lunes, 31 de agosto de 2026

SAN RAMÓN NONATO, confesor. (+ 1240). —31 de agosto.

 


   El heroico redentor de los cautivos san Ramón, conocido por el nombre de Nonato o no nacido, por haber nacido un día después de la muerte de su madre, fué natural de Portell en el principado de Cataluña. 

   Tuvo natural inclinación a las letras y al estado eclesiástico; mas no asintiendo en ello su padre, le envió como desterrado a una alquería para que cuidase de aquella hacienda.




   Había allí una ermita de la Virgen santísima, la cual habló al devoto joven y le dijo: «No temas, Ramón, porque yo te recibo desde ahora por hijo mío.»

   Y habiendo hecho el santo mancebo voto de perpetua virginidad, su Madre celestial le mandó que vistiese el hábito sagrado de los religiosos de la Merced. 




   Fué luego Ramón a Barcelona y cumplió la voluntad de la Virgen santísima, tomando aquel santo hábito, y como si con la nueva enseña se hubiese revestido de nuevo espíritu, anduvo a pasos de gigante por el camino de la perfección.

   Se abrazaba en vivos deseos de redimir cautivos y librarlos del inminente riesgo en que se hallaban de perder la fe.

   A este fin pasó a África; y dio principio a su obra con tan ardiente celo, que en poco tiempo rescató gran número de ellos, hasta el punto de agotar todo el caudal que los cristianos le habían mandado de limosna.

   No desmayó sin embargo el apóstol de la caridad: sino que compadecido de los que no pudiendo ya resistir más los ultrajes y malos tratamientos de los infieles, trataban de dejar la fe, el santo se entregó a sí mismo en rehenes, saliendo fiador por ellos con su persona, hecho cautivo por amor de Dios y de los hombres.

   En tal estado no cesaba de afear a los moros los errores y vicios que les había enseñado su falso profeta, y de ensalzar la verdad y pureza del Evangelio de Cristo; y les predicaba con tanto fervor y gracia del cielo, que gran número de infieles abrazaron la fe católica.




   Se enojó sobremanera el bajá por las victorias que alcanzaba el apostólico varón; y mandó que le llevasen desnudo por las calles y le azotasen delante de todo el pueblo, y que en la mayor le barrenasen los labios con hierros encendidos, y le pusiesen un candado en la boca para que no pudiese hablar más ni predicar la ley del Señor.

   Todos estos oprobios y tormentos llevó el santo con admirable paciencia; y extendiéndose la fama de sus heroicas virtudes por toda la cristiandad, y llegando a oídos del soberano pontífice Gregorio IX, en testimonio de su amor, le hizo cardenal de la santa Iglesia, y le ordenó que volviese a España.

   Fué recibido el santo en Barcelona con gran pompa, y al pasar por Cardona se sintió gravemente enfermo.

   Entendiendo que le llegaba el fin de su vida pidió los santos Sacramentos: y como se tardase el sacerdote que había de administrárselos, el santo tuvo la dicha de ser viaticado por ministerio de los ángeles, que se le aparecieron vestidos del hábito de su religión, y consolado con esta visita celestial, dio plácidamente su espíritu al Creador.




Reflexión: La caridad verdadera con obras ha de mostrarse; y con obras costosas si es grande la caridad. 

   ¡Cómo condenan nuestro miserable egoísmo, y nuestra dureza con tantos necesitados no menos del sustento del espíritu que del pan del cuerpo, los heroicos ejemplos de san Ramón!




   Temamos la terrible sentencia que el juez supremo ha de fulminar contra los hombres que fueron de duras entrañas con sus hermanos.

*



   Oración: Oh Dios, que tan admirable hiciste al bienaventurado Ramón en rescatar cautivos del poder de los infieles: concédenos por su intercesión que rotas las cadenas de nuestros pecados cumplamos con libertad de espíritu tu santísima voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir. 31 de agosto. († 1250).


 


SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir.

31 de agosto. († 1250).

 

   Niño monaguillo de San Miguel de la Seo de Zaragoza,  fue crucificado por los judíos en odio de la fe, para sacarle la sangre y sorberla en el rito nefando de su Pascua. (Misal  Propio de España 31 de Agosto)

   Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.

   Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. «Fue nuestro antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia. — El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres».

   Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.

   Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. Él fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.

   Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.

   La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.

 

EL MARTIRIO: EL RAPTO.

 

   Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.

   Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val. “Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio—, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber.”

   Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado “que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos”. Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo: “Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia”.

   Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.

   Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.

   Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.

   Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.

   —Querido niño—le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo. —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no. —Acabemos pronto— dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.

   Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.

 

EL MARTIRIO: LOS HECHOS

 

   Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:

 

   “Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche.”

   Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.

   Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.

   Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.

   Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.

   Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.

   Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.

   La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la historia no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: “Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos”. El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.

   “Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado.”

   Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.

   Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: “Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo”.

 

Por:

MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO

 

Visto en:

CATÓLICOS ALERTA.

 

domingo, 30 de agosto de 2026

SANTA ROSA DE LIMA, virgen. (+ 1617). —30 de agosto.

 



   La primera flor de heroica santidad que produjo la América fue la admirable virgen santa Rosa, a quien llamaron con este nombre, por haber aparecido una vez estando en la cuna con el rostro admirablemente encendido como una rosa.


   Nació de virtuosos padres en la ciudad de Lima, capital del antiguo reino y actualmente república del Perú.

   No pasaba de los cinco años la tierna niña, cuando por inspiración del cielo consagró su virginal pureza al esposo de las vírgenes Cristo Jesús, haciendo de ella voto perpetuo, y observándolo con tanta perfección, que entendiendo que sus padres trataban de darla en matrimonio a un joven, que se había prendado de su rara belleza y otras excelentes dotes que en ella resplandecían, se cortó su hermosa cabellera y afeó su rostro angelical.




   Librada con esto del peligro de perder aquella preciosa joya que con tan grande voluntad había consagrado al Señor, echó mano de todos los medios posibles para asegurarla de todo peligro.

   El primer medio fue el ayuno, pasando cuaresmas enteras sin probar bocado de pan, y, lo que es más asombroso, no tomando más alimento que cinco granos o pepitas de cidra.

   Se acogió también como a refugio más seguro, a la tercera orden del glorioso padre santo Domingo, y acrecentó sus primeras austeridades, ciñendo su cuerpo inocente con largo y muy áspero cilicio entretejido de alambres erizados de puntas, llevando día y noche debajo del velo una corona de espinas, y se rodeó la cintura con una cadena de hierro, que le daba tres vueltas.




   Le servían de cama unos troncos nudosos, sobre los cuales ponía pedazos de tejas, y para juntar mejor la mortificación con la oración, se construyó en un lugar muy retirado del jardín de su casa una celda o capilla, y a ella se recogía para entregarse con quietud y sin testigo a largas horas de contemplación, la cual interrumpía a menudo con sangrientas disciplinas.

   Procuraba el maligno espíritu estorbarla, y amedrentarla apareciéndose debajo de figuras horrendas y atizando el fuego de gravísimas tentaciones: pero nunca pudo vencer la paciencia y constancia de la santa doncella.




   A las persecuciones del infernal enemigo se añadieron los dolores de agudísimas enfermedades, los insultos de sus domésticos, las calumnias de los maledicentes, y ninguno de estos trabajos fue parte para sacar de los labios de la santa una palabra de queja: antes con grande humildad se tenía por merecedora de mayores y más acerbos tormentos. 



   Y como si todo esto no fuese bastante, por espacio de quince años apenas pasó día alguno en que no estuviera varias horas sumergida en un mar de desconsuelo y aridez espiritual; lucha más amarga y penosa que la misma muerte, y que ella soportó con gran fortaleza de ánimo y constancia sobrehumana.

   A estas desolaciones sucedieron los consuelos y delicias celestiales, con que el Señor regalaba a su fidelísima esposa y le anticipaba los gustos del cielo.




   Finalmente derretida la santa en seráficos ardores y enferma de puro amor divino, a los treinta años de su edad voló a su celestial Esposo.


   Reflexión: Verdaderamente admirable es el Señor en sus santos: él los previene con su gracia, él les inspira la práctica de las más heroicas virtudes y les hace inventar extrañas maneras de deshacerse a sí mismo para no vivir más que a Dios.




   Oración: Oh Dios omnipotente, dador de todo bien, que hiciste florecer en América por la gloria de la virginidad y paciencia a la bienaventurada Rosa, prevenida con el rocío de tu gracia; haz que nosotros, atraídos por el olor de su suavidad, merezcamos ser buen olor de Cristo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM

DE LA FAMILIA CRISTIANA.

jueves, 27 de agosto de 2026

SAN JOSÉ DE CALASANZ, fundador. (+ 1648)— 27 de agosto.


 




   El apostólico maestro de los niños pobres, y gloriosísimo fundador de las Escuelas Pías, san José de Calasanz, nació en la villa de Peralta de la Sal.

   Tuvo desde muy niño singular devoción con nuestra Señora, y de ella predicaba a los otros niños, los cuales le llamaban el Santico.

   Graduado de doctor en filosofía y derecho civil y canónico en la Universidad de Lérida, pasó a Valencia para cursar la Teología, donde se libró como el casto José de un gran peligro de perder la joya de la castidad, que había ofrecido con voto a honra de la Madre de Dios.

   Ordenado de sacerdote hizo oficio de secretario en las cortes que Felipe II tuvo en Monzón, y en la visita del mismo rey al monasterio de Montserrat, fué muy honrado por su obispo diocesano de Urgel.




   Pero se sentía el varón de Dios poderosamente movido a ir a Roma, donde el Señor le había de mostrar su voluntad, y habiendo allí visto un día unas cuadrillas de muchachos que se apedreaban y decían muchas blasfemias y maldiciones, oyó en su interior aquellas palabras del salmo: «Para ti queda reservado el cuidado del pobre»; y de acuerdo con el párroco de santa Dorotea, que le ofreció su casa para escuela de niños pobres, dio principio a sus Escuelas Pías, siendo de edad de cuarenta y un años.

   Las contradicciones que hubo de vencer el santo para llevar adelante tan santa obra fueron extraordinarias sobremanera y las mayores que podían ser. 


   Porque no sólo procuraron apartarle de su propósito, ofreciéndole muchas veces hacerle obispo y también cardenal, sino que los primeros compañeros que tuvo le abandonaron, le faltó el lugar de la escuela, fué calumniado por los otros maestros de las escuelas, y delatado muchas veces ante el romano pontífice: y cuando superados con el favor de Dios todos estos impedimentos, tenía ya su nueva Religión aprobada por Gregorio XV, e ilustrada con muchos varones nobles y santos, y maravillosamente extendida casi por toda la cristiandad, por la malicia del demonio y de los émulos, fué depuesto del generalato, y reducida su religión a congregación de sacerdotes seglares, y tan caída, que sólo podía esperarse que se diluiría como la sal en el agua. 




   Mas el santísimo y pacientísimo fundador, dijo como Job: El Señor lo dio, el Señor lo quitó, sea bendito su santo nombre.

   Y el Señor en retorno esclarecía a su siervo tan humillado y perseguido, con soberanas revelaciones y dones de profecía y de milagros, de manera que no parecía sino que había puesto en sus manos la salud y la vida para darla a los enfermos y a los difuntos por quienes hacía el santo oración.




   Finalmente habiendo alcanzado la gracia de morir en la cruz de los trabajos y persecuciones, a la edad de noventa y dos años, descansó en el Señor, y se cumplió después la profecía que hizo diciendo que no perecería su religión, la cual fué reintegrada por Clemente IX.





   Reflexión: Nunca podrá ser bastantemente ponderada la trabajadísima y heroica empresa de educar cristianamente a los niños que san José de Calasanz escogió para sí y para su Religión, tan benemérita de la Iglesia y de la sociedad. 

   ¿No son los niños, quienes más tarde han de formar la sociedad? ¿Y no pende principalmente de la primera educación, el porvenir de ella, y el bien temporal y eterno de los individuos y de la familia?


   Oración: Oh Dios, que por medio de tu confesor san José, te dignaste proveer a tu Iglesia de un nuevo auxilio para educar a la juventud en las letras y en la piedad, concédenos por su intercesión, que a su ejemplo obremos y enseñemos de modo que consigamos la eterna recompensa. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.

martes, 25 de agosto de 2026

San Luis, rey de Francia. (+ 1270) — 25 de agosto.

 


   San Luis, rey de Francia, nono de este nombre, espejo de reyes y ornamento de su nación, fué hijo de Luis VIII, rey asimismo de Francia, y de doña Blanca, hija de Alonso VIII, rey de Castilla, y héroe de las Navas de Tolosa. 


   Quedó san Luis huérfano de padre a la edad de doce años, y debajo de la tutela de su madre, la cual solía decirle: «Hijo mío, antes querría verte muerto delante de mis ojos, que con algún pecado mortal.»




   Las, cuales palabras de tal manera se le asentaron en el corazón al hijo, que jamás cometió culpa grave.

   Y a los cuatro hijos que tuvo se las repetía como la mejor bendición.




   Traía a raíz, de las carnes un áspero cilicio; los sábados lavaba los pies a algunos pobres, y los días de fiesta daba por sus manos de comer a más de doscientos.

   Edificó en su palacio real de París una capilla muy suntuosa, donde solía orar con gran fervor, en la cual puso el hierro de la lanza que abrió el costado de Cristo con otras reliquias muy preciosas.




   Era tan grande su fe al santísimo Sacramento, que habiendo aparecido en París un niño hermosísimo en la Hostia, diciendo un sacerdote misa, y concurriendo el pueblo a verle, el santo rey no quiso ir, diciendo que no tenía necesidad de aquel milagro para creer que Cristo estaba en la Hostia consagrada.




   Hizo ley que a los blasfemos y perjuros los herrasen y cauterizasen como a esclavos; y castigando con rigor a los herejes, desarraigó la herejía de todo su reino.

   No fué menos celoso de la justicia; y por su persona trataba las causas de los pobres dos veces cada semana debajo de la célebre encina de Vicennes.




   Pidió la cruz, que en aquel tiempo se predicaba para la conquista de la Tierra Santa: se la puso en el vestido, y habiendo juntado un numeroso y lucido ejército, se embarcó con toda su gente después de haber hecho procesiones y rogativas para que Dios favoreciese sus píos intentos y diese buen suceso a aquella jornada.




   Más aunque ganó en Egipto el ejército cristiano la ciudad de Damieta, y peleó dos veces con los moros con gran matanza de aquellos bárbaros, en castigo de la ambición de algunos capitanes y de las estragadas costumbres de los soldados, no alcanzó la victoria en aquella guerra ni en la otra cruzada que llegando a Túnez fué contagiada de una maligna pestilencia que asolaba aquella región, de la cual fué herido el santo Rey, a quien el Señor en lugar de la Jerusalén de la tierra, dio la Jerusalén celestial y la eterna recompensa de sus heroicas virtudes.
  



   Reflexión: Estando san Luis para morir, escribió para su hijo el rey Felipe entre otros documentos los que siguen:




   «Hijo mío, le dijo; ante todas cosas te encomiendo qué ames a Dios mucho, porque el que no le ama no puede ser salvo. No des lugar a pecado mortal, aunque por no cometerlo padezcas cualquier género de tormento. Confiesa a menudo tus pecados, y busca confesor sabio para que te sepa enseñar lo que has de seguir y lo que has de huir, y trata con él de manera que tenga osadía para reprehenderte y darte a entender la gravedad de tus culpas. Mira con mucho cuidado a quien das la vara de la justicia; y escoge para jueces los mejores hombres de tu reino.»

   No es maravilla, pues, que san Luis fuese bendecido y aclamado de todo su reino no sólo como santo rey, más también como padre de todos sus vasallos.


   Oración: Oh Dios, que trasladaste a tu confesor el bienaventurado Luis desde el reino de la tierra a la gloria del cielo; concédenos que por su intercesión y por sus méritos, seamos recibidos en el reino del Rey de los reyes Jesucristo, tu único Hijo, nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA.