sábado, 12 de noviembre de 2022

MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 12 DE NOVIEMBRE.


 

—El martirio de san Martin, papa y mártir; el cual habiendo celebrado un concilio en Roma, y condenado en él a los herejes Sergio, Paulo y Pirro, por orden del emperador Constante, hereje, lo prendieron con engaño, y llevado a Constantinopla, fue desterrado al Quersoneso, en donde consumado con muchos trabajos y miserias, por defender la fe católica acabó su vida esclarecido con muchos milagros. Su cuerpo lo trasladaron después a Roma, dándole sepultura en la iglesia de los Santos Silvestre y Martino.

 




—El martirio de los santos Aurelio y Publio, obispos, en Asia. Refiere Galesinio que estos dos Santos fueron consagrados obispos por los discípulos de los Apóstoles, y enviados al Asia, en cuya región no solo convirtieron a muchos infieles, sino que con sus escritos combatieron los errores de ciertos herejes llamados Catafrigas, los cuales aparecieron en el segundo siglo de la Iglesia. Se ignoran los nombres de las ciudades de que fueron obispos, y solo se sabe que derramaron su sangre en testimonio de Jesucristo en el año de 173.

 —San Paterno, mártir, en el Senonois en Francia.

—Los santos mártires Benedicto, Juan, Mateo, Isaac y Cristino, ermitaños, en Polonia. Murieron a manos de los herejes por los años de 1003.






—San Livino, obispo y mártir, en Gante. Fue un sabio y piadoso obispo irlandés que pasó a Flandes para predicar la fe a los idólatras. Comenzó esta misión después de prepararse con fervorosos actos de piedad, y por medio de la predicación y del ejemplo convirtió a muchísimos infieles en los territorios de Alost y de Hautem. Habiendo cultivado la poesía en su juventud, compuso himnos y otras composiciones sagradas. Después de un glorioso apostolado, fue asesinado por los paganos en Esche el ario 633, según Caigan, quien dice que fue obispo de Dublín. Fue enterrado en Hautem, a tres millas de Gante, y sus reliquias trasladadas al gran monasterio de esta ciudad el año 1006. En una urna junto a la de san Livino se guardan las reliquias de santa Crafaildes, dama en cuya casa fue martirizado el Santo, y muerta por los mismos bárbaros solo porque lloraba la muerte del glorioso Mártir, y la de su hijo Baictio, a quien acababa de bautizar san Livino.

 




—El martirio de san Josafato, del Orden de san Basilio, arzobispo de Polozk, en Witensk en Polonia; al cual dieron cruel muerte los cismáticos en odio de la verdad y unidad de la Iglesia católica. Habiendo trabajado extraordinariamente este Santo para reunir los cismáticos de su diócesis a la Iglesia católica, sus esfuerzos le costaron el sacrificio de su vida, siendo asesinado por los herejes el año de 1623. La Congregación de Ritos declaró algunos años después que el martirio de este Santo se hallaba evidentemente probado, y su santidad atestiguada por muchos milagros.

 




—San Rufo, en Aviñón, primer obispo de esta ciudad. Fue discípulo del célebre procónsul Sergio Paulo, íntimo amigo del Apóstol de las gentes, y habiendo sido consagrado en Roma, los Apóstoles le enviaron a Aviñón, cuya iglesia fundó. Murió por los años de 65.

 




—La dichosa muerte de san Cuniberto, obispo, en Colonia. Era el padre de los huérfanos y el consuelo de los afligidos, y en recompensa de sus virtudes el Señor le concedió el don de milagros.

 




—San Emiliano (o san Millán), presbítero, en Tarazona en la España Tarraconense; esclarecido por sus innumerables milagros: san Braulio, obispo de Zaragoza, escribió su admirable vida.

 




—San Nilo, abad, en Constantinopla; el cual de prefecto que era de la ciudad, se hizo monje, y floreció en santidad y doctrina en tiempo de Teodosio el Menor.

 



—San Teodoro Studita, también en Constantinopla; el cual, combatiendo valerosamente por la fe católica contra los Iconoclastas o destruidores de las sagradas imágenes, se hizo muy célebre en toda la Iglesia católica. Le dieron el nombre de Studita porque fue abad del monasterio de Studio, fundado por Studius, cónsul romano, en uno de los arrabales de Constantinopla. Su decisión en defender el culto de las santas imágenes le ocasionó violentas persecuciones; y en los innumerables escritos que publicó contra las herejías de su tiempo reúne a una vastísima erudición y solides inexpugnable una piedad sólida y un estilo claro, conciso y elegante. Feller dice que los que deseen conocer la disciplina y costumbres de la Iglesia griega en los siglos VIII y IX, deben leer las obras de este Santo.

 



—San Diego, confesor, del Orden de los Menores, en Alcalá de Henares en España, esclarecido por su grande humildad: fue canonizado por el papa Sixto V; su fiesta se celebra el día siguiente.

 

 

—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.

 

 

Alabado y glorificado sea Dios eternamente.

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

 


jueves, 10 de noviembre de 2022

MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 10 DE NOVIEMBRE.


 

—La dichosa muerte de san Andrés Avelino, clérigo reglar en Nápoles en Campaña, esclarecido por su santidad y por el afán que tenia de procurar la salvación de los prójimos: obró Dios por su intercesión muchos milagros, y fue canonizado por el papa Clemente XI.

 


Trifón







—El martirio de los santos mártires Trifón, Respicio, y de Ninfa, virgen. Los dos primeros eran naturales de Bitinia, en Apamea, y al principiar la persecución de Decio, en el año de 250, fueron presos y presentados al presidente Aquilino, quien no pudiendo vencer su constancia con halagos ni promesas, los mandó atormentar en el ecúleo, y desgarrar sus carnes con uñas de hierro, y quemar sus costados con hachas encendidas, y atravesar los pies con clavos, y azotarlos con correas emplomadas, y finalmente decapitar. Con estos Mártires junta el Martirologio a santa Ninfa, porque su cuerpo yace con el de aquellos en Roma. Ella era una virgen de Palermo en Sicilia, que en la invasión de los godos huyó a Italia, donde vivió con santidad, y murió en paz en Suana en la Toscana. Las reliquias de estos tres Santos están en Roma en el insigne hospital de Sancti Spiritus in Saxia. Butler.

 

 




—Los Santo Mártires Tiberio, Modesto y Florencia en la diócesis de Agde; los cuales por medio de diversos tormentos alcanzaron la corona del martirio en tiempo de Diocleciano. Tiberio fue acusado y perseguido por su propio padre. En la cárcel halló a Modesto, y ambos sufrieron todos los rigores del hambre, y dos veces consecutivas los pusieron en el tormento. A la vista de su constancia abrazó la fe una mujer llamada Florencia, la cual fue asociada a los tormentos, y los tres fueron degollados.

 

—San Probo, obispo, en Ravena, esclarecido en milagros.


—San Monitor, obispo y confesor, en Orleans. Floreció en el siglo IV, y es notable entre los prelados de su tiempo por lo que trabajó en regularizar la disciplina eclesiástica.


—San León, confesor, en Melun en Francia.


—Santa Teotista, o Teoctiste, virgen, en la isla de Paros




santo Demetrio



San Aniano, diácono.



—Los santos Demetrio, obispo, Aniano, diácono, Eustosío y otros veinte Mártires, en Antioquía. Demetrio convocó un concilio contra Novaciano, y alcanzó la palma del martirio con sus compañeros por los años de 260.

 

 


—San Justo obispo, en Inglaterra; enviado a esta isla por el papa san Gregorio a predicar el Evangelio junto con san Agustín, san Melito y otros, en la cual murió en el Señor esclarecido por su santa vida. Fue consagrado obispo en Rochester, y en 624 sucedió a dicho san Melito en la sede de Cantorbery. El papa Bonifacio al enviarle el palio, le envió una carta en la que le felicitaba por el gran número de almas que había ganado para Jesucristo. Murió en el año 627.

 

 



—Las santas mujeres Trifena y Trifosa, en Iconio en Licaonia; las cuales, por la predicación de san Pablo, y con el ejemplo de santa Tecla, aprovecharon mucho en la profesión de Cristo. Algunos creen que fueron martirizadas. San Pablo en su epístola a los romanos XVI, 12, dice lo siguiente: «Saludad a Trifena y a Trifosa, que trabajan en el Señor.»

 


 

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.

 

 


viernes, 14 de octubre de 2022

SAN EDUARDO REY DE INGLATERA, CONFESOR. —13 de octubre.

 


   San Eduardo, tercero de este nombre, rey de Inglaterra, llamado el Confesor o el Piadoso, cuya santidad añadió tanto esplendor a la majestad del trono, nació al mundo hacia el principio del siglo XI. Fue sobrino de un santo rey mártir y de su mismo nombre, hijo de Etelredo y de Ema, hija de Ricardo, duque de Normandía. Por una singular y bien extraordinaria elección de la divina Providencia fue jurado rey de Inglaterra estando aun en el vientre de su madre, en perjuicio del príncipe Edmundo, su medio hermano, primogénito del primer matrimonio, y de su hermano entero el príncipe Alfredo, que también lo era del segundo. Juntos en Cortes todos los Estados del reino, previendo ya la próxima irrupción y aun inundación de los daneses que amenazaban a Inglaterra, convinieron en reconocer por heredero presuntivo de la corona al infante que la reina traía en sus entrañas; le juraron fidelidad, y antes de haber nacido le prestaron la obediencia, obligándose a reconocerle por su legítimo soberano. Luego que salió a la luz del mundo se vio precisado a refugiarse en Normandía con toda la familia real para evitar el furor de los daneses.

 

    Todo el tiempo que duró la educación que se le dio en aquel destierro se observó que con la inocencia de las costumbres iba creciendo en el tierno Príncipe el horror al vicio y el amor a la virtud, aun antes de tener edad para conocer su mérito y su valor. Á la apacibidad de su natural, que era verdaderamente admirable, juntaba tan extraordinaria pureza, que parecía sobrenatural, mereciéndole desde luego el renombre del Ángel de la corle. Le causaba horror, y sin libertad le hacía huir cualquiera palabra, el menor objeto, que ni aun levísimamente lastimase esta delicada virtud; y en una edad que los demás niños solo hallan gusto en sus pueriles inocentes enredos, al tierno Príncipe nada le divertía sino la oración y otros ejercicios de piedad. Siempre le parecía corto el tiempo que gastaba en la iglesia, y no había para él gusto ni consuelo igual como asistir al santo sacrificio de la misa. Siendo tan enemigo de todos los entretenimientos que suelen divertir a los demás príncipes niños, toda su diversión y todo su recreo, en concluyendo con las horas del estudio y con sus devociones, era ir a pasar algunos ratos en un monasterio, observándose que se arrimaba más y hacia mayores agasajos a los monjes más religiosos, más modestos y más santos.

 



   Murió su padre en este tiempo, y quitó la vida a sus dos hermanos la barbaridad de los daneses y el artificio de Godubin, uno de los principales señores de Inglaterra, que todo lo llenaban de fuego y sangre; porto que se halló Eduardo único heredero del reino, usurpado y asolado por los dinamarqueses. Estaban despojadas las iglesias, arruinados los monasterios, y solo se veía en el desgraciado reino una general disolución. Vivía en tiempo de estas calamidades públicas retirado en cierto monasterio un santo obispo llamado Brituvaldo, llorando amargamente los pecados de su nación, cuando tuvo un sueño que le llenó de consuelo. Le pareció que veía al apóstol san Pedro que ungía por rey al joven príncipe Eduardo, estando este a sus pies, y que le pronosticaba reinar en paz, siendo la felicidad de sus vasallos, a quienes había castigado Dios con aquella inundación de bárbaros.

 

   El Príncipe iba mientras tanto creciendo en edad, en sabiduría y en prudencia, siendo la admiración de la corte su modestia, su agrado, su dulzura y su apacibilidad. Le dijeron un día sus cortesanos que no podría abrirse camino para el trono sino a punta de espada; a que respondió prontamente, que nunca admitiría corona alguna que costase ni una sola gota de sangre.

 

   Subió, en fin, al trono de su padre, después de la muerte del usurpador Canuto y de sus hijos, restituyendo luego a sus Estados la antigua felicidad que habían desterrado de ellos tantas turbaciones.

 

   Ante todas cosas reparó las iglesias que los enemigos habían saqueado o arruinado, edificó otras nuevas, fundó muchos monasterios, y mandó se restituyesen las posesiones usurpadas a los que ya estaban fundados, siendo dictamen suyo, que el medio más seguro para que floreciese el Estado era hacer que floreciese la Religión; por lo que solía decir, que el bien público de la monarquía estaba inseparablemente ligado al mayor bien de la Iglesia.

 

   Pero como la guerra no solo había desolado las provincias, sino también corrompido las costumbres, dedicó toda su aplicación a reformar los abusos, a poner orden en todas las cosas, y a procurar que renaciese en todas partes y en todas materias la justicia y la buena fe. Con estas providencias al mismo tiempo que logró la estimación de sus vasallos, les ganó también los corazones. No hubo rey más amado, ni príncipe que mereciese mejor el nombre de padre. Nunca manifestaron más los pueblos el amor que le profesaban que en el día de su consagración, que fue el de Pascua del año de 1043. Fue universal la alegría, y nunca tuvieron fin los votos que toda la nación ofreció al cielo para que le conservase un príncipe tan bueno.

 




   Movidos todos los grandes del reino del deseo de ver perpetuadas en una larga sucesión las ilustres virtudes de un monarca que era las delicias de Inglaterra, le apuraban para que se casase, con el piadoso fin de lograr un sucesor a la corona que fuese descendiente de tan santo rey; porque ignoraban que este había hecho voto de Perpétua castidad. Lleno Eduardo de confianza en el Señor y en la particular protección de la santísima Virgen, a quien honró y amó toda la vida como a su querida madre, quiso dar este consuelo a sus vasallos, sin fallar a la fidelidad que debía a Dios. Le había destinado el cielo una esposa con todas las prendas dignas de una gran reina, la cual desde su infancia había resuelto conservar su virginidad, prefiriendo el augusto título de esposa de Jesucristo al de madre de uno de los mayores reyes de la tierra. Era esta ilustre princesa Edita, hija del conde Godubin, el señor más poderoso y más rico de Inglaterra. Informado Eduardo de su rara virtud, consintió en casarse con ella, y se celebró la boda con alegría universal de los pueblos y con magnificencia verdaderamente real. No vio el mundo más dichoso ni más santo matrimonio. El Rey había confiado a la Reina anticipadamente el voto que tenía hecho; y la Reina le ganó el corazón haciéndole también recíproca confianza del que ella había ofrecido al Esposo de las vírgenes; de manera que los dos castos esposos conservaron en medio de la corte y entre las licencias del matrimonio, que fácilmente pudieron obtener, aquella preciosa delicada flor que se aja hasta en la soledad, y aun en el sombrío retiro del mas horroroso desierto. No podía menos de ver a Dios en la tierra un corazón tan puro; insigne favor que le dispensó el Señor más de una vez. El amor a Cristo sacramentado correspondía a la viva fe que le animaba. Todos los días gastaba muchas horas delante del santísimo Sacramento, derramando su corazón en presencia de su Dios con tiernas y copiosas lágrimas; siendo tan grande su respeto, su devoción y su compostura en el templo, que avivaba la fe en todos los cortesanos.

 

   Asistiendo un día al santo sacrificio de la misa, vio con los ojos corporales a Jesucristo en forma humana, al tiempo que se elevaba la hostia; y su extática suspensión, su rostro inflamado, sus ojos inmoblemente fijos en el divino objeto, sus dulces lágrimas y el gozo de que se manifestaba inundado, dieron a conocer no una vez sola a los circunstantes el favor con que el cielo le regalaba.

 

   Le dotó también con el don de profecía; y estando oyendo misa en cierta ocasión, vio desde allí la muerte del rey de Dinamarca, con la total pérdida de su armada naval en que venía para hacer un desembarco en Inglaterra. Notaron los circunstantes que se quedó repentinamente como pasmado y atónito, derramando muchas lágrimas. Acabada la misa, algunos grandes se tomaron la respetuosa confianza de preguntarle qué significaba aquella novedad, y él les refirió sencillamente el funesto suceso de los daneses y de su armada; noticia que se confirmó poco tiempo después, quedando todos convencidos de que Dios le había revelado el fracaso en el mismo punto en que estaba sucediendo.

 

    Ganó el corazón de todos con su dulzura y con su afabilidad, al mismo tiempo que su encendida caridad con todos los necesitados le mereció el glorioso título de tutor de huérfanos y padre de pobres.

 



   Después de dar audiencia horas enteras a todos los que se presentaban, y de asistir a las del despacho en el gabinete con sus ministros, ocupaba las demás en obras de misericordia, y la mayor parte de la noche en oración. Encontró un día en la calle a un pobre paralítico, le cargó en sus reales hombros, y le llevó a la iglesia a donde el enfermo iba arrastrando. Premió Dios en el mismo instante un acto tan heroico de caridad; porque el paralítico quedó sano en aquel punto, y publicó en todas parles un milagro tan visible que la humildad del santo Rey pretendía ocultar. En otra ocasión dio también una ilustre prueba de aquel su inagotable fondo de caridad, de mansedumbre y de dulzura. Su tesorero general dejó un día abierto el tesoro por inadvertencia, y cierto oficial, sin reparar que el Rey le estaba viendo, se aprovechó de la ocasión, y hurtó una cantidad considerable. No le habló palabra el santo Rey; pero volviendo el tesorero y reconociendo el robo, suplicó á S. M. se sirviese mandar hacer una exacta pesquisa del delincuente. —No haré tal, respondió el suavísimo Monarca, porque es natural que el que hurtó ese dinero tuviese más necesidad de él que yo; pero tú ten cuidado en adelante de que no sean tan fáciles semejantes robos. Nunca hubo príncipe más universalmente estimado no solo de sus vasallos, sino también de los extranjeros, por lo que todos los soberanos solicitaban su amistad; de manera, que jamás se vi o el reino de Inglaterra más floreciente, ni nunca gozó de más dulce paz que en el tiempo de su reinado.

 

   Fuera del abrasado amor que profesaba a Jesucristo, y de la ternura con que amaba a la santísima Virgen, tenía particular devoción a san Juan Evangelista, uno de los principales protectores de la virginidad; y en virtud de esta devoción ofreció no negar nunca limosna a quien se la pidiese en nombre de aquel glorioso Santo.

 



   Se le apareció un día él mismo en figura de un pobre que le pidió una caridad por amor de san Juan Evangelista; el piadoso Rey no se hallaba a la sazón con dinero, y sacando del dedo un anillo, se lo dio al pobre. Pocos días después se apareció el santo Apóstol a dos peregrinos ingleses, y les mandó que llevasen al Rey aquel anillo, asegurándole de su parte que solo le faltaban seis meses de vida, y que al cabo de ellos él mismo vendría por él para llevarle a las bodas del Cordero, San Eduardo recibió con visible gozo aquel favor insigne de su santo protector, y mandó que se hiciesen oraciones en todo su reino, doblando él las suyas, como también sus penitencias y todas las demás obras buenas que acostumbraba ejercitar. Fueron aquellos seis meses una encendida renovación de fervor y un continuado ejercicio de virtudes y obras de misericordia. En fin, habiendo llegado el día pronosticado por el santo Apóstol, que fue el 5 de enero del año 1066, después de una corta enfermedad, habiendo recibido los Sacramentos, colmado de méritos entregó su inocente alma en manos de su Criador, entre el llanto general de toda Inglaterra, casi a los treinta y seis años de su edad, y en el veinte y tres de su reinado.

 




   Ningún príncipe fue jamás llorado, ni con mayor sinceridad, ni por más largo tiempo; llanto tan amargo como justo, que solo le pudo enjugar el general concepto que se tenía de su santidad, y la confianza de los pueblos en su poderosa intercesión con el Señor, quien continuó en glorificar a su siervo con multitud numerosa de milagros. No contribuyó poco al aumento de su culto el que sucedió pocos años después de su muerte en presencia del rey Guillermo el Conquistador, primo del Santo, de Lanfranco, arzobispo de Conturbel, del clero y nobleza de Inglaterra. Le obró san Eduardo en favor de un obispo que él mismo había presentado para el obispado, a quien sin razón querían deponer. Acudió el prelado a la protección del santo Rey, y fijando su cruz sobre la losa de la sepultura del Santo, que era de mármol, se entró por ella como pudiera hacerlo por el más blando y tierno barro. Con esta ocasión hizo el rey Guillermo que se encerrase el ataúd en una caja de oro y de plata; se elevó el santo cuerpo de la tierra treinta y seis años después de su muerte, hallándose tan entero y tan fresco, con todos los miembros tan flexibles como si estuviera vivo, y con los vestidos tan nuevos como si se los acabaran de poner. Desde entonces comenzaron los ingleses a instar incesantemente a la Silla apostólica para que le declarase culto público, lo que lograron, en fin, habiéndole canonizado solemnemente con todas las formalidades necesarias el papa Alejandro III el año de 1161, a instancias de Enrique II, rey de Inglaterra; y el papa Inocencio XI fijó su fiesta al día 13 de octubre, en el cual se había hallado entero su cuerpo, exhalando una exquisita fragancia.

 

 

 AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.


jueves, 13 de octubre de 2022

MARTIROLOGIO ROMANO: DÍA 13 DE OCTUBRE.

 





—San Eduardo, Rey, en Inglaterra, el cual murió el 5 de enero; se celebra su fiesta en este día en que fue trasladado su cuerpo.

 




—San Carpo, discípulo de san Pablo, apóstol, en Troade (o Troas), ciudad del Asia menor. (El mismo santo Apóstol le consagró después obispo de Troas, y estuvo hospedado en su casa, según se infiere de la carta II a Timoteo 4, 13, en la cual dice lo siguiente: «Tráete contigo a la venida el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, y mayormente los pergaminos.» Los griegos le tienen por otro de los discípulos del Señor, y probablemente es el mismo en cuya casa estando san Pablo resucitó al joven que cayó de la ventana. (Ac. xx, 10). Galesinio dice que sus contemporáneos le dieron el título de Miel ática. San Dionisio el Areopagita hace de él extraordinario elogio en su carta a Demófilo. Según cierto escritor antiguo, murió en santa paz á últimos del siglo l).

 



—El martirio de los santos mártires Fausto, Januario y Marcial, en Córdoba en España; los cuales primero fueron atormentados en el caballete, después les arrancaron los dientes y les cortaron las cejas, las orejas y las narices; y al fin consumaron el martirio siendo quemados.




—San Florencio, mártir, en Tesalónica; el cual después de haber padecido muchos tormentos, le quemaron (por fin en un horno encendido).

 





—San Colmano o Colman, mártir, en Austria. (Era escocés de nación y de sangre real. Habiendo padecido cruel muerte en la ciudad de Stockerau, a seis leguas de Viena, de paso para los lugares Santos, y en vista de los milagros que obró el Señor por su intercesión, la Alemania lo tomó por patrón, y dedicó muchas iglesias en honor suyo).

 



—El martirio de siete santos religiosos de la Orden de Menores, Daniel, Samuel, Ángel, Domno (o Donulo), León, Nicolás y Ugolino, en Ceuta, ciudad de Berbería; los cuales, porque predicaban el Evangelio, y confutaban la secta de Mahoma, padecieron de parte de los sarracenos afrentas, cárceles y azotes; y al cabo siendo degollados alcanzaron la palma del martirio.

 


—San Teófilo, obispo, en Antioquía; el sexto que gobernó aquella Iglesia después del apóstol san Pedro. (Escribió varios tratados en defensa de la Religión: murió imperando Cómodo, por los años 186).

 




—San Venancio, abad y confesor, en Tours.

 





—Santa Chelidonia o Celidonia, virgen, en Subiaco en la campaña de Roma. (su cuerpo fue colocado en la Iglesia de Santa Escolástica).

 



—En el Calendario del principado de Cataluña se hace hoy conmemoración de san Gerardo, abad, cuya historia se lee en las del día 3 de este mes, conforme al Martirologio romano.

 

 

—Y en otras partes se hace la fiesta y la conmemoración de otros muchos santos Mártires, Confesores y santas Vírgenes.

 

 

Alabado y glorificado sea Dios eternamente.

 

 

AÑO CRISTIANO

POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864).

Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.