lunes, 12 de septiembre de 2022

MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 12 DE SEPTIEMBRE.

 




—La conmemoración (si este día fuere domingo de la octava de la Natividad, se dice: La fiesta) del santísimo nombre de la bienaventurada Virgen María, que el papa Inocencio XI mandó celebrar lodos los años en el domingo de la infraoctava de la misma Virgen María, por la esclarecida victoria que por su intercesión consiguieron los Cristianos contra los turcos que tenían sitiada la ciudad de Viena en Austria, haciéndoles levantar el sitio.

 






—El tránsito de los santos mártires Hierónides, Leoncio, Serapión, Selesio, Valeriano y Estratón, en Alejandría; los cuales por la confesión del nombre de Jesucristo fueron sumergidos en el mar imperando Maximino.

 





—San Autónomo, obispo y mártir, en Bitinia; el cual, huyendo de la persecución de Diocleciano, como convirtiese allí muchos a la fe, enfurecidos los gentiles contra él, lo mataron en el mismo altar cuando estaba diciendo misa, quedando hecho hostia de Jesucristo.

 



—El martirio de los santos Macedonio, Teodulo y Taciano, en Meri de Frigia; los cuales, en tiempo de Juliano el Apóstata, y por orden del presidente Almaquio, después de padecer otros tormentos, tendidos sobre unas parrillas en las ascuas, consumaron el martirio lleno de regocijo.

 



—San Curonóto, obispo, en Iconio en Licaonia; el cual siendo degollado en tiempo del presidente Perennio, alcanzó la palma del martirio.

 



—San Juvencio, obispo, en Pavía, del cual se hace mención el día 8 de febrero. Este fue enviado a aquella ciudad por san Hermágoras, discípulo del evangelista san Marcos, juntamente con san Siró de quien se hace mención el 9 de Diciembre, y ambos predicando allí el Evangelio, y resplandeciendo en eminentes virtudes y milagros, ilustraron con sus obras sobrenaturales aquella ciudad y las inmediatas, y gozando ambos de la alteza del obispado, descansaron en paz.

 





—La dichosa muerte de san Sacerdote, obispo, en Lyon.




 

—San Silvano, obispo, en Verona.

 




—San Guidón, confesor, en Anderlecht.

 

 

 

—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.

 

 

   Alabado y glorificado sea Dios eternamente.

 

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

 



jueves, 8 de septiembre de 2022

LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN. —8 de septiembre.

 







DÍA DE ALEGRÍA.

 

Con muchísima razón la Iglesia nos hace decir hoy en un arranque de alegría: “Tu nacimiento, oh Virgen Madre de Dios, ha sido para el mundo entero un mensaje de consuelo y de alegría, pues de ti ha nacido Jesucristo, Sol de Justicia, nuestro Dios, que nos libertó de la maldición para darnos la bendición: y El mismo, al quedar triunfador de la muerte, nos ha procurado la vida eterna”.

 

Si vemos que el nacimiento de un niño llena de regocijo el hogar paterno, aunque ignoran éstos su porvenir; si la Iglesia nos dice el 24 de junio que ese día es un día de alegría porque el nacimiento de San Juan Bautista nos da la esperanza del nacimiento de Aquel cuyos caminos viene a preparar, ¿qué alegría traerá al corazón de todos los que esperan la salvación y la vida, el ver llegar a este mundo a la que será la Madre del Redentor?

 

Por el Evangelio sabemos que el nacimiento Juan Bautista fué un contento para sus palas aldeas vecinas. Del nacimiento de María nada sabemos, pero, si este nacimiento para muchísimos pasó inadvertido, si Jerusalén exteriormente permaneció indiferente, no ignoramos que este día es y continuará siendo no tan sólo para una ciudad o un pueblo, sino para el mundo entero y a lo largo de todos los siglos que se irán sucediendo, un día de incomparable alegría.

 




ALEGRÍA EN EL CIELO.

 

En el cielo hay alegría en la Santísima Trinidad: alegría en el Padre eterno, que se felicita del nacimiento de su Hija carísima, a la que va a hacer participante de su paternidad; alegría en el Hijo, que contempla la belleza sobrenatural de la que va a ser su Madre, de la cual tomará El su carne para rescatar al mundo; alegría en el Espíritu Santo, pues, como cooperadora en la obra de la concepción y encarnación del Verbo, María tenía que ser el Santuario inmaculado de aquella tercera persona.

 

Hay alegría en los ángeles: con admiración ven que esta niña es la maravilla de las maravillas del Omnipotente; en Ella desplegó Dios más sabiduría, más poder y más amor que en todas las demás criaturas: de María hizo el espejo clarísimo en que se reflejan todas sus perfecciones; comprenden que María, por sí sola, da a su Criador más honra y gloria que todas sus jerarquías juntas y la saludan ya como a su peina, como la gloria de los cielos, ornato del mundo celeste y del mundo terrestre.

 





ALEGRÍA EN EL LIMBO DE LOS JUSTOS.

 

Opina San Juan Damasceno que las almas detenidas en los limbos tuvieron conocimiento de este feliz nacimiento y que Adán y Eva con una alegría que no habían conocido desde su pecado en el paraíso terrenal, exclamaron: “Bendita sea la hija que Dios nos prometió después de nuestra caída: de nosotros has recibido un cuerpo mortal; tú nos devuelves la túnica de inmortalidad. Nos llamas a nuestra primitiva morada; cerramos las puertas del paraíso; y ahora dejas expedito el camino del árbol de la vida”.

 

Otros escritores antiguos nos señalan a los patriarcas y los profetas que de lejos anunciaron y alabaron la venida de María, saludando en ella el cumplimiento por fin realizado de sus divinos oráculos.

 





ALEGRÍA EN LA TIERRA.

 

Finalmente, hubo también alegría en la tierra. Con los Santos podemos pensar sin ser temerarios que Dios concedió a las almas “que esperaban entonces la redención de Israel” un contento extraordinario, una alegría grave y religiosa que se insinuó en sus corazones y, sin podérselo explicar ellos, les dio como una convicción íntima de que la hora de la salvación del mundo estaba ya muy cerca.

 

Pero esta alegría fue sobre todo para los afortunados padres San Joaquín y Santa Ana. Como arrobados contemplaron a esta hijita esclarecida, que contra toda esperanza les concedía Dios al declinar de sus días. Y tal vez se preguntaron si acaso sería ella uno de los anillos de la línea, agraciada de donde tenía que salir el Rey que restableciese el trono de David y salvase a Israel. Su acción de gracias subió fervorosa hasta Dios, a quien sentían presente en su humilde morada. “Oh pareja felicísima, exclamaba San Juan Damasceno, toda la creación es deudora vuestra; pues, por vosotros, ofreció a Dios el don más preciado entre todos los dones, la Madre admirable, la única digna de Él. ¡Dichoso tu seno, oh Ana, que llevó a la que llevará en el suyo al Verbo eterno, al que no puede ser encerrado en nada y traería la regeneración a todos los hombres! ¡Oh tierra, primero infecunda y estéril, de donde nació la tierra dotada de una maravillosa fecundidad: pues ella va a producir la espiga de vida que alimentará a todos los hombres! Felices tus pechos, porque amamantaron a la que daría el pecho al Verbo de Dios, a la nodriza de Aquel que sustenta al mundo…”.

 





MARÍA, CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA.

 

Así, pues, el nacimiento de la Santísima Virgen es causa de alegría, y la alegría es el sentimiento que todo lo absorbe y penetra en esta festividad. La Iglesia quiere que nos penetremos de esta alegría desbordante y triunfal. Y a ella nos invita en todo el oficio: “Celebremos el nacimiento de María, nos hace cantar desde el Invitatorio de Maitines, adoremos a Cristo, Hijo suyo y Señor nuestro”; y un poco después: “Celebremos con tierna devoción el nacimiento de la Santísima Virgen María para que interceda por nosotros cerca de Jesucristo. Con júbilo y tierna devoción celebremos el nacimiento de María”.

 

Si la Iglesia nos invita a la alegría, es debido a que la Virgen es Madre de la divina gracia y ya, en el pensamiento divino, la Madre del Verbo encarnado. Las palabras gracia y alegría tienen en griego la misma raíz; gracia y alegría van siempre a la par; se mide la una por la otra; María, por estar llena de gracia, lo está también de alegría para sí y para nosotros. En esta agraciada niña, aunque acaba de nacer, nos muestra la Liturgia a la Madre de Jesús; María es inseparable de su Hijo y sólo nace para El, para ser su Madre y para ser también nuestra Madre dándonos la verdadera vida, que es la vida de la gracia. Y, por eso, todas las oraciones de la Misa proclaman la maternidad la Virgen María, como si no pudiese separar la Iglesia su nacimiento del nacimiento del Emmanuel.

 




EL LUGAR DEL NACIMIENTO DE MARÍA.

 

Pero ¿en qué lugar nació la Santísima Virgen? Una tradición antigua e ininterrumpida señala a Jerusalén, cerca de la piscina Probática, lugar donde hoy se levanta la Iglesia de Santa Ana. Allí precisamente, nos dice San Juan Damasceno, “en el aprisco paterno nació aquella de quien quiso nacer el Cordero de Dios”. Allí también fueron más tarde enterrados San Joaquín y Santa Ana; los Padres Blancos descubrieron el 18 de marzo de 1889 sus sepulcros al lado de la gruta de la Natividad. Por el siglo IX se construyó allí una iglesia; monjas benedictinas se establecieron en ella después de llegar los Cruzados a Palestina y continuaron hasta el siglo XV. Por esa fecha, una escuela musulmana reemplazó al monasterio, pero a continuación de la guerra de Crimea, el sultán Abdul-Madjid entregó la iglesia y la piscina probática a Francia, que había entrado victoriosa en Sebastopol el 8 de septiembre de 1855.

 




ORIGEN DE LA FIESTA.

 

La fiesta de la Natividad tuvo su origen en Oriente. La Vida del Papa Sergio (687-701) la cuenta ya entre las cuatro fiestas de la Santísima Virgen que existían entonces; y, por otra parte, sabemos que el emperador Mauricio (582-602) había prescrito su celebración juntamente con la Anunciación, la purificación y la Asunción. En Alemania introdujo esta fiesta San Bonifacio. Una bonita leyenda atribuía al santo obispo de Angers, Maurilio, la institución de esta fiesta: y, en efecto, tal vez introdujo una fiesta en su diócesis para cumplir el deseo de la Virgen, que hacia el año 430 se le apareció en las praderas de Marillais.

 

Chartres, por su parte, reclama para su obispo Fulberto (f 1028) una parte importante en la difusión de esta fiesta por toda Francia. El rey Roberto el Piadoso (o sus consejeros), quiso poner en música los tres bellos Responsorios Solem justitiae, Stirps Jesse, Ad Nutum Domini, en que Fulberto celebra la aparición de la estrella misteriosa de la que tiene que nacer el sol; la rama que brota del tronco de Jessé para producir la flor divina en que reposará el Espíritu Santo; la omnipotencia, en fin, que hace que nazca de Judea María, como del espino la rosa.

 

En la tercera sesión del primer concilio de Lyon, en 1245, Inocencio IV estableció para toda la Iglesia la Octava de la Natividad de la Santísima Virgen; así se daba cumplimiento al voto que él y los demás cardenales hicieron durante la vacante de diecinueve meses, que, resultado de las intrigas del emperador Federico II, acarreó a la Iglesia la muerte de Celestino IV, y a Ala cual se puso fin con la elección de Sinibaldo Fieschi, después Inocencio.

 

En 1377, Gregorio XI, el gran Papa que acababa de romper las cadenas de la cautividad de Avignon, quiso completar las honras tributadas a María en el misterio de su nacimiento añadiendo una vigilia a la solemnidad; pero, sea porque sólo expresó un deseo sobre este particular, sea por otra causa cualquiera, lo cierto es que de las intenciones del Papa se hizo caso poco tiempo en aquellos años agitados que siguieron a su muerte.

 




LA PAZ.

 

Como fruto de esta fiesta tan alegre, imploremos, con la Iglesia la paz, ya que parece huir cada vez más de estos desdichados tiempos. Precisamente Nuestra Señora vino al mundo en el segundo de los tres períodos famosos de paz universal en tiempo de Augusto; en el último de ellos acaeció el advenimiento del mismo Príncipe de la paz.

 

Al cerrarse el templo de Jano, del suelo en que se tenía que construir el primer santuario de la Madre de Dios en la Ciudad eterna, brotaba el aceite misterioso; los presagios se multiplicaban; el mundo vivía a la expectativa; el poeta cantaba: “¡He aquí que al fin llega la última edad anunciada por la Sibila, he aquí que comienza a abrirse la gran serie de los siglos nuevos, he aquí a la Virgen!”

 

En Judea se ha quitado el cetro a Judá; pero aquel mismo que se ha hecho dueño del poder, Herodes el Idumeo, continúa de prisa la restauración espléndida que permitirá al segundo Templo recibir de un modo digno dentro de sus muros al Arca Santa del Nuevo Testamento.

 

Es el mes sabático, el primero del año civil y séptimo del ciclo sagrado: el Tisri, en el que empieza el descanso de cada siete años y se anuncia el Año Santo del Jubileo; el mes más alegre, con su Neomenia solemne que hacen famosa las trompetas y los cantos, su fiesta de los Tabernáculos y la conmemoración de la terminación del primer Templo en tiempo de Salomón.

 

Finalmente, en el cielo, el astro del día acaba de dejar el signo del León (Leo) para entrar en el de la Virgen (Virgo). En la tierra, dos descendientes oscuros de David, Joaquín y Ana, dan gracias a Dios por haber bendecido su unión tanto tiempo infecundo.

 


miércoles, 7 de septiembre de 2022

SANTA REINA, O REGINA, VIRGEN Y MÁRTIR. —7 de septiembre.

 






   La bendita Reina fué natural de la ciudad de Alesia, sita en la parte septentrional de Germania; su padre fué gentil y se llamó Clemente. Siendo de edad de quince años creyó en Cristo sin que su padre lo supiese, y bien instruida en la fe católica se bautizó y ofreció a Dios su virginidad y pureza.

 




   Era tan hermosa (esmalte que divinamente sale sobre el oro de la virtud) que, pasando acaso por Alesia Olibrio, prefecto, y viéndola, se enamoró de ella. 




   La hizo venir a su presencia, y sabiendo de ella misma que era cristiana la mandó poner en la cárcel, advirtiéndola que él iba a un viaje y que si al volver de él no había mudado de religión experimentaría su rigor. Volvió de su viaje, y habiendo sacrificado a sus falsos dioses hizo sacar de la cárcel a la santa virgen Reina. La mandó sacrificar, y hallándola firme y constante en la fe que había prometido a su esposo Jesús la hizo suspender en el ecúleo, después herir por mucho tiempo con varas de hierro, y atormentar y rasgar sus delicadas carnes con uñas de acero. Tan cruel fué este martirio y tan horrendamente fué herida y despedazada la santa virgen, que el mismo Olibrio y todos los demás circunstantes cubrían sus rostros de horror por no ver tan lastimoso espectáculo y tanto rigor. Los arroyos de sangre que corrían no parece posible que de tan tierno y delicado cuerpo manasen. Pero viéndola constante siempre, el cruel Olibrio la mandó descolgar del ecúleo y volver a la cárcel.

 




   Puesta segunda vez en la cárcel, fué admirablemente consolada por su divino Esposo, el cual le envió una cruz de oro de maravillosa hermosura, sobre la cual tremolaba una hermosísima paloma, que sin duda era el Espíritu Santo, que bajó a consolarla y sanarla de sus heridas, y animarla para el fin de la pelea. 





   Llegaba la cruz de la tierra al cielo, y la paloma volaba sobre la cabeza de la bendita Reina, como halagándola, acariciándola y consolándola, junto con animarla a la corona del martirio que le esperaba. Pasados dos días fué sacada segunda vez de la cárcel, y puesta a la presencia de Olibrio la mandó otra vez poner en el ecúleo, y que debajo encendiesen una grande hoguera que la abrasase; y cuando ya el fuego había hecho su oficio, la mandó descolgar, y que, atada de pies y manos, como inocente cordera, la metiesen dentro de un baño de agua muy fría para que con la contrariedad de los tormentos padeciese más crudamente; y al entrarla en el baño hubo un horrible terremoto, y aquella hermosa paloma que en la cárcel la había consolado bajó sobre ella, y desatándola todas las prisiones la dejó libre y sana, y puso una corona de oro y piedras de inestimable valor sobre su hermosa cabeza, y bajó una voz del cielo que la convidaba al reino que tan valerosamente había ganado. Este prodigio fué tan patente a todos los que habían concurrido a ver el espectáculo, que se convirtieron a la fe de Jesucristo ochocientos cincuenta gentiles. Con esto se encendió más en furor diabólico el presidente, y la hizo degollar, con que acabó gloriosamente su triunfo; y para mayor gloria suya permitió su amado esposo Jesús que toda la ciudad concurriese y viese su bendita alma ir gloriosa al cielo en manos de los santos ángeles, que envidiosos de su triunfo se la presentaron gozosos a su Criador. Fué sepultado su glorioso cuerpo por los cristianos en la misma ciudad de Alesia, donde resplandece en milagros. Fué su glorioso martirio el 7 de septiembre (día en que la Iglesia celebra su fiesta), por los años del Señor de 214. Escribieron su vida y martirio Beda, Usuardo, Adón, Mombricio, tom. II. Vit. Sanct.; Pedro de Natalibus In cathalog. sanct., lib. VIII, cap. 47; el Martirologio romano, y Baronio en sus Anotaciones.



LA

LEYENDA DE ORO (1896)


jueves, 4 de agosto de 2022

MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 4 DE AGOSTO.


 






—Santo Domingo, confesor, fundador del Orden de Predicadores, varón muy esclarecido por su santidad y milagros, el cual conservó perpetua virginidad, y por la singular gracia de sus merecimientos resucitó tres muertos, en Bolonia. Habiendo reprimido las herejías con su predicación, é instruido a muchos en la vida cristiana y religiosa, murió en paz el día 6 de este mes; pero su festividad se celebra en este di por una constitución de Paulo IV.

 




—En la aldea de Ars, diócesis de Belley en Francia, el tránsito de san Juan Bautista María Vianney, Presbítero y Confesor, insigne en el ministerio parroquial, a quien el Papa Pío XI puso en el número de los Santos y le instituyó celestial Patrono de todos los Párrocos. Su fiesta se celebra el 8 de Agosto.

 




—El martirio de san Aristarco, discípulo y compañero inseparable del apóstol san Pablo, en Tesalónica: san Pablo en su carta a los colosenses dice estas palabras: «Os saluda Aristarco, mi compañero en la prisión.» El mismo Apóstol le ordenó obispo de los tesalonicenses, y después de largos tormentos en tiempo de Nerón, descansó en paz coronado por Cristo.

 




—El martirio de san Tertulino, presbítero y mártir, en Roma en la vía Latina; el cual en tiempo del emperador Valeriano, después de haberle cruelísimamente apaleado, y abrasádole los costados, y quebrantádole el rostro a golpes, extendiéndole en el potro, y cortándole los nervios, por último, le degollaron, con lo cual consumó el martirio.

 




—San Eleuterio, mártir, senador en Constantinopla; el cual en la persecución de Maximiano fue degollado por confesar a Jesucristo.

 




—Las santas mártires Ía y sus compañeras, en Persia; las culés en tiempo de Sapor, rey de los persas, por diversos suplicios alcanzaron el martirio con otros nueve mil cristianos.

 




—San Protasio, mártir, en Colonia. (Los Bolandistas se inclinan a creer que es el mismo san Protasio que se celebra con san Gervasio el día 19 de junio).

 




—San Agabio, obispo y confesor, en Verona.

 




—San Eufronio, obispo, en Tours. (San Gregorio de Tours, que fue por muchos años testigo de las virtudes de este Santo, dice que estuvo favorecido con el don de milagros, y que fue admirable en todo hasta su dichosa muerte, acaecida en el año 572).

 




—Santa Perpétua, en Roma; la cual bautizada por el apóstol san Pedro, convirtió a la fe a su hijo Nazario y a africano, su marido, y dio sepultura a muchos cuerpos de santos Mártires; finalmente llena de méritos y de buenas obras murió en el Señor.

 

 

 

—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.

 

 

Alabado y glorificado sea Dios eternamente.

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

 


miércoles, 3 de agosto de 2022

LA INVENCIÓN DEL CUERPO DE SAN ESTEBAN. —3 de agosto (En el año 415)



 

   Con haber sido tan ilustre en la Iglesia primitiva el glorioso protomártir san Esteban, estuvo su santo cuerpo largo tiempo escondido, hasta que el Señor se dignó revelarlo en tiempo de los emperadores Honorio y Teodosio el Menor su sobrino, el año 415 de nuestra salud.

  




   Se hizo esta revelación a Luciano presbítero, el cual refiere todo lo que en ella pasó en una carta escrita en griego, donde dice: “Que estando él durmiendo en un lugar del bautisterio, donde solía dormir para mejor guardar la iglesia y ocurrir presto a las necesidades de los fieles de su parroquia, despertó viendo un súbito resplandor, y le apareció un venerable anciano en traje de sacerdote, el cual le mandó que buscase los cuerpos santos, que estaban en cierta heredad de aquella aldea, y los colocase en otro lugar más decente. Preguntó Luciano al venerable viejo quién era, y cuyos eran aquellos cuerpos. Y él respondió que era Gremaliel, el que había enseñado a san Pablo apóstol de Jesucristo, y que el que estaba en el monumento con él a la parte de Oriente era el bendito mártir san Esteban, que fue apedreado de los judíos, cuyo cuerpo él había hecho recoger y enterrar en aquella heredad suya, y que en otro lucillo y sepulcro estaba el cuerpo de Nicodemus, al cual, por ser discípulo de Cristo, los judíos habían anatematizado y desterrado de la ciudad, y él le había recogido en su casa y dado todo lo que había menester todo el tiempo que vivió, y después de muerto le sepultó honoríficamente junto a san Esteban”.

 




   Con las señas que recibió del santo anciano Gamaliel, fue Luciano a Jerusalén a dar cuenta de todo al obispo; el cual dio orden que se buscasen los santos cuerpos en el lugar señalado; y en efecto, cavando en él, hallaron tres sepulcros en cuyas piedras se leía en letras siríacas: Esteban, Nicodemus, Gamaliel. Divulgándose luego esta noticia, vino el obispo de Jerusalén, llamado Juan, acompañado de Eleuterio, obispo de Sebaste, y otro Eleuterio, obispo de Jericó, y del clero y gran muchedumbre de fieles; y abriendo el sepulcro donde estaba el cuerpo del glorioso san Esteban, comenzó a temblar la tierra y salir un suavísimo olor y fragancia celestial de aquel sagrado cuerpo, tan extremada que a los que presentes se hallaban les parecía estar en el paraíso. Dieron todos voces de alabanza a Dios, y más cuando por la virtud de aquellas sagradas reliquias sanaron setenta y tres enfermos de varias dolencias.

 

   Trasladaron los santos cuerpos en solemnísima procesión a Jerusalén, donde fueron colocados en preciosas urnas; hasta que Teodosio el Joven quiso que el de san Esteban pasase a Constantinopla; y poco después el papa Gelasio I lo hizo trasladar a Roma y depositar en la basílica edificada con nombre de san Lorenzo.

 

 



Reflexión: El sapientísimo doctor de la Iglesia san Agustín hacía en sus sermones mención honorífica de esta maravillosa invención del cuerpo de san Esteban, y de los milagros sin cuento con que quiso el Señor glorificar a su protomártir, no solo en Jerusalén, sino en todas partes, a donde se llevaba alguna parte de sus preciosas reliquias. Donde se ve con cuánta razón celebra la Iglesia católica el descubrimiento de este gran tesoro, para hacernos dignos de las mercedes que podemos alcanzar por los méritos del Santo.

 

 

Oración: Concédenos, Señor, la gracia de imitar al santo cuya fiesta celebramos, para que aprendamos por su ejemplo, a amar también a nuestros enemigos, ya que celebramos la Invención de aquel santo que supo rogar por sus mismos perseguidores a Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

 

 

FLOS SANCTORVM

 DE LA FAMILIA CRISTIANA