viernes, 28 de marzo de 2025

San Guntrano, rey y confesor. (+ 593.) — 28 de marzo.

 


   

   Fué el piadosísimo rey san Guntrano hijo de Clotario, rey de Francia, y nieto de Clodoveo I y de santa Clotilde. Como era hijo segundo, a la muerte de su padre heredó los reinos de Orleans y de Borgoña; lo cual fué ocasión de muchas guerras con sus hermanos Cariberto y Sigeberto: y si al principio de su reinado traspasó los límites de la humanidad, tratando con excesivo rigor a sus enemigos, cosa harto frecuente en aquellos tiempos, también es verdad que hizo rigurosa penitencia todo el tiempo de su vida, procurando de alcanzar como David la divina misericordia con muchos ayunos, grandes asperezas y limosnas. Puso debajo de su protección a los hijos de sus hermanos, colmándoles de beneficios y jamás se sirvió de los felices sucesos de sus victorias para su propia medra y engrandecimiento, sino para el bien universal de sus vasallos. Y como era príncipe muy cristiano y santo, y sus leyes eran justas y humanas, florecía su reino con grande abundancia y prosperidad, así en tiempo de paz como en tiempo de guerra. Dio severísimas ordenanzas encaminadas a reprimir la crueldad y bárbara fiereza que usaban los soldados con los enemigos vencidos, y puso a raya su desenfrenada licencia. Y aunque su amor a la justicia le inclinaba a castigar con el debido rigor los crímenes, no puede creerse con cuanta facilidad y suavidad perdonaba las injurias cuando se hacían a su misma persona, porque habiendo en cierta ocasión atentado contra su vida dos desaforados asesinos, mandó el rey que a uno le encerrasen en la cárcel, y perdonasen al otro por haberse refugiado en lugar sagrado. Honraba el santo príncipe a los obispos y prelados de la Iglesia de Jesucristo, con reverencia y amor filial, les consultaba sus dudas y les pedía su parecer. 




   Edificó muchos templos y monasterios, y aunque era padre de todos sus vasallos, lo fué singularmente de los pobres, llegando en un tiempo de hambre a agotar con real magnificencia su tesoro, y procurando de aplacar con ayunos y pública penitencia la ira de Dios, que, como decía el santo, por sus pecados azotaba a sus pueblos. Finalmente, lleno de méritos y virtudes, descansó en la paz del Señor, con grande luto y sentimiento de todo su reino, y Dios ilustró el sepulcro de tan santo rey con muchos prodigios que le ganaron la universal veneración.

 



 

   Reflexión: No existe estado o condición en que el hombre no pueda santificarse, si quiere. La gracia vence todos los obstáculos ayudada de la cooperación humana. No es un pobre artesano, o un pobre labriego el que hoy presenta ante tu consideración la Iglesia: es un rey poderoso y un rey que experimentó allá cuando joven la fuerza de las pasiones. No fué tan misericordioso como debió ser; vejó a sus vasallos más de lo justo. Pero fué fiel al llamamiento de la gracia, y los que le vieron castigar con exceso de severidad los crímenes, le vieron también hacer espantosa penitencia y hoy le veneramos en los altares.

 

¿Te ves combatido? ¿Sientes en tu interior la fuerza de la pasión? ¿Por qué no escuchas también la voz de la gracia que te llama a la pelea y te dice que no desmayes? ¿Encontrarás para ser bueno más obstáculos que este santo?

 

No vives entre la pompa cortesana. No te estorban halagos de poderosos para ver la verdad, y vista seguirla resueltamente. Quizás tu misma condición te facilita el ser virtuoso. Pero, aunque fueras príncipe o monarca, ¿tendrías excusa ante tal dechado para no emprender una vida perfecta?





   Oración: Oye, Señor, las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Guntrano, para que los que no confiamos en nuestra virtud, seamos ayudados por las oraciones de aquel que fué de tu agrado. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

FLOS SANCTORVM

DE LA FAMILIA CRISTIANA.


SAN JUAN DE CAPISTRAN, CONFESOR FRANCISCANO. (+ 1456). —28 DE MARZO.

 

  


Juan, nacido en Capistrano, en los Abruzos, era hijo de un caballero francés que había seguido al duque de Anjou, convertido en rey de ese país, a Nápoles. Después de sus estudios de humanidades, fue enviado a Perugia para estudiar derecho canónico y civil. Le dieron un puesto en el poder judicial, y un hombre rico y noble, encantado por sus eminentes cualidades, le dio a su hija en matrimonio. Todo en el mundo le sonreía, cuando de repente esas esperanzas halagadoras se desvanecieron.

 

En una guerra contra el rey de Nápoles, la ciudad de Perugia sospechó que él se ponía del lado de este príncipe; Fue arrestado. A pesar de su inocencia y su elocuencia al defenderse, fue arrojado a prisión. Mientras tanto, habiendo muerto su esposa, decidió servir sólo a Dios.

 


Vendió todas sus posesiones, pagó el rescate, distribuyó el resto entre los pobres y se refugió con los franciscanos, en el monasterio de Monte, cerca de Perugia. El guardián, temiendo que aquella vocación fuese efecto de un rencor pasajero más que un movimiento de gracia, quiso ponerla a prueba. Le ordenó recorrer la ciudad de Perugia, donde había sido gobernador, cabalgando hacia atrás sobre un burro, vestido con un mal hábito y con la cabeza cubierta con un gorro de cartón en el que estaban escritos diversos pecados. Después de tanta prueba, las humillaciones del noviciado ya no le costaron nada.

 

Le fue dado como maestro un sencillo hermano lego, a cuya dirección Juan se sometió con la sencillez de un niño. Fue tratado con dureza por él:

   «Doy gracias al Señor», dijo más tarde, «por haberme dado semejante guía; si no hubiera empleado un trato tan duro conmigo, nunca habría podido adquirir humildad y paciencia».

 


Juan fue expulsado dos veces del noviciado por ser incapaz de desempeñar ningún oficio religioso. Permaneció día y noche en la puerta del convento, soportando con alegría la indiferencia de los monjes, las burlas de los transeúntes y el desprecio de los pobres que acudían a pedir limosna. Tan heroica perseverancia desarmó la severidad de los superiores y disipó sus temores. Juan, recibido de nuevo, fue finalmente admitido en la profesión.

 

A partir de entonces su vida fue admirable: sólo comía una vez al día y durante treinta y seis años durmió en el suelo de su celda, durmiendo como máximo tres horas. Vestido con una túnica cosida con remiendos, caminaba descalzo, sin zuecos ni sandalias, y maceraba su cuerpo con disciplinas sangrientas y ásperas camisas de pelo. Muerto a sí mismo, vivió sólo de Jesús en la Cruz. Ardiendo de amor a Dios, hizo de su vida una continua oración: el Crucifijo, el Sagrario, la imagen de María, lo sumían en éxtasis: «Dios -decía- me dio el nombre de Juan, para hacerme hijo de María y amigo de Jesús».

 

Ordenado sacerdote, Juan se dedicó al ministerio de la palabra. A menudo las lágrimas y los sollozos de sus oyentes interrumpían su predicación, sus palabras producían numerosas conversiones en todas partes. Una monstruosa secta de supuestos monjes, los Fraticelli, cuyos errores y moral escandalizaron a la Iglesia, fue aniquilada por su celo y caridad. El Papa Eugenio IV, impresionado por el éxito prodigioso de sus discursos, lo envió como nuncio a Sicilia; Luego le encargó que trabajara, en el Concilio de Florencia, por la reunificación de los latinos y los griegos. Finalmente lo envió al rey de Francia, Carlos VII.

 

Amigo de San Bernardino de Siena, lo defendió ante el tribunal de Roma contra las calumnias que le atraía su ardor por la reforma de su Orden; Le ayudó mucho en esta empresa y él mismo fue a visitar las casas establecidas en Oriente.

 


Nicolás V lo envió como comisario apostólico a Hungría, Alemania, Bohemia y Polonia. Toda clase de bendiciones acompañaron sus pasos: clero, comunidades religiosas, nobles y pueblos, participaron de las benignas influencias de su caridad. Devolvió al seno de la Iglesia un gran número de cismáticos y herejes y, a la verdadera religión, una cantidad prodigiosa de judíos e incluso de musulmanes.

 

En ese momento, Muhammad II amenazó a Occidente con una invasión total, mantuvo a Belgrado bajo asedio y, orgulloso de sus victorias, prometió exhibir la media luna dentro de los muros de la propia Roma. El Papa Calixto III encargó a San Juan de Capistrano predicar una cruzada: a la voz potente de este amigo de Dios, se levantó un ejército de 40.000 hombres; la disciplinó para las batallas del Cielo; Encontró para ella a Huniade, un héroe, líder y la condujo a la victoria.

 

Estando a tres días de marcha de los turcos, mientras celebraba la Misa al aire libre en las grandes llanuras del Danubio, una flecha desde arriba vino, durante el Santo Sacrificio, a posarse sobre el corporal. Después de la Misa, el Santo leyó estas palabras escritas en letras de oro en la madera de la torre:

   “Con la ayuda de Jesús, Juan de Capistrano alcanzará la victoria”. En medio de la lucha, sostenía en su mano el estandarte de la Cruz y gritaba:

   «¡Victoria, Jesús, victoria!». Belgrado se salvó. Fue en el año 1456.

 

Tres meses después, San Juan de Capistrano, habiendo pronunciado estas palabras del Nunc dimittis: «Ahora, Señor, dejarás morir a tu siervo en paz», expiró, diciendo una última vez: Jesús. Tenía setenta y un año.

 

Hermanos de las Escuelas Cristianas, Vidas de los Santos, pág. 137-139

 



PLEGARIA

 

   ¡El Señor está contigo, oh el más fuerte de los hombres! Ve con esa tu fuerza, que es tu fuerza, y libra a Israel y triunfa de Madián; sabe que soy yo quien te ha enviado. Así saludaba el ángel del Señor a Gedeón a quien escogía entre los menores de su pueblo para altos destinos Así podemos saludarte también nosotros, hijo de Francisco de Asís, mientras te pedimos que continúes protegiéndonos siempre. El enemigo que venciste en los campos de batalla no es ya temible para nuestro Occidente; el peligro está más bien donde Moisés lo señalaba a su pueblo: Guardaos bien de olvidar al Señor vuestro Dios... no vaya a ser que después de haberos satisfecho, después de haber levantado hermosas casas, multiplicado vuestros rebaños, vuestro dinero y vuestro oro; después de haber gustado, la abundancia de todas las cosas, vuestro corazón no se eleve y no vuelva a acordarse de quien os ha libertado de la servidumbre. Si el turco hubiera triunfado en la lucha cuyo héroe fuiste, ¿dónde estaría esta civilización de la que estamos tan orgullosos? Después de ti, la Iglesia debió tomar sobre sí la obra de la defensa social que los jefes de las naciones no quisieron asumir. ¡Que el reconocimiento que la es debida preserve a los hijos de la Madre común de este mal del olvido que es el azote de la generación presente! Así mismo agradecemos al cielo el gran recuerdo que por ti hoy nos trae al calendario litúrgico, memorial de las bondades del Señor y de los hechos heroicos de los Santos. Haz que, en la lucha, cuyo campo de batalla somos nosotros mismos, el nombre de Jesús ponga siempre en retirada al demonio, al mundo y a la carne; que su Cruz sea nuestro estandarte y que por ella y la muerte a nosotros mismos logremos llegar al triunfo de la resurrección.




SAN JUAN DAMASCENO, DOCTOR DE LA IGLESIA. —27 de marzo.

 


San Juan Damasceno, ilustre por su doctrina, pero mucho más por su virtud, uno de los más célebres defensores de la fe, ornamento y columna de la Iglesia griega, nació en Damasco, ciudad capital de Siria, por los años 676, cuando estaba ya bajo la dominación de los sarracenos. Sergio Mansur, padre de nuestro Santo, se aventajó mucho a sus gloriosos antepasados en poder, en crédito y en virtud. Les elevó su mérito a los primeros cargos, y, siendo hombre poderoso, empleaba sus riquezas en rescatar cautivos cristianos y en sustentar a los solitarios que poblaban los desiertos de la Palestina. No tuvo más hijo que nuestro Santo, y así dedicó todo su cuidado a darle una educación correspondiente a su religión y a su nacimiento.

 

La logró sin dificultad, porque el excelente ingenio y la despejada capacidad del niño Juan le ahorraban muchos preceptos. En medio de esto, no hubiera hecho grandes progresos en las ciencias, viviendo en un país desprovisto de maestros, y en que dominaba tanto la ignorancia. Pasando un día su padre por la plaza, se encontró con unos cautivos, entre los cuales le llamó toda la atención uno vestido de monje, por su circunspección y por su singular modestia. Notó, y aun se admiró, no sin piadosa extrañeza, de verle bañado en lágrimas. Se acercó al cautivo, le consoló muy cristianamente, y le preguntó cuál era su profesión. Yo soy, le respondió éste, un sacerdote italiano, mi nombre es Cosme, y no lloro ni me aflijo por estar cautivo, ni por la muerte que considero cercana. Siento mucho que después de haber pasado toda mi vida en el penoso estudio de las ciencias, sólo por tener algún día el consuelo de sacar algún discípulo que fuese útil á la Santa Iglesia, sin haberme propuesto otro fin, ni pensado en otra recompensa por premio de mis trabajos, los veo ahora malogrados, considerándome destinado á morir en un estéril cautiverio. Sorprendido Mansur de tan extraña aventura, se persuadió desde luego ser alta disposición de la Divina Providencia, que por medio tan irregular le regalaba en aquel cautivo un maestro, el más á propósito para la enseñanza de su hijo. Le rescató, le dio libertad, y le hizo preceptor del niño Juan, y de otro niño llamado Como; aquel famoso poeta lírico a quien debe la iglesia griega la mejor parte de sus himnos, el cual había adoptado por hijo el mismo Mansur.

 

El califa Heschan, príncipe de los sarracenos, penetró luego los talentos de nuestro Santo; y apenas murió su padre, cuando le nombró por presidente de su Consejo y por su tesorero general. Suspiraba siempre Juan por la vida monástica; hizo repetidas instancias al Califa para que le permitiese retirarse a ella; pero más y más pagado cada día de la virtud y de la habilidad de su ministerio, le nombró gobernador de Damasco y le declaró como superintendente general de toda la provincia.

 

Acababa el emperador León Isáurico de excitar una sangrienta persecución contra todos los que rendían culto a las imágenes de Jesucristo, de su Santísima Madre y de los santos; pero encontró en el gobernador de Damasco un enemigo todavía más terrible que el santo patriarca y los doctores de Constantinopla. Aunque, vivía Juan fuera de la jurisdicción y de los estados de aquel impío príncipe, se consideró obligado a salir a la defensa de sus hermanos en necesidad tan urgente. Como estaba tan versado, así en la antigüedad de la Iglesia como en la sagrada teología, escribió fuertemente contra aquella impiedad.

 


Pero como el espíritu de la herejía, cuando no puede engañar a los hombres, tira derechamente a perderlos, recurrió, para vengarse de él, al más infame y vergonzoso artificio. Tuvo modo de lograr una carta del Santo, firmada de su mano, y, buscando un sujeto muy diestro en la perniciosa habilidad de imitar toda clase de escritura, le hizo remedar la de Juan con tanta propiedad, que era muy difícil distinguir la falsa de la verdadera. Asegurado ya de su acierto, le mandó copiar una carta, fingiendo que el Santo se la había escrito, con el traidor intento de entregarle la ciudad de Damasco, luego que se acercase a la plaza con su ejército.

 

Se remitió la carta desde Damasco por persona segura, y fue acompañada de otra que le escribió el Emperador griego, apoyando la traición. Quedó el Califa sorprendido al leer las dos cartas, y, enfurecido hasta lo sumo, hizo llamar a Juan, en cuya mano puso su carta. Exclamó el Santo contra tan infame calumnia, protestando su inocencia; pero, dejándose llevar el Califa del primer movimiento de su cólera, mandó en el mismo instante le cortasen la mano derecha, y que fuese expuesta en la plaza pública, lo que al momento se ejecutó.

 

Dejó el Santo que se entibiase algún tanto el primer calor de la indignación del bárbaro, y persuadido por la noche que ya se habría templado, le envió a suplicar que le restituyese su mano para enterrarla. Con efecto, ya los amigos del gobernador habían hecho reflexionar al Califa el pérfido artificio del Emperador griego, y vuelto en sí de aquel pronto arrebato, condenaba la precipitación con que había procedido, sin dar lugar a que se descubriese la calumnia. Hallándole en esta disposición la súplica de Juan, la oyó no sin alguna ternura, y consintió que se le entregase la mano. Lleno entonces el Santo de una viva confianza, entró en su oratorio y, postrado ante la imagen de la Santísima Virgen, hizo la siguiente oración: Madre de mi Dios. refugio y dulce consuelo de todos los fieles, bien sabéis Vos que perdí esta mano sólo por haber defendido el culto debido a vuestras imágenes, a las de vuestro Hijo y sus santos: confundid, Señora, en este día el error, confundiendo la calumnia. Haced que esta mano vuelva a juntarse con su brazo para que únicamente se emplee en combatir contra los enemigos de vuestro Hijo y vuestros, sirviendo al mismo tiempo de testimonio irrefragable a la verdad. Luego que pronunció estas fervorosas palabras, aplicó la mano al brazo, la cual en aquel mismo momento se unió a él tan perfectamente, que ninguno pudiera creer que hubiese estado separada de él. Penetrado Juan de reconocimiento y de devoción, pasó lo restante de la noche en alabanzas al Señor, acompañado de toda su familia.

 

San Juan Damasceno y su amor por la Virgen María

Un milagro de tanto bulto no podía menos de meter mucho ruido, y, llegando a noticia del Califa, quiso convencerse de él por sus propios ojos. Quedó igualmente asombrado que arrepentido, abrazó a Juan tiernamente, y, pidiéndole perdón por su ciega cólera, le dijo que le demandase todo cuanto se le ofreciese, prometiéndole con juramento que todo se lo concedería. El Santo, que desde su niñez sólo suspiraba ansiosamente por retirarse a la soledad, se aprovechó de tan bella ocasión para obtener esta licencia. Afligió al príncipe la no esperada súplica, y aun hizo cuanto pudo para desviar a Juan de aquel intento; pero, como el Santo le reconvino con su palabra y con su juramento, se vio precisado a darle licencia para que se retirase. Luego que se vio exonerado de sus empleos, dio libertad a sus esclavos, repartió sus ricos bienes en los pobres, las iglesias y los parientes, se despidió del mundo, y, con un solo vestido que se reservó, pasó primero a Jerusalén, y desde allí a la Laura de San Sabas en Palestina.

 


Se encargó de la dirección de Juan un monje anciano, a quien se le apareció en sueños la Santísima Virgen y le mandó que ya no tuviese estancada por más tiempo el agua viva dentro de su manantial, embarazando a este discípulo que aprovechase los grandes talentos con que lo había enriquecido el Cielo, que lo ordenase escribir y clamar contra los errores del tiempo, defendiendo con sus escritos la fe de la Santa Iglesia. Cumplió el anciano, ordenando a Juan que escribiese contra los enemigos de Jesucristo y de sus santos, confundiendo con la pluma a los nuevos herejes.

 

Recibió Juan esta orden como venida del Cielo. Compuso muchas excelentes obras llenas de erudición y de piedad. Entre otras, el gran tratado sobre la Veneración de las imágenes, muchos doctos discursos en defensa de la fe, gran número de trataditos de devoción, tan tiernos y afectuosos como llenos de una divina elocuencia, sobre todo cuando habla de las prerrogativas y excelencias de la Santísima Virgen. Los admirables discursos que compuso sobre su gloriosa Asunción parecen como inspirados por el Espíritu Santo, y que Este dirigía en cierta manera su pluma, escribía sus obras.

 

Vino a la Laura el patriarca de Jerusalén, y obligó a Juan a que se ordenase de presbítero; pero sobrevivió muy poco a este nuevo estado, porque cayó gravemente enfermo, y consumido de penitencias y de trabajos, después de haber enriquecido la Iglesia con gran número de excelentes obras, murió en el mes de Mayo, por los años de 770, reverenciado desde entonces como uno de los más sabios y más santos Padres de la Iglesia.

 

La Misa es en honor de San Juan Damasceno, y la oración de ella la siguiente:

 

¡Oh Dios, todopoderoso y eterno, que para defender el culto de las sagradas imágenes infundiste en San Juan celestial sabiduría y admirable fortaleza de espíritu, concédenos por su intercesión y a su ejemplo, que imitemos las virtudes de los santos cuyas imágenes veneramos! Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.

 

 

P. Juan Croisset, S.J.

 


miércoles, 26 de marzo de 2025

SAN BRAULIO, OBISPO DE ZARAGOZA — 26 de marzo.



 


Entre los prelados sobresalientes en virtud y letras que ha tenido la Iglesia de España, uno ha sido el glorioso san Braulio, obispo de Zaragoza, y honor inmortal de aquella respetable silla. Hay quien le hace hermano de san Hermenegildo y de Recaredo: hay quien le da la misma ascendencia que a los santos Leandro, Fulgencio, Isidoro y Florentina; pero la verdad es, que se ignora quiénes fuesen sus padres, y solo sabemos por san Ildefonso que fue hermano de su predecesor Juan, que tanto brilló en el mismo obispado. Desde sus tiernos años dio muestras de la capacidad que tenía su corazón para dar asiento a las virtudes, y del talento particular que prometía feliz acogimiento a las ciencias. Uno y otro cultivó nuestro joven bajo la dirección de excelentes maestros, cuales fueron su mismo hermano y el glorioso san Isidoro, a quien oyó en compañía de san Ildefonso.

 

 En tal escuela se deja conocer los admirables progresos que haría un joven que en nada se disipaba, y que se aprovechaba con un ardor insaciable de las lecciones de piedad y de los ejemplos con que las veía practicadas. Las sagradas letras, los cánones eclesiásticos, la disciplina y los santos Padres eran las fuentes cristalinas donde bebía aquella doctrina pura y sublime que se echa de ver en todas sus cartas, y con que ilustró después a los monarcas y a los concilios. Pero no quiso que esta ciencia fuese seca y desaliñada; sino que tuviese todos los adornos y atractivos que encantan a los menos cautos, y que logran a veces efectos maravillosos, que no consigue acaso el celo, si carece de elocuencia. Por tanto, estudió los autores profanos, tuvo conocimiento de las lenguas más necesarias, y no despreció el furor y entusiasmo de los poetas; antes bien de todo hizo un caudal que empleó después con ganancias a beneficio de la Iglesia y de su esposo Jesucristo. Los himnos que compuso en alabanza de los que vencieron al mundo, y aquella carta dirigida al Papa, que tanto dio que admirar en Roma, son claros testimonios del alto

grado en que poseyó este siervo de Dios las letras humanas y las sagradas ciencias.

 

 Como a estos ornamentos añadía los de una virtud sólida, se hizo tan dulce y apetecible en el trato, y tan amable para todos, que se tenía por feliz el que disfrutaba su conversación, o aquel que lograba su correspondencia por cartas. Su mismo maestro, el gran san Isidoro, le amaba con tal extremo, que para mitigar su ardor le escribía cartas amorosísimas y regaladas, y le enviaba donecillos. Aun siendo el Santo arcediano, le escribió una, en que le dice estas palabras: «Hijo mío carísimo, cuando recibas esta carta de tu amigo no te detengas en abrazarla como si fuese él mismo en persona. Los que están ausentes no tienen otro consuelo que abrazar las cartas de su amado. Te he enviado un anillo y una capa: lo primero en señal de la unión de nuestros corazones, y lo segundo para que cubra y resguarde nuestra amistad, que es lo que significó la antigüedad en el vocablo de que usan los latinos. Ruega a Dios por mí y el Señor quiera moverte el corazón, de manera que merezca yo volver a verte otra vez, para que sea mi alegría viéndote tanta, como es el pesar que tengo desde que estás ausente.» Así significaba san Isidoro el encendido amor que tenía a san Braulio, lo que prueba con claridad el grado de amabilidad a que este bendito Santo había llegado por su ciencia e integridad de vida.

 

 Lo conocieron bien sus superiores, y advirtiendo el tesoro que en él tenía la Iglesia, determinaron honrarle con sus dignidades, bien satisfechos de que Braulio no las convertiría en motivo de vanidad y de soberbia, sino en la edificación y provecho de las almas. En efecto, su hermano quiso depositar sobre los hombros de Braulio una gran parte de la pesada carga que tenía siendo obispo; y así llamándole a Zaragoza, le hizo arcediano de aquella iglesia, que, es decir, le dio el oficio y cargo de más cuidado y responsabilidad que tenía toda la diócesis. En este tiempo, deseando continuar su propia instrucción, y juntamente proporcionar a los fieles los escritos más instructivos y piadosos, solicitó de su maestro san Isidoro que escribiese los libros de las Etimologías, obra que, como afirma el mismo san Braulio, basta por sí sola para formar el estudio de un hombre, y hacerle instruido tanto en las letras humanas como en las divinas. Condescendió el santo Obispo a las súplicas de su discípulo, y así debe reconocerse deudora nuestra Iglesia y el mundo todo de una obra tan preciosa, a las reiteradas instancias de Braulio, que no pudo resistir su maestro por el sumo amor que le tenía.

 

 También le dirigió, siendo arcediano, aquel antídoto admirable contra los trabajos y tribulaciones que se padecen en esta vida; esto es, la obra de los Sinónimos, en que el santo Arzobispo de Sevilla introduce a la razón, dando los consejos que pueden tranquilizar sólidamente a un corazón agitado, y enseñando los medios seguros de conseguir la paz verdadera con que descansan las almas piadosas. De todo lo cual sacó nuestro Santo tan colmados frutos, que habiendo el Señor llamado a mejor vida a su hermano Juan, no se encontró sujeto más digno de sucederle en la silla de Zaragoza. Esta elección se refiere comúnmente acompañada del prodigio de haber bajado del cielo un globo de fuego sobre la cabeza de san Braulio, al tiempo que en un concilio de Toledo se consultaba de dar sucesor á su hermano, oyéndose una voz que decía: Este es mi siervo escogido sobre el cual puse mi espíritu. Pero así este como otros sucesos maravillosos, que refieren algunos modernos, carecen del apoyo de la antigüedad, por cuya causa se omiten, en la firme persuasión de que los hechos no se adivinan ni se pueden saber sino por el testimonio de documentos fidedignos.

 


 Sentado nuestro Santo en la silla de Zaragoza comenzó a difundir tanta luz de sabiduría y celestiales virtudes, que era la admiración dé los más provectos, al tiempo que sus ejemplos se permitían imitar de los más flacos. Fiel ejecutor de las reglas que prescribe san Pablo a sus discípulos Tito y Timoteo, era sobrio, casto, humilde, prudente y caritativo, haciéndose todo para todos. Se le ofreció buena ocasión para manifestar todas estas virtudes luego que le consagraron obispo, porque inmediatamente se vio su diócesis afligida de la guerra, del hambre, de la esterilidad, y de su compañera inseparable la peste. Sufría todos estos males con indecible paciencia, adorando la mano invisible que con ellos castigaba los excesos de los mortales. Pero al mismo tiempo cuidaba como solícito pastor de acudir a todas partes con remedio y consuelo, para que entre tantos males ni se descarriasen ni se perdiesen sus ovejas. Alentaba a los flacos, consolaba á, los afligidos, ayudaba a los menesterosos, alimentaba a los hambrientos, y cual amoroso padre se hallaba a la cabecera de los enfermos y moribundos, dándoles fortaleza con sus exhortaciones, y confortando sus almas con dulces y piadosas palabras. Se fallaba a sí mismo por asistir a sus súbditos, siendo tanto el celo y la caridad con que los asistía, que no le quedaba tiempo para escribir siquiera una carta a su amigo y maestro san Isidoro.

 

 Pero en medio de tantas borrascas y trabajos jamás desatendió el principal cuidado, que era el de su propia santificación, por los varios y difíciles medios que le ofrecían las circunstancias. Cuidó ante todas cosas de ejercitarse en la humildad como base y fundamento de todo el espiritual edificio. Pocos obispos han tenido España que hayan logrado un concepto tan ventajoso, una admiración tan universal, y unas alabanzas tan extraordinarias; y menos todavía los que con tanta justicia hayan merecido tales alabanzas, admiraciones y concepto. Sin embargo, nada había en la reputación de Braulio más despreciable que él mismo. Siervo inútil de los Santos de Dios era el

nombre ordinario que usaba al firmar las cartas, y estaba tan persuadido de ello, que a un obispo que le escribió ensalzando sus prendas y merecimientos parece que quiso persuadirle lo contrario, según la eficacia con que le habla de su poquedad e insuficiencia. Si alguna vez erró, confesó llana y sencillamente su yerro, implorando el perdón y condescendencia, como se ve en una de sus cartas escrita al obispo Wiligildo, en que confiesa haber hecho mal en ordenar de diácono a un monje súbdito de este prelado, y le ruega con las expresiones más humildes que le perdone este exceso.

 

 Á la verdad, pedia con justicia, porque una de las principales virtudes en que este Santo resplandeció fue en el perdón de las injurias y en la mansedumbre y sufrimiento de las persecuciones y trabajos. Todo su obispado fue una serie continua de amarguras. La reforma de los abusos introducidos, el orden y severidad con que mantenía la disciplina eclesiástica, y el tesón con que se oponía como muro fuerte a los desórdenes y relajaciones que traen consigo unos tiempos turbados con guerras y con herejías le ocasionaron disgustos tan pesados, que nunca escribe a san Isidoro, ni al rey Chindasvinto y Recesvinto, sin ponderar las angustias y amarguras en que estaba sumergida su alma. No obstante, esto, nunca se queja de sujeto determinado; antes bien, siendo notorias las injurias que le escribió un cierto Tajón, presbítero, le responde con tal mansedumbre, con palabras tan llenas de caridad y dulzura, que manifiesta bien ser fiel discípulo de aquel que dio su sangre por los mismos que le crucificaron.

 

 Ejercitado de este modo en sufrir las contradicciones del mundo, buscando su consuelo en Dios y su tranquilidad en la oración, en la meditación de las santas Escrituras y en el cuidado de su rebaño, salió excelente maestro para dar consolación y enjugar las lágrimas de los que las vertían por las ocasiones más funestas. Consoló a su hermana Basila en la muerte de su marido; a Pomponia en las muertes de Basila y del bienaventurado Nonito, obispo de Gerona; a Hoyon y Eutrocia en la de Hugnan, grande amigo del Santo; y óptimamente, a Ataulfo, Gundesvindo y Wistremiro, que estaban inconsolables por la muerte de estas prendas muy amadas. Y esto lo hacía con tanta ternura y piedad, que la carta que escribió á Wistremiro comienza con estas notables palabras:

   «Sin embargo de que no es consolador oportuno aquel que por sus propias penas está sumergido en llanto, con todo eso, quisiera yo solo padecer tu dolor y el mío, a trueque de poder oír la gustosa nueva de que vivías consolado.» Que es lo mismo que desear cargar con los trabajos y adversidades de sus prójimos, por tener la dulce satisfacción de que la caridad para con ellos había llegado al más sublime grado.

 

 Dos cosas le llenaban el corazón de esta tranquilidad admirable y de una superioridad decidida sobre sus angustias y las ajenas. Una era el ejercicio de la oración, en que recibía del cielo no solamente consolaciones espirituales superiores a todo el rigor y amargura con que atormentan los trabajos del mundo, sino las luces suficientes para dar salida a los negocios más arduos, y consejos sólidos y acertados a los que se hallaban en ocasión de necesitarlos. Otra era la santa compañía de un varón tan sabio y tan piadoso como lo era su discípulo el arcediano Eugenio, quien fastidiado de los engaños de la corte se había retirado a hacer vida monacal en Zaragoza, dejándole a Toledo la inquietud de sus cortesanos, sus engaños y sus perfidias. Así lo confesó el mismo Santo en la carta primera que escribió al rey Chindasvinto, con ocasión de llamar este Soberano al referido Eugenio para que presidiese en la silla de Toledo. Este golpe le llenó el corazón de tanta amargura, que no dejó diligencia por hacer para que el soberano se apiadase de la tristeza en que le sumergirla esta separación. Ponderó su incapacidad en el ministerio de la palabra, sus quebrantadas fuerzas, las muchas turbaciones que padecía su diócesis, la necesidad que tenia de su arcediano para conservar la grey del Señor segura de los acometimientos con que pretendían ensangrentarse en ella voraces y carniceros lobos, y últimamente le representó que estaba casi ciego, y que quitándole a Eugenio le robaban la mitad de su alma.

 

 El piadoso Rey respondió cortésmente a su carta, ponderando su erudición, su sabiduría, su elocuencia, y concluyendo con que Zaragoza estaba bien provista de pastor con su persona, y que la iglesia de Toledo tenia justicia para pretender otro tanto en la de Eugenio. Que reconociese aquella elección como dirigida por el Espíritu Santo, y esperase que el justo Juez premiaría en el maestro la doctrina y santas virtudes con que había sabido enriquecer a su discípulo, haciéndole digno de gobernar la primera silla de España. No pudo Braulio resistirse a razones tan poderosas, que iban además revestidas de toda la autoridad y poder que las daba el haber sido dictadas desde el trono; y así envió a Eugenio con tanto dolor de su alma, que se atrevió a pronosticar que sería otra vez restituido a la iglesia de Zaragoza. Pero la divina Providencia tenia dispuesto que Eugenio presidiese en la silla de Toledo, como se verificó siendo consagrado metropolitano en el año de 646, y quedando Braulio cubierto de amargura, aunque en todo resignado y conforme con las disposiciones divinas.

 

 A proporción de sus virtudes brillaba su sabiduría. La primera ocasión en que se dejó ver con admiración de toda España fue el concilio IV de Toledo. Ya la fama había publicado que era digno discípulo de san Isidoro; pero en este concilio se le ofrecieron ocasiones de testificar que las voces con que se había extendido y celebrado su doctrina eran todavía muy inferiores a la verdad. En cuantos puntos se trataron habló como un oráculo, pues consta que muy de antemano se preparó con un estudio activo y prolijo de cuanto en el concilio se había de resolver; y a este fin suplicó a su maestro que intercediese con el Rey para que le remitiese el códice de las actas del concilio que tuvo en Sevilla san Isidoro. Es de creer también que, hallándose este Santo sumamente débil, fatigado y enfermo, cargaría todo el peso del concilio sobre san Braulio, y de consiguiente que tendría este mucha parte en la disposición de las actas y en la formación de los cánones, ya porque su ciencia lo hacía mirar con respeto, y ya por aliviar de este modo a su amado maestro, que no tenía fuerzas para semejante trabajo.

 

 Estando en este concilio le encargó san Isidoro que corrigiese y perfeccionase la obra de las Etimologías que poco antes le había dirigido, bien satisfecho del Santo, ya por su sabiduría, y ya porque a instancias suyas había compuesto la obra. En efecto, san Braulio condescendió con las insinuaciones de su maestro, dividiendo el códice en veinte libros, y purgándole de muchos defectos con que le habían corrompido los copiantes. El trabajo que empleó en esta corrección fue sin duda muy considerable, porque además de ser la obra de mucha erudición y doctrina, tuvo san Braulio por entonces el ánimo ocupado de amarguísimos sentimientos. Los causaron las muertes de algunas personas amadas del Santo que ilustraban la Iglesia con sus virtudes, y eran un vivo ejemplar de perfección para los fieles. Tales fueron entre otros el marido de Basila, hermana suya; la misma Basila; Nonito, obispo de Gerona, y lo que es más que todo, el mismo san Isidoro, a quien amaba como amigo, respetaba como á maestro, y veneraba como a santo.

 

 Desde este tiempo comenzó Braulio a ser el único apoyo y oráculo de los concilios, y el astro brillante con que se iluminaban todos los obispos de España para dar acertadas resoluciones en los casos arduos que se les ofrecían. Poco después de la muerte de san Isidoro se juntó en Toledo el concilio V en el año de 636, en el cual se presentó nuestro Santo como un sol que despedía resplandores para la ilustración de todas las iglesias de España. Todos los Padres reconocían la superioridad de sus luces, y así ponían en sus manos las determinaciones, seguros del acierto. A él se le deben los sabios cánones y decretos con que se afirma el dogma y se corrobora la disciplina, por lo cual san Ildefonso le elogió llamándole esclarecido e ilustre en la formación de los cánones, como atribuyéndole los que en este concilio y el siguiente se establecieron. Este fue el sexto Toledano famoso, porque en sus cánones se hace una sólida refutación de cuantas herejías se habían condenado hasta aquel tiempo; y porque además se vindicó el honor de los obispos de España, falsamente calumniados en Roma de poco vigilantes en su ministerio.

 

 Esta vindicación la hizo san Braulio comisionado por todo el Concilio, como sujeto en quien con la doctrina se juntaba la amenidad de las bellas letras, y el arte de hacer prevalecer la verdad, presentándola con todos los atractivos de la elocuencia. Al juntarse en el Concilio recibieron los Padres una carta del papa Honorio, remitida por el diácono Turnino, en que los argüía ásperamente de no cumplir exactamente con su ministerio, resistiendo con esfuerzo y valor a los enemigos de la fe. Por tanto, temía se cumpliese en ellos que de fieles custodios de la grey de Jesucristo se cambiasen en unos perros mudos, que no tenían ánimo para ladrar siquiera contra los lobos carniceros. Sintieron Ios Padres una reprensión tan severa del Pastor de la Iglesia universal; y fue tanto mayor su sentimiento, cuanto estaban más seguros en su conciencia de haber cumplido exactamente con su cargo, condenando los errores, oponiéndose vigorosamente a las novedades, y llenando completamente las obligaciones de obispos vigilantes y celosos. Su mucha virtud no pudo hacerse desentendida de los perjuicios que trae consigo una calumnia cuando llega a encontrar abrigo en el pecho de un superior. Determinaron, pues, prevenir las funestas consecuencias, desengañando al Santo Padre de las falsedades que le habían sugerido; y para este efecto le remitieron copia de las actas de los concilios anteriores, juntamente con una carta escrita por san Braulio, de la cual dice el arzobispo D. Rodrigo que causó grande admiración en Roma por la hermosura de su estilo y la gravedad de sus sentencias. En ella le hace ver al Pontífice el celo y esmero con que tanto el rey Chintila como los obispos de la Península cuidaban de mantener en toda su pureza la doctrina de Jesucristo. Se hace cargo de que es propio de su oficio pastoral dirigir semejantes avisos a todas las iglesias; pero al mismo tiempo que lo es también no dar fácil entrada, ni creer con precipitación tas delaciones que se hacen contra un cuerpo de obispos tan respetable. Le propone el ejemplo de esta cautela en ellos mismos, quienes, aunque habían oído decir que el romano Pontífice permitía volver a sus ritos supersticiosos a los judíos que habían recibido el Bautismo, de ninguna manera habían dado asenso a semejante nueva, suponiéndola muy ajena de la firmeza y santidad de aquella piedra sobre que Cristo había fundado su Iglesia. Y últimamente le ruega que ayude con sus oraciones, para que el Señor proteja la salud y buenos propósitos, tanto del rey piadoso, como de unos obispos que de acuerdo con él velaban sobre el depósito de la fe.

 


 No brillaba menos su portentosa sabiduría fuera de los concilios, y asi recurrían a Braulio los obispos, los reyes, presbíteros y todo género de personas, como a una fuente de doctrina y de prudencia en donde hallaban la solución de sus dudas, y consejos acertados los negocios más arduos y difíciles. Luego que Eugenio fue promovido al arzobispado de Toledo se halló embarazado con algunos casos de tan difícil solución, que no se atrevió a resolverlos por sí mismo, sino que pidió a nuestro Santo le aconsejase lo que debía hacer, contemplando que de su doctrina no se podía esperar otra cosa que el acierto. Había encontrado un presbítero fingido que ejercía las funciones del sacerdocio sin haber recibido realmente este orden sagrado. Halló algunos diáconos que acostumbraban administrar el sacramento de la Confirmación, y últimamente halló presbíteros que, no contentos con confirmar, se atrevían a consagrar el óleo y bálsamo para la Confirmación. Sin embargo, de los muchos cuidados, tristezas y amarguras que por entonces le oprimían, responde a todo con gran copia de doctrina, rogando al mismo tiempo a Eugenio humildemente, que, si hallaba algún defecto en sus respuestas, le corrigiese y le avisase para enmendarle él mismo.

 

 La grande obra de asegurar la tranquilidad del reino, haciendo que a Chindasvinto sucediese Recesvinto en la corona, fue también fruto de la sabiduría y alta consideración que Braulio tenía en todas las jerarquías de la nación, y en la estimación del mismo Rey. Se habían experimentado varias turbaciones y excesos en las elecciones de monarca. Con previsión de la muerte de Chindasvinto se iban ya fomentando facciones por personas tumultuarias y ambiciosas que aspiraban al trono por medio de la tiranía. Los españoles fieles y sensatos previeron que costarían mucha guerra y sangre semejantes turbulentas intenciones; y así procuraron poner en tiempo el remedio a los males que amenazaban, solicitando que Chindasvinto no solamente declarase a su hijo heredero de la corona, sino que le asociase en el reino, dándole el título y potestad de rey antes de su muerte. Pero un negocio tan arduo necesitaba para tratarse y conseguirse de una mano maestra que supiese manejar todos los medios de la prudencia, de la política y de la razón. Lo pusieron todo en las de Braulio, de cuya sabiduría, autoridad y santidad no dudaron que haría el Rey todo el aprecio que esperaban. En efecto, escribió el santo Obispo a Chindasvinto una carta en que después de representarle el amor y fidelidad de sus vasallos, las calamidades y turbaciones a que quedarían expuestos si no se prevenían oportunamente los artificios de la ambición, llega a proponerle temeroso y esperanzado el medio que los españoles deseaban. El efecto de esta carta fue nombrar a Recesvinto sucesor del reino, y rey juntamente con Chindasvinto mientras a este le durase la vida.

 

 Después que Recesvinto subió al trono, encargó a san Braulio la corrección de un códice que estaba tan fallo y mendoso, que aseguró el Santo que le hubiera sido de menos trabajo el escribirlo de nuevo. Por tanto, después de haber hecho algunas correcciones, se lo volvió al Rey, alegando que sus muchos años, sus enfermedades, la falla de vista y las amarguras que le hacían padecer los espíritus díscolos e inquietos le hacían tardar demasiado, y casi desconfiar de la conclusión de la obra. Pero el piadoso Monarca, conociendo cuánto valía el trabajo de un varón tan consumado en letras y virtudes, no quiso desistir de su empeño. Le consoló en sus trabajos; le alentó con la esperanza de que el Señor, por cuya causa trabajaba, le infundiría nuevo vigor y nuevas fuerzas; y últimamente, que solamente de su elocuencia y sabiduría esperaba la conclusión de aquella obra. Cedió el Santo a las honoríficas y piadosas insinuaciones del Monarca, y concluyó la obra, remitiéndola con las humildes expresiones de que «si algún yerro se encontraba en ella, debía atribuirse a la cortedad de sus luces; y, por el contrario, todos los aciertos debían atribuirse a la gracia particular de aquel Señor que había sabido desatar la lengua del animal más rudo para que hablase cuando convenía».

 

 Unos trabajos tan pesados y tan continuos; las inquietudes y detracciones que le hicieron padecer los enemigos de la virtud; el celo y vigilancia con que miraba la salvación de sus ovejas, y las muchas enfermedades que padeció pusieron término a su preciosa vida, cuyo fin le obligaba a mirar con gusto las amarguras con que la pasaba, como afirma en la primera carta que escribió á Chindasvinto. Sucedió su muerte por los años del Señor de 651; siendo llorada de todos los buenos, que conocían que en san Braulio había perdido la Iglesia de España un ministro fiel, un obispo celoso, un doctor sapientísimo, un padre amoroso y un sacerdote santo. Su venerable cuerpo fue sepultado en la iglesia de Santa María la Mayor, que hoy se llama del Pilar, en donde por la miseria de los tiempos siguientes llegó a estar sin veneración y desconocido por más de seiscientos años. Pero Dios, que quiere sean veneradas las reliquias o sagrados despojos de sus siervos, reveló al obispo D. Pedro Garcés de Januas el sitio donde reposaban las del Santo, desde donde con grande veneración fueron trasladadas al altar mayor de la iglesia del Pilar, en donde los fieles las veneran. Escribió la vida de san Millan; un índice de las obras de su maestro san Isidoro; la vida de los santos mártires Vicente, Sabina y Cristeta, y muchas epístolas llenas de unción y sabiduría, que son un depósito de instrucción para los fieles, y un testimonio de los grandes trabajos que padeció san Braulio por el amor de Jesucristo y de su esposa la Iglesia.




AÑO CRISTIANO
POR EL P. J. CROISSET, de la Compañía de Jesús. (1864)
Traducido del francés. Por el P. J. F. de ISLA, de la misma Compañía.