín. ¿Qué hace en semejante coyuntura? Orar mucho, mortificarse, estudiar con tesón, hasta con riesgo de la salud. Sin embargo, los adelantos no correspondían a tanto afán, y se sintió influir por el desaliento. Emprendió entonces una peregrinación a pie, mendigando el pan por el camino, y fue a postrarse ante el sepulcro de San Francisco de Regis, en la Louvesc. Volvió de allí con nuevos bríos y consiguió mejorar en sus estudios y en el concepto de sus profesores.

   En 1809, nuestro aspirante al sacerdocio tuvo que hacer el servicio militar, y cayó enfermo en el cuartel. El año siguiente, debido a un conjunto de circunstancias en las que no cabía la menor culpa o premeditación de su parte, y en las cuales debe verse la intervención de la Providencia, resultó legalmente desertor y hubo de permanecer por espacio de dos inviernos en un villorrio de los Cevenes. Pasó aquella larga temporada enseñando a los niños y edificando a todos por su piedad.

   La amnistía general de 1811, y el ingreso anticipado de su segundo hermano en filas, le permitieron regresar a Ecully, donde prosiguió los estudios. De allí a poco murió su madre. Juan María, que estudiaba entonces filosofía en Verriéres, tenía a la sazón veintiséis años. Sus progresos eran muy deficientes. En otoño de 1813 ingresó en el Seminario Conciliar de Lyón, y la insuficiencia de sus conocimientos de la lengua latina le perjudicaron considerablemente, tanto para el aprovechamiento de las clases, como para el resultado de los exámenes. Al cabo de seis meses le aconsejaron los profesores que se retirase. Su antiguo preceptor de latín, señor Balley, siguió dándole lecciones y le presentó al examen que precede a la ordenación, pero sin mayor éxito. Finalmente consiguió que el tenaz candidato —aturullado por lo imponente del jurado y de aquel endiablado latín— fuese examinado en lengua vulgar en la rectoría de Ecully. Esta vez el vicario general y el Superior del Seminario quedaron muy satisfechos de sus respuestas. «Ya que el joven es modelo de piedad —dijo entonces el vicario general—, Juan María recibió los órdenes menores y él le admito al subdiaconado; la gracia de Dios hará lo demás» subdiaconado en julio de 1814. Quince meses más tarde, el obispo de Grenoble le ordenó sacerdote.






COADJUTOR DE ECULLY Y PÁRROCO DE ARS.


   Con inmenso regocijo del señor Balley, el nuevo sacerdote fue designado para coadjutor de Ecully. La carta de nombramiento no le autorizaba para poder confesar todavía; en cuanto le fue permitido sentarse en el santo tribunal, su confesonario fue materialmente asediado, y los enfermos casi nunca llamaban más que a él. El primero que le manifestó su conciencia fue el propio señor cura párroco.

   En el ejercicio de su santo ministerio, le vemos entregado al bien de las almas sin regateos; ruega por ellas, y por ellas se mortifica al par que las edifica con su piedad, abnegación y discreta sencillez. A los pobres da cuanto tiene, hasta los propios vestidos.

   A principios de febrero de 1818, la parroquia de Ars fue confiada al celo del coadjutor de Ecully. Al firmar el nombramiento, le dijo el vicario general: «En esa parroquia hay muy poco amor de Dios nuestro Señor, ya lo infundirá usted». No se equivocaba en su confianza al hablar así.

   Aquella aldea de doscientos treinta habitantes, situada a 35 kilómetros de Lyón, conservaba un fondo religioso, pero las prácticas cristianas habían sido punto menos que abandonadas. La iglesia solía estar desierta; la blasfemia era un mal profundamente arraigado; los domingos, las cuatro tabernas del lugar hacían victoriosa competencia a los divinos oficios; no se conocía el descanso dominical; la embriaguez, el baile y las veladas nocturnas eran verdaderas plagas de las buenas costumbres. En la mañana del 10 de febrero de 1818, el nuevo pastor celebraba por primera vez en la pobre iglesia de Ars el Santo Sacrificio de la misa, y en él pedía a Dios la conversión de la parroquia. El santo sacerdote pasa el día y parte de la noche en la iglesia, orando u ocupado en la preparación de sus pláticas doctrinales. El descanso de la noche lo tomará echado sobre unos sarmientos o en el duro suelo, pero antes de acostarse se disciplinará con un instrumento armado de aceradas puntas hasta derramar sangre. Sus modestos haberes son para los pobres y para el ornato de la casa de Dios. A veces, pasa dos o tres días sin probar bocado; por espacio de diez años él mismo se adereza el escaso e invariable sustento que ha de bastarle para no morir de hambre; y en todo se muestra afable, acude presuroso a la cabecera de los enfermos y visita a los feligreses. Para hacer más atractiva la iglesia, la embellece con un nuevo altar y trae ornamentos nuevos; habilita otras capillas y, declara guerra a la ignorancia valiéndose de la catequesis y de pláticas dominicales.

   Fueron menester ocho años de labor ardua y tenaz para combatir la indiferencia religiosa de los fieles, acabar casi por completo con la blasfemia y desterrar el trabajo de los días festivos y la clientela de las tabernas; tendrá empero que luchar más de veinticinco años para quitar a sus feligreses la afición al baile. Muchos proclamaban que tales placeres eran inocentes y legítimos; pero el celoso pastor abrió los ojos a aquellos infelices ciegos, lo mismo desde el pulpito que en el confesonario. «El baile —les decía—, el vestido indecente y las veladas nocturnas, tal como las usáis, son fomentadoras y encubridoras de la pasión torpe». Y no se limitaba a perorar, se presentaba de improviso en la plaza pública: su sola presencia bastaba para hacer huir a los danzantes; y remuneraba al músico o al tabernero para que se ocultasen durante la diversión. En la capilla de San Juan Bautista, de la parroquia, había hecho poner esta inscripción tan evocadora- «Su cabeza fue el precio de un baile». Se negaba a dar la absolución a los jóvenes que frecuentaban el baile, y aun a los que sólo eran, en tales fiestas meros espectadores.







LA HORA DE LAS GRANDES CONTRARIEDADES


   El apóstol ha de fecundar su obra con el dolor si quiere hacerla eficaz. En Ars, las almas verdaderamente cristianas aceptaron gustosas las pláticas y reformas del señor cura; en la gente ignorante suscitaron, en cambio, cierta extrañeza, y aun quejas y murmuraciones, las almas pervertidas, los pecadores endurecidos fueron más lejos, esgrimieron el insulto, la calumnia, el ultraje difamante contra el humilde sacerdote, considerado por todos como un santo y llegaron hasta remitir al obispado cartas que determinaron una información canónica.

   Pero la oración, el buen ejemplo y la heroica austeridad del santo cura vencieron todas las contrariedades, y obtuvieron por fin la total transformación de la aldea. «Ars, ya no es Ars, es una modesta parroquia que sirve a Dios de todo corazón» —escribía el buen párroco—, los feligreses han pasado del libertinaje a la virtud, unos, y otros, de la piedad incipiente al fervor. Ya no se conoce el respeto humano; la asistencia al templo es asidua, y los domingos se guardan con todo rigor, se reza el Ángelus en el templo y en la calle, son más castas las conversaciones; las prácticas religiosas han reaparecido en los hogares, durante la semana está de continuo un adorador ante el Santísimo Sacramento. Muchas personas oyen diariamente misa antes de ir a la labor, la Cofradía del Santísimo Sacramento, que llevaba la vida lánguida, ha revivido, cada noche, al son de campana, se congregan los fieles en la iglesia para la oración en común. Las procesiones, y en particular la del Corpus, se celebran con la máxima solemnidad, testimonio del fervor de los fieles.

   Para las niñas de la parroquia, y más tarde para la educación cristiana de las huérfanas abandonadas, se gastó el santo párroco todo su patrimonio, fundando aquella admirable Casa de la Providencia, que fue modelo de obras para la educación popular y tuvo muchos imitadores.





ROMERÍAS A ARS. — LUCHAS CON EL DEMONIO.


   Desde 1820, el cura de Ars predicó y confesó asiduamente en las parroquias vecinas con motivo de la Hora Santa o de las misiones que allí se daban, consiguiendo abundantísimo fruto, no retrocedía ante ninguna molestia; fuera de día o de noche, en invierno o en verano, siempre acudió presuroso a prestar servicio a sus hermanos.

   Para tener el consuelo de ver y oír a este santo varón, a la vez que, para pedirle consejo, acudían a Ars fieles de la Dombes, de la Bresse y del Lyoncsado. Así tuvieron principio las célebres romerías que llevaban cada año a la parroquia de Ars a millares de personas de toda condición, no sólo de Francia sino también del extranjero, sacerdotes, religiosos, funcionarios públicos, incrédulos, pecadores, almas atribuladas y almas ganosas de perfección. Todos se volvían consolados, curados, ilustrados y convertidos después de haber visitado al siervo de Dios.

   Los pecadores corrían tras el humilde sacerdote; pero el demonio, despechado por las numerosas conversiones que el Santo obtenía y queriendo a todo trance impedirlas, le abrumó por espacio de treinta y cinco años, con una molestísima y pesada obsesión. Le quitaba el sueño y el descanso con recios golpes, alaridos y alborotos de todo género, estremecimientos de la casa y de los muebles, injurias y otras molestias por el estilo, y aun intentó disgustarle de la oración y de la labor apostólica. Pero el Santo replicaba a estas tentaciones dándose con más ahínco a lo que el demonio combatía en él y multiplicando su celo por las almas.






MARAVILLOSO MÉDICO DE LAS ALMAS



   La muchedumbre de peregrinos que diariamente invadía la localidad —llegaban a cien mil al año—, imponía al señor Cura largas sesiones confesonario. Dios le había comunicado el talento de dirigir las almas; sabía infundir gusto y aun ansia de la confesión; leía en las conciencias, manifestaba a cada cual su estado y aconsejaba luego con luminosas y acertadas palabras. Se levantaba a media noche para sus rezos, y a la una iba a la iglesia a confesar a los que ya le aguardaban. Terminada la misa, reanudaba las confesiones y las proseguía hasta la hora de la doctrina, es decir, hasta poco antes del mediodía. A eso de la una, regresaba nuevamente al templo para confesar sin interrupción hasta el toque de oraciones. Por espacio de treinta años pasó diariamente de dieciséis a veinte horas en el confesonario. A esta labor correspondían las bendiciones, divinas que caían abundantes sobre las almas y aun sobre los cuerpos de los que acudían a él con esperanza de alivio.
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    Todos los que a él se acercaban volvían con el corazón henchido de gozo y con el alma llena de las grandes ambiciones de la santidad; de manera que la peregrinación a Ars fue un continuo ascender a Dios.

   En su profunda humildad —que a juicio de Monseñor de Segur hubiera bastado para canonizarle—- el santo cura de Ars atribuía tal cúmulo de gracias a su «amada santita», la mártir Santa Filomena, una de cuyas reliquias, recientemente descubiertas, había podido conseguir, y a la que había dedicado una capillita en la iglesia de Ars.






MUERTE Y HONRAS FÚNEBRES



   Repetidas veces había anunciado el santo párroco su próximo fin. El viernes 29 de julio de 1859 se sintió mal. Aunque acometido de frecuentes sofocos, siguió confesando y explicó la doctrina como de costumbre, el calor era asfixiante y la iglesia, colmada de fieles, un verdadero horno; con todo, el ministro del Señor permaneció firme en su lugar. Por la noche estaba completamente extenuado. Le costó mucho llegar a la rectoría, y se acostó tiritando por la fiebre. «Hijos míos —dijo a los presentes—, he llegado al fin de mi carrera». Mandó llamar en seguida a su confesor, el párroco de Jassans, y se confesó con su habitual fervor y tranquilidad, sin manifestar el menor deseo de curación. La enfermedad hizo rápidos progresos, el moribundo bendecía a cuantos lograban acercarse a él y a los peregrinos que se hallaban fuera, pero ya no hablaba sino con Dios nuestro Señor. Se iniciaron rogativas a Santa Filomena para que curara a su gran devoto: más el estado del mismo empeoró, por manera que al día siguiente le fueron administrados la Extremaunción y el santo Viático. El obispo de Belley acudió a bendecir y abrazar por última vez el venerable moribundo. El jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, el cura de Ars entraba en la gloria.

   Millares de peregrinos desfilaron ante el venerando cadáver, para tocar en él diversos objetos de piedad. Las honras fúnebres, presididas por el señor obispo, resultaron un verdadero cortejo triunfal. Los preciosos despojos fueron colocados al pie del púlpito en una sepultura que no tardó en ser centro de romerías y de oraciones. Fue canonizado por Pío XI el 31 de mayo de 1925, y por un Breve expedido el 23 de abril de 1930, propuesto a los párrocos de todo el orbe católico como especial patrono y abogado. 


   Se celebra su fiesta el 9 de agosto.





EL SANTO DEL DÍA
POR EDELVIVES.

viernes, 7 de agosto de 2026

SAN CAYETANO, fundador. — 7 de agosto (+ 1547).

 




   El seráfico y apostólico sacerdote san Cayetano, fundador de la orden de los Clérigos regulares, llamados Teatinos, nació en la ciudad de Vicencia, del señorío de Venecia, de padres no menos ilustres por su piedad que por su nobleza.






   Resplandeció en él, desde su temprana edad, un señalado amor a la pureza, a la caridad, y a la piedad con Dios y su Madre santísima; e hizo tales progresos en las ciencias y virtudes, que se ganó mucha estimación con los príncipes y prelados y con el papa Julio II, el cual le honró con la dignidad de protonotario apostólico.

   Pero mayor fue la honra que recibió de la soberana Reina de los cielos, la cual, en recompensa de la devoción que el santo le tenía, se le apareció llena de claridad y hermosura, y le regaló poniéndole su divino hijo en los brazos.





   Había entrado el santo en la Cofradía del Divino Amor que estaba instituida en Roma, y pasando a Vicencia la estableció en aquella ciudad, y prendió después el fuego de su amor divino en Venecia, Verona y otras ciudades, en las cuales le llamaban con razón serafín en el altar, y apóstol en el pulpito.

  Volviendo a Roma determinó fundar una religión de clérigos regulares, que, con sus letras, y su modestia y santa vida, honrasen mucho a la Iglesia de Dios y la proveyesen de santos prelados, y confundiesen a los herejes.

  Favorecieron los intentos del santo varias personas muy distinguidas, que andaban en los mismos deseos, especialmente Pedro Carafa, y el papa Clemente VII, el cual aprobó la nueva religión, que se llamó de los Teatinos por haber sido su primer superior don Juan Pedro Carafa, que a la sazón era obispo de Teati, y después fue sumo pontífice con nombre de Paulo IV. 





  Se vio el santo muy maltratado y preso con sus religiosos en un saqueo de Roma; mas nunca fueron tantas las penas que le hicieron sufrir los soldados herejes, como las que deseaba padecer por amor de Jesucristo; el cual una vez se le apareció y le convidó a poner sus labios en la llaga del costado para que gustase la inefable suavidad de su amor divino.

   Dice la Sagrada Rota que los resplandores de las virtudes con que fue adornado san Cayetano, como de una preciosa vestidura, le acompañaron desde la cuna hasta el sepulcro.

   Le ocasionaron su última enfermedad los alborotos suscitados en Nápoles (en 1547) por las resistencias que hicieron los enemigos de Dios y de la Iglesia para estorbar que se estableciese allí el santo tribunal de la Inquisición: y como el médico le ordenase que moderando sus penitencias; se acostase en cama blanda y regalada, dijo el santo: Si mi Jesús murió en el duro leño de la cruz, dejadme morir siquiera en un lecho de paja.





   Finalmente, recibidos los santos sacramentos, tuvo un éxtasis maravilloso en que se le apareció la serenísima Virgen acompañada de ángeles que llevaron aquella alma santísima a la patria celestial.







Reflexión: Vean otra vez aquí los sectarios del liberalismo quiénes han sido los amigos y quiénes los enemigos del santo Tribunal de la Inquisición: porque han estado muy bien con él y lo han alabado mucho todos los santos que desde que se fundó, han florecido en la Iglesia; y lo han aborrecido, calumniado y procurado derrocar, todos los impíos, herejes y libertinos.





   Te ruego, amado lector, que repares en esto para abrir los ojos y ver claramente esta verdad, ya que los malos porfían aún en desfigurarla o encubrirla.




Oración: Oh Dios, que diste al bienaventurado Cayetano tu confesor la gracia de imitar la vida de los apóstoles; concédenos, por su intercesión y ejemplo, la gracia de poner en Ti toda nuestra confianza, y desear solamente las cosas celestiales. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




FLOS SANCTORVM


DE LA FAMILIA CRISTIANA

martes, 4 de agosto de 2026

SANTO DOMINGO de GUZMÁN, fundador. — 4 de agosto (+ 1221).

 


  El gloriosísimo patriarca santo Domingo de Guzmán, luz del mundo, gloria de España y fundador de la sagrada Orden de Predicadores, nació en el obispado de Osma en un lugar que se dice Caleruega, y fue hijo de muy ilustres padres.

   Estando su madre en cinta, tuvo un sueño misterioso en que le pareció ver a su hijo representado bajo el símbolo de un perro con un hacha encendida en la boca el cual alumbraba y encendía con ella todo el mundo; y cuando bautizaron al niño, echaron de ver los presentes sobre su frente una estrella de maravilloso resplandor.



   Confiaron su primera educación a un tío suyo, arcipreste de Gumiel de Iza, y le mandaron después a Patencia, donde a la sazón florecían los estudios generales de España, y salió tan aventajado en filosofía y metafísica, como en las divinas virtudes.

   Una vez vendió las alhajas de su casa y hasta los libros para dar de comer a los pobres, y viniendo a él una mujer llorando para que le ayudase a rescatar un hermano suyo que le habían cautivado los moros, hizo instancias a la mujer afligida, que le vendiese a él por esclavo y le trocase por su hermano.

  Tomó en Osma el hábito de canónigo reglar, y por obedecer a su obispo recibió la dignidad de arcediano de aquella iglesia; pero llegando a la edad de treinta años, por imitar a Cristo, comenzó su predicación, y pasó a Tolosa de Francia, donde la herejía de los Albigenses hacía grandes estragos, y con sus sermones, milagros y sobre todo con el arma del santo Rosario, que le inspiró la Virgen, salvó a los católicos, y convirtió cien mil herejes.




   Entre otros prodigios fue muy admirable el no haberse quemado el libro que echó el santo en una hoguera, donde se abrasó al instante el libro de los herejes.




  Celebrándose por este tiempo el gran Concilio Lateranense, vio en sueños el papa como la iglesia de Letrán se abría por todas partes y venía al suelo, y que santo Domingo la sustentaba y como atlante la tenía en peso; por lo cual aprobó la fundación de su nueva Orden de Predicadores.

   Saliendo en otra ocasión el santo de la iglesia de San Pedro en la ciudad de Roma, vio en la calle a san Francisco, que venía a instituir su esclarecida orden, y sin haberse visto jamás, los dos grandes patriarcas, se conocieron y abrazaron.




   Quiso el humildísimo santo Domingo que todos sus hijos eligiesen por general al santo varón Fray Mateo, e irse él a Palestina o predicar a los moros y derramar la sangre por Jesucristo; mas Dios le llamó a Roma, donde se le juntaron cien religiosos a quienes dio el hábito y escapulario blanco, por haberlo señalado la Virgen como vestido de su amada orden.

   Finalmente siendo de edad de cincuenta y un años, se le apareció Jesucristo convidándole a los gozos de su reino; y acostado el santo en unas tablas mandó a sus hijos que comenzasen el oficio de los que están en la agonía; y al rezar la antífona que dice: Socorred, santos de Dios, salid al camino, ángeles bienaventurados, salió su alma de la cárcel del cuerpo.




Reflexión: Dijo la Virgen a santo Domingo que el Rosario era el arma más poderosa contra la herejía y contra los vicios.




   Ahora, pues, hay mayor necesidad que nunca de rezarlo.





Oración: Oh Dios, que te dignaste ilustrar a tu Iglesia con los méritos y con la doctrina del bienaventurado santo Domingo, tu confesor; concédenos, que por su intercesión nunca sea destituida de los auxilios temporales, y sea acrecentada en los bienes espirituales. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM

DE LA FAMILIA CRISTIANA