lunes, 20 de marzo de 2023

BREVE RESUMEN DE LA VIDA DEL SANTÍSIMO PATRIARCA SEÑOR SAN JOSÉ.



   San José, esposo de la Santísima Virgen, y en cierto sentido padre del Salvador del mundo, nació en la Judea hacia los cuarenta o cincuenta años antes del nacimiento de Cristo. No se sabe con certeza el lugar de su nacimiento; pero es probable que fué Nazaret, población corta de la Galilea inferior, donde tenía el santo su habitación. Era de la tribu de Judá, y de la familia real que había reinado desde David hasta la cautividad de Babilonia. Fué su padre, según la naturaleza, Jacob, como escribe San Mateo cap. I; y según la ley Helí, como parece decir San Lucas cap. 3. Fué su madre la muy noble e ilustre matrona Abigail; de modo que Jacob y Helí fueron hermanos, y habiendo muerto Helí sin hijos, tomó Jacob por esposa á Abigail, y de ella hubo al Señor San José, quien, por disposición de la ley, era contado por hijo de Helí; así sienten San Agustín y el angélico doctor Santo Tomás.

 

   Autores hay que opinan que nació San José el mismo año del advenimiento al trono de César Augusto, año que, según refieren Plinio y Séneca, fué notable por un maravilloso fenómeno. Una mañana salió el sol coronado de estrellas dispuestas en forma de espigas de trigo, ceñidas de un arco-iris. Ciertamente que este prodigio no era puramente natural; y al disponerlo así la divina Providencia parece que quería manifestar los designios de su amor y misericordia para con los hombres. Los romanos auguraron de él la grandeza del reinado de Augusto; pero nosotros, si tal historia es verdadera, podemos creer que presagiaba el nacimiento de nuestro santo Patriarca, arco-iris que anunciaba al mundo moral la reconciliación del cielo con la tierra, de Dios con los hombres.

 

   Fué Su abuelo Nathan, hermano de Barpanter, abuelo que fué de la santísima Virgen María. De aquí se infiere que el Señor San José y la Virgen nuestra Señora fueron primos segundos, ambos descendientes por línea recta de la real casa de David.

 



   Preguntan los sagrados intérpretes sobre estas palabras de San Mateo: Jacob engendró a José esposo de María; ¿por qué se colige la genealogía de Cristo Señor nuestro de la del Señor San José, siendo nuestro Señor hijo de María santísima y no del santo Patriarca? La razón que dan, es que las mujeres hebreas, cuando heredaban a sus padres, para que los bienes no salieran de la tribu, debían, según la ley de los Números, elegir esposo en su misma tribu y linaje; y como San Joaquín, padre de María santísima, no tuvo hijos, debió casarla con varón de su propia familia, y éste fué el Señor San José; y así la genealogía del santo Patriarca es la de la Virgen, y consiguientemente la de Cristo nuestro Señor. Además, según algunos era el Señor San José heredero del cetro de Judá, el cual, no sólo por promesa y donación de Dios, sino por derecho hereditario de sucesión vino a Cristo por José: porque, así como el santo Patriarca tenía en Cristo, según la ley, y aun prácticamente ejercitaba todos los derechos que tienen los padres en los hijos, del mismo modo Cristo nuestro Señor tenía en el Señor San José todos los derechos legales que tienen los hijos en sus padres, y así lo tenía al reino judaico después de su muerte. Los que sostienen para San José y para Cristo este derecho al reino temporal, ven una prueba de ello en las palabras de los Magos, que, solicitando, adorar y rendir vasallaje al recién nacido Rey de los judíos decían: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los judíos?  Y aun parece que quiso el Señor para mayor honra de su padre putativo el Señor San José, blasonar el título de Rey de los judíos, haciéndolo poner en la cruz sobre su cabeza: Jesús Nazareno Rey de los judíos.

 

   Teólogos de autoridad, entre ellos Gersón y el Beato Canisio, afirman que puede piadosamente creerse haber sido San José santificado en el vientre de su madre. El gran Gersón expuso este incomparable privilegio de nuestro santo protector en un sermón que tuvo en Constanza al tiempo del concilio, y no consta que los Padres reclamasen contra esta sentencia. — ¿Qué? ¿acaso no parece conforme a la grandeza del misterio de la Encarnación el que San José tuviese el privilegio que tuvo el Bautista? ¿y que quisiera Dios glorificar en estos dos varones escogidos la sublime misión que encomendaba al uno como precursor y al otro como padre putativo de su santísimo Hijo?

 

   Según la ley fué circuncidado el día octavo de su nacimiento, y sus padres, es de creer que, por inspiración del cielo, le pusieron el admirable y alto nombre de José, que significa aumento.

 

   Sienten algunos, con más o menos fundamento, que a los tres años de su edad fué ilustrado con ciencia infusa; otros se atreven a decir que a los siete años fué adornado y enriquecido con todas las ciencias divinas y humanas; según San Agustín, fué eminente teólogo; San Crisóstomo dice que penetró los misterios de la Biblia; Santo Tomás opina que supo perfectamente las ciencias; San Dionisio que especuló todas las facultades que disputan las escuelas; y San Ambrosio, que alcanzó todas las artes liberales y la historia oriental, que emprendió todas las mecánicas, aunque la que más ejercitó para sustentar a su divino Hijo y castísima esposa, fué la carpintería, por alta disposición del Altísimo.





   Y ¿qué diremos de las virtudes de aquel que, habiendo merecido ser llamado en el Evangelio varón justo, fué destinado para esposo de la más santa entre las puras criaturas, y para ser el padre putativo, guía y guardián del Redentor del mundo? Desde sus más tiernos años resplandecieron en él todas las virtudes, como convenía al que el mismo Dios había escogido entre todos los hombres, para que desempeñase los cargos más sublimes y grandiosos, que el cielo puede encomendar a un mortal. Vivía elevado en altísimas contemplaciones, mostrando en todo un espíritu angelical y una santidad peregrina; pues la exterior modestia y compostura, indicaba el colmo de gracias que redundaba en su alma, siendo muy reposado, su rostro sereno y modesto sin afectación; el ánimo humilde; las palabras graves y agradables; su conversación modesta, sin risas, sin perturbación y sin ira; cortés, afable, cariñoso, y en todo y por todo un dechado de las mayores perfecciones. Gran fe, grande esperanza y grandísima caridad, virginal y celestial pureza, perfectísima obediencia, rara simplicidad, singular prudencia, maravillosa fortaleza y constancia, increíble paciencia y mansedumbre, vigilancia cuidadosa, y solícita providencia. Además de la hermosura del alma, quiso dotarlo el Señor de las mayores perfecciones y hermosura exterior; porque su imagen y perfecciones habían de ser como un bosquejo según el cual había de formar el Espíritu Santo en el seno de la santísima Virgen, como dice Isolano, la hermosísima humanidad de Cristo.

 

   ¿Qué fundamento tenían, pregunta el doctísimo Salmerón, cuantos llegaban a conocer y tratar a Cristo, para conocerle y tratarle, sin controversia alguna, como á hijo de San José? Y responde, que no pequeño fundamento era la semejanza en facciones, en genio y costumbres tan grande, que Jesús, como si San José le hubiese realmente engendrado, era en rostro, genio y costumbres un retrato perfeccionado de éste. Luego si Cristo Señor nuestro fué el más hermoso de los hombres, y todas sus perfecciones eran las mismas de San José, porque en todo fué parecido a su padre putativo, se infiere que el Santo Patriarca era en su cuerpo hermoso y perfecto como el que más entre los hijos de los hombres.

 




   Los años que vivió San José, no los dice el Evangelio ni otra escritura auténtica, ni el tiempo en que murió; lo que se tiene por más cierto es, que era muerto al tiempo de la pasión del Señor; porque si viviera aquél, a ninguna otra persona encomendara Cristo desde la cruz a su santísima Madre.

 

   El cuerpo del Señor San José fué sepultado, como dice Beda, en el valle de Josafat, y cerca del sepulcro donde después fué también depositado el cuerpo de la santísima Virgen.

 

 

DEVOCIONARIO EN HONOR DEL PATRIARCA, SEÑOR SAN JOSÉ.

lunes, 14 de noviembre de 2022

SAN SERAPIO, DEL ORDEN DE NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED, MARTIR. —14 de noviembre.

 





   Nació el glorioso mártir san Serapio, según la más corriente opinión, en la famosa ciudad de Londres, corte del rey de Inglaterra, año de 1178. Fue su padre Rothlando, llamado de Escocia, por ser su casa originaria de la noble y clara estirpe y familia de los Escotos de dicho reino, y deudo muy propincuo de su rey Guillermo. Su madre, si bien se ignora el nombre como el de su apellido, pero según se colige de lo que las mismas historias refieren, fue de sangre nobilísima, igual y correspondiente en todo a la esclarecida de su esposo. Le impusieron en el bautismo por nombre Serapio, pronóstico y claro indicio de que sería pio, lo que comprobó la experiencia en las heroicas acciones que practicó su gran piedad en todo el curso de su vida, y que desde su niñez e infancia cuidaron sus nobles padres con los actos de devoción, educación y ejemplo imprimir y radicar entre las demás virtudes y loables costumbres en el corazón de su amado y querido hijo.

 

 

   Hallándose aun Serapio en los primeros ardores de su juvenil edad, ya manifestó los puros quilates de su católico celo: pues llegando a sus oídos los lastimosos estragos y raras crueldades que ejecutaban los bárbaros infieles en Palestina, así en los templos de Dios, sus ministros, altares, imágenes, reliquias y demás cosas sagradas, como en las vidas, honras y bienes de los míseros cautivos, dijo a su padre: Señor y padre mío, ¿no sería de grande gloria de Dios de que fuésemos a morir para restaurar los Santos Lugares de Jerusalén? y si bien procuró disuadírselo proponiéndole lo tierno de su edad, sus pocas fuerzas para sufrir las incomodidades de la guerra, y el dolor y pena grande que ocasionaría a su madre el privarse de él en su ausencia; oída su discreta y cristiana réplica, y para suavizar en algún modo su desconsuelo, hubo de condescender a su instancia ofreciéndole partir juntos siempre y cuando llegase la ocasión.

 

   Logró está felizmente el Santo, año de 1190, pasando a la Palestina con su padre, general del ejército de Inglaterra, y su rey Ricardo. Allá asistió al sitio y rendición de Tolemaida y otras muchas plazas, venciendo y triunfando valerosamente de sus enemigos; y en la célebre batalla de Assur dio singulares muestras no solo de su heroico valor, destruyendo y poniendo en precipitada fuga a un sinnúmero de sarracenos y turcos del formidable ejército de Saladino, sí también de su gran piedad, consolando y socorriendo á tanto mísero cautivo que lloraba allí entre aquellos bárbaros su dura esclavitud. Y habiendo en estas y otras gloriosas empresas y piadosos ejercicios empleado algunos años, y muertos sus padres, deseoso de sacrificar su vida en obsequio de la fe, vino con el duque de Austria a España, sirviendo al rey D. Alonso VIII de Castilla en la guerra contra los sarracenos, quienes fueron vencidos y valerosamente sacados de muchas plazas y fuertes de Castilla y Andalucía, nombrándole el rey Alonso, por sus relevantes virtudes y méritos, consejero suyo; con cuyos consejos y dictámenes se prosiguió la guerra hasta quedar del todo humillado el mahometano poder. A impulsos de los mismos deseos de morir por Cristo, volvió otra vez a Palestina, donde batalló con indecible intrepidez y esfuerzo contra el ejército de Conradino, hijo del gran soldán de Egipto y Babilonia, capital enemigo de la santa fe católica.

 



 

   Noticioso después Serapio de la nueva guerra que los reyes don Fernando de Castilla y D. Jaime el I de Aragón intentaron contra los moros, volvió otra vez a España; y aquí, considerando el Santo su partida de Inglaterra, atravesando mares, hollando tormentas, sufriendo desprecios, padeciendo trabajos y peregrinando tantas provincias de la Siria, Palestina, Egipto, Alemania, Italia Francia y España, y entendiendo que el preservarle Dios en tantos riesgos y peligros su vida, que tan ansiosamente había deseado sacrificarla en obsequio de la fe, y el dejarle asimismo libre de los cuidados paternos, y de bienes y honras del mundo, era una prueba de ser su divina voluntad que se retirase del siglo, y entrase en una Religión; con especial ilustración del cielo resolvió abrazar el instituto sagrado y caritativo de redimir cautivos en el Real Orden de la Virgen santísima de la Merced: a cuyo fin enterado de la gran santidad del glorioso san Pedro Nolasco, fundador de aquella, fué a él, pidiéndole con profunda humildad el hábito que vistió en la ciudad de Barcelona con demostraciones de singular alegría, y ternura grande de su corazón, de mano del mismo santo Patriarca. Pasó su noviciado bajo la dirección del V. P. Fr. Bernardo de Corbera, grande dechado de perfección; y concluido por Serapio el año de su probación, en que fue un señalado ejemplo de toda virtud y edificación, hizo la profesión solemne de los tres votos, de castidad, obediencia y pobreza, y el cuarto de quedarse en rehenes por los peligrosos cautivos, con inexplicable devoción y muy especial consuelo de su espíritu.

 

   El olor suave y fragante de las heroicas virtudes en que tanto resplandecía el Santo, hizo que la obediencia presto le destinase y ocupase en diferentes ministerios; y si bien los desempeñó todos, satisfaciendo enteramente a la confianza que de su experiencia y méritos se prometían sus prelados; pero donde parece que más principalmente se explayaron los fervorosos afectos de su amor y caridad, fue en el de recoger las limosnas para el rescate de los cristianos cautivos; pues de manera supo su gran paciencia, aplicación y afabilidad exponer con tal ternura a los fieles las miserias de aquellos pobres, que inclinándolos a piedad y conmiseración les socorrían con larga mano; y aumentándose en breve por este medio los caudales de la redención, era ocasión de que ellas fuesen más frecuentes y copiosas. Era muy grande su santo ejemplo, a cuya dirección y cuidado estuvo el riego de las nuevas y tiernas plantas de la Religión, y con su prudencia, vigilancia, humildad y mansedumbre crecieron y fructificaron tanto, que dieron tan copiosos y abundantes frutos de observancia, oración y santidad, que fueron esplendor hermoso de la Iglesia y ornamento precioso del paraíso.

 



 

   Infestaban de tal forma los mares y costas de Cataluña los moros de Mallorca, que sus habitantes no podían, sin riesgo y peligro evidente de ser presos y cautivos, navegar aquellos mares, ni gozar de alguna paz en sus casas y pueblos; y como para remedio de estos daños y de los continuos estragos que ejecutaban los moros contra los que rendían, inclinase Dios, siempre piadoso de nuestras aflicciones, el ánimo del invicto rey D. Jaime a la conquista de aquella isla; pasó Serapio con él a tan santa expedición, a la felicidad dé la cual fueron sin duda gran parle las humildes súplicas y ruegos fervorosos de Serapio para con Dios: el cual, apenas ganada Mallorca,  deseoso de propagar y dilatar su Religión en Inglaterra, Escocia e Irlanda, pasó a dichos reinos, padeciendo muchos trabajos e incomodidades en sus viajes; y en particular en este, en que siendo preso el navío en que iba por un capitán pirata, fue el Santo grandemente atropellado, de manera que, atado a un palo de fornidos nudos, le azotaron sin piedad alguna; y considerándole ya difunto, fue su cuerpo impíamente arrojado desnudo en un arenal en las costas de Inglaterra; pero dispuso la Providencia divina, que encontrado de unos pescadores, se compadeciesen de él, y cubriesen con una capa sus ensangrentadas carnes, y que llegando a Londres, su patria, fuese prontamente curado, y asistido con hábitos religiosos.

 

 

   Aunque Serapio, por su rara y profunda humildad, procuraba encubrir los preciosos quilates del oro de su mucha virtud, tanto más el Señor disponía que fuese a todos más patente: pues apenas llegado Serapio (como dijimos) a Londres, noticioso de su mucha santidad el rey de Escocia Alejandro, envió por él, para que procurase que un grande rebelde suyo y sus secuaces se redujesen a su obediencia y real servicio; y fue el Santo tan mal recibido de estos, que habiéndole rigorosamente azotado, le dijeron: Dirás a tu rey, que en tus espaldas hallará la respuesta: desacato, que sentido de él agriamente Alejando, juntó numeroso ejército, y los persiguió, hasta quedar vencidos, y tomar de ellos la debida satisfacción y venganza; y quiso Dios, para manifestar claramente la inocencia de Serapio, que el terreno en que derramó la sangre, habiendo sido antes seco é infecundo, quedase después milagrosamente florido, verde y abundante. Le escribió san Pedro Nolasco que se restituyese a España, a fin de sacar del poder del demonio a muchas mujeres cuya vida y tratos eran solamente la torpeza y sensualidad, como lo consiguió: por lo que irritados fuertemente con él los que vivían con ellas escandalosamente, le injuriaron, y diciéndole muchos baldones y dicterios le abofetearon; más la paciencia, constancia y mansedumbre con que en esta ocasión sufrió el Santo tan afrentosos oprobios fueron tales, que después de haberles concedido amorosamente el perdón que por su desatención y delito le pidieron, los redujo también a penitencia de sus culpas, y a que sirviesen en adelante al Señor.

 



 

   Hizo algunas redenciones, y entre estas una en Murcia con su compañero Fr. Pedro de Castellón, redimiendo noventa y ocho cautivos, y en todas fue indecible el incendio de su ardiente caridad que mostraba con los pobres esclavos que no podía redimir, pues a los que juzgaba más necesitados suministraba algún socorro con que pudiesen aliviar de algún modo sus trabajos; a los que no lo eran tanto los animaba a la tolerancia de sus penas y a la conformidad en ellas en el Señor, esperanzándoles la libertad en otra redención, para que así quedasen todos fortalecidos y constantes en la fe católica que profesaban; y a fin de conseguir por todos modos algún alivio a los cautivos, impedido de la compasión y amor que les tenia, se postraba rendido a los pies de los dueños de los mismos esclavos, y rogándolos con sus lágrimas, procuraba con palabras llenas de dulzura y caridad persuadirles alzasen la mano de su rigor contra los pobres y míseros esclavos, que fuesen tratados más blandamente; y era tanta la eficacia y virtud que en estas exhortaciones santas y rendimientos humildes infundía Dios en Serapio, que redujo aquellos corazones obstinados de los moros a que fuesen más compasivos, y no tan duros e inhumanos con los míseros cautivos, logrando estos quedar así en gran parte consolados.

 



 

   Otra redención hizo Serapio en Argel con Fr. Berengario de Bañeres, en la cual el glorioso san Ramón Nonatto, del mismo Real Orden, a quien comunicaba y profesaba Serapio muy estrecha amistad, le anunció, al tiempo de partir, su feliz y deseado martirio. Siendo en ella los redimidos ochenta y siete, y no pudiéndose redimir, por falla de dinero, a algunos cautivos puestos en evidente peligro de renegar, ni pudiendo tolerar el inextinguible fuego de su ardiente caridad, que ardía en su magnánimo pecho, de que aquellas pobrecillas almas, redimidas con el infinito precio de la sangre preciosísima del Salvador, fuesen torpe pasto y víctima a aquellos insolentes bárbaros, discurrió y practicó su grande amor el arbitrio y medio de quedarse en rehenes por ellas; y aquí fue donde enardecido del celo de la honra y gloria de Dios, y del bien y salvación de aquellos infieles, se opuso públicamente a la falsa y abominable seda de Mahoma: por lo que por mandato del bárbaro y tirano rey de Argel fue preso, y puesto en  una hedionda y oscura mazmorra, azotado con crueldad inaudita, y con la misma atado de pies, apaleado en el vientre, entregado después su llagado cuerpo a una dura y pesada cadena, manteniéndole con solo pan de perro y salvado; y viendo el rey la invicta constancia de Serapio, que ni el rigor de tantos y tan crueles tomentos como había padecido, ni las amenazas de los que intentaba ejecutar su furor con el Santo, pudiesen no solo rendirle, pero ni menos atemorizar aquel animoso y valiente corazón del soldado veterano de Cristo; por último resolvió rabioso y airado, que le fuese quitada la vida: á cuyo fin mandó sacarle a la plaza, donde viendo Serapio la aspa, o cruz, en que había de morir, lleno su corazón de un inalterable gozo e inexplicable júbilo, rindió gracias a Dios, en debido reconocimiento del singular beneficio de permitirle sacrificar, a imitación de su santísimo Hijo, la vida en la cruz, y exclamó: Ó dulce y precioso leño, perfecta imagen de aquel en que mi amado Jesús pendió, por ti espero subir a la bienaventuranza; y dichas estas palabras, pasaron a atormentarle cruelísimamente. Desgarraron poco a poco su ya desfigurado cuerpo con acerados garfios y peines de hierro: le introdujeron agudas cañas entre carne y uñas: le cortáron todas las coyunturas y artículos de pies, manos, brazos, piernas y rodillas, añadiendo por último el rigoroso tormento de la rueda o torno, con el cual a violencia de giros le sacaron las tripas, que miraculosamente salieron enteras, y después cortándole la cabeza dio el Santo su espíritu a su Creador el 14 de noviembre del año 1240; y antes del último aliento, dijo: Señor mío, yo os suplico que, por estos tormentos y dolores que gustoso por vuestro amor padezco, tengáis piedad de aquellos que se hallaren afligidos de algún dolor.

 




   Fueron innumerables los prodigios que por intercesión del santo Mártir obró Dios, ya en su vida, como después de muerto. Dos niños resucitó, viviendo: el uno en el navío en que el Santo pasaba a reino de Escocia, a quien su mismo padre, irritado por un descuido que cometió su hijo, le había muerto; otro en Irlanda, hijo de un caballero, quien, resucitado, dijo delante de todo el concurso: Una señora vestida de blanco, con corona de oro en la cabeza y una insignia en el pecho, al modo que la trae Serapio, me ha mandado volviese al mundo.

 


 

   En vista de cuyos prodigios, y por muchos siglos continuada veneración de los fieles al Santo, de las declaraciones y sentencias dadas y promulgadas por los Ordinarios de Gerona y Barcelona sobre su culto inmemorial año de 1718, y de las piadosas súplicas del católico monarca de las Españas Felipe Y (que de Dios goce), ruegos repetidos de diferentes eminentísimos cardenales, instancias continuas de los arzobispos y obispos de España, y peticiones humildes de toda la  Religión mercenaria; la santidad del papa Benedicto XIII con su bula dada en Roma a los 14 de abril de 1728 se dignó aprobar y confirmar dichas sentencias, y declaró el referido culto inmemorial del Santo.

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.


MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 14 DE NOVIEMBRE.



 


—San Serapion, en Argel en África, el primero de los del Orden de Nuestra Señora de la Merced, que por la redención de los fieles cautivos y predicación de la fe cristiana, siendo crucificado y despedazado miembro a miembro, mereció obtener la palma del martirio.

 





—San Serapion, mártir, en Alejandría; a quien en tiempo del emperador Decio atormentaron cruelmente los perseguidores, descoyuntándole primero todos sus miembros, y de esta suerte lo precipitaron desde lo alto de su misma casa, con lo cual mereció ser mártir de Jesucristo el año 252.

 





—El triunfo de los santos mártires Clementino, Teodoto, y Filomeno, en Heraclea en Tracia, durante la persecución de Aureliano.

 

—San Venerando, mártir, en Troyes de Francia, en tiempo del emperador Aureliano. Después de un glorioso martirio, acabó su vida degollado en la misma ciudad, el año 272.

 




—Santa Veneranda, virgen, también en Francia; la cual en tiempo del emperador Antonino, siendo Asclepiades presidente, alcanzó la corona de mártir.

 




—San Hipacio, obispo, en Gangres en Paflagonia; el cual cuando volvía del concilio Niceno, le apedrearon en el camino los herejes novacianos, y murió mártir, por los años 326 ó 327.

 




—El martirio de muchísimas santas Mujeres, en Emesa, que por la fe de Cristo padecieron muy atroces tormentos por el muy cruel Mady, caudillo de los árabes y fueron al fin degolladas el año 773 de Jesucristo. Los fieles recogieron sus reliquias y les dieron sepultura, y con su contacto se obraron muchos prodigios.






—San Jocundo, obispo y confesor, en Bolonia. Dice Ferrario que fue el décimo obispo de Bolonia, cuya iglesia hizo florecer en pureza de disciplina y santidad de costumbres. Murió el año 485.

 





—San Lorenzo (o Lorcan en irlandés), obispo de Dublín, en Irlanda. Fue hijo menor de un príncipe de Irlanda. Contaba doce años cuando abrazó el estado eclesiástico, y a los veinte y cinco le nombraron abad del monasterio de Glendaloch. Gobernó su numerosa comunidad con prudencia y virtud, y en una grande hambre que afligió aquella tierra, como otro José fue el salvador de su patria con su caridad ilimitada. No por esto faltaron tribulaciones a su paciencia para ejercitar su virtud; porque algunos malos religiosos que no podían sufrir el celo con que condenaba la irregularidad de su conducta, asaltaron su reputación con la calumnia, más el Santo triunfó con su bondad y silencio. Á la edad de treinta años fue unánimemente elegido arzobispo de Dublín: en su largo pontificado tuvo lugar para desplegar su celo por la reforma de la disciplina eclesiástica y las costumbres públicas. Los pobres le buscaban como a su padre; y en la horrorosa hambre de tres años que asoló la Irlanda, mostró el venerable Pastor que su caridad no tenía límites. Los pontífices, los reyes y príncipes procuraban sus consejos, y hasta los Padres del onceno concilio general celebrado en Letrán el año 1179, al cual asistió san Lorenzo, le tributaron los mayores elogios por su sabiduría y su celo. El Señor le concedió el don de milagros, de modo que en la bula de su canonización se refieren siete muertos resucitados. Su vida fue siempre acompañada de bendiciones, y su muerte, acaecida el año 1181, fue también gloriosa en el Señor. Butler.

 


 

—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.

 

 

Alabado y glorificado sea Dios eternamente.

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

 




domingo, 13 de noviembre de 2022

SAN ESTANISLAO de KOSTKA, confesor. (+ 1568). — 13 de noviembre.


 

   El seráfico joven san Estanislao de Kostka fué hijo de padres nobles, y señores de una de las más ilustres casas de Polonia.

   Luego que tuvo conocimiento de Dios, se sintió inclinado a amarle; y confesaba después él mismo, que el primer uso de su razón fué ofrecerse al Señor.

   Era en extremo hermoso, y de tan angelical pureza, que bastó para causarle un desmayo una palabra algo libre que se dijo en su presencia.

   Gustaba de vestir sencillamente, aborrecía el juego, huía de las conversaciones peligrosas, y estaba siempre ocupado en el estudio o en la oración.

   Hasta la edad de catorce años estudió en casa de sus padres, teniendo por ayo y maestro a Juan Bilinski, más tarde canónigo de la iglesia de Plock.

   Pasó después a Viena de Austria a un seminario de nobles gobernado por padres de la Compañía de Jesús, y allí estudió con un hermano suyo llamado Pablo, el cual era de pensamientos y costumbres muy contrarios a los de Estanislao.

   Por haberse cerrado aquel seminario, los dos hermanos se hospedaron en la casa de un hereje luterano, lo cual fué ocasión a Pablo, de mayor libertad, y a Estanislao, de ser blanco de las iras de su hermano, que le miraba como censor importuno de sus liviandades: y así le sonrojaba en cualesquiera ocasiones, hacía mofa de sus prácticas piadosas, le llamaba de necio y mentecato; y llevó su enojo hasta poner en él las manos con extremado rigor.

   Estos malos tratamientos, unidos con la aspereza de su vida penitente, le acarrearon una enfermedad mortal.

   Pidió en vano el santo mancebo los Sacramentos; y como se los negasen, recibió el santísimo Viático que los ángeles le trajeron del cielo: se  le apareció la Virgen santísima, le puso en los brazos el divino Niño, y le mandó que entrase en la Compañía de Jesús.





   Con estos soberanos favores y regalos se sintió repentinamente sano y convalecido.

   Estorbándole la entrada en la Compañía el temor de su padre, se vistió un hábito de peregrino y huyó a pie, y pidiendo limosna, con intento de no parar hasta lograr lo que tanto deseaba.

   Llegando finalmente a Roma, fué recibido en la Compañía por san Francisco de Borja.





   Diez meses vivió en el noviciado, hecho un serafín de amor divino.

   Se arrobaba con frecuentes éxtasis, tenía el rostro siempre encendido, y a veces resplandeciente, los ojos llenos de tiernas lágrimas: y eran tales los ardores de su pecho, que aun en el rigor del invierno, había de templarlos con paños empapados en agua fría.





   Así, pues, consumido más del amor que de la calentura, murió el día de la Asunción de la Virgen, a quien tenía una devoción tierna y filial, y fué a contemplar el soberano triunfo de su divina Madre en los cielos, habiendo vivido en la tierra solo diez y ocho años.







   Reflexión: Encanto de los hombres y embeleso de los ángeles fué Estanislao durante los cortos años de su vida mortal.

   Por su encendida caridad, mejor le juzgaríamos ardoroso Serafín, que mero ser humano.

   Alma soberanamente grande, aunque encerrada en cuerpo pequeño, así supo aspirar a lo infinito, que despreció todo lo finito, repitiendo una y otra vez a la vista de los más seductores bienes de la tierra: Para mayores cosas nací.






Oración: Oh Dios, que, entre otros milagros de tu sabiduría, conferiste la gracia de una santidad madura aun a la tierna edad; te rogamos nos concedas, que, resarciendo con santas obras el mal empleo del tiempo pasado, a ejemplo de san Estanislao nos apresuremos a entrar en el eterno descanso. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



FLOS SANCTORVM
DE LA FAMILIA CRISTIANA-1946.