De los
tres santos canonizados que con su presencia santificaron estas tierras de
América, San Luis Beltrán, San Pedro Claver y San Francisco Solano, este último
es el que con más razón merece el título de apóstol de este Nuevo Mund23o,
tanto por la extensión de su labor misional como por las huellas que dejó de su
paso. San Luis Beltrán
no hizo sino abordar a las costas insalubres y deshabitadas de Santa Marta,
evangelizó a las tribus errantes de los bordes del Magdalena y a los pocos años
se volvió a España. San Pedro Claver se encerró
dentro de los muros de Cartagena y allí vivió hasta su muerte, hecho esclavo de
los esclavos. Solano, en cambio, recorrió gran parte del Perú de entonces y ha dejado
recuerdos de su tránsito en cinco repúblicas de este continente.
Había nacido el 10 de marzo de 1549 en la
pequeña ciudad de Montilla, en la Andalucía, del matrimonio de Mateo Sánchez
Solano y Ana Jiménez Hidalga. Sus padres eran acomodados y cuando el niño
estuvo en edad de estudiar lo entregaron a los jesuitas, que tenían entonces un
colegio en el lugar. Allí aprendió las letras humanas y allí también sintió
despertarse su vocación. A los veinte años, en plena
adolescencia, decide vestir el sayal franciscano y acude al convento de San
Lorenzo, en las afueras, donde el guardián, fray Francisco de Angulo, le abre
las puertas de aquel cenobio, en donde va a poner los fundamentos de su futura
santidad. Dios, en efecto, le había escogido para santo. Por entonces
los franciscanos habían sentido renovarse su fervor y anhelaban imitar más de
cerca a Jesucristo, siguiendo las huellas del Pobrecito de Asís. Solano, desde
los primeros días de su vida religiosa, sintió en su corazón arder esta llama,
se determinó a abrazarse estrechamente con Cristo, siguiendo desnudo al desnudo
Jesús. Hizo su profesión el 25 de abril de 1570 y
verdaderamente renunció a todo para vivir unido a su modelo. Unos dos
años más tarde dejaba Montilla y se trasladaba al convento de Nuestra Señora de
Loreto, en las proximidades de Sevilla, donde alternó el estudio de las
ciencias sagradas con la oración y la penitencia. Escogió para vivienda la
celda más pequeña e incómoda del convento, bien próxima al coro, en donde
pasaba buena parte de su tiempo.
Allí recibió la unción sacerdotal y un 4 de
octubre cantó su primera misa en la capilla de la Virgen, hallándose presente
su padre, que muy poco después dejaba este mundo. Como tenía buena voz y era
muy aficionado a la música, arte que podemos decir cultivó toda su vida, le
nombraron vicario de coro y predicador. La muerte de su progenitor y la ceguera
de que adoleció su madre le obligaron a volver a Montilla, pero transformado en
otro hombre. De su breve estancia en su ciudad natal quedó indeleble recuerdo.
Aquel joven franciscano "no hermoso de
rostro, moreno y enjuto", como nos lo describe uno de sus
contemporáneos, se atrajo las miradas de todos por el espíritu con que hablaba
y la santidad que emanaba de todo su ser. Aún se cuenta que hizo varias
curaciones, pero el más evidente indicio de su ascendiente sobrenatural nos lo
da el hecho de haber pedido la marquesa de Priego, la señora del lugar, un
hábito de fray Francisco para que le sirviese de mortaja.
Tan sólidas eran ya sus virtudes que los
superiores de la Orden le enviaron a Arrizafa, en las cercanías de Córdoba, a
fin de que en esa recolección ejerciese el cargo de maestro de novicios. Nadie
mejor que él para servir de guía a quienes aspiraban a realizar íntegramente el
ideal del fraile menor. Tres años vivió en este convento y el 1581 pasa a San
Francisco del Monte, monasterio escondido entre los breñales de la Sierra
Morena. En aquella soledad su espíritu se expande y se une más estrechamente a
Dios. No olvida, sin embargo, a sus hermanos, y, cuando la peste diezma a los
vecinos de Montoro, acude solícito a ayudar a los enfermos a bien morir y a
curar a los atacados del mal. Le acompaña un buen hermano lego, fray
Buenaventura, que al fin sucumbe también a los rigores de la peste, y Solano
continúa asistiendo a sus hermanos dolientes en la iglesia de San Sebastián,
transformada en hospital, donde aún se conserva un cuadro que recuerda su caridad.
Se le nombra guardián del convento y a los
tres años se le envía al convento de San Luis de la Zubia, en la vega de
Granada. Aquí termina su labor en España, porque en 1588 solicita pasar a
América en compañía del padre comisario, fray Baltasar Navarro, que ha venido
en busca de misioneros. Se cierra entonces la primera etapa de su vida; la
segunda le verá en las apartadas regiones del Tucumán, convertido en misionero
de indios, hasta el año 1602, en que se le ordena volver al Perú, donde entabla
la estricta observancia de los recoletos y donde fallece en 1610. Estas tres
etapas en que podemos dividir su vida son bien marcadas y cada una de ellas
tiene su carácter peculiar. En España ha alternado el estudio de la perfección
religiosa con el de las ciencias y los cargos de gobierno con el ministerio apostólico,
pero esto último lo hace sólo a intervalos y no de una manera metódica y
continua. Es la etapa de preparación y en la cual se macizan sus virtudes. Cuando tome la carabela que le ha de conducir a Tierra
Firme ya Solano es un santo, es el varón de Dios, que lo pisotea todo para
unirse a su Señor.
El 3 de marzo de 1589 pasaba la barra de
Sanlúcar la flota que conducía al nuevo virrey del Perú, don García Hurtado de
Mendoza. En una de las naves, oculto a las miradas de todos, viajaba nuestro
héroe, acompañado por un regular grupo de hermanos suyos que pasaban a América
a conquistar para Cristo muchas almas. Con viento favorable llegaban a
Cartagena el 7 de mayo y, tras unos días de espera en aquel puerto, pasaban a
Portobelo y de aquí a Panamá, adonde debió llegar Solano a fines del mes de
junio de 1589. La falta de embarcaciones le obligó a permanecer en aquel
mortífero clima, donde perdieron la vida dos de los franciscanos que venían en
su compañía, Después de cuatro meses lograron hallar una nave que los condujese
al Perú, pero tan descuadernada que unos cuantos golpes de mar, como luego
veremos, bastaron para dar al través con ella. Solano, en compañía del padre
fray Diego de Pineda y de fray Francisco de Torres, tomó pasaje a su bordo, y
la embarcación levó anclas en el puerto de Perico y se dio a la vela para el
Callao.
La navegación desde Panamá hasta aquel
puerto se hacía difícil, así por tener que vencer la corriente marina que baña
aquellas costas como por la falta de viento, sobre todo en esta época del año.
Así sucedió entonces, y en la vecindad de la isla de la Gorgona, frente a las
costas de la actual Colombia, aquella frágil nave vino a zozobrar. En un batel
lograron llegar a tierra algunos de los pasajeros y tripulantes, pero Solano
permaneció sereno en los restos flotantes de la nave, alentando a los náufragos
y auxiliándolos en aquel caso extremo. Cuando el batel volvió en su busca fue
el último en acogerse a él, y lo hizo lanzándose al mar, después de arrollar el
hábito a la cintura. Una vez en la playa, y cubierto tan sólo con la túnica,
fue en busca del hábito que había perdido y lo halló en la arena. San Francisco, como él decía, le había dado aquel hábito
y él también se lo había de devolver.
Por más de dos meses hubieron de permanecer
los náufragos en la costa, desprovistos de todo auxilio. Uno de los compañeros
de Solano había perecido en el naufragio, el otro, cansado de esperar, decidió
salir en el batel con otros compañeros en busca de socorro. Tenían que
alimentarse de peces, mariscos y hierbas silvestres, y no sin trabajo los
encontraban. Solano, olvidado de sí, procuraba levantar el ánimo de sus
compañeros, aliviaba sus males y les daba cuanto caía en sus manos y podía
servir para su sustento. Parece que en más de una ocasión su pesca tuvo todos
los contornos de milagrosa. El Señor escuchaba a su siervo. Al fin arribó el
socorro tan ansiado. A últimos de diciembre una nave recogió a los náufragos y
los condujo al puerto de Pafta, al norte del Perú. De aquí continuó Solano su
camino por tierra hasta llegar a la ciudad de los reyes, Lima. Cruzó aquella
costa desierta, interrumpida, a veces por los valles que riegan los ríos que
bajan de la cordillera, y en 1590 entraba en la capital del virreinato, donde
ya le había precedido el virrey don García y en donde por aquel tiempo
gobernaba aquella iglesia un esclarecido prelado, Santo Toribio de Mogrovejo.
Solano ardía en deseos de pasar a las
Misiones a que estaba destinado. Fray Baltasar, que le había traído consigo,
atendió sus ruegos y con otros ocho religiosos emprendió el camino que conducía
al Tucumán. La distancia era enorme. Basta fijar los ojos en un mapa de América
para darse cuenta del inmenso espacio que había que recorrer. Pero a esta
dificultad se añadía otra mayor: la de la aspereza y rigor de la tierra. Había
que trasmontar los Andes, y luego de cruzarlos, llegar hasta el Cuzco, para
tomar después el camino que conduce al Callao, esto es, a la meseta frígida y
desnuda casi de vegetación que domina la actual Bolivia y se prolonga casi
hasta los confines del Norte argentino. Aquí comenzaba la bajada abrupta y
sinuosa hasta Salta y más abajo a las llanuras del Tucumán. Solano hubo de
arrostrar esta jornada caminando unas veces a pie, otras en pobres
cabalgaduras, y sufriendo todas las consecuencias de la falta de abrigo de las
rigideces del clima. Si por allí habían pasado los conquistadores y capitanes
en busca del Dorado y del rico cerro de Potosí, ¿iban
a mostrarse menos animosos los discípulos de Cristo, los conquistadores de las
almas?
En noviembre de
1590, según la carta del comisario fray Baltasar Navarro a Su Majestad, llegaba
la expedición al Tucumán (carta fechada en Santiago del Estero el 26 de
enero de 1591). En todo aquel territorio no había por aquel tiempo sino dos
obispados, el del Tucumán y el del Río de la Plata. El
primero era tan pobre, decía su obispo, fray Fernando Trejo, en 1601, que su
catedral carecía de ornamentos decentes y no tenía cómo poder levantar el
seminario. Los franciscanos, dominicos y mercedarios habían penetrado en la
región años hacía, pero su número era muy escaso. Tras ellos vinieron los
padres de la Compañía de Jesús, pocos también. En 1610 la Orden de Santo
Domingo sólo tenía un convento en Córdoba; los franciscanos tenían seis: en
Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Rioja, Talavera y Salta, pero en el que
más había seis o siete frailes y en el que menos dos o tres; los mercedarios
tenían también seis casas, en las mismas ciudades, pero su número era menor;
finalmente la Compañía sólo tenía domicilios en Córdoba y en Tucumán, aunque en
el primero los religiosos pasaban de veinte. Si esto sucedía en 1610, ya
podremos calcular lo que sería en 1591, o sea unos veinte años antes, en el
momento en que Solano arriba a esas tierras.
Muy escasa es la
documentación que poseemos sobre sus actividades apostólicas en el Norte
argentino. Casi todos sus biógrafos, aun en la época moderna, no han
hecho otra cosa sino inspirarse, no siempre con fidelidad, en las declaraciones
de los procesos. Por fortuna, éstos se llevaron a cabo cuando aún vivían muchos
que habían conocido y tratado al Santo, y de allí que su testimonio sea de
calidad. Fray Francisco permaneció en el Tucumán sólo
once años, de 1591 a 1602, primero como misionero y doctrinero de Socotonio y
la Magdalena, y a partir de 1595, como custodio o viceprovincial de todos los
conventos del Tucumán y del Paraguay, dependientes de la provincia del Perú.
La labor del
misionero era ardua. No sólo había que vencer la resistencia del indígena,
receloso siempre de los españoles, de quienes había recibido y recibía muchas
vejaciones, sino, además, romper con las dificultades de la lengua y las que
oponía la misma naturaleza, en un país cruzado por montes y ríos y en su mayor
parte deshabitado. La caridad y mansedumbre de
Solano y la pobreza de su hábito le ganó el corazón de los indios; se
aplicó al estudio de su lengua y Dios ayudó sus esfuerzos. Se dice que poseyó
el don de lenguas, pero no está de más advertir que, por las declaraciones de
quienes le trataron, el capitán Andrés García de Valdés le enseñó la Tonocote y
uno de sus compañeros confiesa que tardó cuatro meses en aprender otra de las
lenguas indígenas. Sin embargo, en su caso se renovó el milagro del día de
Pentecostés, porque, hablando en una sola lengua, sus
oyentes le entendían como si les hablara en la propia.
El Santo se impuso a aquellas mentes casi
infantiles y el secreto de sus éxitos estuvo en su perfecta unión con Dios. Hay
un hecho que aparece referido por uno de los testigos de los procesos, el cura
de la Nueva Rioja, don Manuel Núñez Maestro, pero sus biógrafos lo han
desfigurado y hasta lo han hecho inverosímil. El Jueves Santo del año 1593
Solano se encuentra en la población, que apenas lleva dos años de fundada. Ha
venido invitado por el cura. Cuarenta y cinco caciques con su respectivo
séquito se dan cita en el mismo lugar y este número de indios alarma al
teniente de gobernador, quien aconseja a los vecinos preparar las armas. En la
noche, como era el uso de España y de muchas ciudades del Perú, va en la
procesión un grupo de disciplinantes, desnudos medio cuerpo arriba, azotando
sus espaldas. Los indios no salen de su asombro. Solano aprovecha la ocasión
para hablarles del Redentor y de sus sufrimientos por nosotros; les cautiva y
le piden que los instruya en los misterios de la fe. Algunos dieron en decir
que los bautizó a poco a todos y que su número llegaría a 9.000. el cura Núñez
no dice esto. Sus palabras textuales son: “Los
retuvo a todos hasta que fueron bautizados”.
Solano no podía desconocer lo que habían
ordenado sobre el particular los concilios limenses de 1567 y 1584. En el
Tucumán se conocían esas prescripciones y en 1597 las hacía suyas el sínodo
celebrado en Santiago del Estero por el obispo Trejo. Tampoco nos parece
verosímil que fueran 9.000 los bautizados. El cura Núñez dice solamente que el
número de indios llegaría a 9.000, pero es más que probable que en ese número
incluía los de la región o los que estaban sujetos a los caciques que hicieron
su aparición en la Rioja. Aun reduciendo el hecho a sus debidas proporciones,
la acción del apóstol campea y sobresale. Tampoco creemos, como algunos
afirman, que su actividad se extendiera al Gran Chaco y a otras regiones
alejadas del Tucumán. No hay fundamento para asegurarlo. Santiago del Estero,
la desaparecida Esteco, la Rioja y Córdoba fueron el teatro de sus hazañas, En
todos estos lugares dejó las huellas de su paso y testimonios evidentes de su
santidad. Se citan las fuentes de Talavera o Esteco y la de la Nueva Rioja. En
ambas brotó el agua al conjuro de la voz de Solano. De la primera apenas cabe
dudar, pues cuando, en 1617, pasó por allí el visitador del Tucumán, don
Francisco de Alfaro, todos le señalaron la fuente del Padre Solano que allí
brotaba copiosamente.
En el año 1601
los superiores le llaman al Perú, Querían servirse de él para la nueva
recolección de Nuestra Señora de los Ángeles, que estaba a punto de fundarse en
Lima. Obediente a la voz de Dios, emprende el largo camino que le separa
de aquella ciudad. Su humildad no acepta el cargo de
guardián y queda como vicario. No mucho después el comisario fray Juan
Venido le envía a la ciudad de Trujillo, en calidad de guardián. Esta vez no
puede rehuir el cargo. En 1604 vuelve nuevamente a
la recoleta de Lima y en diciembre del siguiente año, abandonando su retiro y,
con un crucifijo en la mano, sale por calles y plazas, exhortando a todos a
hacer penitencia de sus pecados y amenazando a los reacios con los castigos de
Dios. La vista de aquel fraile, espejo de la penitencia, el ardor de su
mirada y el fuego de sus palabras, conmueve a sus oyentes. Le siguen hasta la
plaza Mayor y allí el gentío se hace cada vez más numeroso. Resuenan por los
aires las voces de perdón y por toda la ciudad cunde la voz de un inminente
castigo del cielo. Recientes están los ejemplos de Arica y Arequipa, asoladas
por un terremoto, de modo que aquella noche hubo
que dejar abiertas las iglesias, por el gran concurso de gente que pedía a
gritos confesión.
La ciudad pasó la noche en alarma. Hasta
Rosa, la virgen incomparable, azota su cuerpo sin piedad, pidiendo a Dios por
los pecadores. El virrey, conde de Monterrey, manda al siguiente día hacer una
averiguación del hecho. Ordena, de acuerdo con el padre comisario, que un
tribunal examine e inquiera del predicador lo que ha dicho y las causas que le
han movido a decirlo. Solano se presenta sereno y,
como ha obrado por divino impulso, no hace sino exponer la verdad. Sin embargo,
recibió una admonición, a fin de que en adelante no perturbara la tranquilidad
de los habitantes.
En lo sucesivo su
vida es más del cielo que de la tierra. Sus fuerzas van decayendo
visiblemente y por esta causa se le traslada al convento de Jesús, de Lima,
donde, tras breve enfermedad, causada más por las privaciones y trabajos que
por el desgaste natural del organismo, fallece el
día de San Buenaventura, 14 de julio de 1610, cuando se elevaba la hostia en la
misa mayor. Su entierro tuvo contornos apoteósicos. El virrey, marqués
de Montesclaros, y el arzobispo Lobo Guerrero son los primeros en conducir el
féretro a la iglesia, donde la guardia de alabarderos apenas puede contener a
la multitud. Predica sus virtudes el provincial de la Compañía, Juan Sebastián
de la Farra, y se le da sepultura en la cripta de la iglesia, donde más tarde
se levantará una capilla. El mismo año de su muerte, a
21 de julio de 1610, se empezaron las informaciones sobre su vida y virtudes,
las cuales dieron por resultado el que la santidad de Clemente X lo beatificase
en el año 1675 y Benedicto XIII lo proclamase Santo en 1726.
RAMÓN VARGAS UGARTE.











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