viernes, 1 de noviembre de 2019

NOVENA EN SUFRAGIO DE LAS AFLIGIDAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO. DÍA SÉPTIMO.




—Por la señal de la santa cruz, etc.


ACTO DE CONTRICIÓN


Señor mío, Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita; pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio y ¡ay! tal vez las eternas llamas del infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh! tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte. Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.


ORACIÓN AL PADRE ETERNO. (Para todos los días de la Novena).


Padre celestial, Padre amorosísimo, que para salvar a las Almas quisisteis que Vuestro Hijo unigénito, tomando carne humana en las entrañas de una Virgen purísima, se sujetase a la vida más pobre y mortificada, y derramase su Sangre en la Cruz por nuestro amor; ¿cómo? ¿dejaríais sufrir largo tiempo a esas Almas en el Purgatorio, habiendo costado tanto a Jesucristo y siendo vuestras amadísimas hijas? ¿Permitiríais fuese malograda Sangre de tan grande valor? Compadeceos, pues, de esas pobrecitas Almas, y libradlas de aquellas horrorosas llamas. Compadeceos también de la mía, y libradla de la esclavitud del vicio. Y si vuestra Justicia divina pide satisfacción por las culpas cometidas, yo os ofrezco todas las obras buenas que haga en este Novenario. ¡Ay! de poquísimo, de ningún valor son, en verdad; pero yo las uno con los méritos infinitos de vuestro Hijo divino, con los dolores de su Madre santísima, y con las virtudes heroicas de cuantos justos han existido en la tierra. Miradnos a todos, vivos y difuntos, con ojos de compasión, y haced que celebremos un día vuestras misericordias en el eterno descanso de la gloria. Amén.





DÍA SÉPTIMO


MEDITACIÓN


DESCUIDO DE LOS MORTALES EN ALIVIAR A LAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO


Punto Primero. — ¡Pobres Almas! Están padeciendo tormentos y penas inexplicables ¡no pueden merecer, ni esperar alivio sino de los vivos!; y éstos, ingratos, ¡no se cuidan de ellas! Tienen en el mundo tantos hermanos, parientes y amigos, y no hallan, como José, un Rubén piadoso que las saque de aquella profunda cisterna. Sus tinieblas son más dolorosas que la ceguedad de Tobías, y no encuentran un Rafael que les dé la vista deseada, para contemplar el rostro hermosísimo de Dios. Se abrazan en más ardiente sed que el criado de Abraham, y no hallaron una oficiosa Rebeca que se la alivie. Son infinitamente más desgraciadas que el caminante de Jericó y el paralítico del Evangelio; mas no encuentran un Samaritano, u otra persona compasiva que las consuele. ¡Pobres Almas! ¡Qué tormento tan grande será para vosotras este olvido de los mortales! ¡Podrían tan fácilmente aliviaros y libertaros del Purgatorio; bastaría una Misa, una Comunión, un Vía Crucis, una indulgencia que aplicasen; y nadie se cuida de ofrecérosla!

¿Y quiénes son esos ingratos? ¡Ahí son vuestros mismos parientes y amigos, vuestros herederos, vuestros hijos mismos! Ellos se alimentan y recrean con los bienes que les dejasteis; y ahora desconocidos no se acuerdan ya de vosotras. Tal vez por haberlos estimado y complacido demasiado, por haberlos enriquecido con usuras y otros modos ilícitos, ardéis en esas llamas; y los ingratos se divierten ahora, sin compadecerse ni acordarse de vuestras penas... ¡Pobres Almas! Con mucha más razón que David podéis decir: si un extraño que no hubiese jamás recibido ningún favor de mi mano, si un enemigo me tratara así, por sensible que me fuera, podría soportarlo con paciencia; ¡pero tú, hijo mío, que me debes tantos beneficios, y te sustentas y regalas con el sudor de mi rostro; tú, hija mía, por quien pasé tantos dolores y noches tan malas; tú, esposo; tú, esposa mía, que tantas pruebas recibiste de mi amor, siendo objeto de mis desvelos y blanco de mis incesantes favores; que tú me trates así, que descuidando los sufragios que tanto te encargué, me dejes en este fuego, sin querer socorrerme!. ¡Ah! ¡esta sí que es ingratitud y crueldad superior a toda ponderación!


—Medita un poco sobre lo dicho.


Punto Segundo. — ¡Pobres Almas! Pero más pobres e infelices seremos nosotros, si no las socorremos. Acuérdate, gritan los difuntos, de cómo he sido yo juzgado, porque así mismo lo serás tú. A mí ayer; a ti hoy. Tú, también serás del número de los difuntos, y tal vez muy pronto. Y por rico y poderoso que seas, ¿qué sacarás de este mundo? Lo que nosotros sacamos, y nada más: las obras. Si son buenas, ¡qué consuelo! Si malas, ¡qué desesperación! Como tú hayas hecho con nosotros, harán contigo. — ¿Lo oyes? Si ahora eres duro e insensible con las benditas Ánimas, duros e insensibles serán contigo los mortales, cuando tú hayas dejado de existir. Y no es este el parecer de un sabio; es el oráculo de la Sabiduría infinita que nos dice por San Mateo: Con la misma medida con que midiereis, seréis medidos. Sí; del mismo modo que nos hubiésemos portado con las almas de nuestros prójimos, se portarán los mortales también con nosotros; y ¡Ay de aquel que no hubiese usado de misericordia, porque le espera, dice el Apóstol Santiago, un juicio sin misericordia! ¿Y no tiemblas tú, heredero y testamentario, insensible para con los difuntos? Si lleno de indignación el Juez supremo arroya al infierno al que niega la limosna a un pobre que tal vez era enemigo de Dios por el pecado, ¿con cuánta justicia y rigor condenará al que niegue a sus amadísimas esposas los sufragios de los bienes que le pertenecían?


—Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación, y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.


Ejemplo:


Derrotado por Cayano el ejército de Mauricio, y hechos prisioneros gran número de soldados, Cayano pidió al Emperador una moneda, y no de valor muy subido, por el rescate de cada prisionero. Mauricio se negó a darla. Cayano pidió entonces una de menos valor; y habiéndosela también rehusado, exigió por último una Ínfima cantidad; la que no habiendo podido lograr tampoco, irritado el bárbaro, mandó cortar la cabeza a todos los soldados imperiales que tenía en su poder. Mas ¿qué sucedió? Pocos días después Mauricio tuve una espantosa visión. Citado al tribunal de Dios, veía gran multitud de esclavos que arrastraban pesadas cadenas, y con horrendos gritos pedían venganza contra él. Oyendo el Juez supremo tan justas quejas, se vuelve a Mauricio y le pregunta: “¿Dónde quieres más ser castigado: en ésta, o en la otra vida?
—¡Ah! benignísimo Señor, responde el prudente emperador, prefiero ser castigado en este mundo.
Pues bien, dijo el Juez, en pena de tu crueldad con aquellos pobres soldados, cuya vida no quisiste salvar a tan poco precio, uno de tus soldados te quitará la corona, fama y vida acabando con toda tu familia”. En efecto, pocos días después se le insurreccionó el ejército, proclamando a Focas por emperador. Mauricio fugitivo se embarcó en una pequeña nave con algunos pocos que le seguían; más en vano; furiosas las olas lo arrojan a la playa, y llegando los partidarios de Focas, le atan a él y cuantos le seguían y los llevan a Eutropia, en donde, ¡oh padre infeliz! después de haber visto con sus propios ojos la cruel carnicería que hicieron de cinco hijos suyos, fué muerto ignominiosamente, y no pasó mucho tiempo sin que el resto de su familia sufriese la misma desgracia.

¡Ah! cristianos que oís esto; no son unos pobres soldados, son vuestros propios hermanos y vuestros propios padres los que han caído prisioneros de la Justicia divina. Este Dios misericordioso pide por su rescate una muy pequeña moneda; de gran valor, es verdad, pero muy fácil de dar. ¿Y seréis tan duros que se la neguéis? ¿Tan insensibles seréis a la felicidad de las Ánimas y a vuestros propios intereses?


ORACIÓN

A JESÚS LLEVANDO LA CRUZ A CUESTAS

¡Oh dulcísimo Jesús, y qué sensible habrá sido a tu corazón mi olvido e indiferencia para con las Almas del Purgatorio!; pues tanto las amas, por una parte, y por otra eres tan caritativo, que cuando subías a la montaña del Calvario olvidaste tu dolor acerbísimo para consolar a aquellas piadosas mujeres que lloraban tu suerte. Aplaque, pues, oh Padre celestial, tu ira la caridad inmensa de tu Hijo santísimo. Acepta esos dolorosos pasos que da, oprimido con el enorme peso de la cruz acepta esas tres lastimosas caídas, junto con los escarnios y con el sudor y sangre que derrama por nuestro amor. Yo te lo ofrezco todo, en remisión de mi poca paciencia en los trabajos, y en sufragio de las pobres Almas del Purgatorio. ¡Ah! compadécete de sus lágrimas; enjúgalas, oh Padre clementísimo, y haz que dichosas participen cuanto antes de la gloria de tu rostro divino en la patria celestial. Amén.


Digamos cinco Padre nuestros, cinco Ave Marías y un Gloria Patri para alcanzar del Señor esta gracia.


Obsequio:

El mayor sufragio que reclaman las benditas Ánimas, el más necesario para nosotros y el más adepto a Dios es hacer una buena confesión, sin callar pecado alguno al confesor.







ORACIÓN:  A LAS ÁNIMAS EN EL PURGATORIO.



Esposas muy queridas del Señor, que encerradas en la cárcel del Purgatorio sufrís indecibles penas, careciendo de la presencia de Dios, hasta que os purifiquéis, como el oro en el crisol, de las reliquias que os dejaron las culpas; ¡con cuánta razón desde aquellas voraces llamas clamáis a vuestros amigos pidiendo misericordia! Yo me compadezco de vuestro dolor, y quisiera tener caudal suficiente para satisfacer deuda tan crecida; y aunque más pobre que vosotras mismas, os ofrezco y aplico cuantas indulgencias pudiere ganar en este día, y cuantas obras de supererogación hiciere durante (diga el tiempo que quiera), a excepción de aquellas que por alguna necesidad particular aplicare. Pero siendo tan pobres mis méritos para satisfacer por vosotras a la Justicia Divina, apelo a la piedad de los Justos, a los ruegos de los Bienaventurados, al tesoro inagotable de la Iglesia, a la intercesión de María Santísima y al precio infinito de la sangre de Jesucristo. Conceded, Señor, a esas pobres Ánimas, sobre todo al alma de N. N., el deseado consuelo y descanso. Pero confío también, Almas agradecidas, que tendré en vosotras poderosas medianeras que me alcancen del Señor gracia con que deteste mis culpas, adelante en la virtud, sojuzgue mis pasiones y llegue a la eterna bienaventuranza. Amén.




NOVENA A LAS
ÁNIMAS DEL PURGATORIO.

SACADA DEL
ANCORA DE SALVACIÓN.

Por el R. P. JOSE MACH (de la Compañía de Jesús).

miércoles, 30 de octubre de 2019

NOVENA EN SUFRAGIO DE LAS AFLIGIDAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO. DÍA SEXTO.




ACTO DE CONTRICIÓN


Señor mío, Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita; pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio y ¡ay! tal vez las eternas llamas del infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh! tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte. Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.


ORACIÓN AL PADRE ETERNO. (Para todos los días de la Novena).


Padre celestial, Padre amorosísimo, que para salvar a las Almas quisisteis que Vuestro Hijo unigénito, tomando carne humana en las entrañas de una Virgen purísima, se sujetase a la vida más pobre y mortificada, y derramase su Sangre en la Cruz por nuestro amor; ¿cómo? ¿dejaríais sufrir largo tiempo a esas Almas en el Purgatorio, habiendo costado tanto a Jesucristo y siendo vuestras amadísimas hijas? ¿Permitiríais fuese malograda Sangre de tan grande valor? Compadeceos, pues, de esas pobrecitas Almas, y libradlas de aquellas horrorosas llamas. Compadeceos también de la mía, y libradla de la esclavitud del vicio. Y si vuestra Justicia divina pide satisfacción por las culpas cometidas, yo os ofrezco todas las obras buenas que haga en este Novenario. ¡Ay! de poquísimo, de ningún valor son, en verdad; pero yo las uno con los méritos infinitos de vuestro Hijo divino, con los dolores de su Madre santísima, y con las virtudes heroicas de cuantos justos han existido en la tierra. Miradnos a todos, vivos y difuntos, con ojos de compasión, y haced que celebremos un día vuestras misericordias en el eterno descanso de la gloria. Amén.





DÍA SEXTO


MEDITACIÓN


PACIENCIA Y RESIGNACIÓN DE LAS BENDITAS ÁNIMAS



Punto Primero. — Es verdad que las Almas del Purgatorio padecen imponderables penas, y sin mérito, pero las padecen con una paciencia y resignación admirables. Conocen a Dios con luz perfectísima, le aman con purísimo amor, y desean ardentísimamente poseerlo, pero al ver sus faltas, bendicen y adoran la mano justa y amorosa que las castiga. ¡Oh! y con cuánta más resignación que los hermanos de José, exclaman: ¡Mérito boec patimur! Con mucha razón nos castigáis, Señor; pues cuando pecamos no temimos vuestro poder y justicia, frustramos los designios de vuestro amor y sabiduría, despreciamos vuestra majestad y grandeza, y ofendimos vuestras perfecciones infinitas. Justo es que seamos castigadas. Hombres sin conocimiento de la verdadera religión fueron agradecidos a sus bienhechores; Faraón hizo a José virrey de Egipto, porque le interpretó un sueño misterioso. Asuero elevó a Mardoqueo a los primeros empleos de la Persia, porque le descubrió una conspiración; hasta los osos y leones y otras fieras indómitas, agradecidas defendieron a sus bienhechores; y nosotras, creadas a vuestra imagen, redimidas con vuestra Sangre, honradas con bienes de fortuna y exaltadas con tantos dones de la gracia, ingratas ¡ay! Os abandonamos en vida. Sí; purificadnos en este fuego; ¡por acerbas que sean nuestras penas, bendecidnos y ensalzaremos vuestra justicia y misericordia infinita! Justus es, Domine, et rectum judicium tuum.

Todavía más: es tanta la fealdad del pecado, por leve que sea, que, si Dios abriera a esas Almas las puertas del cielo, no se atreverían a entrar en él, manchadas como están, sino que suplicarían al Señor las dejara purificarse primero en aquellas llamas. No de otra suerte que una doncella escogida por esposa de un gran monarca, si el día de las bodas apareciese una llaga asquerosa en su rostro, no se atrevería a presentarse en la Corte, y suplicaría al Rey que difiriese las bodas hasta que estuviera perfectamente curada. ¡Oh pecado! por leve que parezcas, ¡qué mal eres tan grave, cuando las mismas Almas preferirían los horrores del Purgatorio a entrar en el cielo con la menor sombra de tu mancha!




—Medita un poco sobre lo dicho.




Punto Segundo. —- Mira, cristiano, si puede darse locura mayor que la tuya. . .
Te reconoces deudor a la Justicia divina de horribles penas por los pecados enormes que cometiste en la vida pasada, y por las innumerables faltas en que al presente caes todos los días; que no basta confesarte; que la absolución borra, sí, la culpa, mas, no condonando toda la pena, es preciso satisfacer a la Justicia divina en este, o en el otro mundo; y, no obstante, jamás te cuidas de hacer penitencia. Ahora podías expiar tus culpas fácilmente, y con mucho más mérito tuyo: una confesión bien hecha, una Misa bien oída, un trabajo sufrido con paciencia, una ligera mortificación, una limosna, una indulgencia, un Vía Crucis hecho con devoción, podría excusarte espantosos suplicios; y tú todo lo descuidas, todo lo dejas para la otra vida. ¡Ay! ¿Has olvidado, por ventura, cuán horribles son y cuánto tiempo duran aquellos tormentos? ¿No sabes que, según afirman ciertos autores, fundados en revelaciones muy respetables, varias de aquellas Almas han estado siglos enteros en el Purgatorio, y otras estarán allí hasta el juicio final? ¡Insensato! Las Ánimas, dice San Cirilo de Jerusalén, mejor querrían sufrir hasta el fin del mundo todos los tormentos de esta vida, que pasar una sola hora en el Purgatorio; y tú quieres más arder siglos enteros en el Purgatorio, que mortificarte en esta vida un solo momento. ¡Oh espantosa locura!



—Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación, y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.



Ejemplo:


Había en Bolonia una viuda noble, que tenía un hijo único y muy querido. Estando divirtiéndose un día con otros jóvenes, pasó un forastero y Ies interrumpió el juego. Le reprendió ásperamente el hijo de la viuda, y resentido el forastero, sacó un puñal, se lo clavó en el pecho, y dejándole palpitando en el suelo, echó a huir calle abajo con el puñal ensangrentado en la mano, y se metió en la primera casa que encontró abierta. Allí suplicó a la señora que por amor de Dios le ocultase; y ella, que era precisamente la madre del joven asesinado, le escondió en efecto. Entre tanto llegó la justicia buscando al asesino; y no hallándole allí, “sin duda, dijo uno de los que les buscaban, no sabe esta señora que el muerto es su hijo, pues si lo supiera, ella misma nos entregaría al reo, que indudablemente debe estar aquí”. Poco faltó, para que muriese la madre de sentimiento al oír estas palabras. Mas luego, cobrando ánimo y conformándose con la voluntad divina, no sólo perdonó al que había matado a su único y estimado hijo, sino que le entregó todavía una cantidad de dinero y el caballo del difunto para que huyese con más prontitud; y después le adoptó por hijo. Pero ¡cuán agradable fué a Dios esta generosa conducta! Pocos días después estaba la buena señora haciendo oración por el alma del difunto, cuando de pronto se le apareció su hijo, todo resplandeciente y glorioso, diciéndole: “Enjugad, madre mía, vuestras lágrimas y alegraos, que me he salvado. Muchos años tenía que estar en el Purgatorio, pero vos me habéis sacado de él, con las virtudes heroicas que practicasteis perdonando y haciendo bien al que me quitó la vida. Más os debo por haberme librado de tan terribles penas, que por haberme dado a luz. Os doy las gracias por uno y otro favor; adiós, madre mía, adiós; me voy al cielo donde seré dichoso por toda la eternidad”.


ORACIÓN


A JESÚS CORONADO DE ESPINAS.


¡Oh amabilísimo Redentor mío! ¡Los pecadores se coronan de rosas, los reyes de la tierra se ciñen coronas de diamantes y perlas, y Vos, Rey inmortal de los siglos estáis coronado de espinas! ¡Oh! ¡si esa vuestra corona se clavase en mi cabeza, para arrancar de una vez mi soberbia

y malos pensamientos! ¡Oh! ¡Si a lo menos una de esas espinas atravesara mi conciencia, y no me dejaba reposar hasta que hubiese mudado de vida! Señor, no quiero ya más coronarme de flores en este mundo, sino de espinas por vuestro amor. Y Vos, Padre Misericordiosísimo, aceptad, en sufragio de las pobres Almas del Purgatorio, aquellas befas, humillaciones y dolores acerbísimos que sufrió vuestro amable Hijo cuando le coronaron de espinas. Por aquellas asquerosas salivas que recibía, por aquellos escarnios con que le ultrajaban, por aquella sangre que corría de su cabeza santísima, a fuerza de los cruelísimos golpes que sobre las espinas le daban, por aquel dolor que atravesó el corazón de su angustiadísima Madre, aliviad, os suplico, a las afligidas Almas del Purgatorio y concededles pronto la corona incorruptible de la gloria. Y para alcanzar de Vos esta gracia diremos cinco Padre nuestros, cinco Ave Marías y un Gloria Patri.



Obsequio.


En sufragio de las Almas del Purgatorio, aplicar los cien días de indulgencia





ORACIÓN:  A LAS ÁNIMAS EN EL PURGATORIO.



Esposas muy queridas del Señor, que encerradas en la cárcel del Purgatorio sufrís indecibles penas, careciendo de la presencia de Dios, hasta que os purifiquéis, como el oro en el crisol, de las reliquias que os dejaron las culpas; ¡con cuánta razón desde aquellas voraces llamas clamáis a vuestros amigos pidiendo misericordia! Yo me compadezco de vuestro dolor, y quisiera tener caudal suficiente para satisfacer deuda tan crecida; y aunque más pobre que vosotras mismas, os ofrezco y aplico cuantas indulgencias pudiere ganar en este día, y cuantas obras de supererogación hiciere durante (diga el tiempo que quiera), a excepción de aquellas que por alguna necesidad particular aplicare. Pero siendo tan pobres mis méritos para satisfacer por vosotras a la Justicia Divina, apelo a la piedad de los Justos, a los ruegos de los Bienaventurados, al tesoro inagotable de la Iglesia, a la intercesión de María Santísima y al precio infinito de la sangre de Jesucristo. Conceded, Señor, a esas pobres Ánimas, sobre todo al alma de N. N., el deseado consuelo y descanso. Pero confío también, Almas agradecidas, que tendré en vosotras poderosas medianeras que me alcancen del Señor gracia con que deteste mis culpas, adelante en la virtud, sojuzgue mis pasiones y llegue a la eterna bienaventuranza. Amén.


NOVENA A LAS
ÁNIMAS DEL PURGATORIO.

SACADA DEL
ANCORA DE SALVACIÓN.


Por el R. P. JOSE MACH (de la Compañía de Jesús).

martes, 29 de octubre de 2019

NOVENA EN SUFRAGIO DE LAS AFLIGIDAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO. DÍA QUINTO.




COMENZAMOS: 25 de octubre.



FINALIZAMOS: 2 de octubre (DÍA DE LA

 CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS) Si es 

posible frente a la Cruz Mayor. 






                            DÍA QUINTO





—Por la señal de la santa cruz, etc.



ACTO DE CONTRICIÓN



   Señor mío, Jesucristo, Creador, Padre y Redentor mío, en quien creo y espero, a quien amo y quisiera haber siempre amado sobre todas las cosas; me pesa, sí, una y mil veces me pesa de haberos ofendido, por ser Vos quien sois, bondad infinita; pésame también porque merecí las terribles penas del Purgatorio y ¡ay! tal vez las eternas llamas del infierno. Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, ayudado de vuestra divina gracia. ¡Oh! tenga yo, Jesús mío, la dicha de confesarme bien, enmendar la vida y perseverar hasta la muerte. Os lo pido por esas benditas Ánimas, por vuestra Sangre preciosísima y por los dolores de vuestra afligidísima Madre. Amén.





ORACIÓN AL PADRE ETERNO. (Para todos los días de la Novena).




   Padre celestial, Padre amorosísimo, que para salvar a las Almas quisisteis que Vuestro Hijo unigénito, tomando carne humana en las entrañas de una Virgen purísima, se sujetase a la vida más pobre y mortificada, y derramase su Sangre en la Cruz por nuestro amor; ¿cómo? ¿dejaríais sufrir largo tiempo a esas Almas en el Purgatorio, habiendo costado tanto a Jesucristo y siendo vuestras amadísimas hijas? ¿Permitiríais fuese malograda Sangre de tan grande valor? Compadeceos, pues, de esas pobrecitas Almas, y libradlas de aquellas horrorosas llamas. Compadeceos también de la mía, y libradla de la esclavitud del vicio. Y si vuestra Justicia divina pide satisfacción por las culpas cometidas, yo os ofrezco todas las obras buenas que haga en este Novenario. ¡Ay! de poquísimo, de ningún valor son, en verdad; pero yo las uno con los méritos infinitos de vuestro Hijo divino, con los dolores de su Madre santísima, y con las virtudes heroicas de cuantos justos han existido en la tierra. Miradnos a todos, vivos y difuntos, con ojos de compasión, y haced que celebremos un día vuestras misericordias en el eterno descanso de la gloria. Amén.






MEDITACIÓN:



REMORDIMIENTO DE UNA ÁNIMA EN EL 

PURGATORIO.



   Figúrate, cristiano que esto meditas, a un alma que haya llevado en este mundo una vida enteramente semejante a la tuya; que haya vivido tibia, inmortificada, distraída en los ejercicios de piedad como tú, sin tener horror más que al pecado mortal y al infierno. Supongamos, no obstante, que haya tenido la dicha (no sabes si tú la tendrás) de hacer una buena confesión, morir en gracia e ir al Purgatorio. ¿Qué pensará en aquel horrible fuego entre penas y tormentos tan espantosos? ¡Ay! dos pensamientos la afligirán sobremanera.
  



Primer Pensamiento. — Pude librarme de estas penas y no quise. Sí; ¡yo misma he encendido estas llamas! ¡Yo soy la causa de estas penas atrocísimas! Dios no hace más que ejecutar la sentencia que yo en el mundo pronuncié contra mí misma.
¡Qué medios no me había proporcionado para ahorrarme estos tormentos! Caricias, amenazas, beneficios, todo lo había agotado gracias singularísimas de inspiraciones, buenos ejemplos, libros piadosos, padres, vigilantes, celosos confesores, maestros y predicadores fervorosos, remordimientos continuos, todo lo había empleado. Mas ¡qué locura tan grande la mía! Por no privarme de un frívolo pasatiempo, por ir a bailes, por divertirme o jugar con tal compañía, por no abstenerme de una mirada, de un vil gusto, de una vana complacencia, por hablar de los defectos del prójimo, me sujeté voluntariamente a tantas penas y tormentos. ¡Me lo decían todos los años, me lo predicaban y repetían! ¡más yo no hacía caso!... ¡Dichoso San Pablo, primer ermitaño!, ¡dichosas Gertrudis, Escolástica, y tantos otros Santos! que, habiendo satisfecho a la Justicia divina en el mundo, subisteis al cielo sin pasar por el Purgatorio ¡Yo podía hacer lo que vosotros, pero no quise! ¡Oh locuras mundanas, oh conversaciones frívolas, oh pasatiempos, oh vanidad, y qué caro me costáis ahora! ¡Oh amarga memoria! ¡Estoy sufriendo penas y tormentos acerbísimos; y yo los he querido! ¡Podía evitarlos fácilmente, y no quise!





—Medita un poco sobre lo dicho.



  Segundo Pensamiento, que aflige, oh cristiano, al alma tibia, que vivió enteramente como tú vives. Yo querría librarme ahora del Purgatorio, y no puedo. ¡Oh si pudiera yo ahora volver al mundo! Dirá cada una de aquellas Ánimas, ¡con qué gusto me sepultaría en los desiertos con los Hilariones y Arsenios! Haría penitencias más espantosas que las de un Ignacio en la cueva de Manresa, que las de un Simeón Estilita y de un San Pedro de Alcántara; pasaría noches enteras en oración, como los Antonios, Basilios y Jerónimos; me arrojaría en estanques helados y me revolcaría entre espinas, como los Benitos y los Franciscos; haría. . .
¡Ah pobres infelices Almas! No era necesario nada de esto; con mucho menos podíais apagar esas abrasadoras llamas, sin hacer más que lo que hacíais cada día, pero haciéndolo con perfección, evitabais estos tormentos. Sí; los mismos Sacramentos, pero recibidos con mejores disposiciones, las mismas Misas, pero oídas con más recogimiento y atención; las mismas devociones, pero practicadas con más fervor; las mismas mortificaciones, ayunos y obras de misericordia, pero hechas con menos ostentación, únicamente por agradar a Dios, no sólo os hubieran librado de todas esas penas, sino también asegurado a vosotras y a muchas otras Almas la posesión del reino de los cielos. Ahora no os canséis, vuestros deseos son inútiles; ya no es tiempo de merecer; ya ha llegado para vosotras aquella noche intimada por San Juan, en la que nadie puede hacer obra alguna meritoria; ahora es necesario sufrir, y sufrir penas inexplicables, y sufrirlas sin mérito alguno. ¡Y yo lo he querido! ¡Pude facilísimamente evitar estos tormentos, y no quise! ¡Quisiera poder evitarlos ahora, y no puedo!
¡Dichoso cristiano que oyes esto! Tú tienes tiempo todavía; no es aún llegada para ti aquella noche tenebrosa. ¿Y perderás días tan preciosos? ¿No tomarás la seria resolución de confesarte bien, de enmendar tu vida?
 



—Medita lo dicho un poco; encomienda a Dios las Ánimas de tu mayor obligación, y pide, por la intercesión de María Santísima, la gracia que deseas conseguir en esta Novena.




Ejemplo:



   Estaba Santa Brígida en altísima contemplación, cuando fué llevada en espíritu al Purgatorio. Allí vió, entre otras, a una noble doncella, y oyó que se quejaba amargamente de su madre, por el demasiado amor que le había tenido:

   “¡Ah!, decía, en vez de reprenderme y sujetarme, ella me proporcionaba modas, novios; me excitaba a ir a los bailes, saraos, teatros, y hasta me engalanaba ella misma. Es verdad que me enseñaba algunas devociones, pero ¿qué gusto podían dar éstas a Dios, yendo mezcladas con tanto galanteo y profanidad? No obstante, como la misericordia del Señor es tan grande, por aquellas pocas devociones que hacía, Dios, me concedió tiempo para confesarme bien y librarme del infierno. Pero ¡ay! ¡qué penas estoy padeciendo! Si lo supieran mis amigas ¡qué vida tan distinta llevarían! La cabeza, que antes ataviaba con dijes y vanidades, está ahora ardiendo entre llamas vivísimas; las espaldas y brazos, que llevaba descubiertos, los tengo ahora cubiertos y apretados con hierros de fuego ardentísimo; las piernas y pies, que adornaba para el baile, ahora son atormentados horriblemente; todo mi cuerpo, en otro tiempo tan pulido y ajustado, ahora se halla sumergido en toda clase de tormentos”. (Aunque el cuerpo no va al Purgatorio, es, no obstante, cierto que las almas sufren lo mismo que si estuvieran unidas con él. Y así el rico Epulón podía muy bien experimentar aquella sed de que nos habla el Evangelio: tanto más, que aun en esta vida mortal, no es propiamente el cuerpo, sino el alma en cuanto da vida al cuerpo, la que siente el dolor).

   Contó la Santa esta visión a una prima de la difunta muy entregada también a la vanidad, y ésta cambió de vida en términos que, entrando en un convento de muy rigurosa observancia, procuró con rigidísimas penitencias reparar los desórdenes pasados, y auxiliar a su parienta, que estaba padeciendo tanto en el Purgatorio.




ORACIÓN

A JESÚS AZOTADO EN LA COLUMNA.



   ¡Oh Jesús amabilísimo! ¡Vos desnudo y azotado por mí! ¡Ves la inocencia y santidad infinitas, despedazado por mi amor con innumerables azotes! ¡Ay! ¡qué extraño es que se paguen caros en el Purgatorio los gustos del pecado, si así pagáis Vos en vuestro purísimo cuerpo las sensualidades del mío! ¡Ay infeliz de mí! Yo soy quien he pecado; yo merecía ese castigo tan humillante y riguroso; y, no obstante, lejos de mortificar mis apetitos y de castigar con penitencias una carne impura, no busco sino delicias y regalos. Mas no será así en adelante, dulcísimo Jesús. Caiga sobre mi corazón una gota de esa Sangre preciosa, y arrepentido abrazaré la mortificación, y quedaré todo encendido en vuestro santo amor. Y Vos, Padre celestial, ya que vuestro Hijo santísimo satisfizo sobreabundantemente a vuestra divina Justicia, perdonad mis culpas, usad de clemencia con las benditas Ánimas del Purgatorio, aceptad en sufragio de ellas todo cuanto yo sufriere en este día, aceptad la cruel flagelación de Jesús y los dolores de su Madre Santísima. Amén.





Obsequio:


Mañana, no comer fuera de las horas acostumbradas, o hacer alguna mortificación corporal en sufragio de las benditas Ánimas del Purgatorio.





ORACIÓN:  A LAS ÁNIMAS EN EL 

PURGATORIO.




   Esposas muy queridas del Señor, que encerradas en la cárcel del Purgatorio sufrís indecibles penas, careciendo de la presencia de Dios, hasta que os purifiquéis, como el oro en el crisol, de las reliquias que os dejaron las culpas; ¡con cuánta razón desde aquellas voraces llamas clamáis a vuestros amigos pidiendo misericordia! Yo me compadezco de vuestro dolor, y quisiera tener caudal suficiente para satisfacer deuda tan crecida; y aunque más pobre que vosotras mismas, os ofrezco y aplico cuantas indulgencias pudiere ganar en este día, y cuantas obras de supererogación hiciere durante (diga el tiempo que quiera), a excepción de aquellas que por alguna necesidad particular aplicare. Pero siendo tan pobres mis méritos para satisfacer por vosotras a la Justicia Divina, apelo a la piedad de los Justos, a los ruegos de los Bienaventurados, al tesoro inagotable de la Iglesia, a la intercesión de María Santísima y al precio infinito de la sangre de Jesucristo. Conceded, Señor, a esas pobres Ánimas, sobre todo al alma de N. N., el deseado consuelo y descanso. Pero confío también, Almas agradecidas, que tendré en vosotras poderosas medianeras que me alcancen del Señor gracia con que deteste mis culpas, adelante en la virtud, sojuzgue mis pasiones y llegue a la eterna bienaventuranza. Amén.



NOVENA A LAS
ÁNIMAS DEL PURGATORIO.

SACADA DEL
ANCORA DE SALVACIÓN.

Por el R. P. JOSE MACH (de la Compañía de Jesús).