Fué el piadosísimo rey san Guntrano hijo de Clotario, rey de Francia, y nieto de Clodoveo I y de santa Clotilde. Como era hijo segundo, a la muerte de su padre heredó los reinos de Orleans y de Borgoña; lo cual fué ocasión de muchas guerras con sus hermanos Cariberto y Sigeberto: y si al principio de su reinado traspasó los límites de la humanidad, tratando con excesivo rigor a sus enemigos, cosa harto frecuente en aquellos tiempos, también es verdad que hizo rigurosa penitencia todo el tiempo de su vida, procurando de alcanzar como David la divina misericordia con muchos ayunos, grandes asperezas y limosnas. Puso debajo de su protección a los hijos de sus hermanos, colmándoles de beneficios y jamás se sirvió de los felices sucesos de sus victorias para su propia medra y engrandecimiento, sino para el bien universal de sus vasallos. Y como era príncipe muy cristiano y santo, y sus leyes eran justas y humanas, florecía su reino con grande abundancia y prosperidad, así en tiempo de paz como en tiempo de guerra. Dio severísimas ordenanzas encaminadas a reprimir la crueldad y bárbara fiereza que usaban los soldados con los enemigos vencidos, y puso a raya su desenfrenada licencia. Y aunque su amor a la justicia le inclinaba a castigar con el debido rigor los crímenes, no puede creerse con cuanta facilidad y suavidad perdonaba las injurias cuando se hacían a su misma persona, porque habiendo en cierta ocasión atentado contra su vida dos desaforados asesinos, mandó el rey que a uno le encerrasen en la cárcel, y perdonasen al otro por haberse refugiado en lugar sagrado. Honraba el santo príncipe a los obispos y prelados de la Iglesia de Jesucristo, con reverencia y amor filial, les consultaba sus dudas y les pedía su parecer.
Edificó muchos templos y monasterios, y aunque era
padre de todos sus vasallos, lo fué singularmente de
los pobres, llegando en un tiempo de hambre a agotar con real magnificencia su
tesoro, y procurando de aplacar con ayunos y pública penitencia la ira de Dios,
que, como decía el santo, por sus pecados azotaba a sus pueblos. Finalmente,
lleno de méritos y virtudes, descansó en la paz del Señor,
con grande luto y sentimiento de todo su reino, y Dios ilustró el sepulcro de
tan santo rey con muchos prodigios que le ganaron la universal veneración.
Reflexión: No
existe estado o condición en que el hombre no pueda santificarse, si quiere. La
gracia vence todos los obstáculos ayudada de la cooperación humana. No es un
pobre artesano, o un pobre labriego el que hoy presenta ante tu consideración
la Iglesia: es un rey poderoso y un rey que
experimentó allá cuando joven la fuerza de las pasiones. No fué tan misericordioso
como debió ser; vejó a sus vasallos más de lo justo. Pero fué fiel al llamamiento
de la gracia, y los que le vieron castigar con exceso de severidad los
crímenes, le vieron también hacer espantosa penitencia y hoy le veneramos en
los altares.
¿Te ves combatido?
¿Sientes en tu interior la fuerza de la pasión? ¿Por qué no escuchas también la
voz de la gracia que te llama a la pelea y te dice que no desmayes? ¿Encontrarás
para ser bueno más obstáculos que este santo?
No vives entre la pompa cortesana. No te estorban halagos de
poderosos para ver la verdad, y vista seguirla resueltamente. Quizás tu misma
condición te facilita el ser virtuoso. Pero, aunque fueras príncipe o monarca, ¿tendrías excusa ante tal dechado para no emprender una vida
perfecta?
Oración: Oye, Señor, las súplicas que te hacemos
en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Guntrano, para que los que no
confiamos en nuestra virtud, seamos ayudados por las
oraciones de aquel que fué de tu agrado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
FLOS
SANCTORVM
DE
LA FAMILIA CRISTIANA.
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